Capítulo 29
Habrá muchos que no creerán. Pero seguimos adelante.
Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero
Me debería haber saltado la clase, debería haber ido directa a él. Con la información de que disponía, estar sentada en un aula llena de gente no era lo más deseable.
Julian era un licántropo. Como los de la historia.
Lo había sido todo aquel tiempo, y había tratado de decírmelo, pero yo no veía los indicios, los dejaba de lado porque no podía ni imaginarme que algo así fuera posible.
Por eso tenía aquella fuerza y velocidad increíbles, por eso tenía un sentido del olfato tan agudo, por eso era tan peligroso.
En cuanto terminó la clase, salí corriendo por el pasillo hacia la salida. Una vez fuera, me detuve bajo la marquesina, decidida a averiguar si estaba donde había dicho que estaría.
Lo vi sentado en el banco, con la mochila en el suelo junto a los pies y un libro sobre las rodillas. El pelo le caía sobre la cara al leer.
—Julian. —La voz me salió casi balbuceante y traté de recuperarme de la conmoción.
Una sola mirada bastó para decirme que me había oído y, cuando me miró, su rostro era impasible. Habría querido saber en qué estaba pensando, si era consciente de lo que yo sabía ahora. ¿Pensaba que tenía miedo? No lo tenía. Y sí, a la vez.
Me había pasado toda la clase debatiéndome contra la idea, permitiéndome la opción de irme, de dar marcha atrás.
La idea fue arraigando dentro de mí. Tenía la posibilidad de elegir.
Pero elegir marcharme justo cuando el mundo se había partido en dos sería una estupidez.
Aunque pareciera inexplicable, estaba segura de que Rena tenía alguna relación con todo eso: los nudos estaban demasiado cerca, tenían que ser del mismo hilo.
Si aprovechaba la oportunidad, si dominaba aquel miedo incipiente, tal vez estaría más cerca de comprender por qué se había marchado, y quizá también más cerca de recuperarla.
Salí de debajo de la marquesina al sol de primera hora de la tarde y no oí las voces de la gente que me rodeaba.
No, solo oí el canto de los pájaros en las ramas más altas y las pisadas de los animalillos que correteaban por los troncos mientras me dirigía hacia él y sopesaba la decisión que había tomado.
Debería tenerle miedo. Era una bestia, un monstruo grotesco.
Pero no parecía el ser escalofriante de mis pesadillas.
Julian estaba más atractivo que nunca, tan hermoso como siempre, allí sentado bajo el entramado de las hojas.
Pese a todo lo que había descubierto, también me había salvado la vida.
Si fuera ese ser cruel, me habría dejado morir. O peor aún, me habría matado él mismo.
Y habíamos estado muchas veces a solas. Habíamos estado en contacto, y no le habían salido garras, no había cambiado de piel para desgarrar la mía, ni siquiera cuando la luna llena brillaba en el cielo.
«No tengo miedo», me dije, pero la aprensión seguía allí.
Cada paso que daba hacia Julian hacía que se irguiera más. En ningún momento dejó de mirarme a los ojos. Atónito, di por hecho. Cuando me senté junto a él, cerró el libro.
—¿Has venido?
Asentí.
—Si lo sabes…, ¿por qué no tienes miedo?
En lo más hondo de la garganta sí sentí un ligero temblor.
—Porque, si quisieras hacerme daño, ya me lo habrías hecho.
Julian apartó la vista, se concentró en la gente que pasaba cerca.
—Pero sabes que soy peligroso, ¿no?
Me agarré al borde del asiento del banco, donde tenía el muslo contra el hierro frío.
—Sí, Julian, y es decisión mía.
Hubo un momento de silencio.
—¿Qué crees que soy, Mira?
Se me hizo un nudo en el estómago. No quería decirlo en voz alta por si estaba equivocada. Me temblaron los labios. Se me trabó la lengua. Pero me había preguntado qué creía que era, no quién. Así que la predicción no era tan arriesgada.
—Necesito que lo digas —insistió en un susurro—. Para estar seguro de que hablamos de lo mismo.
Todavía temblorosa, pronuncié la palabra por fin.
—Un licántropo.
Se oyó un suspiro, procedente de los dos, de Julian y de mí.
Cerró los ojos un momento, quizá aliviado al ver que lo sabía, que habíamos encontrado la manera de comunicarnos pese a lo que no podía decir.
Tardó unos segundos en reaccionar, pero al final se miró las manos.
Yo también se las miré y no vi ni rastro de la venda.
Ni siquiera tenía una cicatriz. El corte de la cara también había desaparecido.
Supuse que era por su condición de licántropo: un factor de curación rápido debía de ser una ventaja evolutiva esencial para la supervivencia.
—¿Nunca te has planteado que las leyendas de la ciudad podrían ser ciertas, Mira? —me preguntó Julian. Sí se me había pasado por la cabeza, y por eso había robado el libro—. Tienen una razón de ser: lo que pasó hace siglos con Aadan. Los pactos. Los licántropos. Todo es real.
—Pero ¿cómo? ¿Cómo es posible? Solo por decirlo en voz alta no lo hace menos irracional. Estos… esto… no parece posible.
Vi la vacilación en su rostro, en las comisuras de los ojos. Al final, irguió la espalda.
—Te… te lo puedo enseñar. Si te sirve de algo.
¿Qué me podía enseñar? Abrí mucho los ojos e hice un esfuerzo para no quedarme boquiabierta.
—¿No necesitas que haya luna llena? ¿Ni oscuridad? —Ni lo que fuera que hacía posible la transición.
Julian se guardó el libro en la mochila y se levantó. Detrás de nosotros, a pocos metros, había una hilera de árboles, entre los que se veía un sendero de tierra.
—No, solo me hace falta espacio. —Me lo quedé mirando. ¿Lo podía controlar como si tal cosa? Qué blasfemia. Al ver que no me movía, se detuvo—. ¿Vienes?
Miré los árboles, luego a él otra vez.
—No sé si…
Volvió a sentarse.
—No te voy a hacer daño, Mira. Creo que todo sería más fácil si lo vieras en persona.
—Me dijiste que no confiara en ti.
—Sé lo que te dije, pero te juro que no te voy a hacer daño.
Julian se puso de pie otra vez y me tendió una mano para ayudarme a levantarme. Volví a mirar en dirección al bosque, todavía insegura. Pero, al mirarlo a él, se me nubló la mente. Sentí una gran tranquilidad. Había pensado que sentiría algo extraño, pero, aparte del cosquilleo en los dedos, nada.
Volvió a tenderme la mano.
—No te voy a hacer daño —repitió, suplicante.
Y oí en un susurro la frase que no dijo: «Confía en mí». Lo contrario de lo que me había dicho que hiciera.
Pero lo miré a los ojos, y no pude contenerme. Así que le di la mano al monstruo y lo seguí hacia el bosque.