Capítulo 28 #2
Al terminar la clase, vagué por los pasillos algo aturdida.
«Animales», pensé de nuevo. Eso me trajo a la mente el folclore de aquella ciudad dejada de la mano de Dios.
Me resistía a creerlo. De lo contrario, no sería distinta de los nativos de la zona, con sus señales y sus cosas; me llevaría de vuelta a una época en la que yo estaba enamorada de esas leyendas, y devoraba cada palabra de mi madre que las mencionase.
Era algo que podía hacerme pedazos. Si lo que contaba el libro era verdad, si las afirmaciones de Julian eran ciertas…
Tras la clase de Medio Ambiente, me sorprendió ver que Julian no me esperaba.
Me estaba empezando a acostumbrar. Una pena, la verdad.
Pero cuando doblé la esquina hacia el Campus Central lo vi sentado en el borde de la Fuente de los Fundadores.
El sol le iluminaba la nuca, la frente. El agua salpicaba en el borde de la fuente y le mojaba la camisa rojiza.
A sus espaldas, el lobo rojo esculpido se sentaba con aire majestuoso.
Controlé la respiración e hice un esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas.
—¿Haciendo nuevos amigos? —logré decir, un comentario que quizá tenía más sentido para mí que para él.
—¿Amigos, o enemigos? Tengo muchos, de unos y de otros —respondió mientras le arrancaba un pétalo a una flor que tenía en las manos.
El sudor me corrió por la espalda y se me acumuló en las axilas.
—Eso es preocupante —mascullé. Julian se encogió de hombros y, al apartarse de la fuente, dejó que el viento se llevase el pétalo.
De camino al Centro Estudiantil escruté a Julian con atención. No podría ser más humano. No tenía garras. No le salían mechones de pelo del cuello de la camisa, ni en los antebrazos. Nada de colmillos, ni bigotes. No se parecía a lo que describía el libro, ni a lo que sugería la gente de la ciudad.
—Estás muy callada —me dijo Julian nada más entrar al comedor. La sala no estaba tan abarrotada como yo esperaba. Había unas cuantas personas en las mesas y en los reservados. Las luces proyectaban sombras nítidas en el suelo de madera.
—Ah, ¿sí? —Me rasqué detrás de la oreja—. Supongo que tengo muchas cosas en la cabeza.
Julian entrecerró los ojos, pero no dijo lo que pensaba, sino que señaló a una pequeña mesa adosada al fondo del salón, encarada a la ventana. Estaba bastante separada de las otras mesas, y era casi demasiado íntima.
—¿Qué te parece allí? —preguntó. Con los labios apretados, busqué a toda prisa un sitio libre que estuviese más cerca de la salida… y de posibles testigos.
Descubrí una mesa vacía cerca de un grupo de personal académico que estaba comiendo tarde.
—¿Y esa de ahí?
Julian no se opuso, lo que me hizo sentir un poco menos aprensiva. Dejó las cosas en la mesa y se fue a buscar la comida.
No me encontraba bien. El pánico me rezumaba por todos los poros mientras miraba la carta. ¿Cómo iba a comer con tanto estrés? Todo lo que veía me parecía asqueroso y me olía fatal, incluso la tarta. Y yo adoraba las tartas.
Pero tenía que fingir que no pasaba nada, controlarme y mantener la calma, así que me decidí por una patata asada y una bebida con gas.
Mientras Julian estaba ausente, yo tenía el corazón a cien. Sentía un impulso casi incontrolable de huir, de salir disparada de allí y refugiarme en mi dormitorio. Podría hacer las maletas y no volver nunca más… Satisfacer la petición que Julian me había hecho tiempo atrás.
Estuve a punto de hacerlo, pero regresó en el momento en que eché la silla atrás. Llevaba una bandeja que contenía… de todo.
—Para mí esto no es nada —explicó Julian al verme arrugar la nariz. No lo juzgaba, solo sentía curiosidad por ver cómo pensaba devorar todo aquello antes de la siguiente clase.
Toqueteé la patata asada con el tenedor.
—Si te hace feliz…
Sonrió para sí mismo.
—¿Qué pasa?
—Tu cambio súbito de actitud es muy sorprendente. Lo normal es que respondas con comentarios incisivos, y ahora de pronto pareces un ciervo frente a unos faros. No me has hecho ni una sola pregunta. ¿Te preocupa algo, Bells?
Eso sí que me provocó una reacción. De mala gana, le di un mordisco a la patata. «Respira. Respira y nada más».
—En…, en realidad tengo más preguntas.
—Ah, ¿sí?
Le di un sorbo a la bebida y me limpié las manos en las piernas para evitar que los pies se movieran de un sitio para otro.
—Me has dicho que puedes seguirles la pista a los animales. ¿Significa eso que también puedes seguir a la gente? Por ejemplo… —Tartamudeé, y tragué saliva con dificultad—. Digamos que me estás buscando. ¿Podrías? —Quería saber qué posibilidades tenía de salir de allí indemne.
Se limpió la boca con la servilleta, que tapó una sonrisita.
—Más o menos. —Julian me leyó en la cara lo que quería saber—. Puedo seguir la pista a casi todo el mundo. Pero tu olor es diferente.
—¿Diferente? —Bajé la vista para examinarme a mí misma. Me olfateé unas cuantas veces, pero lo único que me llegaba era el olor de su comida—. ¿Qué significa eso? ¿Es algo malo?
—Depende de lo que consideres malo.
Me incliné sobre la mesa.
—Espera… Hablo en serio. ¿Huelo mal?
Se tapó la boca para reír.
—Te prometo que no.
Asentí. Pero si Julian era… No conseguía ni siquiera pensar la palabra. Pero si lo era… ¿Cómo funcionaba? Le clavé la mirada, para evaluarlo. Frente a mí había una persona, no un monstruo.
—Es decir, que puedes seguirle la pista a todo lo que tenga un corazón que late.
—Sí.
La cosa empezaba a aclararse, pero yo no estaba preparada para que se despejase la niebla. Necesitaba ese aire denso y espeso que me permitiese esconderme en el rincón más seguro de mi mente. No quería rendirme, y saber…
—¿Y eres peligroso? —De eso no tenía dudas. Sabía la respuesta que me iba a dar. Me lo había repetido una y otra vez; el sonido de su voz al decirlo casi me resonaba en los oídos.
—Mucho.
Sin hacer caso de la comida, me zambullí en ese pensamiento. Tenía la palabra a mi alcance, en la punta de la lengua (un movimiento súbito y se escaparía), pero necesitaba más tiempo.
Depositamos las bandejas sucias en la cinta y salimos de allí. Cinco minutos después, o quizá más, mientras recorríamos la acera, aún no era capaz de hablar. Supuse que debía de estar pálida y desgreñada, o quizá verdosa por las ganas de vomitar.
—¿A qué edificio vas ahora? —me preguntó Julian. Habló con voz suave, y aun así me sobresalté. Casi me había olvidado de que estaba a mi lado y su figura impedía que me diese el sol en la cara.
—Otra vez al Stewart —murmuré con la mirada perdida en el vacío. Julian era… Negué con la cabeza. «No». Necesitaba que me contase más cosas. Carraspeé—. ¿Qué más puedes hacer?
Se encogió de hombros.
—¿Puedes volar?
Se rio.
—No.
—¿Puedes leer la mente?
—Ojalá.
—¿Se podría decir que tienes buen oído?
—Sí.
—¿Cómo de bueno? Por ejemplo, si yo estuviese en el estadio O’Porter y tú a las afueras del Centro Estudiantil, ¿podrías oírme?
—Si susurrases, no, pero distinguiría la mayoría de las palabras.
—¿Y la visión?
—Perfecta.
—¿Puedes escalar edificios?
—Sí.
—¿Sin equipo de escalada?
Enarcó una ceja y sofocó una risita.
—Sí…
Inspiré una bocanada de aire, y saboreé el perfume de las hortensias y los crisantemos cercanos.
—Pero a ti… —Le miré el pecho, lo vi moverse, me imaginé el latido del corazón—. Te late el corazón. Lo he sentido. —Me acordé del veloz palpitar contra mi propio cuerpo.
—A muchos seres les late el corazón, Mira. No solo a los humanos.
—Pero… —Una vez más, negué con la cabeza. No era cierto. No lo era.
Julian me tocó el brazo con suavidad y, cuando lo miré a los ojos, se inclinó hacia mí.
—Créeme, en serio. Ya sabes la respuesta… —dijo, y por muy sincero que fuera, yo no tuve claro si en realidad quería saberla.
Me tapé la boca. Me negaba a pronunciar la palabra.
Julian me miró con total seriedad. Esperó unos instantes.
—Piénsalo, Mira. Soy muy fuerte. Puedo seguirles la pista a personas y animales.
Puedo ver y oír mejor que cualquier humano.
Puedo escalar edificios altos y saltar de ellos—.
Apretó los dientes y añadió—: Siempre tengo hambre, y pocas cosas me sacian.
Es un dolor constante con el que tengo que convivir.
Estoy atrapado, de forma inexorable, entre dos mundos: aquel en el que tú has escogido vivir, y el mío.
Estaba atónita, sin aliento, pero ya casi habíamos llegado a mi edificio. Nos detuvimos junto a un árbol. La sombra me refrescó la nuca y los hombros.
Julian tenía toda la razón al decir que yo había escogido vivir en ese mundo, el que consideraba las leyendas como cuentos de hadas, y no como verdades. Y lo hacía porque esa mentira me reconfortaba. Y si la rompía en pedazos, todo mi mundo, todo lo que creía, se vendría abajo.
—¿En qué piensas? —Las palabras se abrieron camino entre mis pensamientos. No me moví, ni respondí. Mis instintos eran correctos. Solo tenía que confiar en ellos y decirlo en voz alta.
Al ver que no respondía, suspiró y desvió la mirada.
—Tengo que irme.
—¿No me vas a acompañar a clase?
—Esta vez no, Mira. Creo que necesitas estar un tiempo lejos de mí para procesarlo todo.
Has hecho las preguntas adecuadas, y sé que, en cuanto sumes dos y dos, tendrás muchas más preguntas para mí.
Cuando salgas de clase y estés preparada para hablar de ello, allí estaré.
—Señaló más allá de la estatua del lobo, a un banco situado debajo de un sauce—.
Y… —empezó, pero cerró los ojos y suspiró, con un gesto de dolor—.
Y si no quieres volver a hablar conmigo, no te pares a mi lado, y te prometo que no volveré a dirigirte la palabra.
El sonido de su voz me revolvió las tripas.
—De acuerdo —murmuré.
Cuando se marchó, yo tenía el corazón tan desbocado que lo sentía en la garganta, y la sangre me zumbaba en los oídos.
Julian Santos era un licántropo.