Luna de sangre Capítulo 38
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Capítulo 38

Antaño los llamábamos ángeles caídos, pero tú no la viste convertir su halo en un espino para mí.

Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero

Aquel domingo nos despertó un sol ardiente. Yo había rodeado a Julian con las piernas, y tenía el brazo pegado a él; encajábamos a la perfección. Compartimos sonrisas somnolientas y sábanas cálidas, y nuestros cuerpos se desperezaron poco a poco.

Las palabras, murmullos apenas, llegaron más tarde, cuando se levantó de la cama y, de espaldas a mí, me tiró la ropa a la cama. Sabía lo que ocultaba y, con una risita, me puse los vaqueros mientras él corría hacia el baño.

En el comedor, nos sentamos a la mesa y tomamos el desayuno y café con hielo mientras yo lo obligaba a ver un vídeo tras otro en mi móvil. A mí me hacían más gracia que a él, pero un esbozo de sonrisa se le abrió paso en los labios, por mucho que intentó fingir que no se divertía.

Vi que la luz de sus ojos se iba apagando poco a poco hasta convertirse en un rescoldo cuando por fin nos separamos poco después del mediodía. El instinto me dijo que le preguntase el motivo, pero cada vez que había una oportunidad, él hacía una broma o decía algo para desviar la conversación.

Cuando se estaba alejando de mí, reparé en que algo más poderoso que la gravedad le hacía agachar la cabeza y hundir los hombros.

Cada paso que daba parecía más y más difícil; daba la sensación de que alguna entidad invisible lo hubiera desanimado.

Me pregunté si esa entidad era yo, si le había hecho daño de algún modo, pero cuando me decidí a preguntar ya lo había perdido de vista.

En los cuatro días siguientes no vi a Julian. Pero, tras los descubrimientos recientes, sabía que él era la presencia inesperada en aquella historia, lupus in fabula . Lo había sido desde el principio, entrando y saliendo de cada párrafo, a la espera de que yo encontrase el texto.

Y cuando por fin lo hice, hojeé todas las páginas, dejé mi huella en las esquinas y en el lomo, lo doblé, lo rompí.

Pero ahora Julian había desaparecido de nuevo.

En su ausencia, me negaba a quedarme sola; me aterrorizaba la idea de ser un trofeo de caza.

Me dejé llevar por los impulsos y entrené con el equipo de animadoras, me fui a comprar un traje para el baile de bienvenida, y me pegué a Stevie tanto como pude, aunque me sintiese como una carga para ella.

Hacía mucho mucho tiempo que no estaba tan necesitada ni era tan dependiente de los demás.

El tiempo que no pasaba con las chicas, lo pasaba con Naomi. Estudiamos juntas, y me hizo la vida imposible con el tema de Julian y Seven.

—Tienes que decidirte por uno —exigió.

—Me dijiste que debería salir con ambos.

Naomi se puso el bolígrafo en la oreja y descansó la cabeza sobre la barbilla.

—Eso fue antes de que Seven te pidiera que fueses con él al baile de bienvenida, y de que pasaras un fin de semana con Julian. —Sacudió las pestañas. Yo guardé silencio y me la quedé mirando—. Eso significa que ambos van en serio contigo.

—Solo somos amigos —dije con voz queda. Anoté algo y traté de no pensar en lo mucho que echaba de menos a Julian, y lo preocupada que estaba por no saber nada de él.

Sentía una quemazón en los ojos que intentaba ahuyentar, y cada noche los recuerdos me abrían en canal, se me colaban por los huecos entre las costillas.

A esas alturas, estaba convencida de que solo había dos opciones.

O bien la mujer misteriosa lo había convocado para que llevase a cabo tareas de la manada, o bien alguien, de algún modo, había descubierto que Julian había revelado su secreto, y ahora estaba pagando el precio por romper el juramento.

Naomi frunció los labios y enarcó una ceja.

—Claaaro —arrastró la palabra—. «Solo amigos» —me imitó con voz aguda—. Esperemos que no haya más peleas por ti.

Después de hacer los deberes, convencí a Naomi para pasar la noche en el sofá. La idea le encantó, y se acurrucó entre Stevie y yo mientras veíamos reposiciones de series antiguas hasta que las tres nos quedamos dormidas.

Pero lo cierto era que rodearme de amigas solo me hacía sentir segura hasta cierto punto.

No me quitaba de la cabeza que, aunque quisieran, no me podrían proteger de licántropos ni de vampiros.

Lo que más me asustaba era la amenaza implícita de que me estaban dando caza.

Tenía pruebas fehacientes de que los vampiros ya habían estado en el campus, y por eso, incluso de día, si la mirada de alguien se detenía en mí más de lo esperado, salía huyendo.

Por la noche no ponía un pie fuera del dormitorio.

Incluso convencí a Stevie para reorganizarlo y así poder apartar la cama de la ventana. Toda precaución era poca.

Pero en mis sueños los licántropos eran más grandes y salvajes que Julian. Huir de ellos no servía de nada. Cada secuencia onírica me recordaba lo mucho que me parecía a la mujer de Van Helsing . Quizá estaba destinada a enfrentarme pronto a mi final.

En un momento de desesperación, susurré el nombre de Julian durante el día, mientras deambulaba de edificio en edificio, con la esperanza de que me oyese. Con todo el tiempo que habíamos pasado juntos, y no le había pedido su número de teléfono; y ahora lo lamentaba.

Pero no apareció, señal de que estaba demasiado lejos para oírme, o de que había decidido hacer caso omiso de mi llamada.

Me sentía inclinada a creer lo segundo, y eso me provocaba una oleada de agonía y de odio hacia mí misma, cosas que no deseaba ni me convenían.

No podía imaginar por qué no me hacía caso ahora que habíamos roto el hielo, y con lo mucho que insistía en que fuésemos amigos.

Desaparecer en un momento así me parecía inmoral.

Y, aparte de eso, estaba Sev.

En cuanto regresó al campus me hizo una videollamada, muy excitado.

Hablamos del baile de bienvenida, de los partidos que había jugado fuera, y de que quería enseñarme su esmoquin.

Fuimos a tomar café después de las clases, se coló en varias sesiones de estudio que había planeado con las chicas, e incluso se ofreció a llevarme la cena las noches que me negué a abandonar la comodidad del dormitorio.

En otras palabras, estaba presente. Siempre.

Y, en eso, era afortunada. Seven era lo que yo necesitaba para contrarrestar la tristeza que me carcomía.

Pero había momentos en los que lo miraba a los ojos y me reconcomía la culpa.

Seven me mimaba en exceso, algo de lo que yo me aprovechaba por completo, pese a tener plena consciencia de que él podría pasar todo ese tiempo con alguien que se lo mereciera más que yo.

Algo que, mientras yo me interpusiera, no iba a ocurrir.

Sabía que era codiciosa y egoísta, estúpida hasta lo indecible, pero eso no me impidió consumir de modo compulsivo cada segundo que pasé con él.

El viernes, una vez acabadas las clases, vislumbré a alguien que corría por el Campus Central. Había mucha gente, muchísima, pero Julian se abría un camino serpenteante entre ellos.

Nada más verlo me quedé rígida; me dolía respirar.

—Julian —susurré, mientras yo misma me adentraba en la muchedumbre.

Julian llevaba el cabello castaño recogido en un moño, y vestía una chaqueta verde oliva; del hombro le colgaba la mochila.

No reaccionó. No se detuvo, sino que siguió corriendo.

—Julian —susurré de nuevo, con el corazón desbocado. Apreté el paso; temía perderlo si doblaba una esquina.

Eché a correr y, en cuanto estuve cerca de él, se paró en seco. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que algo terrible había sucedido.

La mirada pensativa y los ojos dorados ahora ardían como brasas. Me fijé en que no llevaba cascos. Me había oído entre todo aquel barullo, pero había decidido hacer caso omiso de mi presencia. Se me revolvió el estómago y se me hizo un nudo en la garganta.

—Julian, ¿dónde te habías metido?

Apretó con fuerza la correa de la mochila, con la mirada perdida.

—Ah, hola, Mira.

¿Eso era todo? ¿Era lo único que iba a decir para disculparse? ¿Un saludo, como si ya no fuésemos los mismos del fin de semana pasado? ¿Como si no supiese la increíble verdad de lo que era?

Le agité la mano delante de los ojos para atraer su atención.

—¿Me estás escuchando? ¿Dónde te habías metido? ¿Qué te pasa? —Me acerqué más a él y bajé la voz—. Estaba muy preocupada por ti.

El duro caparazón que había construido unos instantes antes se rompió durante un milisegundo. Los ojos de oro líquido se derramaron sobre mí y lo empaparon todo. Era una mirada que decía que me necesitaba.

—Lo siento, Mira. —Las palabras se le escaparon a borbotones—.

No es mi intención portarme como un gilipollas.

Te juro que no. Pero hay ciertos asuntos familiares urgentes que son muy agobiantes y…

me está resultando muy difícil gestionarlos.

—Se calló; pero su mirada me indicó que había muchas cosas que no me estaba contando.

Se lo veía derrotado. Tan tan derrotado…

—¿Qué puedo hacer? Dímelo. —Me recoloqué más cerca de él, tanto que me tapó la luz del sol. No había nada que no estuviese dispuesta a hacer o a compartir, ahora que él sabía lo que más despreciaba de mí misma. Cargaría con el peso de sus problemas, para demostrarle que no estaba solo.

—No puedes hacer nada —respondió de inmediato.

Di un paso atrás y me sonrojé.

Julian suspiró.

—¿Te puedo acompañar a donde vayas ahora?

No me moví. Me ocultaba algo, y quería exigirle que me lo contase.

Hizo un gesto con la mano para indicarme que lo dejase correr.

—Por favor —suplicó—. De verdad que ahora no quiero hablar de ello.

Asentí y fruncí los labios. No podía obligarlo a nada; yo no disponía de ese poder.

—Si quieres acompañarme, voy al Centro Estudiantil —murmuré.

Julian caminó a mi lado, con las manos en los bolsillos y a una distancia prudencial; casi como si el olor de mi sangre lo afectase, después de todo.

Al llegar al edificio nos detuvimos.

—Durante el fin de semana no estaré en el campus —comentó, y eso disparó todas mis alarmas.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Que se hubiese ausentado cinco días ya era bastante preocupante.

Él no tenía ni idea del impulso creciente que sentía por ir a dondequiera que él fuera.

No quería quedarme atrás. No soportaba la idea de que estuviese lejos de mí—.

Te perderás el baile de bienvenida —añadí para enmascarar mis auténticos sentimientos.

—Ese es tu mundo, no el mío.

—¿Y por qué no puedes participar en él tú también?

Apretó los labios, y el silencio habló por él.

—¿No irías, aunque alguien te pidiera que fueses su acompañante?

Sonrió por fin. Sonrió, y fue como si lo hubiese recuperado, como si todo fuese a salir bien.

—¿Me lo vas a pedir?

Se me encogió el corazón.

—No. —Suspiré—. Yo… voy con otra persona.

Primero reaccionó con sorpresa, pero luego sumó dos y dos.

—Oh. —Dio un paso atrás—. Que te vaya muy bien. —Me di cuenta de que le dolía. Pero solo éramos amigos. «Solo amigos. Solo amigos». Eso era todo.

Julian retrocedió y se sumió en las sombras oblicuas del atardecer.

—Ya nos veremos, Mirabella —murmuró; y, en un suspiro, desapareció.

Me quedé inmóvil, con la sensación desgarradora de que yo era el motivo de su ausencia, y allí, en la acera, bajo el sol ardiente, sentí que mi alma se rasgaba y se derramaba sobre el cemento, una hemorragia inquietante, perpetua y silenciosa que se colaba por todas las grietas.