Luna de sangre Capítulo 39
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Capítulo 39

Si en la batalla caes antes que yo, recordaré que aún compartimos el mismo cielo.

Artículo IV, Cartas perdidas de Aadan Primero

Al día siguiente, a eso de las seis de la tarde, Stevie me ayudó a ponerme el vestido.

Era largo, de corte sirena. La tela base era de un satén rosa claro con detalles de encaje transparente, y las mangas dejaban los hombros al descubierto.

Me quité las horquillas y separé los rizos con cuidado con un cepillo.

Luego me puse unos zapatos de tacón de color beis.

Verme así me sorprendió a mí misma. La última vez que había ido tan bien vestida fue para el baile de graduación, e incluso entonces, me sentía y me veía distinta.

No mucho, pero los huesos marcados en los pómulos y los ojos cansados eran una señal de que la juventud empezaba a quedar atrás.

El parecido con Rena me dejó sin palabras.

Parte de mí quería seguir mirando el espejo, aunque solo fuese para vislumbrar aquellos fragmentos de mi reflejo que me recordaban a mi madre, pero me negué a claudicar. Era hora de salir.

Los compañeros de clase se reunieron en el vestíbulo de Hester Hall, y mis amigas y yo nos unimos a ellos para hacernos fotos antes de que medio grupo se marchase.

Luego quedamos Em y yo, juntas. Éramos las únicas con pareja; los demás habían decidido ir en grupo. A nuestro alrededor se multiplicaban las charlas, mientras nosotras esperábamos, expectantes.

—¿Estás nerviosa? —Em se inclinó hacia mí, y agitó el vestido flapper rosa y dorado. Al tenerla tan cerca pude fijarme en la purpurina que se había echado por todo el cuerpo y el cabello. De la piel le emanaba un dulce aroma floral.

—Sí —susurré, y me miró con una intensidad que nunca le había visto antes; cautivadora, y también con algo turbio que no supe interpretar.

—Podríamos irnos, olvidarnos de todo esto —propuso. Por un instante me imaginé cómo sería: subirme a su Nissan, alejarme rumbo a la ciudad iluminada por las estrellas, dejarlo todo atrás… Pero, con un parpadeo, la sensación se desvaneció.

—No, está bien —le aseguré; pero su mano enguantada de seda tomó la mía desnuda y la apretó con suavidad.

—¿Estás segura? —preguntó. Me miraba a los ojos como si le fuesen a revelar algo. La idea me volvió a tentar, pero llevarla a cabo requeriría dejar tirado a Seven, y no le iba a hacer algo así.

—Segurísima —dije, y en ese momento Sev y Jak cruzaron la puerta doble con paso decidido.

Em corrió a saludar a Jak. La besó en la mejilla y ella sacudió la melena.

Cuando Seven se me acercó, el corazón se me aceleró y sentí que la calidez me envolvía.

Me besó la mano, pero con los ojos brillantes clavados en mí.

No tenía ningún derecho a observarlo de aquella manera, a estudiar cada detalle de su traje negro, a la medida y cortado a la perfección.

Ningún derecho a sentirme impresionada por el corte de pelo y el olor a medianoche.

Ningún derecho a que me temblasen las rodillas solo con verle los hoyuelos y tenerlo tan cerca de mí. Pero así eran las cosas.

Seven se me acercó hasta que su aliento me hizo cosquillas en la mejilla.

—Estás fabulosa —murmuró—. Cuando te vean, nadie se va a acordar siquiera de que soy un quarterback .

Sonreí y desvié la mirada.

—Mira que lo dudo.

Me tocó la barbilla y me alzó la cara con suavidad.

—Lo digo en serio —susurró—. Cualquiera que te mire se quedará sin aliento.

Se me hizo un nudo en la garganta y no supe qué responder, aparte de «gracias». Me cogió de la mano mientras hacíamos fotos, y al poco salimos de allí, subimos a su Mercedes negro y nos dirigimos hacia el este.

El salón del baile estaba en Kansas City, en Misuri, cerca del centro, lo bastante lejos de los rascacielos como para estar rodeado de una sucesión de colinas verdes que terminaban en una hilera de árboles.

Los techos del local eran altísimos, pintados con remolinos de cielo azul seguidos por un sol dorado.

Los ventanales de vidrio curvado daban a un jardín, cuyas rejas de hierro cubierto de enredaderas estaban adornadas con ramilletes de luces centelleantes.

Una enorme lámpara de araña de cristal relucía sobre la pista de baile.

Sus reflejos se deslizaban sobre cada superficie y cada persona de un modo cautivador.

Desde luego, el edificio era magnífico, increíble.

Nos asignaron una mesa con un tapete de lentejuelas negras, en cuyo centro habían dispuesto musgo y enredaderas verdes. Encima había un candelabro de bronce que goteaba cera.

Mis amigas se nos unieron y ocuparon los asientos libres. Nada más sentarse, Abi sacó la petaca que llevaba sujeta al muslo y la fue pasando.

—Alguien tenía que hacerlo —se excusó, y la verdad es que no solo no la culpé, sino que también se lo agradecí. Le di un buen trago y la pasé.

En el escenario, una banda tocaba blues, y pronto los camareros sirvieron un menú de tres platos. Tras un breve anuncio por parte de un miembro de la facultad, la pista de baile quedó abierta y poco a poco se empezó a llenar de gente.

Empezó a sonar una canción lenta, como una balada. Seven se volvió hacia mí y se ofreció a sacarme a bailar. Lo seguí a la pista. Me rodeó la cintura con las manos. Los destellos de luz de la araña le centelleaban en el pelo y la nariz.

Durante un rato fue como si solo existiéramos nosotros.

Cuando me inclinó hacia atrás, doblé la columna y sentí que me rendía ante él.

Amar a Seven sería muy fácil. Era muy tierno, y le encantaba lo que yo era y en lo que me iba a convertir.

No me costaba nada imaginar una vida acompañada de esa sonrisa deslumbrante.

Una vida fácil, sin complicaciones. Seríamos muy felices, y cada semana viviríamos en una ciudad diferente, donde le tocase jugar.

Lo animaría desde las gradas y él buscaría mi rostro entre la multitud para que le diese fuerzas.

El corazón me palpitó con fuerza, como si aquello fuese un mal presagio, como un recordatorio de que mi sangre maldita pondría en peligro a cualquiera que yo amase. Seven pagaría un precio que no merecía, y ese mero pensamiento me hizo rechazar toda la idea.

Sev me levantó de nuevo y yo me sujeté a él, con el estómago revuelto. Le apoyé la cabeza en el pecho, consciente de que jamás lo expondría a aquel peligro. Eso empañaría el brillante futuro que tenía por delante.

Cuantas más vueltas dábamos, peor me sentía. «No tendría que haber venido». ¿Y si, por el simple hecho de estar allí, los ponía a todos en peligro? Julian no me había hablado de ningún plazo, ni de ningún signo de peligro; solo me había dicho que tuviera cuidado, y que huyera si veía algún lobo.

Cuando terminó la canción, mis amigas llegaron corriendo y formaron un círculo a nuestro alrededor.

Se balanceaban y saltaban y me envolvían con sus risas.

Con una sonrisa forzada, me adapté a sus movimientos.

Qué encantadora velada, qué evento inolvidable que atesoraríamos en el corazón durante años.

Pero yo anhelaba desaparecer, fundirme con la hierba, con el suelo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas, y traté de fingir que era una muestra de la felicidad que me embargaba.

En realidad, estaba atrapada en un reino de agonía y tortura y me arrancaba trozos de mí misma.

Seguimos bailando hasta que dejé de sentir los pies, y al comienzo de una canción lenta alguien se llevó a Seven para que bailase con otra persona.

—Volveré —prometió, y yo suspiré aliviada por primera vez en horas.

Regresé a la mesa de inmediato. Me senté y me puse cómoda, con el mentón apoyado en la mano, y contemplé a la multitud con envidia, soñando con un mundo que no quisiera destruirme.

Al cabo de un rato me puse a juguetear con el móvil, hasta que una figura oscura se detuvo junto a mi asiento.

—Menuda sorpresa. Esperaba encontrarte en la pista de baile, divirtiéndote como nunca, y en vez de eso te encuentro aquí.

Levanté los ojos y vi a Julian.