Luna de sangre Capítulo 30
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Capítulo 30

Ni el más fuerte de los hombres puede detener la mano del destino. La voluntad siempre se abre paso.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

Tras la espesura, era como si la universidad no existiera. El aire helado nos aguijoneó la piel. La temperatura era unos cuantos grados más fría bajo las hojas, pero cuando el sol se colaba entre las ramas creaba remansos de luz que iluminaban el sendero escondido.

El camino que seguimos estaba sin pavimentar, y los cuidadores de los terrenos de la universidad no se ocupaban de él. Entre los hierbajos y las ramas habría sido fácil no verlo, pero Julian avanzó entre el follaje como si conociera aquellos bosques como la palma de la mano.

De cuando en cuando, miraba hacia atrás para comprobar que seguía ahí. Y para mi sorpresa, o como constatación de mi estupidez, seguía ahí. Como un corderito obediente. Un corderito demasiado curioso.

Al llegar a un claro donde los árboles se dispersaban con cierta uniformidad, aminoramos el paso.

El sonido del agua corriente nos llegaba desde un arroyo cercano junto al que el suelo del bosque estaba cubierto de hojas secas, doradas bajo el sol.

A nuestro alrededor, todo era un laberinto de troncos.

Si daba unas cuantas vueltas, no tendría ni idea de cómo volver.

Aparte de mí, no había rastro de otro ser humano en muchos metros a la redonda.

Julian depositó la mochila sobre una roca grande que había junto al arroyo; estaba cubierta de musgo en algunas zonas. Cuando se apartó unos pasos, me senté en esa roca y yo también me quité la mochila.

Se situó delante de mí y dio media vuelta. Respiró hondo. ¿Era así, tan fácil? ¿Solo tenía que imaginarse un lobo y transformarse?

Pero lo que sucedió fue mucho más demencial. Con un movimiento rápido, Julian levantó los brazos y se quitó la camisa negra para tirarla a un lado. Apreté los labios y me incliné hacia delante.

—Julian, yo…

—Es parte del proceso —me interrumpió—. Confía en mí.

Me mordisqueé la mejilla por dentro, un poco molesta por la repentina confianza que me exigía. ¿Es que no sabía lo mucho que lo detestaba?

Llevaba una camiseta debajo de la camisa y también se la quitó.

Incliné la cabeza a un lado, sin darme cuenta de que me lo había quedado mirando boquiabierta.

Bajo la ropa, el pecho era ancho, bronceado, y los músculos estaban bien definidos en el abdomen.

Llevaba al cuello una cadena de oro y, bajo la clavícula, cerca del hombro derecho, le vi el tatuaje de un sol y una luna.

En la cara interior del brazo izquierdo tenía otro de una hoja de helecho.

Todo era hipnótico, cosas que solo había visto en internet.

Cuando se desabrochó los vaqueros, me atraganté y me puse roja, y levanté la mano a toda prisa.

—¿Te estás desnudando?

Una sonrisa maliciosa se le dibujó en la cara. Se bajó la cremallera.

—No estamos en clase, Mira. No tienes que levantar la mano para hablar.

Me incliné hacia delante y traté de hacer caso omiso del hecho de que hubiera dicho mi nombre mientras se desnudaba. Ya pensaría luego en eso.

—Espera, espera, espera —dije con una risa nerviosa—. ¿De verdad te vas a desnudar aquí, en el bosque? —Miré a mi alrededor, con la esperanza de que hubiera alguien para presenciar aquello.

Julian se detuvo un momento.

—Ya. Perdona. —Se irguió en toda su estatura y me sonrió—. Te tendría que haber avisado. Si no te importa, tengo que quitarme esta ropa para transformarme porque, de lo contrario, la desgarraré, y la verdad es que me gusta mucho.

—Pero entonces… —Me paré a media frase y me reí como una niña pequeña.

Me moría de vergüenza. Esperé unos momentos para recuperarme antes de seguir—.

¿Cómo voy a ver la transformación? —No dijo nada, no se movió.

Hice un ademán con los dedos—. Sí, sí, te puedes desnudar.

Es solo que… no me esperaba ver un espectáculo.

¿Qué hago con los ojos que tengo en la cara?

—Puedes mirar y puedes no mirar. Me da igual. —Se bajó los vaqueros y se quitó las zapatillas deportivas. Tenía unas piernas perfectas, musculosas. Aparté la vista y él se echó a reír—. Parece que no hayas visto nunca a un hombre desnudo.

Alcé la mano para bloquear cualquier cosa que pudiera ver por el rabillo del ojo.

—Si no te importa, prefiero no hablar de los hombres desnudos que he visto.

Porque no habían sido muchos, y prefería que él no lo supiera.

Se le escapó una risa grave, gutural.

—Claro. Es mejor que no. —Pasaron unos momentos y oí cómo cogía aire con fuerza. ¿Tal vez estaba nervioso?—. Vamos allá —murmuró.

Y, al momento, sentí una brisa suave que me acariciaba los brazos, oí un sonido como un murmullo entre la vegetación.

Cerré los ojos con fuerza y esperé a que me diera alguna señal, a que me avisara de que ya podía mirar, pero entonces comprendí que esa señal no iba a llegar. Los animales no hablaban. Por lo general.

Sentí un roce en la mano, algo frío y húmedo. Un hocico. Había utilizado la mano como escudo, temerosa de mi reacción. ¿Y si me daba por gritar y lo asustaba? ¿Y si no se podía controlar y me atacaba? ¿Y si acudir allí con él había sido un error? Ya me lo advirtió. Era peligroso.

Pero también me había dicho que confiara en él.

Me había jurado que no me haría daño.

Cuando abrí los ojos, había a mi lado un enorme lobo gris.

Tenía unos ojos dorados asombrosos, con destellos verde esmeralda.

Eran los ojos de Julian, solo que enormes, adaptados a la forma que había adoptado.

Lo más increíble era que se había convertido en un lobo de verdad.

No en un licántropo con los colmillos chorreando veneno, sino en un lobo.

Era muy grande, pero esbelto, con el pelaje ondulante.

La nariz de Julian brilló cuando inclinó la cabeza en dirección a mí, casi como si me estuviera saludando.

Sonreí, maravillada. El ser que tenía delante era asombroso, extraordinario, nunca me lo habría imaginado así.

La curiosidad me dio ganas de extender la mano y acariciarle el pelaje, pero me pareció que aquello era ir demasiado lejos.

La experiencia era todavía demasiado nueva.

Pero ver así a Julian me confirmó muchas cosas. Él era el folclore, en carne y hueso, delante de mí, mucho mejor que todas las historias que me habían contado, mejor que las ilustraciones de los libros y representaciones, mejor que las imágenes que me había formado en la mente.

Era como un sueño que me absorbió, me envolvió con el intenso placer de un nuevo descubrimiento.