Capítulo 33
Juntos, le dimos vida a la inmortalidad.
Tu sangre, mi sangre, nuestra sangre.
Artículo VI, Cartas perdidas de Aadan Primero
Las cuatro paredes no me ofrecían ninguna seguridad.
El dormitorio era como una cámara de resonancia en cuyas paredes reverberaba la pesadilla.
Me puse a dar vueltas por la sala mientras sopesaba ese nuevo detalle.
Vampiros. Chupasangres. Demonios del infierno.
La verdadera razón por la que los licántropos se asentaron en Timber Plains.
El libro los describía como los nosferatus, poseedores de una belleza irresistible y de una insaciable sed de sangre.
Me puse los zapatos y miré la hora. Poco más de las diez de la noche. Cogí mis cosas y me aventuré en la noche fresca y oscura.
Aparte de las risas de unos estudiantes cercanos, la universidad parecía algo ajeno y remoto.
La inquietud se enroscaba en las ramas desnudas y empujaba las hojas muertas hacia el suelo; en el aire flotaba un aroma a almizcle y cenizas.
El viento arrastró un trozo de papel, que se enganchó en el borde de un banco de hierro.
La ausencia de vida me empujó a mirar hacia atrás mientras me dirigía a la rosaleda, una pequeña zona en el límite de Hester Hall.
Me crucé de brazos para sentirme más segura. Sabiendo lo que sabía ahora, lo normal sería no estar a solas en una noche oscura. Pero quería probar algo.
Una ráfaga de aire me apartó la melena de los hombros.
—Julian —susurré, pero la brisa nocturna engulló el nombre—. ¿Julian? —repetí, y me sentí un poco tonta.
Se me ocurrió que tal vez, después de nuestra conversación, se había ido del campus. Era lógico pensar que Julian tuviese obligaciones más importantes que ser un estudiante universitario, y quizá también era un poco egoísta por mi parte creer que se quedaría rondando por allí solo por mí.
Gruñí y por un momento pensé en arrancarle un pétalo a una rosa, como forma de gestionar mi ira y aceptar que me iba a encerrar en el dormitorio, con las persianas bajadas y la televisión bien alta, para no sentirme tan abandonada.
Pero, en el camino de vuelta a Hester Hall, de pronto me quedé inmóvil. Bajo la pálida luz de la luna, y con una mueca burlona en los labios, se acercaba Julian Santos.
Al verlo me quedé sin aliento, incapaz de moverme del sitio donde estaba clavada.
Había acudido. No me lo esperaba. Y, hasta cierto punto, no estaba segura de por qué quería que viniese.
Sabía que, en parte, era la soledad, la incapacidad de guardarme para mí toda esa información nueva sin podérsela decir a nadie.
En parte, también, por curiosidad. Era un hombre que podía convertirse en un lobo siempre que quisiera, y yo lo conocía.
Podía hablar con él. Pero, sobre todo, se trataba del simple hecho de que Julian y yo nunca habíamos tenido un trato cordial, y ahora que se había abierto esa puerta, sentía el tirón de su atracción; una sensación que me parecía repulsiva, hasta que lo tuve a unos pocos metros de distancia. Y entonces se desvaneció por completo.
Julian metió las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos de algodón y me dedicó una mirada hipnótica. Desvié la vista.
—¿Me llamabas? —preguntó con voz ronca. Mientras luchaba por recuperar la compostura, estudié con atención el logo universitario dibujado en el pecho de su camiseta de manga larga.
—No esperaba que vinieses —dije. No quería mirarlo a los ojos. Era una verdad a medias. Esperaba que viniese, que funcionase, pero no estaba segura.
Julian dio un paso hacia mí y pude oír la sonrisa en su voz.
—¿Seguro que no? —Sabía que le mentía—. No hace tanto tiempo, te molestaba mi presencia.
No es que no estuviese molesta, es que estaba menos molesta. Era un avance.
—Tú también —le recordé; no sonó tan ingenioso como me habría gustado.
—Supongo que las cosas cambian —dijo, y se acercó otro paso más—. Entonces, ¿somos amigos?
En ese momento levanté la vista y, grabada en sus facciones, estaba aquella mirada que me conmovía. Divina y pícara a la vez. Un amargo esplendor. ¿En qué me convertía cuando lo miraba? Y eso de ser amigos… Insistía otra vez en ello.
—No sé lo que significa —respondí, con toda sinceridad—. No tengo ni idea de lo que significa nada de lo que ocurre.
Julian pasó a mi lado, y al hacerlo nuestros brazos se rozaron. Se sentó en el banco de hormigón encarado hacia las rosas. Un poco más lejos, la noche envolvía los árboles, y debajo de ellos, la vegetación silvestre se abría hacia el bosque.
Y, frente a todo eso, nosotros dos.
Observé a Julian, que contemplaba la noche, y quise decirle que me sentía sola, que todos mis amigos tenían otras cosas que hacer. Que tenía miedo. Que estaba confusa. Que todo mi mundo se estaba transformando, plegándose y adaptándose al folclore de la ciudad.
Pero no lo hice.
A Julian no le faltaba razón al preguntar si éramos amigos o no. No era que no pudiéramos serlo, pero en ningún momento me había transmitido la sensación de que le interesara que fuésemos amigos; al menos, hasta hacía muy poco. La historia que compartíamos era más bien sombría.
—Respóndeme con sinceridad, ¿de acuerdo? ¿Por qué quieres que seamos amigos?
Julian siguió mirando al frente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con cierta cautela. Me dio la impresión de que sabía a qué me refería, pero quería oírmelo decir en voz alta.
—Creo que ya lo sabes —dije, con las palmas sobre el banco—.
Todavía me acuerdo de cómo me miraste cuando llegué al campus; como si el solo hecho de que estuviera viva te diese asco.
Y luego todos aquellos avisos. Me dijiste que no debería estar aquí.
Que no estaba a salvo. —Tragué saliva; no quería decir lo que venía a continuación, pero lo dije de todas formas—.
Dijiste que me odiabas… Te referiste a mi «miserable existencia» —le recordé, y Julian bajó la mirada—.
Y, de repente, es como darle a un interruptor, y aquí estamos.
—Inspiré—. Necesito que me digas la verdad…
Entre toda la gente que hay en el campus, ¿por qué no es un sitio seguro para mí, en concreto?
—Sabía que no era solo por los ataques de animales; había algo más, algo que también asustaba a Rena.
—Yo… —empezó Julian, y se detuvo para examinarme con aquella odiosa mirada que ponía a veces. Una mirada que, por desgracia, ya conocía bien. Se preguntaba si yo podría soportar la verdad. Me molestaba mucho que dudase de mí.
Apreté los dientes.
—Dilo, Julian. Cuéntame por qué este campus no es seguro para mí.
Dime que hay un motivo para todas tus advertencias, para todo lo que me has hecho pasar.
Me has pedido que te perdone, y ahora te pido que me des una razón para hacerlo.
—Balbuceé las palabras casi sin pensar. En mi cabeza, le supliqué a Julian. Le rogué. Necesitaba saberlo.
Apartó la mirada.
—Es por tu sangre, Mira.
Mi cara reflejó la incomprensión.
—¿Qué? —exclamé, como si no lo hubiera oído. ¿A qué se refería?
—Tú, tu sangre, la sangre de tu familia… Tiene un aroma especial que provoca a la gente como yo. —Mi mundo, que ya era bastante complicado, dio una vuelta de campana y me pilló sin cinturón de seguridad.
—¿Un olor distinto del de los demás? —pregunté, y de pronto comprendí a qué se refería Julian cuando, durante la comida, dijo que yo olía de forma distinta. Pero no se me había ocurrido pensar que fuese algo perjudicial para mí—. Os provoca… ¿para cazarme? —quise saber, con el estómago revuelto.
Julian asintió una vez.
—Sí, Mira. Para cazarte. Por eso el campus no es seguro para ti. En cualquier momento, alguien podría cazarte, matarte y colgarte como un trofeo. Eres una presa valiosa para la gente como yo.
Sentí náuseas, y un dolor inexplicable en los dedos, como un latido.
—Yo… Yo… Yo… —Intenté hablar, pero me callé. Me costaba encontrar las palabras—. Pero dijiste que este sitio, estos terrenos —me corregí— eran sagrados. Que las guerras aquí no estaban permitidas. —Jadeé.
—Las guerras entre lobos —explicó—. La caza no está prohibida.
—No lo entiendo. —El corazón me resonaba con tanta fuerza en los oídos que no logré detener las palabras antes de que se me escaparan de los labios.
Me aferré con fuerza al borde áspero del banco de hormigón para no derrumbarme en el suelo.
Me ardía la cara. Me iban a cazar. A matar.
Como Bobby era sheriff, en toda mi vida yo no había tenido miedo a nada…
Tragué saliva. «Espera…».
Toqué el colgante. Un linaje más antiguo que los licántropos tenía que ser humano.
Los humanos sin duda llegaron mucho antes, hasta que alguno de ellos sufrió una mutación que lo convirtió en un ser sobrenatural.
Por tanto, mi familia, de la que no sabía nada, podría ser parte de algún antiguo linaje, codiciado por gente como Julian. Por eso necesitaban protección.
En cuanto a la procedencia de ese linaje… De la familia de Bobby no, porque si él hubiese sabido por un solo momento que asistir a la universidad me iba a poner en peligro, le habría costado muchísimo más dejarme marchar, por muy adulta que yo fuese. Y, sin embargo, había insistido en que viniera.
—¿Por qué ahora? —exigí saber. Me volví hacia Julian—.
Tengo dieciocho años y siempre he vivido aquí.
Jamás he sentido ninguna amenaza. ¿No lo sabría?
¿No habría visto alguna señal? —Nada más decirlo, un torrente de respuestas me cayó encima.
Los lobos que había en el patio el día en que Rena se marchó.
Probablemente me buscaban. Las pistas de Bobby…
Todo cobraba sentido. Rena no colaboraba con los licántropos, luchaba con ellos para protegerme.
Si el problema era la sangre que compartíamos, tal vez tuviese la esperanza de alejarlos de mí.
Quizá por eso no podía volver. Porque le seguirían la pista.
Sentía una presión que se acumulaba detrás de los ojos, y respiraba con dificultad.
Tal vez por eso se marchó a toda prisa. Y por eso, en la carta, afirmaba que había asuntos importantes que Bobby y yo deberíamos conocer, y que no podía poner por escrito.
Y por eso… Por eso me envío el colgante. «Un amuleto. Protección».
Me tragué las lágrimas para no echarme a llorar, y volví a hablar.
—Si mi sangre tiene ese aroma que tanto os atrae, ¿por qué no me has…? —La pregunta no quería salir. Me palpitaba el corazón—. ¿Por qué no me has hecho daño? —Recordé todas las veces que habíamos estado solos, las oportunidades que había tenido.
—Porque yo no quiero matarte —respondió Julian. Sus ojos contenían una promesa inquebrantable, como si su alma tratase de envolver a la mía.
Y, bajo el resplandor de las estrellas, lo creí, aunque no tuviese sentido. Había tratado de avisarme y, al no podérmelo decir sin rodeos, había buscado una forma de hacerlo. A su manera, me había protegido; pero ahora me aterrorizaba pensar en todos los monstruos que sí que querían verme muerta.
Y mis sueños. Los vampiros. La súbita revelación me hizo pedazos.
—Julian, me has dicho que las leyendas son reales. Y, si eso es cierto…, las historias que mencionan a los vampiros… ¿también son ciertas?
Tragó saliva con esfuerzo.
—Sí —reconoció, con una voz que pareció desvanecerse en el aire nocturno.
Hundí la cabeza entre las manos e inspiré hondo, con las aletas de la nariz dilatadas.
No quería saber nada más. Era demasiado.
Quería volver atrás, a antes de saberlo.
Descubrir que Julian era un licántropo era una cosa, pero que existían los vampiros, y que yo era un trofeo de caza, era un asunto completamente distinto.
¿Cuánto tiempo me quedaba? ¿Cómo podía protegerme?
¿Cómo iba a escapar de algo tan espantoso?
—Mirabella —susurró Julian, pero no pude responderle. Los vampiros eran reales. Los licántropos eran reales. Los brujos…, brujos de verdad, poderosos, también eran reales. ¿Qué más había ahí fuera?—. Mira —repitió Julian, y me tocó el brazo.
Me incorporé y me ajusté el pelo detrás de las orejas.
—¿Los vampiros también me dan caza? —pregunté, con la punta del pulgar entre los dientes. Tenía que saberlo.
Julian apartó la mano de mi brazo, y lo supe.
—Es por mi sangre, ¿no es así? —continué. Me sacudía de un lado a otro, frenética, mientras trataba de trazar un plan…, cualquier plan. Estaba tan histérica que me daban ganas de echarme a reír. Por mucho que me gustase creer que podría enfrentarme con inmortales, no tenía ninguna posibilidad.
Julian sacudió la cabeza.
—No les atrae el olor de tu sangre del mismo modo que a los lobos. De eso estoy seguro.
—¿Los has visto por aquí? —pregunté, con una súplica en la voz.
—Sí, pero ya han sido eliminados.
Me atraganté. «¿Eliminados?». Los lobos y los vampiros eran enemigos; el libro decía que se los había visto pelear a unos con otros. Pero los vampiros habían estado aquí, quizá a unos pocos metros de mí.
—Cuéntame.
—El día en que te caíste en el bosque, había uno siguiéndote. Lo maté antes de que pudiera hacerte daño. —Empecé a temblar de forma incontrolable. El excursionista de los ojos extraños… Jadeé. La mujer hermosa, el día del partido de fútbol americano…
Me llevé la mano al pecho, que había paralizado un terror visceral. Era increíble cómo me perseguía la muerte.
Julian miró por encima del hombro con gesto cauteloso; me pregunté si habría oído algo entre los árboles.
Desde que nos sentamos el campus se había ido quedando vacío.
Las aceras estaban húmedas por la condensación y una niebla tenue se deslizaba sobre las farolas y rozaba los tejados.
La sospecha de que pudiese haber otros seres sobrenaturales en aquellos terrenos me hacía sentir enferma.
—Deberíamos ponernos a cubierto —murmuró. Sin hacer preguntas, me puse de pie y él hizo lo mismo.
—¿Podemos ir a tu dormitorio? —pregunté, con la mirada clavada en el resplandeciente edificio en el que se hallaba mi dormitorio, junto a un bosque oscuro y profundo. No tenía la menor intención de quedarme a solas.
Los ojos de Julian se iluminaron y se le dibujó en la cara una sonrisa traviesa. Una sonrisa muy pero que muy pícara.
Resoplé y le di un codazo.
—No es eso —protesté, y puse los ojos en blanco. Su sonrisa quebró la tensión y yo suspiré aliviada—. Mis amigas no están, y…
—Y no quieres estar sola. Lo entiendo.
—¿Seguro que no me lees la mente?
—Bells, no le des alas a mi ego.
Sonreí y pasé junto a él.
—Por favor —dije, mientras caminaba—. Estás mal de la cabeza.
—¿Tienes la menor idea de a dónde vas? —exclamó.
Seguí andando. No pensaba alejarme mucho, solo lo suficiente para que se diera prisa.
Me alcanzó en pocos segundos, con una risita.
—¿Amigos, entonces? —preguntó. Sentía el calor de su cuerpo que caminaba a mi lado. Miré de reojo la sonrisa inmaculada, la mandíbula perfecta, el cabello ondulante.
—Puede —dije. «Puede».