Capítulo 32
Nos alzamos con el sol, pero siempre caemos con la luna.
Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero
El aire olía a miel y a clavo. Estaba sola en mi habitación de la residencia, jugueteando con los remaches de la cama.
Contemplé la luz parpadeante de la vela, pero sin verla de verdad, mientras recordaba los susurros de todos los cuentos que se habían contado desde siempre en la ciudad para inculcar prudencia a los niños.
«Vuelve a casa antes de que se enciendan las farolas».
«No te aventures demasiado lejos en la oscuridad».
«Si miras fijamente el bosque, verás unos ojos amarillos».
Siempre lo decían para meternos miedo y que obedeciéramos, para educarnos y que fuéramos niños buenos, o eso pensaba yo. No porque las leyendas fueran reales.
Y luego estaba Rena. Rena, que sin duda sabía que las leyendas eran ciertas.
Rena, que había tenido algo que ver con los ataques de licántropos en la ciudad.
Rena, que me había dado un colgante perteneciente a una estirpe más antigua que los lobos y bendecido por una bruja muerta hacía ya siglos.
Rena, que llevaba años ausente de mi vida hasta que me mandó aquella carta.
¿Por qué ocurría todo aquello, después de tanto tiempo?
Bajé de la cama y fui hasta el cajoncito de mi escritorio. Con mano firme, saqué la carta que me había mandado. La había tenido cerrada a buen recaudo desde el día en que la recibí.
Estoy muy orgullosa de ti y de todos tus logros. No pasa un solo día sin que me acuerde de ti.
Eres mi principio y mi fin, y como lo ha dispuesto la naturaleza, siempre seremos cada una parte de la otra. Siempre.
Aunque tengo ganas de verte, tal y como están las cosas ahora mismo no puedo acudir a ti. Pero te prometo que hago todo lo posible por encontrar un modo seguro de que nos reunamos. Hay muchas cosas que tu padre y tú debéis saber… y que, en su mayoría, no puedo detallar en esta carta.
Puede que ya seas consciente de ello, y, si no, pronto lo serás, pero el mundo no es lo que parece.
No te dejes engañar por los que están cerca de ti, aunque parezcan estar de tu parte.
Todo es una señal. Todo es un aviso. Confía en tus instintos.
Y, sobre todo, por favor, por el amor de los dioses, mantente a salvo.
Te adjunto un legado familiar. Será tu amuleto, te protegerá ya que yo no puedo hacerlo. Ponte esta cadena y no la pierdas nunca de vista. Sin duda, siempre te ha pertenecido a ti, Mirabella.
Recuerda.
Más que las estrellas en el cielo.
Más que el aire en el mundo.
Más que la vida que vivo…
Así te quiero.
Todo lo que he hecho ha sido por ti y por tu padre.
Lo juro por mi vida.
Amor vincit omnia,
Mamá.
Ahí estaba, en la carta. «Siempre te ha pertenecido a ti».
Siempre. ¿Sería posible que aquel chisme antiguo fuera de verdad una herencia familiar?
La duda me consumía, pero a la vez sabía que me quedaba demasiado por averiguar.
Sobre la familia de Rena, el lugar de donde venía.
Nunca había tenido suficiente información, carecía de muchos detalles.
Si el colgante era una herencia, ¿qué miembro de la familia había necesitado estar en posesión de algo tan poderoso? ¿Y de qué tenían que protegerse?
Me dolía la cabeza. Solté la carta y luego la estrujé en el puño. Lo veía todo rojo mientras trataba de entender lo que me estaba pasando. Había demasiadas preguntas, demasiadas coincidencias, y no tenía a Rena para ayudarme a comprenderlo todo.
Volví a tirarme en la cama y grité contra la almohada, y luego, de pronto, me detuve. Ahogué las lágrimas y el nudo que tenía en la garganta, eché mano del neceser, me recogí el pelo y fui a la ducha.
Más tarde, con un chándal cómodo, me tapé con una manta y me enrosqué en el sofá delante de la tele.
Stevie y las chicas estaban de gira con una actuación, y Naomi se había ido a Chicago para visitar a la familia por primera vez desde que empezaron las clases.
Sev también estaba fuera, en un partido de fútbol.
Hacía un rato que me había mandado un mensaje con una foto en el autobús, con sus compañeros de equipo.
Le dije que lo estaría animando desde lejos, pero en cuanto le di a enviar supe que iba a ser un fin de semana muy largo y solitario.
En algún momento, debí de quedarme dormida.
Cerca, un arroyo cantaba sobre las piedras resbaladizas, describía una curva suave por el recodo del bosque. Las gotas de rocío de la hierba centelleaban bajo la luz del sol. La brisa agitaba las hojas y, en un instante, allí estaba Rena.
Aquello me recordó un sueño que había tenido unas semanas antes. Solo que, en ese momento, pisó el suelo húmedo con los pies descalzos y me miró con una sonrisa traviesa en la cara.
Parpadeó, y tenía los ojos pintados de negro. Un paso, y otro más, vino hacia mí con los brazos abiertos. Retrocedí a trompicones. Un sonido como de chasquidos, semejante al que haría una serpiente de cascabel, le surgió de la garganta. Me encogí, me caí de espaldas, traté de alejarme.
—Vengo a por ti —siseó, y me arrastré como pude por la tierra para escapar tan deprisa como me fue posible—. ¿A dónde vas, mi querida Mirabella? ¿No me echabas de menos?
Conseguí darme la vuelta para ponerme de rodillas y levantarme, y corrí hasta que algo me agarró por el hombro y tiró de mí hacia atrás.
Rena me cogió un mechón de pelo y me obligó a volverme, y sonrió para dejar a la vista dos colmillos puntiagudos. Grité y se echó a reír, y en ese momento unas versiones idénticas de ella salieron de la tierra. Había más que árboles en el bosque, y todas con colmillos afilados.
—Nunca te volveré a dejar —afirmó, y fue lo último que supe antes de que ella, y todas sus versiones me tiraran al suelo y se bebieran toda mi sangre.
Me desperté con un grito.
El descubrimiento de los licántropos no me había dejado tiempo para pensar en el resto de la leyenda. Porque, en las historias, los licántropos no eran los únicos seres inmortales.
También estaban los vampiros.