Luna de sangre Capítulo 26
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Capítulo 26

La luz de la luna conspiró para que estuviésemos juntos.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Junto a la puerta del dormitorio había un jarrón con un ramo de flores de pétalos rosa y coral. Entre dos de ellas se veía un sobre.

Stevie y Em soltaron grititos de sorpresa a la vez. En aquel momento volvíamos de comer.

—Flores. —Stevie se llevó una mano al pecho—. ¿De quién? —Sacó el sobre del ramo y vio que tenía mi nombre impreso.

—¿Para mí? —Fruncí el ceño.

Em recogió el ramo mientras yo abría la puerta.

—Será de alguno de tus novios.

Suspiré.

—Que no existen.

—Mira, el otro día, en la fiesta, todas vimos cómo te miraba Seven. Y luego Julian te llevó en brazos. ¡En brazos! —gesticuló una vez dentro del dormitorio—. ¿Qué otro motivo tendría para hacerlo? Te podríamos haber traído nosotras —presumió. Tenía razón; seguro que lo tenían todo bajo control.

Me solté el pelo, que había llevado todo el día sujeto en una coleta.

—Dios, no tengo ni idea.

Em depositó las flores en la mesa y luego lanzó una mirada significativa al sobre que yo sostenía.

—La intriga me está matando.

—Sí, ábrelo de una vez —coincidió Stevie.

Deslicé el dedo bajo la solapa para romper el sello. Al retirarlo vi algo rojo oscuro, y la sangre salpicó el papel y los pétalos de las flores.

—¡Ay! —murmuré, y dejé caer el sobre.

Stevie corrió a buscar un pañuelo de papel. Em palideció y se apartó con rapidez, mientras se tapaba la boca; Stevie y yo la miramos desconcertadas.

—¿Estás bien? —preguntó Stevie.

Em apartó la vista.

—Me impresiona mucho la sangre.

—Mejor siéntate —sugerí.

Em se lo pensó unos instantes, con el ceño fruncido. Mientras esperábamos a que se decidiese, Stevie fue a por el cubo de la basura y lo dejó en el suelo junto a Em.

—No, me voy —dijo Em por fin—. El olor es espantoso. —Se marchó sin una palabra más, y Stevie y yo nos encogimos de hombros al verla desaparecer.

Una vez envuelto el dedo en el pañuelo de papel, saqué el contenido del sobre. Era una nota, escrita con una tinta muy negra.

Siento lo de antes

Seven

—No sé qué hizo, pero la cagó a base de bien, ¿no?

—Exacto.

—Tendríamos que haber adivinado quién las mandaba. Son siete flores.

Me derrumbé sobre el sofá con el dedo pegado al pecho.

—Seven y Julian casi se pelean…

Abrió los ojos como platos.

—¿En serio? —Se sentó a mi lado y cruzó las piernas—. ¿Se peleaban por ti? ¿Debería sacar las hierbas aromáticas?

Se me escapó una risita.

—¿Quieres dejar de buscar excusas para quemar cosas? Y no, creo que no, al menos al principio. Me da la sensación de que no es la primera vez. Si hay algo que se interpone entre ellos, no soy solo yo.

—Ya veo. Entonces, ¿fueron amantes?

—¿Cómo dices?

Se encogió de hombros, y a las dos nos dio un ataque de risa. Cuando por fin nos calmamos, nos quedamos mirando las flores manchadas de sangre.

—Pues no sé —respondí con una mueca—. Igual lo de quemar hierbas no sea tan mala idea —susurré, y las dos nos reímos.

Durante el paseo hasta la Biblioteca Faulkner, las nubes se concentraban contra el cielo ardiente y creaban la ilusión de que los bordes de la tierra habían estallado en llamas. Me lo tomé como un reflejo de lo que era mi vida.

Por el camino reflexioné sobre lo que se habían dicho Seven y Julian, por si encontraba algún hilo conductor que los uniese.

«Estamos en una zona neutral», dijo aquel tipo. ¿Qué quería decir con eso el amigo de Seven, y por qué le había prometido que ya seguirían con ello en otro sitio?

El aire soplaba a mi alrededor y agitaba las pilas de hojas secas de colores diversos.

Enfrente, los altos edificios de piedra proyectaban largas sombras sobre el suelo y dirigían mi mirada hacia el Museo de Arte Sutton.

A través de las ventanas vislumbré a Abba con claridad.

Se inclinaba sobre la urna de cristal en una postura casi codiciosa y la limpiaba.

En el cajón que había debajo de ella estaba guardado bajo llave aquel libro…

Me atraganté con una bocanada de aire y tosí. No era un libro corriente. Explicaba el origen de las leyendas. Pero Abba no me dejaba tocarlo, ni siquiera leer sus páginas. A saber de qué más hablaría…

Saqué el móvil y llamé a Naomi.

Respondió al primer timbrazo.

—¡Qué lata! ¿Por qué me llamas?

—Cambio de planes. ¿Puedes venir al Museo de Arte Sutton? Necesito que me ayudes con algo.

—No —replicó.

Esperé mientras daba golpecitos en el suelo con el pie y miraba la hora.

—Vale —la oí gruñir—. En cinco minutos estoy ahí.

—Gracias. Te quie… —Había colgado.

Exactamente cinco minutos después, Naomi y yo entramos en el museo.

—¿Qué tengo que decir? —murmuró mientras me tiraba del brazo.

—Invéntate algo. Pregúntale por la estatua de la esquina —sugerí. Señalé a una zona que sobresalía del lado derecho de la entrada—. Me basta con que la mantengas apartada de la sección de folclore.

—Mira, quiero que sepas que te odio profundamente por mezclarme en este plan tuyo tan espantoso e ilegal. Por cierto, el pelo te huele muy bien.

—No es ilegal. Solo voy a tomar prestado el libro y lo devolveré cuando haya terminado. Y muchas gracias. —Agité la melena hacia ella—. Acabo de lavármelo.

—Recuérdame por qué no puedes limitarte a sacar el libro en préstamo.

—¿A ti esto te parece una biblioteca?

Naomi hizo una mueca, y yo me apresuré a ir al pasillo donde estaban los baños antes de que ella pulsara el timbre.

El plan consistía en que yo me mantuviera fuera de la vista mientras Naomi atraía a Abba al otro extremo del edificio.

Entonces, y solo entonces, me haría con la llave, abriría el cajón y cogería el libro.

El repiqueteo de tacones sobre el mármol me indicó que Abba estaba cerca.

Me acerqué al final del pasillo y me asomé con cuidado.

Abba se limpiaba la boca con una servilleta mientras caminaba hacia el mostrador principal.

Hubo una conversación animada entre ambas.

Naomi señaló a un punto muy distante de mi objetivo, cerca de la entrada.

Abba se rascó la cabeza, titubeante, pero por fin la siguió.

Sin perder un instante corrí hacia el mostrador mientras intentaba hacer el menor ruido posible y que lo tapase la suave música de jazz que sonaba de fondo.

En el primer cajón descubrí cuadernos de notas, bolígrafos y caramelos de menta; no era lo que buscaba.

Recordaba que la llave maestra era grande y chapada en latón.

Levanté la mirada un momento y vi que Naomi agitaba la cabeza y hablaba y hablaba sin parar, como era habitual en ella.

«Bien». Todavía me quedaba tiempo. En el segundo cajón había varios objetos dispuestos con cuidado en sus respectivos contenedores; la llave estaba envuelta en un paño de terciopelo.

La desenvolví y la rodeé con los dedos. Estaba fresca.

Llena de alegría, cerré el cajón con una sonrisa pícara… Y entonces sonó el teléfono.

El sonido me sobresaltó y me provocó una punzada de pánico en la garganta y en los oídos. Dejé caer la llave por reflejo. Me tiré al suelo al oír el sonido de las pisadas de Abba que se acercaban a toda prisa.

Sin pensar, cogí la llave y me escondí debajo del mostrador con las piernas pegadas al pecho. Contuve un jadeo y me esforcé en ocupar el mínimo espacio posible para que no me detectasen. Oí que Naomi le suplicaba a Abba que volviese.

—Solo un momento —respondió.

De pronto, me encontré mirando los pies de Abba. Llevaba zapatos negros de tacón y medias transparentes.

—Museo de Arte Sutton. Soy Abba. ¿En qué puedo ayudar? —dijo del tirón. Tenía mucha práctica con la frase y le salía con facilidad. Dio un paso al frente. Me aparté todo lo que pude, hasta el borde del mostrador.

Un giro y un golpecito con el pie.

—Hummm —murmuró, y abrió un cajón. Horrorizada, recé pidiendo clemencia.

Oí que rebuscaba en el interior—. De acuerdo —dijo—.

Voy a tomar nota de la petición y mañana por la mañana le enviaré lo que haya averiguado.

¿Qué le parece? —Silencio, seguido de un ruido suave sobre la superficie que tenía encima.

Suspiré, aliviada. Solo había cogido papel y un bolígrafo. Otro golpecito de tacón, con algo de prisa, y me fijé en que tenía un pequeño tatuaje en la parte interior del tobillo. Un puñal que atravesaba una luna creciente. Me pregunté qué simbolizaba.

—Ajá. Lo mismo digo. Adiós. —Al terminar la llamada, oí abrirse y cerrarse un cajón.

Esperaba que Abba siguiese con lo que estaba haciendo antes, pero se quedó allí, murmurando algo entre dientes, y se adelantó unos centímetros.

A mi izquierda, muy cerca de mí, había un bolso de cuero de color burdeos que no había notado antes. Agachó las rodillas y extendió la mano…

—Señora —llamó Naomi, y Abba retiró la mano—. Creo que un pájaro se ha estrellado contra esa ventana de ahí.

—Llámame Abba —respondió; siseó las palabras, como si tuviese los dientes apretados—. ¿Y qué diablos…? —Se fue. Seguí con atención el repiqueteo de sus pisadas, hasta que se abrió una puerta y la conversación de ambas se amortiguó.

Al instante me arrastré hacia la sección de folclore.

El resplandor de las luces del techo se reflejaba en el suelo como un mapa del tesoro.

La urna tenía poco más de un metro de altura, y bajo ella había dos cajones rectangulares, ambos cerrados.

Como no sabía dónde estaba el libro, probé ambos.

Al abrir el primer cajón las motas de polvo volaron por el aire.

Estaba justo en el centro, encuadernado en cuero; expectante, o eso me pareció. La trágica historia del mítico nosferatu y los licanos de Kansas City. Olía a tierra y era frío al tacto. Me lo metí en el bolso con cuidado, cerré el cajón y volví a toda prisa al mostrador principal.

Enfrente, Naomi bloqueaba la entrada por la que habían salido Abba y ella, con el móvil en la mano, parada frente a la puerta doble de cristal.

Señalaba la pantalla del móvil y le decía algo a Abba.

Incluso desde lejos notaba la agitación de Abba, el modo en que fruncía el ceño y arrugaba la nariz.

Tenía una mano en el pomo de la puerta, con la esperanza de que Naomi terminase de una vez con lo que le estaba enseñando.

Antes de que nadie pudiese verme, devolví la llave a su sitio y recorrí el museo a toda prisa en dirección a la puerta trasera que daba al Edificio Bowman de Arte. Salí de allí. Caía la noche.