Luna de sangre Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

—¿Tienes que beber sangre para sobrevivir?

—No, no exactamente. Tardamos un poco, pero al final conseguimos averiguar cómo funciona la sangre en nuestra dieta.

Los bebés la toman y eso los ayuda a crecer antes y más fuertes, pero la leche les aporta los mismos beneficios.

Cuando se van haciendo mayores, les quitamos la sangre de la dieta.

—Julian apartó la mirada—. Pasada la infancia, solo bebemos sangre por dos motivos: por placer y para recuperarnos.

«Por placer». Dejé escapar el aliento contenido y le di otro mordisco a la barrita de muesli.

—¿Por qué no tienes colmillos?

—Es un truco de magia, Bells —me dijo, y oír aquel apelativo no me provocó la misma reacción que en otras ocasiones—.

Los escondo. Mira. —Sonrió. En un momento le vi los dientes afilados, vampíricos, y al siguiente volvieron a ser normales.

Era fascinante. Julian se incorporó un poquito—. ¿Te puedo hacer yo una pregunta?

Asentí.

—Antes de que volcáramos, dijiste que tu madre te habló sobre la vampira y el lobo que se enamoraron. ¿Cómo lo sabía?

—Pues… —No me había parado a pensar en lo importante que era esa historia para la especie de Julian—.

La verdad, pensé que se la había inventado.

Cuando me contaba las leyendas de Timber Plains, di por hecho que exageraba la historia para hacerla más dramática.

En esta ciudad, cada uno la cuenta a su manera. Pero nunca llegó a contarme el final.

—No terminó bien para ellos.

Me lo dijo como si las palabras fueran un puño, un cuchillo.

—¿Por qué?

—No todos los vampiros que aceptaron la paz se unieron a lobos.

Muchos estaban en contra de las relaciones entre especies, pero siguieron conviviendo con ellos debido a los términos del tratado hasta que, en mitad de una noche, un pequeño grupo decidió romper su palabra.

Lanzaron a los élites contra nosotros, lo que desencadenó una guerra que ha durado siglos.

Desde mucho antes de nacer yo, los vampiros, los licántropos y los licanos de sangre han estado enfrentados.

—¿Por qué no ha terminado aún la guerra?

—A veces, la venganza no tiene una cronología.

Valía la pena meditar más sobre aquella frase, analizarla, desmenuzarla, entenderla bien. Se hizo el silencio, roto solo por el repiqueteo de la lluvia.

En la penumbra, me fijé en que Julian tenía la camisa y los pantalones cortos empapados.

—¿Vas a quedarte sentado con esa ropa?

—Estará empapada dentro de nada.

—¿No llevas nada más? —La mochila era grande y aún se veían cosas dentro.

—Tengo otra camisa, pero… —Se miró el brazo—. No vale la pena ponérmela.

—Te puedo ayudar.

Hizo una mueca al moverse.

—No, no hace falta que me vistas.

—Venga ya, Julian. —Me acerqué más a él—. Me has salvado la vida. Dos veces. Deja que te ayude. Además, si no fuera por mí, no tendrías el brazo roto, para empezar.

—Por favor —murmuró—. Deja de echarte la culpa de todo.

Tragué saliva y cogí la bolsa antes de que le diera tiempo a hacerlo a él.

Me miró pensativo mientras yo rebuscaba en el interior para sacar una camisa azul desteñida.

Puse la bolsa a un lado y salvé la distancia que nos separaba al tiempo que contenía la respiración como si eso pudiera controlar la ansiedad.

Clavó en mí una mirada inexpresiva y yo le respondí de la misma manera, apreté los labios y me senté sobre los talones delante de él.

—¿Cómo quieres que lo hagamos?

Lo examiné. La camisa que llevaba puesta estaba tan empapada que parecía pegada a su cuerpo. Bajó la vista y suspiró.

—Rómpela, da igual —dijo.

Fruncí el ceño y le agarré el cuello de la prenda para tratar de rasgarla, pero no pude. El tejido mojado era mucho más difícil de romper. El agua lo hacía más pesado y resistente.

Cuando lo intenté por tercera vez, Julian me tocó la mano. Me encogí antes de darme cuenta de que quería llamarme la atención.

—Espera.

Agarró el cuello entre los dientes y me aparté un poco. Vi cómo se le alargaban los colmillos hasta convertirse en dagas afiladas que atravesaron la tela como si fuera cera caliente. Luego, se apartó para dejarme terminar el trabajo.

Me quedé conmocionada, hipnotizada. Me sonrió.

Al final parpadeé y, mientras me miraba, le desgarré lo que le quedaba de la camisa.

El sonido fue tan fuerte que apagó el de nuestra respiración y la lluvia.

No me di cuenta de que me había mordido el labio al hacerlo y allí, en mi boca, apareció una diminuta gota de sangre.

Los ojos de Julian se enturbiaron, su respiración se volvió jadeante. Me aparté de él y me tapé la boca.

—Lo siento. No me di cuenta…

Me agarró la mano y sacudió la cabeza.

—No pasa nada. No te voy a hacer daño. El olor, ver la sangre…, no me afecta tanto como si fuera más joven.

Titubeé. Antes, la sangre me parecía una cosa trivial, pero de pronto estaba llena de señales de alerta. Y lo que me hizo reaccionar fue recordar que ya había sangrado aquel mismo día. Tenía cortes en los brazos y en las piernas, y eso no había afectado a Julian.

Volví a retirar los restos de la camisa.

Paseé la vista por cada línea y curva de los músculos del abdomen, por los tatuajes, aquí y allá, por la línea de vello fino que llevaba hacia abajo.

Sabía que era una grosería mirar tan fijamente.

Una vocecita no paraba de provocarme, de tentarme para que le pusiera un dedo en el pecho y recorriera las líneas de la musculatura…

Lo desconcertante fue la manera en que luché contra esa idea. ¿Qué estaba pensando, cuando sabía muy bien la respuesta? Seguí adelante, sin saber cuánto tiempo había durado la distracción.

Cuando miré a Julian a la cara, vi que las mejillas se le habían teñido de rojo y tenía los ojos como un cervatillo. Estaba tan obsesionado conmigo como yo con él. Sentí que se me encogía el corazón, los pulmones.

Tiré con cuidado para deshacer el cabestrillo y se mordió el labio.

—Lo siento —murmuré, y lo ayudé a pasar el brazo herido por el agujero de la camisa.

Luego le volví a hacer el cabestrillo y el resto del proceso transcurrió sin más problemas.

—Gracias —susurró; y, justo cuando iba a retroceder, me puso la mano sana en la base de la espalda para detenerme—. Mira —añadió, con voz casi inaudible.

Se me caldeó el alma al verle el brillo en los ojos a la escasa luz, su manera de tocarme, de decir mi nombre, la necesidad de estar cerca de mí. Me pareció un pecado.

—Lo siento —siguió, siempre en susurros—.

Siento haber desaparecido la semana pasada, siento haberte puesto las cosas difíciles en la fiesta.

Cuando estoy cerca de ti, siempre me encuentro en conflicto, y la versión de mí que sale a la luz nunca es la mejor.

Cuando estoy cerca de ti… —Se detuvo para calmarse; aún tenía los ojos clavados en los míos.

Me atrajo más hacia él. Nuestras rodillas se rozaron—.

Cuando estoy cerca de ti, descubro que cada vez me gustas más, contra toda la razón.

Contra la paz. Contra cada fibra de mi ser, que me dice que me aleje.

Me metió la mano en el pelo, los dedos entre los rizos enmarañados.