Luna de sangre Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Luego —susurró Julian.

Cuando acabó la clase recogí mis cosas. Julian ralentizó sus movimientos para no salir antes que yo, y me invadió una sensación de extrañeza.

—¿Te importa si te acompaño a la clase siguiente?

Entrecerré los ojos por instinto.

—¿Me lo preguntas en serio?

Se relajó y adoptó una expresión de pura inocencia. Asintió, pero no me resultó demasiado convincente. Podía haberlo pinchado, pero, ahora que por fin me respondía las preguntas, preferí no hacerlo.

—Claro —respondí. Apoyé el pie en la silla para atarme los cordones, pero, con un movimiento veloz, las manos de Julian remplazaron a las mías y me tiraron de los cordones.

—Ya lo hago yo —dijo. Parpadeé, sorprendida, para aclarar la vista y asegurarme de lo que veían mis ojos.

—Yo, eh… —Dudé. Me decía a mí misma que no pasaba nada.

Aunque era un poco alarmante, también era, digamos, amable por su parte; y lo cierto era que a mí se me daba fatal atarme los cordones.

Me avergonzaba reconocerlo, pero se me deshacían un montón de veces al día, que era justo lo que acababa de ocurrir.

Cuando terminó, Julian se quedó de rodillas y me miró con los ojos entrecerrados. Al verlo así, el estómago me dio un vuelco y los muslos me ardieron. Vi que esbozaba una sonrisa y aparté el zapato de un tirón y salí de la clase a toda prisa. «Capullo», pensé, y él me siguió con una risita.

La gente recorría el pasillo en ambos sentidos, y nosotros los esquivábamos como podíamos.

—Tengo clase de Literatura, en la tercera planta. ¿Y tú?

—Ahora mismo me toca un descanso —dijo, y se puso a la cabeza para avanzar más deprisa. Dejé de seguirlo y me aparté a un lado del pasillo. Al darse cuenta, volvió a donde yo estaba.

—Julian —empecé. Intentaba entenderlo, rodear de algún modo el muro que lo envolvía.

Pero su barrera, como la mía, era de piedra inquebrantable—.

Yo no… No me fio de ti —susurré. Si íbamos a seguir con aquello, él merecía saberlo.

Había conseguido que me interesara en el misterio que representaba, y ahora que parecía dispuesto a hablar, me daba la sensación de que todo estaba siendo demasiado fácil.

—Deberías confiar en esa vocecita que te dice que no lo hagas —contestó, sin el menor atisbo de sorpresa. Dio un paso para acercarse a mí—. No soy una buena persona.

—Deja de decirme lo que debo sentir por ti —respondí con sequedad.

Me debatía entre el deseo de estar cerca de él y el impulso de apartarme.

Me sentía fascinada por su energía, como un ratón ante una trampa.

Era atrayente y repelente al mismo tiempo.

Supuse que Julian también tenía su propio conflicto interno, que quizá estaba atrapado en la delgada línea que separaba el bien y el mal, sin saber muy bien si tenía que avanzar o retroceder.

—Si tan horrible eres —quise saber mientras me apartaba de él—, ¿por qué haces esto? Podrías dejar que me ocurriese lo que me tenga que ocurrir.

—Lo he intentado, créeme. —Pensé en todas las veces que me había avisado—. Pero no soy capaz.

—¿Estás seguro de que no me lo puedes decir de ningún otro modo? A ver, si me lo contases aquí, ahora mismo, en este pasillo abarrotado, ¿cómo se enterarían?

—Lo sentirían a través del vínculo.

—¿El vínculo? —Lo dijo como si tuviese que saber de qué me hablaba—. ¿Como un vínculo físico? —Fruncí los labios y me lo repensé—. ¿O metafísico?

—Metafísico. —«¿Como la magia?», quise preguntar—. Son secretos de los que no se ha hablado en voz alta durante siglos. Quiero contártelo, de verdad, pero no puedo. Literalmente.

Exhalé un largo suspiro hasta que se me relajaron los hombros; y, cuando Julian se me acercó de nuevo, no me aparté.

—¿Puedes seguir, por favor? Pregunta todo lo que se te ocurra. Sé que eso se te da bien.

Suspiré de nuevo y cambié de postura, pensativa. Era lo que yo quería, pero no me esperaba que fuese tan siniestro. Pero si tenía que escoger entre jugar a aquel juego, o esperar con ansiedad a que pasara algo, prefería jugar.

—De acuerdo —decidí. Pasé a su lado y me encaminé a las escaleras, con él detrás—. Aquel día, en los bosques… ¿Cómo lograste atraparme?

—Salté.

Cogí aire. «Lo sabía». Pero no me esperaba que me lo dijese de forma tan directa. ¿Cuánto duraría tanta sinceridad?

—Vale, pero ¿cómo es posible? Eran al menos seis o siete metros, quizá más.

—Mis huesos son diferentes, mucho más difíciles de romper.

Cada pregunta llegaba más rápido que la anterior; casi se me agolpaban.

—¿Qué significa que tus huesos son diferentes? —Intentaba encontrarle sentido. Esa respuesta no encajaba en la teoría del culto, pero los brujos… todavía eran una posibilidad—. ¿No son como los de todo el mundo?

—No, no lo son. —Mientras me respondía, con las manos en los bolsillos, subía la escalera sin esfuerzo; yo jadeaba, sin aliento.

Cuando llegamos arriba le di la espalda para disimular que me había puesto roja del esfuerzo.

Ese nuevo descubrimiento me ponía en un brete.

Sí, los cuerpos no son iguales unos a otros.

La genética juega su papel. Pero los huesos…

—Estoy hecha un lío.

—Te estás acercando. Pero tienes que seguir haciendo preguntas —me animó. Nos detuvimos frente a la puerta de mi siguiente clase—. Te veo cuando salgas.

—No tienes por qué hacerlo.

Me lanzó una mirada intensa.

—Quiero hacerlo.

Asentí y entré en clase. Había un sitio libre al lado de Naomi.

Al verme, frunció el ceño e hizo un puchero.

Quería saber el porqué de mi mal aspecto, pero respondí con una excusa trivial.

La idea de que Julian fuese sobrehumano me consumía.

¿Y si su fuerza provenía de la brujería?

Aunque no fuese muy lógico, tenía sentido.

En cualquier caso, necesitaba más respuestas.

Cuando terminó la clase, Julian me estaba esperando como había prometido.

Naomi se quedó parada, fascinada por su presencia. Fingió una sonrisa y me clavó una mirada que me llegó hasta lo más profundo del alma, como si quisiera que le leyese la mente. Sabía lo que me quería decir, pero me cogió la mano y me dio un apretón.