Luna de sangre Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—No, tranquilo, no pasa nada —le prometí—.

Quiero contártelo. —Me miré los dedos, nerviosa, y traté de hilvanar las palabras para que me salieran como quería.

Se me atragantaron, reacias, testarudas.

Tragué saliva y lo miré—. Nunca le he dicho esto a nadie, nunca lo he dicho en voz alta, pero tengo miedo de…

de no merecerme que me quieran. De ser odiosa —conseguí decir, con la esperanza de que la velocidad a la que me salieran las palabras ocultara todo su significado.

Pero me sentí como si se me rompiera algo en el pecho, como si se me encorvara la espalda con el peso de la verdad.

Bajé la vista, arrepentida. Habría querido dar marcha atrás y borrar las palabras del aire.

Miré las manos de Julian. Uñas cortas, limpias.

Piel morena. Se las puso sobre el regazo y entrelazó los dedos.

El sentimiento que se reflejaba en sus ojos trataba de atraerme hacia él.

Quería que lo mirase, que le viera la cara al hablar.

—Mira —empezó, y me rozó la mejilla con el pulgar. Me acarició la barbilla con los dedos para que alzara la vista. Respiró hondo—. No me imagino un universo en el que pudieras ser odiosa.

Bajó la mano para cubrir la mía. Su peso me recordó que estaba allí, que decía algo muy diferente de lo que yo estaba pensando.

Por fin, lo miré. Sus ojos amables se clavaron en lo más hondo de mí, en mi alma.

—Pues no fue eso lo que me dijiste —le recordé.

No había sido mi intención sacar el tema, pero lo que me dijo aquel día en clase me había lanzado por una espiral interminable, y en su momento lo creí, tal vez antes de conocerlo. «Tu miserable existencia…».

Se acercó más a mí, tanto que no pude ver nada que no fuera él.

—No te conocía como te conozco ahora. —Tragó saliva y me estudió la cara—. Siento mucho lo que te dije aquel día. Fue una tontería, no tenía sentido. No me había imaginado que te afectaría tanto, y lo siento.

La brisa me agitó el pelo y me lo aparté de la cara.

—Es que es eso, Julian. Casi no me conoces.

No siempre soy amable e ingeniosa. A veces soy distante, cruel y egoísta.

A veces quiero destruir todo lo que se me pone por delante y huir de las consecuencias.

—Me miré las cicatrices viejas de las manos, recuerdo de los espejos que había roto, de los incontables objetos que había destruido.

Lo que no me había dejado marcas externas eran los gritos que le había pegado a Bobby, la manera en que me había distanciado de mis amigos, lo arisca que había sido con todos cuando Rena se marchó—. A veces puedo ser aborrecible —terminé.

No se fue de mi lado y, cuando la brisa sopló de nuevo, fue él quien me apartó el pelo de la cara y me lo remetió detrás de la oreja.

—¿Y crees que esas cualidades determinan la capacidad de los demás para quererte? —Frunció el ceño—. Todos somos el malo de la película en alguna ocasión. Es un sentimiento espantoso, pero no quiere decir que no merezcas que te amen.

Aparté la vista y apreté los labios, mi boca se transformó en una línea fina.

Julian no sabía lo bruscamente que había desaparecido Rena.

No era consciente de que en un momento dado lo era todo, y al siguiente nada.

Apreté los puños al recordarlo. Habría querido desgarrar el universo con las uñas, hacer pedazos las galaxias.

«Porque, aunque se marchara para protegerme… ».

—Dilo en voz alta —me susurró, consciente de los pensamientos que me daban vueltas en la cabeza, y de que no los iba a formular en voz alta porque pensaba que no valía la pena, pero…

—Si me mereciera algún amor, no le habría sido tan fácil marcharse —dije, aunque las palabras se me trabaron.

Tenía un nudo de fuego en la garganta y la vista borrosa.

—O tal vez te amara tanto que tuvo que marcharse.

Me sequé la cara.

—Tal vez —murmuré.

Me resultaba difícil comprender la decisión de Rena de marcharse.

Incluso después de saber todo lo que sabía ahora, resultaba difícil de digerir.

Si de verdad me quería a mí, si quería a Bobby, ¿cómo pudo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, sabedora de que eso nos destruiría?

No había estado bien. Yo no había estado bien.

La necesitaba en el día a día y, tras años de vacío desolador, solo me había enviado una carta sin remitente y un colgante que me hacía más mal que bien.

Nos había dejado desprotegidos, a oscuras, ajenos a la existencia de vampiros y licántropos. Lo que había hecho… era imperdonable.

—Gracias, Julian —dije al final—. Gracias por escucharme, por responder como has respondido. No estabas obligado.

—Pero quería hacerlo —respondió con voz sosegada.

Los dos nos quedamos en silencio un rato. Al final, se apartó un poco de mí.

—Bueno —dije, satisfecha por no tener que seguir hablando de mí misma—, ahora sí que tienes que contarme tú un secreto.

Se apoyó sobre las palmas de las manos.

—Es fácil, porque ya conoces el más grande.

—Sé lo que eres, pero no sé quién eres —apunté.

La luz era cada vez más escasa; la brisa que pasó entre nosotros nos erizó el vello de los brazos.

—Creo que puedo ser un monstruo —susurró Julian.

Lo dijo con total sinceridad, sin rastro de vacilación. Me preocupó.

—¿Por lo que eres? —pregunté.

Me fijé en que la mirada se le había endurecido, con los ojos perdidos en la distancia.

—Por lo que soy. Por lo que puedo hacer. He visto cómo la bestia interior se apoderaba de personas a las que amaba. Su poder, sus exigencias, son implacables. Y hay una lucha constante entre lo que quiero ser y lo que estoy destinado a ser.

—¿Destinado?

—Por mi madre, estoy destinado a ser un alfa, a ocupar un trono que nunca pedí.

«Las madres y sus estirpes —pensé—. Es una tragedia».

—Entiendo que eso te cause un conflicto interno —dije.

De pronto comprendí que Julian y yo éramos dos caras de la misma moneda—.

Pero, si te sirve de algo, yo no creo que seas un monstruo.

He visto cómo te convertías en lo que se supone que es un monstruo.

También te he visto comportarte como un imbécil.

Pero… te he visto ser amable, y leal. Y me salvaste la vida, cosa que nunca podré pagarte.

Ahora estás siendo sincero y abierto conmigo. Un monstruo no sería capaz de eso.

Vi cómo le cambiaba la expresión. No habría sabido decir si me creía. Algo temible se le había materializado en los ojos, había algo que no me estaba contando, pero en lugar de seguir hablando se volvió hacia mí y se bajó del capó del coche.

—Está oscureciendo. Tenemos que volver —dijo al tiempo que me tendía una mano para ayudarme a bajar.

Se la cogí, pero no me moví.

—Una cosa más, Julian… —Me miró atento y expectante—. El destino está en tus manos. Tienes el poder de darle la forma que desees. Nadie más puede hacer eso. Nada más puede hacer eso. Solo tú.

Esbozó una sonrisa mientras me bajaba del capó y me acompañó para abrirme la puerta del coche.

—Gracias, Mira —me dijo mientras me sentaba.

Una vez tras el volante, Julian volvió a poner la música que yo había elegido antes.

Condujo con las ventanillas bajadas, invitando a entrar al aire de la noche, la luz de las estrellas.

Y, por primera vez en toda la eternidad, tuvimos una conversación normal.

Hablamos de nuestras asignaturas, del empleo soñado, de los viajes que nos gustaría hacer; y, en el espacio que separaba los asientos, le cogí la mano libre y se la apreté.

Porque él no estaba solo en su oscuridad, ni yo tampoco en la mía.

Durante el trayecto, recibí un mensaje de texto de Seven.

Te echo de menos.

Ojalá estuvieras aquí animando.

Yo también lo echaba de menos, pero era un sentimiento que desvanecía en el aire.

No supe qué responder, ni siquiera si quería responder.

Estar al lado de Julian había dado al traste con todos los límites que me había trazado.

No sabía dónde situarlo en el mapa de mi vida, ni qué hacer con los sentimientos que se debatían dentro de mí, que me recolocaban los órganos por dentro y se me asentaban en el vientre palpitantes, como un segundo corazón.

Salimos de la heladería con los labios pegajosos de azúcar y volvimos a la residencia de Julian para terminar de ver Van Helsing. Me sorprendió ver que quedaba una hora entera de película.

Espóiler: la damisela en apuros no llega a los créditos, un destino que no me resultó nada satisfactorio.

Por eso, me empeñé en ver una comedia para equilibrar el ambiente, y agradecí que Julian se mostrara dispuesto, sin discutir ni criticar mi elección.

Se limitó a buscar una comedia romántica y lo oí reír mientras se me cerraban los párpados y se me inclinaba la cabeza hacia el sueño.

Julian me tocó el brazo.

—Mira —susurró—. Te estás durmiendo. —Me senté y me froté los ojos. Todavía estábamos cada uno en un lado de la cama—. ¿Quieres que te acompañe a tu residencia?

Parpadeé y recordé el vacío del exterior. El miedo. La ventana desde la que se divisaba el bosque aterrador. Los lobos. Los vampiros. Negué con la cabeza.

—¿Puedo quedarme aquí contigo?

Paseó la vista por la habitación; los destellos de luz coloreaban el verde oscuro de las plantas, los lomos gastados de los libros, los mapas enmarcados. La cera se fundía en torno a la llama de la vela que ardía en la encimera. Se bajó de la cama y miró a su alrededor.

—Claro —dijo—. Te quedas con la cama, yo dormiré en el sofá.

Era un sofá diminuto, de dos plazas, donde no cabía ni una cuarta parte de él.

—No voy a permitir que duermas en ese chisme.

—He dormido en sitios peores. No pasa nada.

—No. —Me crucé de brazos como una niña pequeña—. Es tu habitación. Insisto.

Se rascó la barbilla.

—¿Estás segura?

—Estoy segura, y la verdad, ya hemos compartido la cama. Aunque fuera por accidente.

Julian se puso rojo y miró al suelo. Sonrió.

—Si lo prefieres así…