Luna de sangre Capítulo 43
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Capítulo 43

Te ata la turbulencia del devenir.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

Solo recuerdo que grité y que Julian se quitó el cinturón de seguridad para rodearme con los brazos cuando se activaron los airbags. No había manera de saber cuántas veces rodó el coche sobre sí mismo, pero yo debería haber muerto.

Cuando se detuvo, Julian dio una patada en el techo para abrir un agujero y que pudiéramos escapar. Me pitaban los oídos y la cabeza me daba vueltas mientras me ayudaba a salir. Todo sucedió muy deprisa, y el coche se vio lanzado más lejos de los lobos de lo que creíamos.

—¡Tenemos que correr! —gritó Julian al tiempo que tiraba de mí entre la hierba alta.

Había mucho ruido, no podía concentrarme en una sola cosa. Solo supe que corríamos hacia las luces, los edificios, y luego cruzamos un umbral invisible que marcaba la frontera estatal.

Julian se detuvo y yo también, jadeante, tratando de pensar con claridad. Detrás de nosotros relucían unos ojos. Eran los mismos que había visto hacía semanas, fuera de mi habitación.

Habían sido ellos desde el principio.

Una mano se agitó ante mi rostro. Aún me pitaban los oídos, y Julian intentaba que me concentrara en él. Me empecé a volver despacio, luego de golpe. Me miró de arriba abajo, apremiante.

—¿Estás bien?

El que no estaba bien era él. Tenía el brazo en un ángulo raro, inerte a lo largo del cuerpo, y unos arañazos que le cubrían los brazos y las piernas. La sangre le goteaba sobre los zapatos.

—Tienes el brazo roto.

Trató de estabilizárselo con un cabestrillo que se hizo con un jirón de la camisa.

—Se me curará. Tenemos que movernos. Tienen maneras de saltarse el tratado. Esto solo servirá para retrasarlos.

—¿Qué? ¿Para qué está un tratado si no es para cumplirlo?

—Eso es política —respondió, y echó a andar.

—Espera, Julian. ¿A dónde vamos? No tenemos coche, ni teléfono.

—Hacia el oeste, a los bosques. No podemos dejar que nos vea nadie así.

Nos apresuramos hacia los árboles por un sendero sin señalizar. Yo no estaba segura de a dónde íbamos, pero era obvio que Julian seguía un rastro.

Cada pocos metros, hacía una mueca de dolor. Apretó los dientes y entrecerró los ojos.

—En este estado, no puedo cambiar —dijo—. Tardaremos horas por este camino, y estoy demasiado débil para llevarte. Lo siento.

Parecía derrotado. Habría querido decirle que todo saldría bien, pero a ninguno de los dos nos hacía falta mentir así. El vestido se me enganchó entre la maleza y se me desgarró, y las plantas de los pies se me llenaron de sangre y heridas al pisar las piedras y ramas puntiagudas.

Para empeorar todavía más las cosas, empezó a llover. La lluvia se coló con fuerza entre las hojas. Tuve que doblar las rodillas para no resbalar. Todo era un desastre. Mi pelo. Mi vestido. Mi vida. Un gigantesco montón de mierda.

—Toma. —Julian se quitó los zapatos. El pelo húmedo le caía sobre la cara—. Póntelos.

—No puedo.

Ya había hecho demasiado por mí, estaba destrozado. Y la culpa de que estuviéramos en esas circunstancias era mía.

Insistió en ofrecérmelos, me los plantó delante.

—Cógelos.

Lo miré llena de miedo.

—Pero los pies se te van a…

—A mis pies no les pasará nada, se me curarán. Los tuyos, no. —Me los puso a los pies y me los calcé con los ojos llenos de lluvia.

—Gracias —dije con un hilo de voz y los labios temblorosos. La lluvia no daba señal de amainar. No soportaba aquella versión de mí misma, tan frágil, pero, cuando empezaba, no había manera de parar. Tenía un nudo de pesar en la garganta—. Gracias por… por todo. Me has vuelto a salvar la vida.

—No me quito la costumbre, ¿eh?

Era difícil oír a Julian en medio de la lluvia, así que me acerqué más.

—No lo entiendes. Antes de todo esto, mi existencia era mediocre, y eso en el mejor de los casos.

La desaparición de mi madre me hizo mucho daño por dentro, pero nunca había pasado por nada como lo que estoy pasando ahora.

Y no entiendo por qué sucede. Si tan deseable es mi sangre, ¿cómo es que no han venido antes? Ya tengo dieciocho años.

—¿Crees que nunca has experimentado nada fuera de lo normal?

—No.

Me miró e inclinó la cabeza a un lado.

—¿De verdad?

—¿Por qué me miras con esa cara? Sí, de verdad. Me habría dado cuenta —dije, pero la duda me invadió al tiempo que me metía en un charco y el lodo me salpicaba las piernas.

—Creo que no te has dado cuenta. El colgante que llevabas es una protección, ¿recuerdas? Detiene a quienes tienen intención de hacerte daño. ¿Sabes lo mucho que abarca eso? No es solo daño físico, Mira. También daño mágico.

Ya me había planteado lo rara que era aquella herencia familiar, y no sabía cómo se había hecho Rena con algo tan poderoso.

—Pero no siempre he llevado ese collar. Además, todo esto es nuevo para mí, Julian. Tú naciste en este mundo, y yo hace solo un par de semanas que he sabido que existía.

—Tienes razón, lo siento. —Hizo una mueca de dolor y aminoró el paso—. Es que busco la manera de que entiendas que… que no creo que hayas estado tan al margen de este mundo como crees.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que sí, que todo esto es nuevo para ti y no siempre has llevado el colgante, pero también es posible que una persona cercana a ti haya ocultado el olor de tu sangre a los seres como nosotros.

¿Ocultarlo? ¿Había sido Rena capaz de hacer algo tan magistral?

—¿Cómo se puede ocultar? —pregunté.

Nos habíamos detenido. Ante nosotros se alzaba un viejo álamo negro con un agujero en la base del tronco. Julian metió las manos sin titubear y sacó una mochila azul marino cubierta de hojas.

—Es una base de emergencia —dijo como respuesta a la pregunta que no le había llegado a formular—. Para casos como este.

Dentro había una tienda y provisiones, así como agua.

La tormenta había cesado, pero fue todo un desafío montar la tienda con el agua que aún nos caía en la cara y en los ojos procedente de las hojas.

Julian estaba sufriendo mucho. No lo iba a reconocer, en eso nos parecíamos mucho, pero lo vi con claridad: el tic en la barbilla, la manera de morderse el labio, la cojera tras la caminata por terreno irregular, la sangre que no dejaba de manarle de la herida en el costado.

Solo podía utilizar un brazo y a cada paso que daba iba más encorvado, pero se negaba a rendirse.

Aparte de unas cuantas magulladuras, a mí lo único que me dolía era el tobillo, y con un poco de esfuerzo lo podía controlar.

—Ya me encargo yo. —Le cogí los palos de la tienda.

Trató de resistirse, como me había imaginado. También me esperaba que discutiera conmigo, que me recordara lo ingrata que era; pero, por una vez, me necesitaba, y aquel era el único poder que yo tenía.

Se rindió con tristeza y los soltó, agachó la cabeza y fua a apoyarse contra el tronco del árbol al tiempo que se sujetaba el brazo.

Respiré hondo y puse manos a la obra. Una vez montada la tienda, nos apresuramos a meternos dentro para esquivar la lluvia que volvía a caer con fuerza. Julian sacó una linterna a pilas y la encendió. A continuación, me lanzó unos pantalones de chándal y una camiseta.

Solo había una toalla, así que la compartimos y nos secamos en la medida de lo posible. Puse a un lado los zapatos de Julian y lo miré.

—¿Qué? —dijo con la boca ocupada en quitarle el envoltorio a una barrita de muesli.

—Gracias por la ropa. Si no te importa… —Describí un círculo con el dedo para que se diera la vuelta—. Por favor.

Soltó una risita que era casi de incredulidad. Hacía días que no le oía reír.

—Hay cosas que no cambian, ¿eh? —dijo.

Y, de pronto, lo recordé todo. Aquellos últimos momentos de envolverlo como el viento que acaricia la superficie del agua.

La cabeza sobre su hombro, la nariz contra su cuello, unos dedos que me acariciaban el pelo antes de despertarme, un pulgar sobre mi pómulo.

Si el tiempo hubiera sido compasivo, me habría metido en su piel, le habría aliviado aquellos dos últimos días.

Tal vez así habría estado preparada para el momento inevitable en que se apartaría. Pero solo éramos amigos…

La lluvia tamborileaba contra la lona de la tienda. Casi rompí la cremallera del vestido en la prisa por quitármelo.

—¿Qué ha pasado, Julian? —pregunté cuando conseguí formular las palabras que me quemaban en la garganta—. ¿Ha sido algo que he hecho yo?

Siempre había sido cauto, evasivo, pero eso era antes. Antes de que tuviéramos que huir. Antes de que se me echara encima para protegerme mientras el coche volcaba. Me seguía salvando una y otra vez. ¿Hasta cuándo podría yo aguantarlo?

—Ha sido por mi culpa —dijo.

—Eso es mentira —repliqué al tiempo que me ponía la ropa que me había dado Julian. Olía a madera mojada y a hierba muerta—. Y lo sabes.

—Ya sé que lo parece, pero…

—Pero —lo interrumpí.

—No debería estar contigo. Porque… —Se interrumpió a media frase y se volvió cuando pensó que ya me había vestido.

Agaché la cabeza y me dejé caer, agotada por el simple hecho de existir.

—Así que es verdad, ha sido por mí —dije con un hilo de voz casi inaudible bajo el fragor de la lluvia. «Como si no lo supiera».

Julian trató de acercarse más.

—Mira, no, por favor. —Me clavó los ojos ardientes, pero no vio que por dentro ya me estaba convirtiendo en piedra—. Esto va mucho más allá de ti. Sé que prefieres simplificarlo y convertirte en la respuesta, asumir la culpa. Pero te juro que es mucho más complicado que todo eso.

Decidí que ya no quería seguir hablando del destino. Eso solo serviría para convertir la tristeza en rabia, y ya sentía cómo me empezaba a bullir en el pecho.

—¿Has dicho que eras vampiro y lobo a la vez? —le pregunté.

Su existencia era probablemente uno de los ejes de aquella historia, y tal vez por eso eran mucho más sensibles a mi sangre. Pero solo eran suposiciones.

El cambio de tema lo cogió por sorpresa, pero reaccionó bien.

—Preferimos la expresión «licanos de sangre», pero sí, es correcto.

Cogió otra barrita de muesli, y yo también, junto con una botella de agua. Mientras comía, me senté con las rodillas pegadas al pecho.