Luna de sangre Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Estos terrenos son el lugar donde Aadan y su manada se instalaron después de la primera guerra.

Es un lugar sagrado para nosotros. Como comunidad, hemos jurado preservarlo en recuerdo de nuestra historia.

Eso quiere decir que no podemos luchar ni guerrear en el campus de la universidad ni en las proximidades.

—Respiró hondo—. Así que no estoy confinado aquí, pero tengo que quedarme para proteger la paz que se ha establecido.

Se me ocurrieron más preguntas. ¿La historia estaba documentada en el libro? ¿Por qué los lobos rojos eran nuestra mascota? Parecía muy evidente si lo sabías, y muy inocente si no.

—Pero vamos a hablar de ti —insistió Julian—. ¿Tienes hermanos?

Ah, eso.

—No. Mi padre y yo estamos solos.

—Vaya. —Se sentó más erguido—. ¿Puedo preguntar qué le pasó a tu madre?

Suspiré. Ese era el gran misterio.

—Claro. Desapareció cuando yo tenía trece años. Cogió una maleta y se fue. Aquel día, todo cambió para mí. Y para mi padre.

Inclinó la cabeza a un lado.

—¿Sabes a dónde se fue?

—No. Se metió en el coche y se marchó. No volvió. No llamó. Nada. —Tenía la boca seca—. Pero los recuerdos duran más que las personas, por lo que parece. Pero mira, doy las gracias por eso.

—Lo siento —dijo con voz amable.

—No lo sientas. No es culpa tuya.

Clavó la vista en el suelo.

—Sé muy bien lo que es no tener madre. La mía murió cuando tenía seis años. Un día, perdió el control. Acabó con ella quien no debía.

Contuve una exclamación. Era una tragedia.

Me habría gustado saber más sobre su madre, pero me pareció muy personal.

Una parte de mí se planteó si no sería su muerte lo que lo había vuelto tan duro, y otra quería saber por qué había perdido el control.

Pero no lo iba a presionar así, y al menos ahora sabía que la mujer misteriosa no era su madre.

—Lo siento mucho —dije—. Es espantoso. No quiero ni imaginarme lo difícil que debió de ser para ti.

—Mi tía se hizo cargo de todo —contó sin mirarme. Se retorció los dedos y movió las piernas, inquieto—. Ha hecho todo lo posible por cuidarme como si fuera hijo suyo. Tiene otros tres hijos mayores que yo.

—Me alegro de que contaras con ella. Parece una buena persona. ¿Y tú tampoco tienes hermanos? —pregunté, ya que él me lo había preguntado a mí.

Julian siguió hablando de su tía como si no hubiera otra cosa.

—Es excepcional. Decidida. Una auténtica luchadora. —Miró de nuevo hacia el arroyo—. Y no, aparte de mis primos, no tengo más parientes de sangre. —Julian carraspeó para aclararse la garganta—. ¿Al menos conoces a tu familia por parte de madre?

Negué con la cabeza.

—Nunca tuvimos contacto con nadie. Mi padre me contó que era la hija pequeña con solo un hermano o hermana, no recuerdo, y que venía de una ciudad pequeña, tampoco me acuerdo del nombre.

Y nada más. Siempre estuvimos solos los tres.

—Resoplé. Notaba una presión detrás de los ojos.

Nunca había hablado con nadie de nuestra dinámica familiar, porque nunca había tenido ningún motivo para hacerlo, y rememorar el pasado me hacía sentir cosas que no quería sentir—.

Mi padre es un buen tipo —dije en voz más baja—.

Se esfuerza de verdad, hasta cuando se lo hago pasar mal o soy una ingrata. Nunca se da por vencido conmigo.

—Qué suerte que os tengáis el uno al otro —dijo con sinceridad.

—Gracias. ¿Y tu padre?

—No lo conocí.

—Vaya. —Me rasqué el cuello por detrás.

—Da igual. Lo pasado, pasado está.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —pregunté, deseosa de cambiar de tema.

—Claro.

—¿Qué sabes sobre mi colgante? Me hiciste comentarios un tanto raros sobre él, y no sé por qué. —Lo rocé con los dedos y di vueltas al ópalo.

—Tu colgante es una protección. —Eso mismo había dicho Rena, lo mismo había sugerido Abba—.

Según las leyendas, es una de las diez piedras mágicas, bendecidas por una bruja muy poderosa de la antigüedad.

Avisa al portador si se acerca un ser sobrenatural con intención de hacerle daño.

Por eso, al vértelo, di por hecho que lo sabías.

Me costó contenerme para no pellizcarme y comprobar si estaba despierta de verdad. Aunque me lo había planteado alguna vez, no podía creer que existieran las brujas, y menos las muy poderosas. Me senté más erguida.

—¿También me avisa si se acerca un licántropo? —pregunté para dejar claro a qué se refería.

—Claro, aunque hasta ahora solo había rumores acerca de esa piedra. Solo quedan tres bendecidas en el mundo, y la bruja que se cree que la hizo murió hace siglos. Se nos ha dicho que la persona que poseyó la última era heredera de una estirpe más antigua aún que la de los lobos.

¿Bendecidas por una bruja más antigua que los lobos? ¿Cómo demonios había conseguido Rena el colgante?

Julian sacó el teléfono y se levantó.

—No me había dado cuenta de la hora que era.

Yo también miré el mío. Eran más de las cinco, casi las seis. ¿De verdad llevábamos allí dos horas?

—El comedor cierra antes los viernes —siguió al tiempo que se limpiaba las manos en los vaqueros—. No quiero que te pierdas la cena por mi culpa.

Como para darle la razón, el estómago me rugió y me recordó que casi no había comido. El día entero había sido una locura.

Julian me ayudó a bajar de la roca y, cuando luego me soltó la mano, una parte de mí deseó que no lo hubiera hecho.

En el brillo de sus ojos había una magia oscura, turbia; y, de pronto, tras lo que habíamos compartido, yo quería ser parte de cada uno de sus momentos.

¿Qué otras cosas podía hacer? ¿Qué más información podía darme sobre las leyendas de Timber Plains?

¿Y cómo sería mi vida tras salir de aquel bosque?

Todo se había vuelto peligroso. Y maravilloso a la vez.