Luna de sangre Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

—Necesito un minuto —dije. Me di la vuelta y salí a toda prisa del salón de baile antes de que pudiera detenerme.

Busqué algo que me sirviera de excusa mientras sopesaba qué hacer.

Hasta Julian se había ido, se había escabullido como un perro asustado, así que, si quería pedirle que me lo aclarase todo, no tenía forma de contactar con él.

Hice cola frente al mostrador de bebidas y me llevé un vaso del ponche que ofrecían. No le quitaba ojo a la entrada, por si acaso aparecían mis amigas. Pero al cabo de unos minutos todo seguía igual, y Seven se presentó con una sonrisa titubeante. «Mierda».

—¿Lista para otro baile? —Me ofreció la mano, pero yo mantuve la mano libre pegada al costado. Me sentía mal por abandonarlo en la pista de baile, y el temor de sus ojos me decía que tenía que solventar la situación. Pero no sabía cómo.

Esa misma mirada, tan inocente, era la razón por la que me costaba comprender por qué Julian quería que me mantuviese apartada de Seven, que había sido lo mejor de la noche.

Apenas un rato antes, cuando bailábamos, me había dicho a mí misma lo cómoda que me sentía con él, y que era alguien que me podría hacer mucho bien.

Al mirarlo de nuevo, recordé todas las veces que se había asegurado de que llegase bien a casa, los paseos nocturnos, las visitas frecuentes sin que yo se lo pidiera.

Era un sol para mi bosque lluvioso, agua para mi desierto sin fin.

¿Cómo iba a ser el chico que tenía delante, de ojos grandes y lindos hoyuelos, alguien a quien temer?

Todo eso, nuestra historia común, me decía que podía confiar en Seven.

Se había portado como un buen amigo, y a veces, algo más.

Me terminé la bebida de un trago.

—¿Sabes? Puede que tengas razón. No me encuentro muy bien.

—Era un plan alternativo, que incluía una mentira, y eso me hacía sentir culpable.

Pero era un plan que al menos me llevaría de vuelta a la residencia.

Y una vez allí, podía irme a pasar el fin de semana con Bobby.

No me haría demasiadas preguntas, pero al fin y al cabo se trataba de Bobby.

Estaba segura de que encontraría la manera.

Seven pareció abatido.

—Oh —dijo. Me examinó con la mirada—. Puedo llevarte de vuelta al campus, si quieres.

—¿Seguro? —pregunté. Quería que tuviera la opción de negarse, o al menos un motivo para hacerme cambiar de opinión—. Me siento fatal, porque todavía queda mucha fiesta por delante.

—No… —Asintió con la cabeza—. No pasa nada. No te preocupes, de verdad —me aseguró. Otro recordatorio de que era una persona sensata y de buen corazón—. Si no te sientes bien, es mejor que te cuides. Para mí no es molestia. Te lo prometo.

—De acuerdo. —Ya me sentía más despejada, y diría que Seven dio un suspiro de alivio.

La noche había dejado una mancha de humedad en el pavimento negro, y el frío arrastraba una espesa niebla.

Nada más salir, Seven me echó su chaqueta sobre los hombros para que conservase el calor.

Mientras caminábamos me dijo que se lo había pasado muy bien, aunque no hubiera sido mucho rato, y me preguntó si podía hacer algo para que me sintiese mejor.

Hasta se ofreció a ver una película conmigo cuando llegásemos a la residencia.

Le dije que estaba bien. Pero, al acercarnos a su coche, se palpó los bolsillos, inquieto, y se dio cuenta de que no encontraba algo.

—¿Qué pasa?

Cerró los ojos con fuerza y masculló una palabrota.

—Dios —susurró al tiempo que volvía la vista hacia el edificio. La quietud de la noche era como una larga y delgada telaraña de seda—. Creo que las llaves del coche se las ha quedado Jak. Tengo que ir a buscarlas.

«Oh».

—No importa. Voy contigo.

—No, yo solo iré más rápido. Te lo juro.

No quiero que tengas que caminar más de lo necesario, y menos si te encuentras mal.

—Apreté los dientes; me sentía culpable por esa mentira—.

Vuelvo enseguida —prometió, y no lo retuve.

Se marchó a toda prisa, y verlo correr disipó en parte mi miedo.

Iba muy rápido, mucho más que en el campo de juego. En unos instantes estaría de vuelta.

Recostada sobre el Mercedes, dejé escapar un profundo suspiro y traté de mantener la calma. «Todo va a salir bien», pensé al tiempo que me cruzaba de brazos.

Di un golpecito en el asfalto con el tacón. La noche era como un vacío; no se oía el chirrido de los insectos ni el murmullo del viento. Hasta las estrellas parecían más tenues, apagadas. Todo tenía ese aspecto…, excepto la luna.

Se veía enorme y muy nítida, teñida de una tonalidad rojiza que le daba la apariencia de estar bañada en sangre. Casi idéntica a una imagen que había visto antes… pinchada en el centro del tabique de Bobby.

El móvil vibró, y al sacarlo del bolso descubrí que, por casualidad, Bobby me estaba llamando. Con el corazón encogido y los dedos entumecidos, traté de responder. Bobby solo me llamaba si había alguna urgencia. Quizá hubiese hecho un avance en el caso; o tal vez me llamaba por algo mucho peor.

Respondí, pero la llamada se cortó. Al mismo tiempo noté que algo había interrumpido la quietud de la noche.

Algo se movía cerca. Paseé la mirada por el aparcamiento, poco a poco, en busca del origen del sonido.

No se veía más que la niebla que acariciaba los capós de los coches y los troncos de los árboles.

Volví a llamar a Bobby. Mientras sonaba, oí un golpe seco.

Luego, el sonido de unos pasos rápidos sobre el pavimento.

Me quedé rígida, encogida sobre mí misma, con el móvil apretado en la mano, y la esperanza de que el sonido de la llamada diese paso a la voz de mi padre.

Pero saltó el contestador. Por mucho que clavé la mirada en las sombras y entre los coches, no vi nada.

Oí algo que se acercaba cada vez más deprisa.

Sentí que se me aceleraba la respiración.

Con el corazón a mil, guardé el móvil en el bolso. En mi mente, una voz me decía que huyera de allí, que me largase corriendo sin mirar atrás.

Pero, en medio de la noche, un chico a quien ya había visto antes apareció corriendo hacia mí a toda velocidad, con las cejas fruncidas y una sonrisa maligna dibujada en el rostro.