Capítulo 31
Y si he de perecer antes de lo que me correspondería, que sea porque me he ahogado en ella.
Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero
En un abrir y cerrar de ojos, Julian volvió a ser humano, desnudo, y me miró con la sonrisa más orgullosa que le había visto jamás. Cerré los ojos otra vez y me tapé la cara con las dos manos.
—¡Avisa! —grité—. ¡Me tenías que avisar!
—No puedo hablar en esa forma —bromeó, y masculló un comentario sarcástico.
—¡Eh! ¡Que te he oído! —le grité, aunque fuera mentira.
—No me has oído. —Se rio.
Chasqueé los labios.
—Te he oído —mentí de nuevo.
Quería que Julian me repitiera lo que había dicho, pero sin tener que pedírselo, pero el plan no me daba resultado.
—No me has oído —repitió—. Si no, me habrías tirado el zapato.
—No me tientes —bufé—. ¿Puedo abrir ya los ojos?
—Sí.
Lo hice y apoyé las manos en la roca detrás de mí para ver cómo se ataba los zapatos.
Otra vez humano. Era extraño. Era inconcebible.
Julian se alisó la pechera de la camisa, se quitó una motita de los vaqueros y luego se sentó en una roca más pequeña, frente a mí, para ponerse la cadena al cuello. Me volvió a sonreír de oreja a oreja.
—Estarás orgulloso de ti mismo —dije.
La sonrisa se le acentuó todavía más. Apoyó los brazos en las piernas.
—Pues sí. Nunca le había podido enseñar a nadie mi verdadera forma. —Respiró hondo—. Me ha gustado —añadió, y se le subió el color a las mejillas.
En otras circunstancias, no le habría respondido nada, pero en cierto modo me sentía honrada por haber sido la primera en presenciar su transformación.
—Tienes motivos para estar orgulloso.
Me dio las gracias y se secó las palmas de las manos contra las piernas.
—Por curiosidad, ¿qué te ha parecido?
—¡Ha sido increíble! —respondí al instante; y, pese a todo, seguía sin parecerme real—. ¿Puedes hacerlo cuando quieras?
—Sí.
—¿Y duele?
—No. —Entrelazó los dedos—. No es como en las películas, en las que parece que la piel se desgarra y como que se arranca del cuerpo, y te crecen los huesos y parece que te estás conteniendo para no destruir todo lo que hay a tu alrededor.
Mi gente no es así. Nos consideran licántropos, pero el término técnico es cambiaformas. La logística sí que es complicada.
Pensé que el cambio de forma era como la magia. Con solo chasquear los dedos, podías ser humano o lobo.
—¿Cuánto tiempo llevas así?
Julian se miró la cadena; luego, las manos.
—De cachorros, nacemos con forma humana.
Llegamos al mundo igual que todos los mortales.
Pero algunos cambiamos por primera vez antes incluso de aprender a andar.
No suele durar mucho, ni pasar muy a menudo, pero sí, sucede hasta que los genes entran en remisión.
El resto de nuestra infancia es como la de cualquier niño, y, cuando llega la pubertad, el cambio nos asalta como una enfermedad.
Yo estuve en cama un mes, me retorcí de dolor mientras mi cuerpo se adaptaba a su forma.
Sabía lo que pasaba, pero nunca lo había pasado tan mal.
Cuando terminó la transición, me regalaron esta cadena.
Es un rito de paso. En mi familia, todo el mundo la tiene.
—Julian sonrió de nuevo al darse cuenta de que me había contado más de lo que le había pedido—.
En respuesta a tu pregunta, soy capaz de transformarme plenamente desde hace dos años.
Recordó los hombres con los que había estado Julian aquella noche en el bosque.
—¿Cuántos más hay como tú? ¿Tenemos una manada de lobos campando a sus anchas en la universidad?
—Yo no diría que campamos a nuestras anchas en la universidad.
—Pero ¿hay una manada? —Arqueé una ceja.
—Más o menos.
—¿Lo sabe más gente? —pregunté, pero ya sabía la respuesta—. El vínculo —murmuré, casi para mí misma. Pero, a pesar del juramento, había unas lagunas en la prohibición de hablar de ello. Y estaba el libro.
—Exacto. Es lo que nos conecta, sobre todo cuando adoptamos la forma de lobo.
—¿Qué quieres decir?
—Como animales, no podemos hablar, pero sí tenemos la capacidad de transmitirnos lo que queremos por telepatía. Es como leer la mente, solo que podemos decidir qué pensamientos no compartimos.
Asentí y traté de que me saliera una réplica ingeniosa, pero al final no dije nada. Era una adulta, al fin y al cabo. En cambio, le hice otra pregunta que me pareció más apremiante.
—¿Cómo va el paso de los años? —quise saber.
Había dado por hecho que Julian y yo éramos más o menos de la misma edad, pero se trataba de un ser paranormal, así que no podía estar segura.
—¿Tienes algo contra las personas mayores?
—¿Qué? ¡No! —Me eché a reír—. Lo pregunto porque, hasta hace veinte minutos, ni siquiera sabía que los licántropos fueran reales.
—Sí, claro. —Esbozó una sonrisa burlona que me provocó una punzada de ardor entre las costillas.
Recuperé la compostura—. No soy viejo, Mira, si es eso lo que querías saber.
Tengo diecinueve años. Durante la adolescencia, el tiempo pasa para los lobos igual que para los mortales.
Pero, a medida que nos hacemos mayores, tenemos la opción de ralentizar el proceso.
«Los mortales». Aquella expresión me hacía sentir insignificante. Pero miré a Julian, recordé los ojos enormes de cuando era un lobo, y sentí una punzada en el pecho al recordar los ojos animales que había visto desde mi ventana en la residencia.
—Tengo que hacerte una pregunta. ¿Me has… me has estado espiando por la ventana?
Frunció el ceño, confuso por un momento, y luego su expresión se tornó en otra de repugnancia.
—Claro que no. No soy un pervertido.
—Tenía que preguntártelo.
Respiré hondo, pero no me sentí mejor. Yo había visto aquellos ojos antes, en la primera semana de universidad, y también antes en otra ocasión, cuando Rena se marchó.
Eso solo podía significar que en mi vida había habido un lobo, o tal vez varios, mucho antes de que yo fuera consciente de su existencia.
¿Cómo era posible? Y, más importante aún, ¿por qué?
Empecé a derrumbarme. El recuerdo iba a destruir el cuento de hadas.
—Julian —dije en un susurro brusco. Me temblaban las manos, pero me erguí. Recordé las noticias sobre las muertes y lo que había pasado el día de mi caída en el bosque. Otro buen motivo para no estar allí—. ¿Eres tú el que…?
No quería decir el resto. Se inclinó hacia delante con el ceño fruncido.
—¿Que si soy yo el que qué? —preguntó, con más avidez de la que me esperaba.
Respiré hondo otra vez.
—Ha habido muchas noticias sobre ataques de animales. Han muerto algunas personas. Según los testigos, el animal era más grande que cualquiera que hubieran visto antes, y sé que no se trataba de un oso. ¿Has sido tú, o tu familia?
Entrecerré los ojos, casi con miedo de ver su reacción. Vi una expresión comprensiva en su rostro.
—No —respondió—. No voy por ahí matando a nadie. Los ataques que han tenido lugar no han sido obra de mi manada. Esto viene de otra parte.
—¿En tu familia todos sois lobos?
Se quitó algo de la rodilla con un golpecito de los dedos.
—Si te refieres a la familia que he dejado, sí. Algunos lo consideran una maldición. Pero se nos creó inmortales. No hay nada en los cielos ni bajo la tierra que pueda detener lo que ya es permanente.
—En la familia que has dejado, dices…, como si hubiera pasado algo espantoso.
—Eso mismo. —Enderezó la espalda—. No quiero ser grosero ni poco respetuoso, cosa que por lo visto tengo por costumbre… —Hizo una pausa y me sonrió, y puse los ojos en blanco. Porque sí, tenía esa mala costumbre.
—Ah, así que es verdad —repliqué—. Si te has portado como un imbécil no ha sido sin querer.
Julian alzó un dedo y lo agitó a un lado y a otro.
—No he terminado todavía —dijo con una sonrisa—. Y no te imaginas la cantidad de cosas que hago queriendo. Lo que quería decir es que tengo la sensación de que solo hablamos de mí, y no me parece justo.
Me eché a reír de buena gana e hice una mueca.
—El lobo eres tú, Julian —dije con aplomo—. Eso es mucho más interesante.
—Y tú eres la chica que ha descubierto que soy un lobo —replicó. Cogió aire y lo vi titubear, como si una emoción le subiera por dentro—. Te estoy confiando este secreto porque nadie puede saberlo. Y ahora sabes mucho sobre mí, así que me parece que yo también debería conocerte mejor.
Volví a apoyar las manos en la roca y alcé la barbilla.
—¿Qué quiere saber de mí Julian Santos?
Me dirigió una sonrisa de medio lado.
—Eres de por aquí, ¿no?
—Producto local cien por cien.
Julian asintió, pensativo. Apretó los labios.
—¿Nunca has vivido en otro lugar?
—¿Por qué te sorprende? ¿Has vivido tú en otros sitios? —lo presioné.
—No sé, es que pareces más experimentada. —Se rascó la barbilla—. Pensé que habrías venido de otro lugar. Y no, no he vivido en otro lugar. No puedo marcharme de aquí.
—¿Cómo? ¿Nunca? —Me incorporé y descrucé las piernas para que me colgaran por el borde de la roca.
—Se supone que no… —Se aclaró la garganta y miró en dirección al arroyo—. ¿Tienes hermanos? —me preguntó, para cambiar de tema.
Pero no se lo iba a permitir. ¿Por qué no podía salir de aquella zona? Se me ocurrió una cosa: ¿podía ser por ella, por la mujer que al parecer tenía cierto control sobre Julian?
—No, no, espera, ¿por qué no te puedes marchar?
Julian me miró.
—Por lo general, cuando le dices a alguien que te hable de sí mismo, no hay manera de que se calle luego…, pero en tu caso es difícil que te centres en el tema.
—Es una mala costumbre, sí.
—Ser modesto no es una mala costumbre.
—A lo mejor evito el tema… —Como en aquel momento, porque quería saber más sobre él y sobre la mujer cuya presencia pendía sobre Julian como un mal presagio—. Además, tío, es que eres un lobo.
Sacudió la cabeza y dejó escapar una risita.
—No te falta razón —dijo—. Vale, responderé a esta pregunta, pero luego volvemos a hablar de ti.
—De acuerdo —respondí con impaciencia. Quería saberlo de una vez por todas.
Apretó los labios un instante.