Luna de sangre Capítulo 37 #3
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Capítulo 37 #3

—Lo prefiero así —dije. Vi cómo tragaba saliva—. Pero tengo que pedirte una cosa. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Me prestas una camisa para dormir?

—Dioses —murmuró—. No paras de pedir.

Pulsó el interruptor para encender la luz, rebuscó en un cajón y me tiró una camisa, que me dio en toda la cara. Hice una mueca y respiré hondo. Hice un movimiento circular con el dedo.

—Date la vuelta —dije.

—De nada, ¿eh? —bufó, pero obedeció—. Como si tú no me hubieras visto ya desnudo.

Resoplé mientras me quitaba la camisa.

—Para empezar, lo tuyo fue circunstancial, y para seguir, yo no estoy desnuda.

—¿Y no estar desnuda es peor?

Me quité la ropa, doblé la camisa y los vaqueros y los puse en el brazo del sofá.

—No me lo irás a discutir, tío —dije al tiempo que me ponía su camisa y me metía en la cama.

—No voy a discutir nada. Solo digo que tus matemáticas no cuadran.

Le tiré una almohada a la cabeza a modo de respuesta. Cayó al suelo y me partí de risa.

—Ya está —dije.

Pero Julian ya se estaba dando la vuelta para tirar la almohada en dirección a mí.

La paré con las manos y se la volví a tirar en medio de un ataque de risa.

No tenía tanta gracia, pero la cara de Julian, las cejas arqueadas, la boca abierta en un gesto de confusión y emoción a la vez, me cortaban la respiración.

Luego fue la manera en que se enfadó, que me hizo reír todavía más, tanto que se me llenaron los ojos de lágrimas.

Tras unos cuantos asaltos más de lanzamiento de almohadas, alzó las manos en gesto de rendición y sopló para apagar la vela.

—No ha tenido gracia —gruñó.

—Porque no te has visto la cara. Menudo cabreo tenías.

—Estaba molesto, que es muy diferente.

—Claro, claro —repliqué entre risas; me metí bajo las mantas, pegada a la pared—. Claro.

Julian me miró con exasperación y soltó un suspiro largo, hondo, antes de quitarse la camisa. Apreté los labios y me tapé la boca con el borde de la manta mientras le miraba el torso, el pecho esculpido. Bajo el ombligo tenía una V que desaparecía tras la cintura elástica de los bóxeres.

Se echó el pelo hacia atrás.

—¿Qué pasa? —preguntó, y se dio la vuelta para quitarse los vaqueros y ponerse unos pantalones cortos de algodón.

—Nada. —La manta amortiguó el sonido—. ¿No te vas a poner una camisa encima de eso?

—Tengo calor por la noche. —Fue hacia el interruptor de la luz—. ¿Prefieres que lleve camiseta?

Me contuve para no hacer el chiste que tenía en los labios. Sin camisa, dormir a su lado iba a ser insufrible, no podría pensar en otra cosa. Julian se dio cuenta y se puso una camiseta, encendió el ventilador y apagó la luz.

—Y yo que pensaba que estarías cansada —murmuró al tiempo que se metía en la cama y se tumbaba de espaldas.

Se quedó mirando al techo.

—Yo qué sé, un ramalazo de energía. —Pero lo cierto es que ya sentía que el agotamiento se apoderaba de mí.

Tras unos segundos, Julian se puso de costado para mirarme.

La luz de la luna le acarició la cara a través de las rendijas de la persiana—.

Gracias —le susurré. Nuestros brazos se tocaron y le cogí la mano—.

Por aguantar mis tonterías. Por dejar que me quede aquí. Por ser mi amigo.

—Ha sido uno de los mejores días que he tenido en mucho tiempo —dijo.

Le pasé los dedos por el brazo, aunque era consciente de que no debía hacerlo.

—¿Por qué un helecho? —pregunté al tiempo que le acariciaba las hojas del tatuaje.

Me miró los dedos, noté cómo se le contraían los músculos cuando se los rocé con las uñas.

—Me recuerdan a mi madre. Era su planta favorita. Los recogíamos en el bosque, los llevábamos a casa y ella los plantaba en el jardín.

Me hablaba desde un lugar muy lejano, distante de donde nos encontrábamos. Aparté la mano, pero de pronto estábamos más cerca que nunca.

—¿Piensas en ella a menudo?

—Todos los días de mi vida. Aún le veo la cara que tenía aquella última noche que estuve con ella. Está ahí cada vez que cierro los ojos, prometiéndome que nos veremos más tarde.

Se me hizo un nudo en la garganta e intenté tragar saliva. Me sentía impotente, habría dado cualquier cosa por borrar esa tristeza que yo misma había conjurado.

—Ojalá todo fuera diferente.

—Ya no discuto con lo que sea que hay en el cielo. El mundo no se va a detener para esperarme, he aceptado que tengo que vivir sin ella.

Habría deseado hacer lo mismo, perdonar a Rena, resignarme al camino que me había tocado, pero solo de pensarlo me invadía la amargura. Y había otra pregunta que necesitaba hacer.

—¿Todavía me odias, Julian?

No sabía la respuesta, porque la mía a la misma pregunta no paraba de cambiar. Habíamos firmado una tregua debido a la emergencia de la situación inesperada en que nos habíamos visto inmersos.

—No sé qué siento por ti —dijo.

Me sonrojé de una manera patética y pensé en lo que iba a decir a continuación. Lo que sintiera Julian hacia mí no debería importarme, pero al verlo en aquel momento se me aceleraba el corazón y los nervios me atenazaban el estómago. «Somos amigos —me recordé—. Amigos».

Pero…

Julian me puso una mano en la cara, me acarició la mejilla con el pulgar, me echó el pelo hacia atrás con devoción pausada, como si no existieran las palabras. Presionó los labios contra mi frente, me dio un beso, y luego se apartó lo justo para rozarme la nariz con la suya.

Durante un instante, solo existió nuestra respiración. Nos envolvió el anhelo de algo más, susurrando suplicante un comienzo. Era algo agudo, insoportable. Quería morir contra su pecho, quería que me hiciera pedazos con sus manos.

Cuando se apartó, cuando fue el primero en rendirse, me invadió el pesar.

—Duerme bien —susurró, y el sonido de su voz me hizo estremecer de nuevo.

Pero me acerqué más a él, tanto que acabé bajo la curva de su cuello; le busqué la mano con la mía y nuestros dedos se entrelazaron bajo las sábanas.

—¿Te parece bien? —murmuré contra su piel.

Lo oí tragar saliva, sentí la vibración en su cuello al responder.

—Sí.

Respiré hondo la sal de su piel.

—Buenas noches —dije con voz queda.

Así, pegada a él, me permití imaginar cómo sería pasarle los dedos por el pecho, por la base del cuello, por el pelo.

Traté de recordar la sensación de la boca de Julian en la mía.

Cómo no quise ser cautelosa con él, cómo todo fue dulce y ácido y lleno de esplendor, y se me quedó dentro durante muchas lunas.

Y me pregunté qué diferencia habría si lo besara en ese momento, cómo serían nuestras respiraciones entrecortadas, cuán dulce sería su sabor, sus manos al explorar mi cuerpo, al recorrer cada curva.

Nos acercaríamos, nos alejaríamos hasta acabar jadeantes, temblorosos, débiles.

Le suplicaría «te necesito» con los labios pegados a los suyos, y me inmovilizaría con su cuerpo sobre el mío para recorrer cada centímetro de él.

«Hasta que no haya más secretos entre nosotros. Solo la verdad».

Pero no hice nada de eso.

Julian era un puerto, un refugio, un amigo.

Y yo ya había traspasado demasiados límites, tenía miedo de echar eso a perder.

Lo tenía allí mismo, y algo me decía que haría lo que yo quisiera de él, pero me negué.

No podría tolerar que una persona más saliera de mi vida.

No soportaría el dolor de que me diera la espalda.

Me guardé todos esos sentimientos y seguí muy cerca de él hasta que las sensaciones se calmaron. Se volvió y me rodeó con un brazo para atraerme hacia él. Me dio otro beso delicado en la mejilla y, así, nos dejamos llevar por un sueño tranquilo.