Luna de sangre Capítulo 44
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Capítulo 44

Veni. Vidi. Amavi.

Ese iba a ser el nuevo camino.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Sentí una opresión en el pecho, el corazón que bombeaba adrenalina por mis venas, pero todavía no había pasado nada. Julian respiró hondo y desvió la mirada, señal de que iba a cambiar de opinión.

—Mira…

—Ni se te ocurra —susurré, y él suspiró. No podía negar que me necesitaba, que los dos lo necesitábamos.

—Está bien —se rindió por fin.

—¿Cómo funciona?

Me miró el cuello de reojo.

—El primer mordisco te dolerá un poco, pero el veneno te sumirá en un estupor que hará desaparecer el dolor. Sentirás como un desvanecimiento, pero yo… tendré mucho cuidado —prometió.

El color dorado de los ojos de Julian se desvaneció y las pupilas se dilataron hasta que los ojos se volvieron negros del todo.

Me apartó de los hombros los rizos empapados; el pulgar me acarició la mejilla y descendió por la línea de la mandíbula hasta la garganta y se detuvo en el cuello de la camisa.

—¿Te importaría…? —preguntó con una voz grave e intensa mientras miraba el punto donde se había posado la mano—. Preferiría no dejarte marcas en el cuello para evitar… lo inexplicable.

Le seguí la mirada.

—¿En qué estás pensando?

Julian me señaló el pecho y luego el dedo descendió hasta la piel suave encima de mis senos. Asentí, y él extendió los colmillos.

Rajó el cuello de la camisa hasta que formo una V. El sonido del tejido al romperse me aceleró el corazón, así que apreté los dientes.

El aire fresco me acarició la piel y me puso el vello de punta. Algo poderoso le relució en los ojos, y los muslos me temblaron de nerviosismo.

—¿Estás bien? —murmuró.

—Sí.

—No voy a hacerte daño —dijo; pero lo que me aterrorizaba era la espera, tanto que me daban ganas de gritar.

Inspiró, y yo espiré.

Primero me rozó la parte superior del pecho con los labios; fue un beso cálido y paciente, seguido de otro, y otro, hasta que el beso se transformó en un mordisco.

Sentí un pinchazo e hice una mueca. Algo fluyó de mí hacia él.

El latido del corazón adquirió un ritmo lento y estable en mis oídos.

Me pesaban los párpados y las pestañas aleteaban.

Antes de que todo se volviera borroso, lo vi.

Un rostro angélico que miraba hacia arriba, hacia el mío; el carmesí le inundaba los ojos.

Sentí un frenesí mientras las sensaciones crecían dentro de mí.

Con la siguiente inspiración me invadió la euforia y me apreté contra él.

Era como si diese vueltas y vueltas en una felicidad perfecta, como si el hacedor del universo me hubiese creado para ese preciso momento, para regresar a él una y otra vez.

Qué preocupante, pensar que me dejaría desangrar por cualquier cosa que me sostuviera como él lo hacía.

Mis miembros se rindieron a la gravedad y la cabeza se me cayó hacia atrás. Julian me puso una mano en el omoplato para mantenerme pegada a él. Pero, cuando se apartó de mí, la presión que crecía en mi cuerpo me transformó en algo violento y necesitado, incapaz de respirar.

De los labios manchados le goteaba la sangre de color caoba. Ojos hambrientos, expectantes. Apoyé la frente en la suya y supe que haría cualquier cosa por otro segundo, otro momento como aquel.

—Más —exigí, incapaz de visualizarme a mí misma sin ello, porque cuando cerré los ojos un brillo mágico me envolvió como confeti. Una bruma de felicidad muy superior a todo lo que había experimentado antes.

Me lamió la herida del pecho y volvió a morder, y yo me derrumbé sobre él.

En mis párpados se proyectaba un sueño. Estaba con él, y de pronto a muchos kilómetros de distancia, en un cielo sin nubes, mientras veíamos rotar la tierra.

El sol se alzaba y se ponía, y tiraba de nosotros como un imán hasta que quedamos de frente, cogidos de las manos, y nos hundimos por completo en un insondable sentimiento de totalidad.

Se detuvo.

—Ya es suficiente —susurró mientras me besaba el pecho, el cuello, la cara.

—No —murmuré.

—Sí. —Rio y el sonido de su voz me tranquilizó como nunca hasta entonces—. Es el veneno lo que te empuja a comportarte así.

Hice pucheros y resoplé.

—No seas tan sensato y responsable; es un rollo.

Me regaló una sonrisa que me consumió, que desató una vibración en mi pecho. Allí, entre el cielo y la tierra, se escondía el auténtico significado de la vida, de la felicidad.

—Puedes tenerme a mí —prometió, y yo fruncí los labios—. Hablo en serio, Mira —insistió, con una mirada nueva y escarlata en los ojos. No vi hambre en ellos, no. Lo que sentí fue algo mucho más profundo—. Puedes tenerme hasta que la última estrella de esta galaxia se haya apagado.

—Eso suena a una eternidad. —Lo toqué, porque me era imposible mantenerme apartada.

—Tal vez sí —susurró, y yo le metí los dedos en el pelo y posé los labios sobre los suyos, con la respiración acelerada de nuevo.

Pero esa vez, cuando nos besamos, sentí que su alma y la mía se entrelazaban en una fusión de pura luz blanca que nos marcaba con un infinito.

Cuando tiró de mí y me atrajo hacia él, y me estrechó la cintura con el brazo, supe que era magia. Pura magia.

Seguimos besándonos hasta que me sentí agotada. Terminé tumbada en el suelo de la tienda, y él a mi lado.

—Se te está pasando el efecto del veneno, Bells —me dijo cuando descansé la cabeza en su pecho—. Y por eso te da sueño.

Quise responderle, pero estaba demasiado débil para hablar.

Susurró algo, un secreto que se deslizó con un fuerte suspiro mientras yo me hundía en un sueño profundo. Mi cabeza subía y bajaba al ritmo de su respiración, y la lluvia no amainaba.

Fue extraño, y absorbente, y maravilloso.