Capítulo 36
Vivimos así durante siglos. La paz era casi abrumadora.
Artículo IV, Cartas perdidas de Aadan Primero
Antes de abrir los ojos, percibí el ascenso y el descenso. Era como ir a la deriva por un mar de cristal, con olas que me arrastraran poco a poco con la corriente. La sensación era incesante.
Un parpadeo y los ojos se me llenaron de luz del día.
Se oyó más abajo, a lo lejos, la risa de alguien el Campus Central.
El sonido se había colado por la ventana entornada.
Sentí junto a mí una calidez, el olor a eucalipto quemado, el peso de un brazo sobre la cintura que me envolvía como un capullo protector.
Yo tenía una mano sobre su pecho, con los dedos entre los pliegues de la camisa que llevaba puesta la noche anterior. Mi cabeza reposaba bajo su hombro, en la curva, como si nos hubieran tallado juntos.
A la luz de la mañana, tenía el pelo rizado sobre la almohada y, en aquel momento, parecía más humano que nunca.
Era una inocencia que me conmovió, que me pellizcó en el ombligo.
Qué extraño resultaba pensar que Julian y yo nos movíamos y respirábamos en el mismo mundo. La sola idea parecía imposible.
Al verlo así me dieron ganas de quedarme, de agarrarme a él, de envolverme con él. Me hizo desear esperar hasta que el sol se pusiera y volviera a salir una y otra vez. Encontraríamos la manera, una alteración en el éter. Qué decepción se llevaría el éter si lo supiera.
¿Cómo habíamos pasado de enemigos a aquello? Estábamos entrelazados como un manojo de hierbas, sin que se supiera dónde empezaba uno y terminaba el otro. Solo llevaba una noche viviendo en aquella nueva realidad y nunca había sentido tanta paz.
Me di el lujo de mirarlo una vez más antes de desenlazarme de él con todo cuidado. Recogí mis cosas, que habían acabado dispersas por allí, y me puse los zapatos, y me incliné sobre él.
—Gracias —le dije en un susurro.
Perdido entre el sueño y el presente, Julian me cogió la mano. Fue solo un segundo, un apretón delicado, antes de soltarme. Luego, se giró de bruces y volvió a sumergirse en el sueño. Solo entonces me di cuenta de que no me había enterado de cómo terminaba la película.
Al llegar al camino del edificio, saqué el teléfono para llamar a Bobby. Acordamos reunirnos en una cafetería de Strawberry Hill y, cuando me preguntó si quería que fuera a buscarme, decliné la invitación y le dije que me las arreglaría sola.
Me vestí y pedí un taxi, y metí la carta de Rena en el bolso.
La cafetería estaba hasta los topes, lo normal un sábado antes de mediodía.
Bobby estaba sentado ante una mesa, hacia el fondo, con una taza de café humeante (sin leche, sin azúcar) delante de él.
Tenía en las manos un ejemplar del periódico local, el Kansas City Star.
Que yo supiera, era el único que lo leía.
Pedí en la barra un café con hielo y, cuando me lo sirvieron, me senté frente a él y carraspeé para aclararme la garganta.
Bobby dobló el periódico y nos miramos, y se le iluminó la cara con una sonrisa cansada. Tenía arrugas en las comisuras de los ojos y en la frente. Dio una palmadita en la mesa, se levantó y extendió los brazos.
—Ven aquí, bicho.
Lo abracé y me tuve que aguantar, tuve que apretar los dientes para que no se me cayeran las lágrimas.
Bobby y yo nunca habíamos discutido, o no como hacía un par de semanas.
Nunca hubo una discusión grave que nos marcara.
Cuando vivíamos juntos, me colmaba la paciencia a menudo, pero era en plan «Te lo digo porque te quiero».
Bobby no me abandonaría jamás. Nunca me ocultaría nada, ni permitiría que pagara las consecuencias de mis actos por ignorancia, y por eso tenía que saber si era consciente de las mismas cosas que yo había descubierto.
¿Conocía los problemas del árbol genealógico de Rena?
Porque, si era así, si me había ocultado todo eso, acabaría conmigo.
Antes de soltarme, me dio un beso en la frente.
Volvió a sentarse y vi que le temblaban los labios, que tenía los ojos húmedos.
Bobby era un sentimental, y eso no lo cambiaría por nada del mundo.
Rena, por el contrario, había sido más reservada.
No carente de bondad, no despiadada, pero distante en ocasiones.
A veces me costaba entenderlo, tenía más enigmas que respuestas, más preguntas que soluciones.
Bobby y yo respiramos hondo y bebimos de nuestras respectivas tazas. Fue el primero en hablar.
—Quiero pedirte perdón por lo del otro día, por haber perdido los nervios.
Por dejar que el caso me absorbiera de aquella manera.
—Apretó los labios y carraspeó nada más decirlo—.
Me imagino que te asustaste al verme así, y por eso también te quiero pedir perdón.
Tenía que estar seguro acerca de… todo lo relativo a tu madre, antes de darte la información.
—Yo también lo siento —asentí, y solo pude pensar en lo mucho que lo había extrañado, en lo mucho que añoraba nuestra antigua vida.
No lo sabía entonces, pero era tan sencilla, tan directa…
Si pudiera volver atrás y recuperar aquello, antes de saber sobre mi sentencia de muerte, antes de conocer la existencia de vampiros y licántropos, no me importaría que se pusiera pesado conmigo—. Me pasé de la raya —dije.
En ese momento, me sobresalté al ver la primera plana del periódico. Había habido otro ataque. Bobby se dio cuenta de lo que estaba mirando.
—Sí. Una verdadera desgracia.
Tragué saliva, ahora que sabía la verdad. Los licántropos eran los responsables, y la conciencia de que aquello no iba a cesar hacía que me doliera hasta el alma. Saqué el sobre del bolso y lo puse sobre la mesa. No iba a esperar a un momento mejor.
Bobby abrió mucho los ojos. Me miró antes de cogerlo, y su mirada me dijo que no había tenido noticias de Rena desde el día en que se marchó. Se me rompió el corazón.
Lo abrió, sacó la carta y vi cómo recorría las líneas con los ojos. La leyó dos veces, tres. Luego, se quedó mirando el papel con la mirada perdida. Se había quedado sin palabras.
—¿Qué te parece?
Bobby negó con la cabeza. Parecía como si quisiera dejar la carta, pero a la vez fuera incapaz.
—Estoy atónito. Por lo que dice, ha estado escondida porque quiere protegernos de algo.
O porque quiere protegerte a ti, para ser precisos.
—Me miró a la cara, y luego me miró el colgante—.
Nunca se puso ese collar. Lo guardaba en una caja.
No sé por qué. Nunca se lo pregunté, pero ahora entiendo que lo reservaba para ti, que ha puesto en peligro su secreto con tal de hacértelo llegar.
—Se quedó en silencio un instante—. Pero debió haber imaginado que querríamos hacer muchas preguntas.
Apreté el ópalo entre los dedos.
—¿Sabes algo de su familia? ¿Podría estar con ellos?
Resopló, se recostó contra el respaldo y dejó la carta y el sobre en la mesa.
—Eso mismo me pregunté. Siempre me dijo que había perdido el contacto con ellos, pero que sus hermanos eran mucho mayores y siempre habían vivido al margen de ella.
Me cuesta creer que la acogieran cuando era prácticamente una desconocida.
Intenté localizarlos, los busqué en las bases de datos, pero tu madre debió de darme mal los nombres, o tal vez ni siquiera existen. Rena guardaba muchos secretos.
¿Qué más había ocultado, si nunca le habló a Bobby de su familia?
—¿Mencionó alguna vez algo sobre la… realeza? —pregunté, porque no sabía cómo decirle que, debido a su estirpe, los licántropos y los vampiros me perseguían ahora a mí.
Bobby arqueó las cejas.
—¿La realeza? —repitió. Se le escapó la risa, pero algo cambió en él.
Se acomodó en el asiento y miró hacia otro lado—.
Pues… No lo sé. —Volvió a cambiar de postura, como si se le hubiera encendido una luz—.
Es posible. Rena procedía de una familia rica.
Por eso siempre tuvimos cuentas separadas en el banco.
Ella pagó la boda, la casa, los coches. Me siento idiota al decirlo en voz alta, pero nunca me lo cuestioné.
Hasta que desapareció, nunca tuve motivo.
—Se rascó la barba incipiente—. ¿Por qué lo preguntas?
—No sé, porque este ópalo… parece muy caro.
Sagrado. —Era la manera más fácil de describirlo, porque no era solo sagrado.
Era mágico. Y me preguntaba si él también se daba cuenta—.
Dice que el mundo no es lo que parece —añadí.
Bobby asintió y miró de nuevo la carta como si quisiera memorizar cada palabra—. ¿Qué crees que significa eso?
Se mordisqueó un nudillo. El temblor en los labios era evidente.
—No sabría decirte. Pero es preocupante, sin duda.
—Irguió la espalda—. No sé, bicho, esta carta…
¿Te plantearías volver a casa mientras averiguamos qué ocurre?
Es mucho para digerirlo de una vez, y hasta que no sepamos que no es una simple paranoia…
—Hizo una pausa—. Solo quiero saber que estás a salvo.
Tragué saliva y di golpecitos con el pie contra el suelo por debajo de la mesa.
Bobby tenía todo el derecho del mundo a querer que volviera a casa.
Tal vez con él estaría más a salvo. Pero ¿y si los lobos y los vampiros me seguían?
¿Y si le pasaba algo por mi culpa? No podía volver y ponerlo en peligro.
—Papá… —susurré—. Te agradezco que quieras cuidar de mí, que quieras averiguar qué está pasando, pero en la universidad estoy a salvo —mentí—.
Hay guardias de seguridad. Tengo a mis amigos y, si pasa algo, lo que sea, siempre te puedo llamar —dije para tratar de tranquilizarlo—. Sé que llegarías antes que nadie.
Y, aunque no pudiera, lo intentaría con todas sus fuerzas.
Mi padre apretó los labios, pero asintió.
—Tienes razón. Pero prométeme que me llamarás —añadió tras convencerse a sí mismo—. Tenme al tanto de todo.
—Claro. Claro. —Bebí otro sorbo de café, cogí el periódico y señalé el titular—. Papá, esto… ¿Qué opinas de los licántropos?
Se rascó la barbilla y frunció el ceño.
—¿Licántropos?
Me pareció raro que repitiera la palabra. Miró a derecha e izquierda casi con inquietud. Pero nadie en la cafetería nos estaba prestando atención. A eso contribuía el que no llevara el uniforme, pero debido a su cargo no me extrañaría que lo reconocieran aun sin él.
—Sí…
Traté de interpretar lo que no me decía. Allí pasaba algo raro. Estaba nervioso, y eso no era propio de él.
—¿Qué quieres saber, bicho? —Había bajado la voz—. Pues no sé, son cosas de la televisión, los libros, las leyendas de la ciudad.
—Eso último —señalé—. Las leyendas de la ciudad. ¿Qué opinas de eso?
Dejó escapar una risita que daba a entender que no sabía a dónde quería ir a parar con eso.
—Solo son habladurías, cuentos de viejas.
Ya sabes, las cosas que les dicen a los niños para que estén en casa antes de medianoche.
Mis padres me los contaban siempre, igual que sus padres hicieron con ellos.
En cierto modo, hace que la ciudad parezca más pequeña de lo que es.
Pero solo se trata de una leyenda que nos contamos.
Cosas para los niños, los chicos jóvenes.
—¿Alguna vez pensaste que esas historias podían ser reales?
—Hablas como cuando eras pequeña. —Bebió un sorbo de café—. Dios, qué obsesión tenías con aquellos cuentos. —Respiró hondo—. Pero solo son eso. Cuentos.
Seguí dando golpecitos con el pie contra el suelo, cada vez más deprisa.
—Vale. De acuerdo. Dime una cosa, ¿qué crees que está atacando a la gente en el bosque? —Vi que vacilaba, vi una grieta en la máscara. Bobby estaba tratando de pensar lo que iba a decir—. La verdad —insistí—. No es un oso, papá. No son pumas, ni coyotes.
El asombro se le reflejó en la cara, lo vi hasta en sus manos cuando agarró la taza. Me miró lleno de dudas, tal vez calculando qué sabía yo. Qué había visto.
—No es… —Empezó. Clavó la vista en la mesa, sombrío—. Yo no lo he visto en persona, pero ese animal… tiene algo de insólito. No sé de qué se trata, pero yo también tengo miedo.