Capítulo 27
Y recuerda, para ellos nunca fuimos dioses; tiraron la segunda piedra.
Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero
—Me debes una —fue lo primero que dijo Naomi cuando llegamos a la Biblioteca Faulkner.
Nos sentamos en un reservado de la primera planta. Yo solo era capaz de pensar en el placer de haberme hecho con el libro. Las manos me cosquilleaban, me pedían a gritos que lo sacara, que pasara aquellas páginas delicadas. La boca se me hizo agua solo de pensarlo. «Lo tengo aquí mismo…».
Naomi chasqueó los dedos para hacerme reaccionar.
—¿Me oyes? ¿Para qué quieres ese libro?
Di vueltas a la respuesta. Miré a dos estudiantes que pasaron junto a nosotras.
—No lo entenderías.
Naomi me miró, boquiabierta.
—Me ofende que digas eso. Cuéntame.
Me incliné hacia ella.
—Este libro marca el origen de las leyendas de licán…
Alzó la mano al instante.
—Tenías razón. No me interesa. —Puse los ojos en blanco—. ¿Qué pasa? Estoy siendo sincera. Lo que quiero saber es qué pasó entre Seven y Julian. Venga. Y no te dejes nada.
Era un poco mandona, pero se lo conté. Para sorpresa de nadie, Naomi se dedicó a tomarme el pelo.
—Es obvio que se estaban peleando por ti —dijo al tiempo que se enredaba un mechón de pelo en el dedo—. Es una lucha por tu amor, y mira, la verdad, ¿para qué elegir? Deberías salir con los dos. Tener una relación abierta. Eso existe.
—No voy a salir con ninguno de los dos.
—Mentirosa.
—Es verdad. No sé lo que siento por ellos. Casi ni nos conocemos.
—Pero estarás de acuerdo en que son atractivos, ¿no?
—Por desgracia… —susurré.
Hizo una mueca burlona.
—Vaya problemón tienes, tía.
Alargué un brazo sobre la mesa para darle un buen pellizco, pero me esquivó y salió de un salto del reservado entre risas. Nos lanzaron miradas asesinas.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz más alta de lo necesario. Se volvió hacia mí—. Podemos hablar. No estamos en la segunda planta.
Dejé escapar una risita.
—No sé qué voy a hacer contigo, Naomi.
—Quererme para siempre —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Al final, nos pusimos a repasar los apuntes de Cumbres Borrascosas y a redactar los trabajos en silencio. Cuando terminamos, Naomi se ofreció a llevarme en coche hasta la residencia para que no tuviera que hacer la larga caminata a pie, de noche, yo sola.
Una vez en el coche, la oscuridad había caído sobre las afueras del campus.
Los grupos de árboles parecían seres lúgubres con brazos huesudos.
Pese a las farolas, apenas se veía nada entre los gruesos troncos.
Parpadeé y me pareció divisar algo, una sombra que corría a lo largo de los límites del bosque.
Fue apenas un atisbo, se movía más deprisa que el coche y enseguida desapareció.
Todo fue tan rápido que dudé de si lo había visto de verdad.
Naomi se despidió de mí y la ansiedad me invadió al salir del coche, me recorrió la columna vertebral con dedos helados. Me agarré a las correas de la mochila. Me pareció que Hester Hall estaba a un kilómetro.
Se oyeron unas voces y vi a un grupo de estudiantes, lo que me produjo cierto alivio. Más allá, divisé a alguien que caminaba en mi dirección. La farola le iluminó los rasgos.
Incliné la cabeza cuando se me acercó.
—¿Sev?
Levantó la vista del teléfono.
—¿Mira?
Nos encontramos a medio camino. Una vez lo tuve cerca, le vi un pequeño corte en la frente, casi junto al pelo. ¿Qué había pasado? ¿Se había enfrentado otra vez a Julian? ¿Se habían peleado?
Seven llevaba unos pantalones de chándal y un suéter de cuello redondo, pero le vi algo raro. Tenía las sienes perladas de sudor. Lo normal habría sido que pareciera jadeante, pero no, parecía tranquilo y seguro, y respiraba sin problemas.
—¿Qué haces por aquí tan tarde? —le pregunté. Eran poco más de las once.
Los hoyuelos aparecieron cuando sonrió y me derretí.
—El equipo se ha reunido para estudiar. —Se secó la frente y se guardó el teléfono en el bolsillo—. El entrenador dice que es mejor que nos vigilemos entre nosotros. Si uno suspende, suspendemos todos.
Mentalidad de grupo. Tenía sentido.
—Yo también he estado terminando un trabajo. —Antes de seguir hablando, necesitaba respuestas—. ¿Qué ha pasado antes entre Julian y tú?
Seven suspiró y bajó la cabeza.
—Qué vergüenza, Mira. No debería haber perdido el control delante de ti, delante de mis amigos. No ha estado bien.
—No, para nada. Me ha asustado verte así.
—No quiero…, no quiero asustarte nunca. Lo siento.
—Pero ¿por qué estabas tan enfadado con él?
Apartó la vista, clavó los ojos en la noche. La luz plateada de la luna le hacía relucir la piel negra.
—Nuestras familias no se llevan bien. Tenemos una larga historia de cosas que nos unen… para mal. Siempre que nos vemos hay tensiones, pero… Bueno, preferiría no hablar de eso ahora mismo.
Torcí los labios y lo miré. Me rehuyó la mirada.
—Pues parece grave. ¿Tengo motivos para preocuparme?
—No. —No titubeó, y esta vez sí me miró a la cara—. Nunca haría una tontería en el campus. Demasiado riesgo. —Se le dilataron las aletas de la nariz al resoplar, y se pasó una mano por la cara—. No tendría que haber perdido los nervios de esa manera. Lo siento mucho.
Acepté su disculpa y me preguntó a dónde iba, y señalé la puerta del edificio de la residencia.
—¿Te acompaño?
La noche era cerrada, así que asentí.
Una brisa suave nos acarició y, a lo lejos, se oyó el grito de un búho en un árbol. Nos miramos de reojo, sin hablar, simplemente estando juntos. Noté un cambio en el ritmo de su respiración y se mordió el labio inferior. De pronto, lo tuve a mi lado, y deslizó una mano contra la mía.
—¿Puedo? —susurró.
Asentí con una sonrisa. La mano de Seven era grande comparada con la mía, y acogedora, y me hacía sentir calidez en el frío de la noche.
—Dios —susurró, y noté que se estaba poniendo rojo—. No me sonrías así, Mira, por lo que más quieras.
—¿Cómo?
—Así. Tan preciosa y todo eso. No te imaginas cómo me afecta.
Aparté la vista y sonreí a los animalillos que se movían en la noche, hasta que un golpecito en el hombro me hizo volverme de nuevo hacia él.
—Recibí las flores —dije—. Son preciosas. Gracias por mandármelas.
—Te mereces eso y mucho más. —Me apretó la mano—. Espero que hayan servido para transmitir mis disculpas.
Le aseguré que sí.
Llegamos a los peldaños de Hester Hall y Seven se fijó en las sillas del porche.
—¿Quieres charlar un rato? —sugirió.
Asentí y lo seguí hasta los asientos.
Le pregunté por los entrenamientos, y él me preguntó por las clases. Hablamos de la vida en casa, de las ciudades de donde procedíamos. Seven era de North Kansas City, en la otra orilla del Misuri, y frunció el ceño cuando le dije que yo era de Timber Plains.
Se inclinó hacia mí mientras le hablaba, me miró mover los labios como si me estuviera estudiando para un examen. Era extraño cómo me hacía sentir, insegura, pero cada movimiento venía acompañado de una sonrisa que me aceleraba cada vez más el corazón.
Estar a su lado no se parecía a nada que hubiera experimentado. No había miedo, no existía la amenaza de un peligro al acecho. Todo era de una inocencia que me traspasaba el alma, que me envolvía por completo.
Era un recordatorio de que la felicidad podía existir, un atisbo del mundo del «quizá».
Había una versión de mí que asistía a la Universidad de Lakeland por decisión propia, que tenía amigos, que experimentaba todo lo que había a su alrededor.
Era alegre, atrevida, centrada, ¡quién pudiera ser ella por un día!
Pero ese pensamiento llegaba acompañado por una pregunta inquietante: ¿qué tendría que sacrificar para ser ella?
Y otro problema: si Bobby no había solicitado mi ingreso en Lakeland, ¿quién lo había hecho? ¿Rena? ¿Por qué?
Era casi medianoche.
—Tengo que entrar ya —dije.
Seven asintió. Me acompañó hasta la puerta y, antes de que entrara, me cogió la mano de nuevo. Me clavó una mirada intensa.
—Mira… —Apartó la vista. Respiró hondo y volvió a mirarme—. ¿Quieres venir conmigo al baile de bienvenida?
Me quedé boquiabierta. Con todo lo que había pasado, casi me había olvidado de que el baile era en pocas semanas. Había carteles en el comedor y por todos los edificios académicos, con el tema de El gran Gatsby.
—No… no te quiero presionar —siguió, tartamudeando—. Si vas con otra persona, o…
Le agarré la mano con más fuerza para interrumpirlo.
—Será un placer ir contigo.
Se le iluminaron los ojos.
—¿De verdad?
—Sí. Nos lo pasaremos bien.
—De eso me encargo yo. Te lo prometo.
Nos acercamos más el uno al otro, y tragó saliva cuando lo rodeé con los brazos y me apreté contra su cuerpo. Con el rostro presionado contra él, noté cómo se le entrecortaba la respiración, cómo le subía y bajaba el pecho.
El jersey de algodón le olía a eucalipto. Se apartó despacio, milímetro a milímetro. Puso la frente contra la mía y contuve el aliento.
Me mordí el labio por dentro, le clavé los dedos en el brazo. Lo flexionó y me hizo sonreír. Nos rozamos nariz contra nariz y me puso una mano en la cara.
—Eres preciosa —susurró, y sus labios aletearon sobre los míos.
Cerró los ojos y, por un momento, sentí el calor de su boca contra la mía… hasta que un sonido agudo, desgarrador, nos sobresaltó.
Era un alarido surgido de entre las sombras, más allá del edificio, cerca de los árboles. No parecía humano.
—¿Qué ha sido eso? —Busqué con la vista a algún animal herido.
Seven se apartó y escudriñó la noche con la mirada. Se había quedado paralizado, y le tiré de la ropa con la esperanza de hacerlo reaccionar.
—Sev —dije.
Parpadeó y se irguió.
—Perdona. —Tenía los ojos como el ébano—. Eso ha… No lo sé. Ha sido muy raro.
Tragué saliva y miré hacia las sombras.
—¿No deberíamos llamar a los guardias de seguridad del campus? —propuse, dispuesta a hacerlo—. Con todo lo que está pasando en la ciudad… No quiero que te suceda nada en el camino de vuelta.
—No, tranquila. No me importa. La oscuridad no me molesta —me aseguró Seven.
—Pero ha sido muy raro —le recordé, al tiempo que trataba de no ponerme en lo peor.
—Sí, pero seguro que solo era algún animal. No parecía un oso.
Dejé de mirar hacia la noche, temerosa de ver algo que no podría explicar.
—Voy a entrar ya. Por favor, avísame cuando llegues a tu residencia.
Asintió y me abrió la puerta.
Una vez dentro, crucé a toda prisa el vestíbulo y pasé junto a unos pocos estudiantes que charlaban sentados en el sofá. Al llegar a mi habitación, la tele estaba encendida, pero no había ni rastro de Stevie. Me imaginé que estaría en la habitación de Em y Abi, a pocas puertas de la nuestra.
Me metí en la cama con la cabeza hecha un caos, y de pronto me acordé. ¡El libro! Lo saqué del bolso con sumo cuidado y me lo llevé a la cama. Acaricié con los dedos la cubierta, las palabras grabadas en relieve.
Me tapé con las mantas y lo abrí, y me dejé envolver por el olor del cuero.
El índice lo dividía en tres secciones: Comienzos, En medio, Ahora.
Al pasar la página, noté que algo se deslizaba en la parte de atrás.
Era un folleto fino, de páginas ajadas: Cartas perdidas por artículos, que iban del 1 al 7.
Lo volví a poner entre las últimas páginas y retrocedí a la primera.
Puede que la mayor parte de esta historia jamás se publique tras lo que ha acontecido, pues muchos desean creer lo que está por llegar, pero repudian lo que dejan atrás; y la desdicha puede llegar de ambos lados.
Fue en una calurosa noche de julio de 1831, un día que la historia recordará.
Una docena de civiles sufrieron el ataque de bestias misteriosas.
Tan aciago acontecimiento sucedió al oeste del río Misuri, cuando faltaba un cuarto de hora para la medianoche.
Las gentes de la ciudad sucumbieron al pánico y muchos huyeron del puerto del que habían surgido los monstruos bajo la luz de la luna, a la vera del río.
Testimonio de esta catástrofe son las almas que allí permanecieron para dar fe de lo sucedido.
Contaron que la primera bestia tenía pelaje de tonalidades leonadas y negras, un cuerpo más grande que el más imponente de los osos, con colmillos formidables y garras largas.
Según dijeron, les pareció de origen licano.
Una peculiaridad de este ser malevolente fue acaso la manera en que atacaba a su presa.
Arremetía sin piedad contra el corazón y el pecho, infligiendo heridas fatales.
Unos pocos desdichados fueron decapitados.
Un observador halló un cráneo en el vientre del bosque, roto como una cáscara de huevo, a buena distancia del cuerpo.
Contaron también que la segunda bestia era de la estirpe nosferatu, de apariencia humana mas no merecedora de la piedad del Diablo.
La belleza que poseía era la de una maldición, capaz de seducir incluso al filósofo más entregado, con colmillos más afilados que el hierro.
Según numerosos testigos, los nosferatus sufrían de una sed insaciable de sangre.
Relataron que ambas bestias lucharon entre ellas en lugar de obrar como cómplices.
A diferencia del licano, el nosferatu causaba heridas en la garganta, drenando la sangre de las víctimas cual sanguijuela…
Salté de una línea a la siguiente hasta que ya no pude sostener el libro.
En el momento en que cerré los ojos y me dejé llevar por la oscuridad, los cuerpos sin vida aparecieron bajo la luz de la luna.
El humo se enroscó en el aire, ascendió hacia el cielo lúgubre.
El agua centelleó en la orilla. Cerca, la cabeza de un hombre flotó hacia mí.
Sin cuerpo. Los ojos rojos me miraron. En la boca abierta, los colmillos afilados goteaban sangre espesa.
Y parpadeó…
Me incorporé, sobresaltada, sudorosa. Habían pasado horas. Stevie estaba en su cama, dormida. No había luz en la habitación, y en el pasillo reinaba el silencio.
Metí el libro en el cajón de la mesita de noche, aparté las cortinas y contemplé el bosque a través de la rendija de la persiana.
Todo era calma. Nada se movía, ni siquiera la hierba con la brisa. Pero, en lo más hondo de mis pensamientos, oía el susurro de la voz de Julian que me suplicaba, me llamaba.
«Ya lo sabes», me dijo.