Capítulo 43 #3
—Todo en ti es adictivo, y por una vez quiero ceder, entregarme —terminó. Me cogió la mano y se la llevó a los labios; me besó los nudillos.
Yo ansiaba su contacto con un hambre devastadora.
Traté de reprimir ese sentimiento, de recordarme que nuestra alianza aún era demasiado nueva, pero el sentimiento no paraba de subir a la superficie, de tirar de mí hacia él.
Cuando me soltó la mano, me agarré a él, me senté en su regazo y le rodeé la cintura con las piernas. Pegó la frente contra la mía.
—¿Sientes lo mismo que yo? —me preguntó en un susurro.
Si el deseo fuera voz, habría dicho mi nombre en todos los idiomas. Me amoldé a su cuerpo, a cada curva y plano de él, como si hubiera nacido para eso.
—Sí —dije, y tardé unos segundos en comprender lo que ya sabía. Porque era cierto. Claro que sí. Lo sabía mejor que nadie.
Se le dibujó una sonrisa en la cara y me adelanté sobre su regazo, le eché las manos a los hombros. Lo besé con un beso que le robó el aliento, que le decía a gritos que él era mi última esperanza.
Me devolvió el beso sin reservas, me besó con un ansia primaria, como si todo su ser dependiera de mis labios, como si mis huesos le supieran a terciopelo.
Fue un beso que me dejó sin aliento.
Se prolongó en el tiempo para compensar todos los minutos, todos los segundos, todas las lunas que habíamos estado sin tocarnos.
Para reflejar cómo nos ansiábamos el uno al otro, como el último rayo de sol que entra por las vidrieras de una iglesia desierta.
Para decirnos que habíamos sido espinas clavadas cada uno en el costado del otro, frágiles, cediendo poco a poco, sucumbiendo a la necesidad.
Y eso era de pronto lo único que importaba. No que estuviéramos a la fuga. No que yo temiera por mi vida. No la lluvia, ni el sudor. Solo aquel beso.
Me abrumó y me arrasó por dentro hasta que caímos al suelo. Nos aferramos el uno al otro, dos seres rotos y atormentados, hasta que el monstruo se calmó en los dos.
Nos alejamos el uno del otro, nuestras bocas se separaron.
—Julian —empecé, al principio en voz baja—. Si bebes mi sangre, ¿te recuperarás más deprisa?
No era el mayor de nuestros problemas, pero, aunque habíamos cruzado la frontera estatal, persistía el peligro de que nos dieran caza. Y, además, estábamos en lo más profundo de un bosque, a oscuras, sin tecnología y sin apenas alimentos. No quería dormir allí si no era imprescindible.
Julian se incorporó con la sorpresa pintada en cada rasgo del rostro.
—Sí, claro…
Yo también me senté y me arreglé el pelo.
—Define «más deprisa».
—No sé, en una hora —dijo con conto mesurado—. Puede que menos.
Si eso significaba que solo tenía que esperar sesenta minutos, que podíamos escapar de aquellos bosques y ponernos a salvo, prefería que el tiempo empezara a contar ya.
—Quiero que bebas mi sangre.
Antes de que terminara la frase, Julian ya estaba negando con la cabeza.
—No tienes por qué ofrecerte así, Mira. Solo me hace falta descansar y todo se resolverá.
Era mentira. Aquel hombre era transparente. Tenía la verdad pintada allí, sobre el pecho.
—Tardaríamos horas en salir de aquí, Julian. No nos lo podemos permitir —insistí.
Volví a acercarme a él, a sentarme en su regazo. Suspiró, agachó la cabeza.
—Mira —empezó, y supe que quería rechazar mi oferta, pero no lo hizo de manera directa—. No conoces todos los riesgos.
—¿Como cuáles? Dímelos —exigí—. ¿Me convertiré en vampiro?
—No, no tengo poder para hacer eso.
—¿Mi sangre… te puede hacer daño?
—No.
—¿Voy a morir?
—No.
—Entonces, ¿qué?
—Tengo la sensación de que te estás metiendo en esto sin pensar. Y quiero que estés segura.
—Estoy segura de mi decisión, aunque tú no lo estés. Soy proactiva, Julian. No quiero seguir aquí, escondida. ¿Qué ganaremos con esperar? No tenemos tiempo. —Apartó la vista de la mía—. ¿Es porque…? ¿Es porque tienes miedo?
Julian echó la cabeza hacia atrás, se apartó el pelo de la cara. Vi cómo tragaba saliva antes de que le salieran las palabras.
—Ha pasado mucho tiempo desde que probé la sangre de alguien así.
Esperé a que se explicara.
—¿Cómo, si no, consigues sangre?
—No la necesito para sobrevivir, así que puedo ser… selectivo. Es decir, que… siempre ha sido una experiencia muy íntima.
Entendí al momento lo que quería decir, pero al mismo tiempo me invadió una curiosidad arrolladora. Quería saber con quién había sido, qué había significado para Julian.
—De acuerdo —dije.
—¿De acuerdo? —Lo repitió en tono interrogativo.
—Sí. Esto es lo que quiero.
Los ojos de Julian se enturbiaron con una expresión difícil de identificar. Tal ver fuera pura depravación; tal vez fuera una vulnerabilidad perturbadora, un deseo de no probar mi sangre jamás. O tal vez fuera un hambre controlada… Pero, pese a todas esas cosas, yo era su salvación.
—¿Confías en mí? —susurró.
Y supe que necesitaba oírlo de mis labios. Me suplicaba permiso como si estuviera de rodillas. Le miré los labios gruesos, me incliné más hacia él, respiré el aire de su boca.
—Sí, Julian, confío en ti. —Y era verdad.