Capítulo 34
Con ella siempre fue sencillo, como respirar el aire.
Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero
Solo era capaz de mantener la sonrisa unos segundos antes de que me temblaran los labios.
Tenía un tic incesante en la mandíbula mientras subíamos en el ascensor al sexto piso de Bryton Hall, una de las residencias de estudiantes más modernas del campus.
Vi por el rabillo del ojo que Julian no dejaba de observarme.
No dijo nada cuando contuve un sollozo. Tampoco habría querido que lo dijera.
Salimos del ascensor y crucé el vestíbulo a toda prisa tras decirle que necesitaba un momento.
Me metí en el cuarto de baño que había junto a la escalera.
Las lágrimas me abrasaban los ojos y me empezaron a correr por la cara antes incluso de que me diera tiempo a echar el cerrojo de la puerta.
El llanto me salió de lo más hondo. Se me cortó la respiración y traté de coger aire.
Necesitaba librarme de aquella tristeza.
No me podía creer lo patética y destrozada que había quedado mi vida.
¿Cómo había llegado a esto? En menos de veinticuatro horas, había descubierto que los vampiros y los licántropos existían de verdad.
Que esos seres me querían dar caza. Que, por lo visto, la sangre de mi familia estaba maldita y que mi madre se había marchado para protegerme a mí, su única hija.
Por fin había conseguido las respuestas que anhelaba, y no estaba preparada para ellas, para ninguna.
Las lágrimas no dejaron de correrme por la cara y me subí el cuello del jersey hasta la boca para sofocar los sollozos. No quería montar una escena todavía más llamativa, pero tampoco podía contenerme. ¿Cómo se podía vivir en un mundo así sin que el miedo te dominara, te aplastara?
Me quedé allí sentada unos minutos y, cuando por fin pude respirar sin llorar, fui hasta el lavabo y me froté la cara.
La imagen del espejo me mostró a una chica con la nariz y los ojos rojos. Tenía ojeras bajo los ojos castaño oscuro, como si dormir se hubiera convertido en un veneno. Parecía muy frágil, muy ajena a mí.
Eché agua al espejo para emborronar los detalles de su cara.
Cuando reaparecieron, Julian estaba apoyado contra la pared, detrás de mí.
En su mirada se reflejaba la ternura, y tenía el teléfono entre las manos.
Se lo metió en el bolsillo cuando me acerqué más, como si supiera que, si el silencio se prolongaba demasiado, me preguntaría si estaba bien, y yo no tenía fuerzas para ese cliché, porque estaba cualquier cosa menos bien.
Pasé junto a él a toda prisa, con los brazos cruzados y el pelo suelto a la espalda.
—Parece que te gusta tener el control —dijo, al tiempo que me seguía. Menuda noticia.
—Mucho —murmuré.
Julian me lanzó una réplica ingeniosa, pero no la oí.
—No sabes a dónde vas —dijo a continuación.
Se puso por delante y al final lo seguí yo a él por un largo pasillo antes de girar a la derecha. Nos detuvimos ante una puerta, me la abrió y metió la mano dentro para pulsar el interruptor de la luz.
En el interior, lo primero que me llamó la atención fue la ventana de doble hoja desde la que se veía toda la zona oeste del campus y el lago, con las aguas turbias ondulantes y la luna reflejada en ellas. Las vistas casi me arrancaron una exclamación.
Ante la ventana había una cama individual. A un lado vi un sofá con una tele y una consola conectada. A la derecha, una cocina pequeña, pero completa, con fregadero, armarios y nevera. Junto a la puerta había un cuarto de baño privado y, por todas partes, plantas de hoja verde.
Me fijé también en los mapas. Eran antiguos, algunos gastados por los bordes, pero todos con ornamentados marcos de madera y colgados por todas las paredes de la habitación.
Miré a mi alrededor con incredulidad.
—¿No la compartes?
Julian se apartó el pelo de la cara y encendió otra lámpara.
—No. Es individual.
Casi sin darme cuenta, me acerqué a la biblioteca y rocé los lomos de los libros con los dedos mientras leía los títulos. Tras la bestia de Gévaudan ; Frankenstein o el moderno Prometeo; El vampiro; El hombre lobo de París…
—¿Cómo conseguiste un estudio para ti solo? ¿Esto es una residencia para estudiantes de primero?
Julian conectó el teléfono a un cargador que tenía junto al microondas y llenó el hervidor de agua.
—Digamos que los seres paranormales tenemos ciertas ventajas persuasivas…
—¿Persuasivas? —Me detuve junto a una mesita auxiliar donde había una foto enmarcada.
En ella se veía a un Julian de pequeño, con las piernas regordetas y las mejillas redondas, que se reía en brazos de una mujer de piel olivácea y pelo castaño hasta la cintura.
Me concentré en el Julian adulto. Regó una planta que había junto al fregadero y sacó dos tazas antes de apoyarse en la encimera.
—No tengo el poder de leer la mente, pero sí puedo ser muy convincente…, con cualquiera menos contigo.
Lo miré con los ojos entrecerrados. Lo de ser convincente me sonaba más bien a manipular.
—¿Menos conmigo? ¿Así que lo has intentado? —pregunté, por dejarlo claro y también para averiguar cuándo lo había hecho.
¿Y desde cuándo tenían poderes especiales los licántropos?
—No estoy orgulloso de ello, pero sí. Y contigo hay una especie de bloqueo que me lo impide. Puede que se deba a la sangre diferente, pero no lo sé a ciencia cierta.
Cambié de postura, inquieta. ¿Cuántas veces había tratado de sugestionarme Julian para que me marchara de aquí? Infinitas, seguro. Tal vez aquella maldición viniera acompañada de alguna que otra ventaja.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó al cabo de unos momentos.
—Estoy tratando de decidir si me enfado contigo o no.
—Tienes derecho a enfadarte.
—No te quepa duda —repliqué con brusquedad—. Pero lo que quiero saber es cuándo lo has intentado.
No disimuló la sonrisa que se le dibujó en los labios.
—La primera vez que nos vimos —respondió—. Quería que te marcharas, pero, en fin, aquí estás, en mi habitación. Así que no dio mucho resultado. —El hervidor empezó a silbar—. Y luego lo intenté de nuevo en el bosque, después del incidente. Aquella fue la última vez.
—¿Todos los lobos pueden hacer eso?
—Solo unos pocos elegidos. No es una característica habitual.
—En fin —suspiré—. Estoy celosa. No es justo, tú tienes poderes geniales.
Volví a pasear por la habitación y esta vez toqué las hojas de la sansevieria y la monstera. ¿Cómo tenía tiempo para cuidar de tantas plantas?
—Pues no lo estés. Tú también tienes tus habilidades.
Puse los ojos en blanco y me dejé caer sentada en el sofá.
—¿Como ser una presa estupenda? —mascullé.
Me arrepentí al momento. No quería pensar en la diana que tenía dibujada en la cabeza, y menos en aquel momento. Pero era inevitable: parecía un anuncio luminoso con flechas que apuntaban en dirección a mí.
Julian carraspeó para aclararse la garganta y me ofreció una taza de té. La acepté y puso la bebida en la mesa antes de inclinarse sobre la cama para abrir la ventana. El viento de otoño entró con su brisa fresca que olía a madera quemada, a hojas húmedas.
—¿Quieres ver una película o prefieres seguir hablando?
—La película —respondí, con la voz casi inaudible.
Estaba agotada de hablar, de pensar, de aceptar aquella realidad.
Julian me hizo sitio para que me sentara en la cama y, sin pensarlo, me quité las Vans, me subí y apoyé la espalda contra la pared.
—¿Qué vamos a ver? —pregunté.
Me miró de una manera que me desgarró. Cargaba con una culpa que no le correspondía. Lo que estaba pasando no era culpa suya. Tal como me había dicho unos días antes, era más importante que los dos.
—Lo que quieras. Tengo acceso a todo.
Fruncí el ceño. ¿Cómo era posible?
—¿Alguna valiosa recomendación, ya que lo tienes todo? —dije al tiempo que bebía un sorbo de té.
Julian soltó una risita.
—¿Qué pasa?
—Vale, no son muy fieles a la realidad, pero algunas pelis de licántropos son muy divertidas. —Se mordisqueó un nudillo.
—¿Son divertidas o dan miedo? Porque hay mucha diferencia.
—Claro. —Se detuvo un momento—. ¿Es demasiado para ti? Aún lo estás procesando, podemos ver…
—No, no pasa nada —dije, decidida a no dejarme asustar por la existencia de seres inmortales.
Si me perseguían, no quería ir por ahí a ciegas, aterrorizada. Tal vez aquellas películas me proporcionaran alguna pista, aunque, como decía Julian, no fueran del todo fieles a la realidad. Mejor eso que quedarme a oscuras.
—¿Segura?
—Segurísima.
Julian arqueó las cejas.
—Vale.
Sacó el teléfono, tecleó en la pantalla y me lo tendió. En la barra del navegador había buscado «películas de licántropos», y me señaló algunas de sus favoritas mientras mirábamos los resultados.
Al final optamos por Van Helsing , de principios de los años dos mil, sobre un cazador apellidado Van Helsing que tenía la misión imposible de viajar a Transilvania para matar a Drácula y a sus consortes, y al mismo tiempo proteger a los últimos miembros de una antigua estirpe rumana.
Y no, no me pasó desapercibido lo mucho que la trama tenía en común con mi vida.
Julian hizo palomitas y, a medida que avanzaba la película, nos movimos hacia el centro de la cama.
Era desde donde se veía mejor, sin necesidad de estirar el cuello.
Y, entre escena y escena, me fijé en que Julian me miraba por el rabillo del ojo.
No lo hacía de forma constante, ni molesta.
Era como si me observara para calcular mi reacción a una película que él debía de haber visto cien veces.
Cuando al final le devolví la mirada, me sonrió, y yo sonreí también.
Me pasó una almohada y apoyé la cabeza mientras los colores e imágenes se sucedían en la pantalla.
La almohada olía a puesta de sol, a mandarina, con un toque a tierra y a roble quemado.
Y yo no me estaba quedando dormida, no, de verdad, pero de alguna manera se me sosegó la respiración, adquirió un ritmo más tranquilo.
Cuando miré a Julian, seguía sentado, erguido, pero con la cabeza apoyada contra la pared y la boca entreabierta, y el pelo que le caía ondulado sobre la cara. Se había dejado vencer por el sueño, pero era comprensible. Llevábamos una hora de película y aún no había llegado el momento cumbre.
Y yo no me estaba quedando dormida, de verdad. Pero el aire de la medianoche que entraba por la ventana y el sonido suave de la respiración de Julian a mi lado me envolvieron en serenidad, como un manto protector. Lo que tanto había necesitado.
Me dejé llevar por la calma, hipnotizada por la música y los sonidos de la película, hasta que cerré los ojos y los pensamientos me llevaron a otra dimensión.