Luna de sangre Capítulo 28
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Capítulo 28

El mañana no podría prepararnos para lo que llegó a continuación.

Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero

Paseé por el campus con los ojos cansados y la mirada baja. Quería mantenerme oculta del resplandor de los rayos de sol, pero la luna asomaba entre las nubes colgada en aquel inacabable mar azul. Implacable, reacia a entregarse por completo al abismo oscuro que aguardaba su regreso.

Y, como si lo hubiesen invocado junto con la luna, allí estaba Julian. Se había sentado en un banco de metal, con los brazos apoyados en las rodillas y un esbozo de sonrisa. Hacía girar entre los dedos unas gafas de sol. Me esperaba.

Al acercarme, se levantó.

—Pero si estás vivita y coleando.

Gemí y me crucé de brazos.

—¿Vamos a seguir con lo mismo?

—Buenos días para ti también. —Me respondió con una sonrisa presuntuosa, pero, para ser justa, eso no cambiaba nada. Cada una de sus sonrisas era estúpida y perfecta.

Seguí caminando sin detenerme, y Julian me siguió mientras nos abríamos paso entre los transeúntes.

—Pero para responder a tu pregunta… ¿Todavía me odias? —se interesó.

—Más y más a cada día que pasa.

—Estupendo.

—Sí, es una puñetera maravilla.

Reaccionó con una cierta timidez, como si lo hubiese impresionado. Se puso las gafas para protegerse los ojos del brillo del sol.

—Lo de ayer…

Resoplé.

—Se ha acabado. No quiero…

—No —me interrumpió—. Mis actos fueron inexcusables. Estuvieron fuera de lugar, y te pido disculpas.

Vacilé, y por fin me detuve en medio de la acera; alguien que me seguía de cerca me esquivó con un bufido.

—Vaya, vaya, vaya… Fíjate, si eres capaz de responsabilizarte de tus actos. Cualquiera diría que te lo tomas en serio y todo.

—No te burles de mí.

Enarqué una ceja.

—No me digas lo que puedo hacer. —Julian entrecerró los ojos, medio ocultos por las gafas de sol, y me los paseó por el hueco de la garganta. Me ajusté el pelo detrás de la oreja—. Pero te agradezco que te disculpes.

Julian asintió con un gesto breve. Seguimos caminando.

—Sev me ha dicho que vuestras familias son enemigas desde hace tiempo. ¿Por qué?

Le cambió la expresión.

—¿Sev? ¿Quieres decir Seven? ¿Has hablado de esto con él? —No sabía si su pregunta reflejaba celos o asombro, pero me sentí intrigada.

—¿Algún problema?

Julian frunció el ceño y apretó los labios.

—¿Qué más te dijo?

—Que era complicado.

—Lo es.

—¿Y eso es todo lo que vas a decir?

—Sí. Siguiente pregunta.

—¿Por qué eres tan gilipollas?

—Irrelevante. Siguiente pregunta.

Me detuve, molesta. ¿Cómo se atrevía a hacer caso omiso de mis preguntas? Me lo debía. Le clavé puñales imaginarios en la espalda, y luego me puse de nuevo en marcha para seguirlo.

Julian estaba hablando incluso antes de que me pusiera a su altura.

—¿Qué pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato, Bells? —comentó. Le tiré de la mochila para frenarlo. Se detuvo.

—¡Oye! —exclamé—. No me llames así.

—¿No hay ningún apodo que te guste?

—Viniendo de ti, no. Y no te creas ni por un instante que puedes hablarme como lo has hecho ahí atrás.

Suspiró hondo y se quitó las gafas de sol.

—Lo digo en serio. Si vamos a seguir con este… —no sabía muy bien cómo llamarlo— asunto… vas a tener que cooperar conmigo. Ya me frustra y me confunde bastante estar cerca de ti, así que lo único que quiero es averiguar lo que necesito saber, para que los dos podamos seguir con nuestras vidas.

Cuadró los hombros y se tragó el orgullo, aunque no me cupo duda de que le costó un esfuerzo.

—Tienes razón —aceptó—. No debería ser brusco contigo.

Es una mala costumbre que se me ha pegado por vivir con mis hermanos, y sé perfectamente que eso no es excusa.

Es solo que… estoy de acuerdo contigo. Todo esto es muy complicado, y te necesito…

—Se apartó un poco y empezó de nuevo—. Es imprescindible que entiendas lo que está pasando. Aquí hay mucho en juego.

—De acuerdo.

—¿Me perdonas?

—No —exclamé con brusquedad—. Pero tu disculpa… Por algo se empieza.

—Me parece justo —respondió. Ladeó la cabeza para señalar a donde nos dirigíamos—. ¿Seguimos? —preguntó mientras se ponía otra vez las gafas de sol. Asentí y reanudamos la marcha. Julian se frotó las manos, ansioso—. De acuerdo —susurró—. ¿Qué preguntas tienes hoy para mí?

—Espera. —Enarqué las cejas—. Primero tenemos que ocuparnos de un asunto mucho más grave.

Julian miró en todas direcciones. Juraría que se detectaba cierto pánico en su respuesta.

—¿Qué pasa? —susurró—. ¿Va todo bien?

—No —murmuré. Giré en un desvío del camino y me detuve al final de una larga cola—. Necesito café.

Julian suspiró y relajó los hombros.

—Por el amor de Dios, Mira. Haber empezado por ahí.

—Sí, pero el susto que te has llevado ha sido muy divertido.

Reprimió un bufido, con gesto de exasperación.

—Vale. Te invito yo.

Le sonreí.

—Eso es mucho mejor que una disculpa.

Apretó los labios para tratar de disimular la sonrisa, pero no pudo.

Tras la cantidad adecuada de café con hielo, y cuando por fin pude sonreír sin un tic en el párpado, carraspeé y seguí con las preguntas.

—El otro día me dijiste que en el bosque no me seguías a mí, sino a algo o alguien. ¿Qué querías decir con eso? —pregunté, al recordar el chillido penetrante de un animal, la noche anterior.

Julian sonrió como si se sintiese orgulloso.

—Ahora sí; esas son las preguntas que deberías hacerme. —Puse los ojos en blanco—. Seguía la pista de un animal.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Con el olfato.

Perpleja, le di un largo sorbo a la bebida. No había suficiente café en el mundo para que todo aquello cobrase sentido. Pero lo iba a intentar.

—¿El olfato? ¿Quieres decir que podías olerlo?

—Vi que dudaba. Ojalá se quitase las gafas de sol.

A la sombra de los edificios era difícil interpretar su expresión—.

¿O sea que podías seguirle el rastro, como lo haría un animal?

—añadí, porque fue lo único que me vino a la cabeza.

Los animales se seguían unos a otros por el olor.

Así cazaban a sus presas y así sobrevivían.

—Eh… ¿Sí? —respondió Julian por fin, pero más como una pregunta que como una respuesta definitiva.

Se me revolvieron las tripas. Al acercarnos al Edificio Académico Stewart tiré el vaso vacío en una papelera.

Menudo fastidio. Aquel nuevo descubrimiento echaba por tierra la teoría de los brujos.

No es que supiese mucho de ellos, pero estaba convencida de que no poseían la habilidad de seguir el rastro de los animales.

Julian cazó el vaso en el aire, antes de que cayera en la papelera.

—Lo reciclaré —dijo.

—Gracias —murmuré. ¿Cómo diablos lo había atrapado a tal velocidad? Volví a lo de seguir los rastros—. ¿Por qué has respondido así a la pregunta? Se diría que te sorprendía que me sorprendiese.

Me miró de reojo.

—¿Tú no hueles a los animales?

Jadeé, asombrada.

—¿Debería? —Sabía que mi sentido del olfato estaba muy desarrollado, pero nunca se me había ocurrido seguirle la pista a un animal—.

Quiero decir…, no me malinterpretes…, pero…

¿eso es normal? —Me sentí un poco culpable al decirlo.

No sabía lo que era normal para él. De hecho, a esas alturas ni siquiera estaba segura de qué era él.

Julian me abrió la puerta y, nada más entrar, se quitó las gafas de sol. Su sonrisa ocultaba algo, y miró a un lado y a otro antes de responder.

—Claro.

Incliné la cabeza, con el ceño fruncido. Pero, al mirar la hora, me di cuenta de que tenía que ponerme en marcha, o llegaría tarde.

—¿Tú también tienes clase en este edificio? —quise saber. Solo habíamos recorrido unos pocos metros de pasillo, y tuve la sensación de que él tenía que irse a otra parte.

—Me toca en el Bowman, así que me tendré que ir en cuanto te haya acompañado a clase.

—No tienes por qué. Está en la primera planta. Y vas a llegar tarde —dije. El Bowman estaba en la otra punta del campus.

—No me molesta acompañarte a clase, Mira. —Suavizó la expresión—. Siento decirlo, pero… en realidad, me gusta.

Me quedé perpleja al pensar que él pudiese disfrutar de algo en lo que participaba yo. Pero, en vez de insistir, le permití acompañarme a la primera planta mientras le daba vueltas a cuál debería ser mi siguiente pregunta.

—Cuando termine la próxima clase tengo que hacer un par de cosas, así que no estaré aquí cuando salgas. ¿Te apetece comer conmigo a la una?

—Sí —respondí sin pensar.

Sonrió.

—Perfecto.

Me resultaba imposible concentrarme. La clase me entraba por un oído y me salía por el otro sin dejar huella en el interior.

Que Julian fuese capaz de seguir el rastro de los animales era toda una revelación, y me consumía como una marejada furiosa.

Tuve que volver a la casilla de salida y poner por escrito todo lo que sabía.

• Tiene huesos irrompibles (saltó un precipicio).

• Es muy rápido. (¿Me había imaginado lo del vaso en la papelera?). Tenía que serlo, para atraparme en el aire aquel día.

• ¿Puede seguirles la pista a los animales con el olfato? ¿Superhumano? ¿Superfuerza?

• Desapareció en el bosque. Literalmente.

Se me cortó la respiración. Solté el bolígrafo y eché mano del móvil.

Me recosté en el asiento y busqué si los humanos podían seguir a los animales por el olor.

Aunque no era muy común, era al menos posible.

Sin embargo, justo debajo de esa respuesta, había esta otra: «Los humanos no pueden seguir un rastro olfativo tan bien como los sabuesos».

Sabuesos, o sea, perros. Es decir, animales.

«Mierda». Tragué saliva. Me temblaban las manos al pensar en lo que eso podía significar… Una realidad que me resistía a aceptar debido a mi testarudez. Antes de tener tiempo de pensarlo mucho, el profesor me hizo una pregunta. Una de las razones por las que odiaba las clases con pocos alumnos.