Luna de sangre Capítulo 41
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Capítulo 41

Y después, ese sufrimiento arraigará en nosotros como las flores.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Traté de gritar, pero no me salió ningún sonido.

Lo siguiente en lo que pensé, por instinto, fue meterme en el coche; pero nada más tirar de la manilla, a ver si se abría, comprendí que estaba cerrado con llave.

El chico seguía acercándose.

Avanzaba más deprisa, con una expresión hambrienta en los ojos, y de pronto recordé dónde lo había visto. Era un jugador del equipo de fútbol americano, amigo de Sev. Y ahora venía a por mí, riéndose. Como si fuese un juego.

Y para él, quizá lo fuera…

Eché a correr por el aparcamiento; la chaqueta de Seven se me cayó al suelo.

Al pasar junto a los coches los fui golpeando a ver si había alguien dentro que pudiese oírme, pero eso solo me hacía ir más lenta, y la persona que me seguía acortaba distancias a una velocidad increíble.

Eso me hizo correr más, hasta que se me rompió un tacón, me caí y me torcí el tobillo.

El dolor me arrancó un grito. Con los dientes apretados, me quité los zapatos y se los arrojé. Se rio y los esquivó con facilidad. Me puse de pie y me alejé cojeando tan rápido como pude, aunque sabía que en unos instantes lo tendría encima.

Se me nubló la vista al comprender que, cuando me atrapase, sucedería algo horrible. Pero por encima de mí, en los árboles que rodeaban el aparcamiento, las hojas se agitaron. Alguien saltaba de rama en rama. Estaba rodeada. Era imposible escapar de los dos a la vez.

La persona de los árboles aterrizó en el pavimento frente a mí. Incrédula, vi que se trataba de Julian.

Tenía los puños apretados e iba descalzo. La camisa blanca era lo único que le quedaba del esmoquin. Julian plantó los pies en una postura defensiva y dejó escapar un gruñido entre los dientes. Me estremecí, pero pasé a su lado sin que me hiciera el menor caso.

—¡Es nuestra! —gritó el tipo que me perseguía; y oí un choque o algo así. Fui tan tonta que me paré a ver qué ocurría. ¿Qué quería decir con «nuestra»?

Julian empujó al jugador de fútbol americano, pero él a su vez empujó a Julian, y con mucha más fuerza. Julian cayó y debería haber aterrizado en el suelo, pero las ropas se hicieron pedazos y ante mí apareció un enorme lobo gris.

Fue como un milagro. De pronto era un lobo.

Un lobo. Me escabullí detrás de un coche cercano y me agaché.

Alguien chocó con algo y, cuando miré, vi dos lobos que peleaban.

Dos. El jugador de fútbol americano era de mayor tamaño, con garras más grandes y pelo rojizo, casi idéntico al boceto del hombre que se transformaba en el libro aquel del folclore.

Julian era más pequeño, pero mucho más sigiloso y escurridizo.

Las alarmas de los coches saltaron a medida que chocaban con ellos. Aproveché la oportunidad para escapar. Salí de allí y corrí por la acera. La ciudad se distinguía a lo lejos. Si me alejaba lo suficiente, podría pararme a ver dónde estaba y pedir un taxi.

Me subí la trompeta del vestido por encima de las pantorrillas y bajé la colina cojeando, tan rápido como me lo permitía la adrenalina.

Por suerte, lo del tobillo no era una luxación; eso lo tenía claro.

Ya había tenido algún esguince, pero en aquel momento solo parecía magullado y un poco hinchado.

Mejoraría con alguna pomada y un poco de hielo.

Cuando ya llevaba varios minutos corriendo y llorando, oí a alguien que se apresuraba a alcanzarme. Al mirar atrás vi que era Julian. Se había cambiado. Llevaba unos pantalones cortos grises y se estaba poniendo una camiseta blanca.

—¡Espera, Mira!

No esperé. Ya nada tenía sentido.

Pero Julian era mucho más veloz que yo y no le costó mucho adelantarme y bloquearme el paso, lo que me obligó a frenar en seco.

—Escúchame. Aquí no estás a salvo. Tenemos que irnos de inmediato.

Negué con la cabeza mientras luchaba por respirar. Estaba demasiado cansada y aturdida para responder. «El jugador de fútbol americano era un lobo, y me perseguía. Esto está pasando de verdad».

—Por favor —me suplicó Julian—. ¡Tenemos que irnos!

Me erguí y contemplé la noche nublada, la ciudad lejana… Tardaría mucho en llegar hasta allí. Si Julian me había alcanzado en pocos segundos, ¿cuánto les costaría darme caza a aquellos lobos más grandes?

Acompañar a Julian era mi mejor baza, y lo sabía.

—Vale, vale. De acuerdo. No hace falta que grites —resoplé.

Apretó los dientes.

—Si me escuchases, no me haría falta gritar.

—¿Por qué voy a hacer caso a lo que dices, si te niegas a ser sincero conmigo? ¡Me habría venido bien que me dijeras que aquí había más lobos! —grité—. ¿Y por qué es tan grande ese lobo? ¡Por dios! ¡¿Cuántos más hay?!

Julian hizo caso omiso de mis preguntas.

—Tengo el coche aparcado por aquí cerca. Te puedo cargar a cuestas o llevarte en brazos. Pero, sea como sea, tenemos que irnos.

Ninguna de las dos opciones me convencía.

—Puedo caminar.

Me miró como si estuviese de broma.

—No. Con ese tobillo, no puedes.

Al mirar la hinchazón hice una mueca.

—No es tan grave como parece. Se curará. Estoy bien.

—No se va a curar si sigues… —Calló, y exhaló poco a poco, con las aletas de la nariz dilatadas—. No vamos a discutirlo. Elige una opción, por favor.

—De acuerdo —acepté a regañadientes—. Date la vuelta. Prefiero a cuestas.

Cuando lo hizo, me remangué el vestido y me subí a su espalda.

Me levantó para colocarme en posición.

—Agárrate fuerte —avisó, y nos pusimos en marcha.

Se movía a tal velocidad que era como volar.

La noche se difuminó en un mar de oscuridad, y tuve que cerrar los ojos para no marearme.

Diría que no habían pasado ni dos minutos cuando llegamos a su todoterreno.

Estaba aparcado a varias calles de distancia.

Julian desbloqueó las puertas. Nada más subirme, me gritó que me pusiera el cinturón, cosa que ya estaba haciendo. Le iba a contestar con un grito, pero la puerta ya se había cerrado. En cuanto puso el vehículo en marcha, aceleró calle abajo.

—¡Ve más despacio!

Me miró con cara de enfado y disminuyó un poco la velocidad.

Saqué el móvil del bolso.

—Voy a llamar a mi padre.

Se puso tenso.

—No lo hagas.

—¿Por qué no? Es el sheriff. Puede ayudarnos.

—Con esto, no —respondió Julian con los dientes apretados.

—Pero si se lo explico de forma que pueda entenderlo…

—No terminé la frase, porque, fuera cual fuese el peligro, Bobby vendría si se lo pedía—.

El tipo del aparcamiento venía a por mí.

¿Por mi sangre? —Intenté asimilar el hecho de que estaba ocurriendo de verdad; que, en aquel mismo instante, los licántropos querían darme caza.

Todos mis miedos confluían a la vez—. No lo soporto.

Nada de… —Julian me quitó el móvil con un movimiento veloz.

Me puse a gritar—. ¡Devuélvemelo o te juro por Dios que saltaré del coche!

Pisó el freno con tanta fuerza que los neumáticos chirriaron y el coche derrapó hacia la izquierda.

—¿Por qué lo pones todo tan difícil? —dijo una vez hubo apartado el coche de la calzada—. ¿No ves que intento salvarte de ellos?

—¿Y tú por qué te portas como un gilipollas? ¿No ves que no puedo confiar en ti ahora mismo?

—Vaya, alguien tiene complejo de hija única… —murmuró.

—¿Qué dices? —resoplé—. ¡No tengo ningún complejo! Esto no tiene nada que ver con ser hija única —le dije con una mueca, mientras trataba de contener las lágrimas—. ¡Estoy enfadada contigo y no sé lo que está pasando!

—Lo que digo es que estás siendo desagradecida.

¡Te he avisado desde el principio! Te he dicho que te fueras.

Y no me quisiste escuchar. —Estaba muy enfadado—.

Te dije que era un monstruo. Te advertí del peligro.

Y ahora te estoy salvando la vida, ¿y no eres capaz ni de decir «gracias»? Vamos, Mira…

Bajé la voz.

—Lo dices como si fuera lo más normal. Y no lo es, Julian. —Me sequé las lágrimas—. Todo eso es absurdo. Tengo derecho a sufrir un ataque de nervios, ¿vale? ¡Me persiguen unas fieras!

A Julian le costó encontrar las palabras para continuar.

—Mira, lo siento… Tienes razón. Y discutir no nos va a ayudar ahora mismo. —Inspiró hondo—. Tengo que confesarte otra cosa.

Me incorporé en el asiento. Me costaba tragar.

—Julian. —Frustrada, traté de prepararme mentalmente—. ¿De qué se trata? —No sabía si podría aguantar más sorpresas. Agarré la manija de la puerta y la apreté tan fuerte que me ardieron los dedos.

No vaciló.

—No soy solo un licántropo —susurró Julian—. También soy un vampiro.