Luna de sangre Capítulo 40
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Capítulo 40

Porque el amor nunca hace caso de la razón.

Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero

Julian se metió las manos en los bolsillos del pantalón.

Llevaba una camisa blanca de vestir con los dos primeros botones desabrochados y una chaqueta negra, y la cadena le relucía sobre el pecho.

Se había peinado el cabello a un lado y echado hacia atrás, pero unos pocos mechones se resistían.

No me podía creer que hubiese venido. «¿Cómo? ¿Por qué?».

—Dijiste… Dijiste que estarías fuera todo el fin de semana. Que todo esto no te iba.

Los ojos como la luz de la luna, y la sonrisa de medio lado… me consumieron como estrellas caídas.

—Cambio de planes —dijo, y me tendió la mano. En la pista, me hizo girar con suavidad y luego me atrajo hacia él. Me apoyó una mano en la espalda, y con la mano izquierda sostuvo mi derecha. Nos deslizamos sobre el mármol, acentuando el primer tiempo de cada compás, mientras bailábamos un vals.

Bajó la cabeza hasta que estuvimos mejilla con mejilla. Inspiré el olor familiar de su colonia.

—Estás preciosa —murmuró. Su calidez me empujó a fundirme en él, pero me resistí a ese sentimiento. No tendría que estar allí, con ese aspecto; me creaba un conflicto.

Dimos vueltas por el salón, y yo paseé la vista de persona en persona; todos parecían tranquilos y relajados, con una sonrisa en los labios y una mirada soñadora. No les costaba ningún esfuerzo ser felices.

—Me sorprende oírlo, viniendo de ti —respondí por fin, con la mirada fija en cualquier parte menos en él, porque si veía su rostro, si lo miraba a los ojos…

—¿Acaso no me crees?

—Ya no sé qué creer.

Bailábamos, y sus labios me rozaban el oído.

—Jamás te mentiría sobre eso. No es solo que seas preciosa, Mirabella. Todo lo que tú eres es hermoso. No hoy, en este momento que compartimos, bajo estas luces, vestida de gala. Es una realidad que he sabido desde el momento en que te vi… E incluso eso es quedarme corto.

Trastabillé un poco y traté de controlar la respiración. ¿Cómo procesas informaciones como esa? Me sacudió por completo y me provocó una oleada de deseo… Me sentí asqueada. No pensaba rendirme. No lo haría.

Julian exhaló y, al ver que no respondía, murmuró algo con los labios sobre mi pelo.

—Estás enfadada conmigo.

—Me sorprende que te hayas dado cuenta.

—Créeme —rio con suavidad—, no soy yo el despistado aquí.

Puse los ojos en blanco.

—No me tientes…

Me rozó la oreja con los labios.

—¿Seguro que no te apetece?

Solté un bufido y me volví a mirarlo.

—¿Te parece gracioso todo esto, Julian? ¿Crees que la información que compartiste conmigo no ha puesto mi mundo patas arriba? —Se me quebró la voz—. Y luego te marchaste como si tal cosa.

—Mira, tú no… —Se detuvo e inspiró con fuerza—. Siento mucho no haber hablado contigo, irme sin decirte nada. No era mi intención. Solo trato de ser humano, pero tengo las manos atadas. No era yo quien decidía.

—¿Atadas, por qué? —«¿Es ella la causante de todo esto?», me pregunté.

—Por todo. Por lo que se espera de mí. Me ahogo solo con estar a tu lado. Lamento mi comportamiento de ayer. No te lo merecías; y, para ser sincero, no sabía que te afectaría de ese modo.

Me dolió oír que no creía tener influencia sobre mí. ¿Tan poco significaba para él? Tal vez fuese así. No hacía mucho que éramos amigos, dos masas de incertidumbre que orbitaban una en torno a la otra en un caos de confusión.

—¿Y por qué pensaste algo así, Julian?

—Porque estás aquí esta noche, y tienes una cita con Seven —me recordó, y fue un puñetazo en el estómago.

—Eso no es justo —repliqué, aunque sabía que tenía razón.

—¿No? Pero es cierto, Mira. ¿Creías que no me importaría? —dijo. Giramos, y yo desvié la mirada, con la lengua pegada al paladar.

Cuando Seven me pidió acompañarlo al baile, Julian y yo casi ni nos hablábamos; nuestras interacciones habían sido un toma y daca constante. No me di cuenta de lo mucho que le iba a importar hasta que vi cómo se le ensombrecía la cara cuando se lo dije.

—¿Te asusto? —me preguntó al ver que no respondía—. ¿Por eso no quieres mirarme a los ojos?

—Hay cosas que me asustan, Julian, pero tú no te cuentas entre ellas.

—¿Otras cosas, aparte de un monstruo?

—Calla —atajé, y lo fulminé con la mirada—. Tú no eres un monstruo.

—Eso no lo sabes. —Miró hacia los ventanales, hacia la noche—. Es algo innato. No hay finales felices para la gente como yo —añadió, y eso me rompió el corazón.

—No es cierto. Nada te impide tener una vida feliz, excepto tú mismo —respondí.

Quería gritar, que sintiese cada una de mis palabras hasta que le quemase la piel.

Pero no lo hice. Julian no era una bestia.

Era inexplicable, desde luego, pero había algo humano en su interior.

Se esforzaba. ¿Cómo podía no darse cuenta?

Por otra parte, cada persona percibe el mundo desde su punto de vista.

—Lo sé —murmuró. Julian me apartó con un giro y luego me inclinó hacia atrás al terminar la canción. Me alzó de nuevo, azorado y con una mirada de pánico—. Mira… ¿Dónde está tu colgante?

Reaccioné tocándome el cuello, y luego con una punzada de pánico.

—Me lo habré dejado en el dormitorio —susurré, mientras me esforzaba por recordar. Tenía intención de ponérmelo, pero después de vestirme se me había pasado por alto.

—Justo esta noche… —murmuró. Observaba el salón con los ojos muy abiertos—. Tenemos que irnos.

—Julian —mascullé. Me cogió del brazo y me mantuvo cerca de él.

—Ven conmigo, Mira. Por favor. Puedo mantenerte a salvo. Todos ellos me tienen miedo.

—¿Ellos? —Me aparté de él—. ¿Están aquí? ¿Dónde?

Julian siguió estudiando la multitud con atención, con la cabeza un poco ladeada como si oyese alguna señal de alarma. Después me miró de nuevo.

—Pase lo que pase —dijo en voz baja, con tono apremiante—, prométeme que no te quedarás a solas con él.

Eché un vistazo rápido a la gente que se lo estaba pasando bien.

—¿Qué? ¿Con quién? —Julian no lo repitió, sino que me miró fijamente, como si me dijera «ya sabes quién», y yo negué con la cabeza más veces de lo que pretendía. Se refería a Seven, mi acompañante, mi amigo, que me iba a llevar a casa—. ¿Por qué? —pregunté, y junté los brazos sobre el pecho.

—Aquí nada es lo que parece —murmuró, pero, antes de que pudiese añadir nada más, Seven se acercó con una extraña mirada en los ojos. No de celos, ni de cólera. Más bien parecía preocupado. Se interpuso entre Julian y yo, y cuando nos miró a los dos capté su malhumor.

—¿Va todo bien? —preguntó, y supe que hablaba conmigo. Pero yo estaba anonadada, sin saber qué hacer. ¿Qué tenía que ver Seven con todo aquello, y por qué Julian me advertía que no me quedase a solas con él? No tenía motivos para estar tan preocupado…, a menos que Seven tampoco fuese humano.

Y entonces todo encajó. El mundo se redujo a la delgada línea que lo absorbía todo, y yo grité para mí.

«Oh, dios mío. Oh, dios mío». El conflicto entre ambos.

La promesa de vengarse más tarde. El amigo de Seven que mencionó que el campus era «zona neutral».

Era un lobo, muy probablemente de otra manada, y por fin todo cobraba sentido.

¿Cómo no había visto antes a dónde apuntaban todos los indicios?

Observé a Julian, con la esperanza de que dijese algo más, de que me llevase a un lado y me lo explicase él mismo.

Quería que fuese sincero y me confirmara lo que ya había adivinado.

Pero vi que se ponía tenso, que se estaba conteniendo.

Suspiré al darme cuenta de que una vez más volvía a decepcionarme.

—Sí, todo va bien —respondí por fin, y cogí a Seven de la mano. Me la apretó con fuerza mientras nos alejábamos de Julian, hasta que yo me solté con un quejido.

—Seven, ¿qué pasa? Me haces daño.

Frunció el ceño.

—Oh, disculpa —tartamudeó—. No me había dado cuenta de lo tenso que estaba. Solo quería sacarte de allí. ¿Te estaba molestando Julian?

—No —respondí, aunque la respuesta era «sí». Me molestaba que Julian me dejase de nuevo a oscuras.

Seven volvió la mirada hacia donde estábamos Julian y yo unos instantes antes, y apretó los dientes.

—No me fío de él.

Yo misma no estaba segura de fiarme de él.

—¿Qué pasa entre vosotros dos? —pregunté, a ver si él me lo explicaba, ya que Julian no lo había hecho. Pero no era muy probable. Si Seven estaba atado por algún juramento, como Julian, no se le permitiría contarme nada.

Seven negó con la cabeza.

—Preferiría no hablar de ello —atajó. Por supuesto. «Por supuesto». Relajó los hombros e inspiró hondo—. ¿Te apetece bailar?

Fruncí el ceño. Más secretos. Estaba harta de que la situación se repitiese una y otra vez.

Pero ahora estaba hecha un mar de dudas.

En verdad, ¿qué motivo tendría Julian para mentirme acerca de Seven?

Puestos a ser insincero, ¿por qué ese día, habiendo tantos?

No tenía sentido. Y si Seven de verdad era un licántropo, ¿estaba a salvo en su compañía? Me sentía insegura, atrapada.

—¿De verdad que estás bien? —La voz de Seven, comparada con la música, fue casi un susurro.

Me cogió la mano otra vez, pero ahora con dulzura.

Rebusqué con la mirada entre el gentío, en las mesas, a ver si veía a alguna de mis amigas.

Me serviría de excusa para alejarme de él y que me llevaran a casa, mientras trataba de resolver todo aquel embrollo.

Pero cuanto más busqué, más claro me quedó que mis amigas no estaban allí. Al menos, no en el salón principal.

—¿Sabes a dónde han ido mis amigas? —me interesé, sin responder a su última pregunta.

—Hablaron de pillar algo, y supongo que ninguna quería ir sola, así que se fueron todas juntas.

Bufé, enfadada con… todo, en realidad. Con el universo.

—¿Sabes si hace mucho que se fueron?

Seven frunció los labios y se encogió de hombros.

—No, lo siento. —Me miró de nuevo con un gesto de tristeza—. Mira, pareces enfadada.

«No, ¿en serio?». ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si me equivocaba acerca de Seven? ¿Y si todo iba bien, y yo era una exagerada? Pero, por otro lado… ¿Y si no era así?

Tragué saliva.