Luna de sangre Capítulo 37
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Capítulo 37

Escucha lo que te dice la intuición. Es la chispa que enciende la llama.

Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero

A Bobby le daba vergüenza decirlo en voz alta. Porque no lo entendía. Porque todavía estaba tratando de desentrañar la verdad de Timber Plains. Y no lo podía culpar por eso. Si Julian no me hubiera demostrado cómo era la transformación, habría seguido pensando que era una historia más del folclore.

Cuando volví a la Universidad de Lakeland, el cielo era una mezcla perfecta de amarillo y rosa.

El sol asomaba entre las nubes y proyectaba una luz dorada sobre el Campus Central. Yo no sabía muy bien qué hacer, a dónde ir. Me senté en el porche delantero de Hester para balancearme en una mecedora.

Antes de que pasara todo aquello habría salido a correr, o a hacer una ruta.

Habría puesto una hamaca entre los árboles para leer un libro.

Siempre pensé que lo peor que me había pasado era la partida de Rena, pero ahora comprendía que eso era solo el comienzo de lo que iba a ser un desagarro incesante y eterno en mi corazón.

Me habría gustado contárselo todo a Bobby, pero el secreto no era mío, no tenía derecho a revelarlo. Pese a todo, la idea de que Rena procediera de una estirpe antigua era veraz. Con la información que le había dado, tal vez podría localizarla, o al menos averiguar algún dato que nos faltaba.

La silla crujía al moverse. En el silencio, la soledad me invadió, y las posibilidades de lo que sucedería cuando se pusiera el sol me atenazaron con tanta fuerza por la garganta que me costó respirar.

«Julian», pensé.

Minutos más tarde, tras colarme en Bryton, subí en el ascensor hasta el sexto piso, crucé el vestíbulo y fui hasta el final del pasillo hasta llegar a la puerta de madera que nos separaba.

Un cosquilleo se me subió a las mejillas y me quedé allí, azorada. Debió de ser demasiado tiempo, porque oí que se descorría el cerrojo y el picaporte giró. La puerta se abrió y Julian apareció al otro lado para mirarme con una sonrisa en la cara.

—¿Me echabas de menos? —dijo.

La respuesta era que sí, pero no se lo pensaba decir. Era la única persona conocida que me quedaba en el campus aquel fin de semana, y no quería estar sola. De modo que entré sin esperar a que me invitara, pasé de largo junto a él y me dejé caer sentada en el sofá.

Julian se mordió el labio inferior mientras cerraba la puerta. Me miró con diversión, como tratando de averiguar qué sería lo siguiente que haría.

—¿Cómo va esto? —le pregunté; me intrigaba su capacidad auditiva, hasta dónde llegaba—. Lo del oído. ¿Oyes todas las voces, todo el tiempo? ¿No te molesta?

Julian paseó la vista por la habitación con cierta timidez.

—¿Me has llamado?

—No, es una duda que tengo. Anoche solo tuve que decir tu nombre y me oíste. ¿Eso quiere decir que esperabas a que te llamara? ¿Siempre me estás escuchando? ¿Debería empezar a preocuparme?

—Caray. —Julian se apoyó en la encimera de la cocina como si estuviera abrumado—. ¿Qué tengo que decir? ¿Que un gran poder conlleva una gran responsabilidad?

—Pues no eres Spiderman.

Julian apartó la vista para sonreír al tiempo que miraba por la ventana. Al cabo de unos momentos se volvió de nuevo hacia mí.

—No te estaba espiando, Mira. Prestaba atención a mi nombre.

—Recordé lo bajo que lo había dicho—. Y lo de todas las voces…

no es tan caótico como parece. Al principio es como tener sintonizadas todas las emisoras de radio a la vez, pero con el tiempo aprendes a bajar el volumen.

Las voces son como un murmullo de fondo. Puedo elegir lo que quiero escuchar.

—Oído selectivo.

—Oído selectivo —asintió.

Suspiré, tranquilizada por la respuesta.

—Bueno, ¿qué hay para cenar?

Se le escapó la risa.

—¿Para cenar? —repitió, pensando que lo decía en broma.

Pero luego su expresión cambió—. Ah, que va en serio.

—Asentí. Julian me miró, desconcertado. Llevaba unos vaqueros azules gastados y una camisa de franela arremangada hasta los codos que le dejaba entrever el pecho—.

¿Qué tal hamburguesas con patatas fritas?

Me levanté y, sin detenerme, fui hacia la puerta. Julian puso los ojos en blanco y luego me siguió.

Su coche era un jeep negro con asientos de cuero muy gastados.

Olía a vainilla y a cachemira. Tenía colgado del retrovisor un adorno en forma de lobo que me miró en el momento en que me senté.

Lo rocé con los dedos, pensando lo raro que debía de ser para Julian vivir en un mundo donde nadie sabía lo que era en realidad.

Y me planteé si me leía el pensamiento, porque nada más ponerme el cinturón de seguridad me lanzó una mirada solemne, pero no me dijo lo que estaba pensando.

Llevábamos las ventanillas bajadas al salir de Lakeland, y el pelo se me agitó en todas direcciones. Julian se echó a reír.

—No tiene gracia —protesté al tiempo que me apartaba los mechones de los ojos y la boca.

—Sí que la tiene —bromeó; me dio su teléfono—. Tú eliges la música.

—¿Seguro que quieres escuchar lo que me gusta? —Pasé varias pantallas buscando la canción más angustiosa que tuviera—. Me vas a ver con otros ojos.

—Lo dudo muchísimo —dijo con una sonrisa, sin apartar los ojos de la carretera—. Somos amigos, ¿no?

Se había tomado muy en serio lo de ser amigos, cosa que me parecía un tanto peculiar.

Yo debía de ser su última opción en lo tocante a amistades.

Pero, cuantas más vueltas le daba, más me reconciliaba con la idea.

Sabíamos muchas cosas el uno del otro, cosas que no nos atreveríamos a contarle a nadie más.

Y los secretos cimentan la amistad. Así que lo nuestro debía de ser eso, amistad.

Apreté los labios.

—Sí —dije.

Cuando dejé libre esa verdad ante el mundo, Julian me miró con unos ojos llenos de luz de sol. Habría querido atesorar aquel recuerdo para siempre. Era una imagen que recordaría de manera obsesiva hasta que se me quedara grabada en los huesos.

Puse la música y nos envolvió el sonido de una guitarra eléctrica, unos bajos intensos.

Julian se puso las gafas de sol y yo canté a gritos desafinando la canción al tiempo que agitaba las manos.

Le dejé que bajara las ventanillas pese a que me iba a hacer polvo el peinado, y él me dejó cantar el disco entero.

Un auténtico intercambio.

Compramos la comida en una hamburguesería y a Julian se le ocurrió una idea, y en un abrir y cerrar de ojos estábamos sentados en el parque, sobre el capó del coche.

Desde allí se veía el paisaje otoñal de la universidad, todo tonos verdes, anaranjados y amarillos, con personas diminutas que recorrían los caminos.

Ya me había comido la última patata frita y estaba alargando la mano con discreción hacia las de Julian cuando me la miró con los ojos entrecerrados. Esa mirada me recordó que me había dicho que siempre tenía hambre y pocas cosas lo saciaban.

—Cógelas si quieres —me dijo, pero yo ya había apartado la mano—. Venga. —Me ofreció el paquete—. Que te mueres de ganas. —Resoplé y cogí unas cuantas patatas, y Julian se echó a reír—. Aún hay muchas cosas que no sé de ti, Mira. Por ejemplo, que eres una ladrona de patatas fritas.

Me encogí de hombros.

—Es el precio que se paga por ser amigo mío.

Sonrió e hizo una reverencia, todavía con el paquete en la mano.

—A tus pies, señora.

—Así me gusta, que estés en tu sitio. —Estiré el cuello y levanté la barbilla toda digna mientras le robaba dos patatas más.

Alcé una espada imaginaria con la mano y se la puse en el hombro derecho, luego en el izquierdo, para armarlo caballero—.

Ya está —proclamé, y le di una patata frita.

Julian alzó la cabeza y puso una mueca, pero la aceptó de todos modos.

Nos echamos a reír y me limpié las manos—.

Aún hay muchas cosas que no sé de ti… aparte del hecho evidente de que eres un licántropo.

Sonrió de medio lado.

—Ah. Ese detallito sin importancia.

—Ese detalle fundamental —lo corregí.

—¿Otra vez estás cambiando de tema?

—Puede.

—¿Qué estudias? —me preguntó.

Arrugué la nariz.

—Esas son las típicas preguntas que llevan a un callejón sin salida.

—En tu opinión, ayer no éramos amigos, y hoy las preguntas genéricas son demasiado superficiales, ¿no? —Julian se terminó las patatas fritas y bebió un trago—. No resulta confuso, para nada.

—No es mi misión que las cosas tengan sentido para ti.

—Ni para nadie. —Se echó a reír y le pegué un codazo en las costillas. Cuando se calmó, se apoyó con las palmas en el capó del coche—. Venga, aquí va una pregunta: ¿cuál es tu secreto más íntimo y oscuro?

—Julian. —Hice una mueca—. Dios, tampoco quería decir que te lanzaras de cabeza del trampolín.

Eran cosas que Stevie y yo ni siquiera habíamos comentado todavía. Había pensado que me preguntaría por mis sueños y esperanzas, no por las cosas que me hacían sentir vacía, acosada.

—¿Qué pasa, tienes miedo de compartirlo con un lobito bueno como yo? —bromeó.

Puse los ojos en blanco. Pues sí, era verdad, me daba miedo compartirlo con él. Me daba miedo cómo me vería después. Pero, cuando miré al cielo, el sol se había ido hacia el oeste, tras nosotros, y fija en su lugar estaba la luna.

La luna.

Siempre era solo una fase de sí misma, en cambio constante hasta que se completaba. Incluso entonces, las sombras más oscuras creaban la ilusión de que era pequeña. Resultaba extraño pensar que siempre estaba completa.

Así que, aunque compartiera el secreto más íntimo y oscuro, sabía que era solo un cuarto de mí. Decirlo en voz alta no me dejaría marcada. Y si Julian podía revelar una parte de él que debía haber ocultado para siempre, yo podía descubirle una parte que ocultaba por elección.

Mi silencio lo hizo titubear.

—Mira, no… no hace falta que digas nada si no te apetece. Perdona que te haya presionado. Es que quiero conocerte, nada más.