Luna de sangre Capítulo 35
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Capítulo 35

Ay, pequeño lobo. Creciste demasiado deprisa; nos pasó lo mismo a los dos.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

En el sueño profundo me llegó el recuerdo.

Rena me acunaba en sus brazos, se balanceaba con suavidad. La mecedora crujía, un sonido tranquilizador, mientras los colores deslumbrantes se me deslizaban sobre los párpados. Cerca de nosotras, Bobby veía la televisión con el volumen bajo.

Los tres nos encontrábamos en la sala de estar. Hacía ya unas semanas que no dormía bien. No sabía bien por qué, pero cada vez que me despertaba sentía como si alguien me vigilase: unos dedos huesudos como ramas afiladas, una respiración entrecortada como la de una bestia feroz.

Yo tenía cinco años y estaba tapada con la manta que Rena había tejido con retales hacía mucho tiempo. La lluvia caía en el exterior, los truenos retumbaban contra la chimenea.

El pecho de Rena vibraba al cantar. Era una antigua nana bantú en zulú. Un día me había contado que los padres se la cantaban a los niños para espantar a los monstruos mientras dormían.

Abiyoyo, Abiyoyo,

Abiyoyo, Abiyoyo,

Abiyoyo, yoyoyo, yoyoyo,

Abiyoyo, yoyoyo, yoyoyo.

Siguió cantando hasta que se me relajaron los músculos, los dedos de las manos, los de los pies. Al final, me dijo:

—Siempre voy a velar por ti.