Luna de sangre Capítulo 25
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Capítulo 25

Un noble sacrificio… Eso es lo que querías de mí.

Artículo IV, Cartas perdidas de Aadan Primero

Había pasado una semana. En ese tiempo leí todos los artículos que pude sobre ataques de animales en Timber Plains.

Era verdad, seguían un patrón. La mayoría de las muertes habían ocurrido en noches de luna llena, y los supervivientes, o bien informaron de los lugares de los ataques, o bien se desvanecieron.

Muy pocos artículos mencionaban a los licántropos, y en los pocos casos que sí lo hacían, se debía a las personas que entrevistaban.

Los nativos de la zona, que creían en el folclore, siempre decían que era un licántropo, una bestia salvaje que caminaba a dos patas y aullaba a la luna.

Las víctimas, por el contrario, nunca veían a su atacante.

Como consecuencia, la mayoría de los informes eran poco concluyentes.

Un día pedí prestado un coche para volver a casa.

Tenía que ver de nuevo las notas de Bobby, estudiar los informes que él consideraba cruciales para desentrañar el caso.

Pero todo había desaparecido, lo que en teoría era bueno para Bobby (que seguía adelante con su vida), pero para mí fue un callejón sin salida.

Tema aparte era el comportamiento inexplicable de Julian.

Después de la fiesta no habíamos vuelto a hablar, ni lo había visto desde la noche en los bosques.

Una parte de mí se preguntaba si habría muerto a manos de aquella mujer que tanto lo inquietaba.

O quizá se lo había tragado entero alguna bestia.

Todas las opciones me parecían perturbadoras, y al cumplirse siete días desde la última vez que lo vi, decidí que iba a denunciar su desaparición.

Justo a tiempo.

Me lo encontré de pronto, a unos metros de distancia, entre un mar de estudiantes apresurados. No estaba solo. Chase se encontraba frente a él, y le agarraba el hombro con mano firme. Se inclinó hacia él, con el ceño fruncido y un rictus en la boca; un claro gesto de dominación.

Estaban parados, en un espacio a oscuras entre dos edificios. Aquello no parecía una simple conversación, sino una advertencia apremiante. De pronto, Julian se sacudió la mano del hombro, y se dirigió hacia el edificio Lansing. Chase no lo siguió.

Me fijé en que llevaba la mano derecha envuelta en una venda marrón. «Qué sorpresa». Ese chico tenía un imán para los problemas. Pero ¿qué había pasado? ¿Había cumplido su promesa Chase, o había intervenido la mujer?

Fuera como fuera, cuando Julian se sentó a mi lado en clase, yo ya estaba fuera de mis casillas.

No reconoció mi presencia, ni se volvió hacia mí en ningún momento. Había en él cierta ligereza, una cualidad etérea que se abría paso a través de su cuerpo y lo fundía poco a poco con la silla.

Me eché un poco hacia atrás y lo miré enfadada mientras él tomaba apuntes.

¿Se había olvidado de que nos detestábamos?

¿De la naturaleza maliciosa que nos unía, que nos trastocaba como si fuésemos un ramo de flores secas y marchitas?

Quizá. Pero, a medida que lo observaba más y más, empecé a ver otras señales de que se había metido en un conflicto.

Una pequeña cicatriz en la mejilla, y otra en el antebrazo.

Las dos recientes, todavía teñidas de rosa y rojo.

Luego me fijé en la boca, en los labios.

Me sobrecogió el recuerdo súbito de que habíamos compartido el aliento, de que entre los dos habíamos creado un momento que todavía me hacía estremecer.

Pensar en ello me causaba dolor. Aquel beso fue perfecto, e imperfecto.

Un recuerdo de nuestro yo del pasado, algo que jamás recuperaríamos.

En la presente realidad, no. No, con todo lo que había en juego.

Cogí aire y salí de mi ensimismamiento.

—¿Por qué te has sentado aquí?

Julian se acomodó sobre el respaldo de la silla y se bajó las mangas de la camisa de punto.

—¿Qué pasa? ¿No me puedo sentar aquí? —susurró.

Me tembló la comisura del párpado.

—No es que no puedas sentarte ahí, es que nunca te habías sentado a mi lado a propósito. Pero, aparte… No, no puedes sentarte ahí.

Siguió con la mirada a la profesora, que proyectaba la siguiente diapositiva.

—¿Estaba ocupado? —preguntó.

—No.

Esbozó una sonrisa.

—Entonces, estoy bien aquí. Gracias por preocuparte, es muy amable por tu parte.

Gruñí, enfadada, y apreté con fuerza el bolígrafo.

Al darse cuenta se me quedó observando. Posó la mirada en las manos y la deslizó hasta llegar a mis ojos, con una intensidad que me hizo sentir incómoda…

y algo más, un sentimiento que no estaba dispuesta a admitir ante nadie, ni siquiera ante mí misma.

—Mirabella, ¿te ha dicho alguien que eres la simpatía personificada?

—Que te den —susurré, y luego me hundí en mi asiento. Julian sonrió, con un brillo en los ojos que delataba una respuesta que no llegó a pronunciar, y que seguro que habría sido horrible—. Y me llamo Mira —me quejé.

—Hummm. Ah, sí. Cierto. —Siguió con lo suyo, como si no hubiera pasado nada.

—Te comportas de un modo muy raro —murmuré.

—¿Por qué es raro que me siente a tu lado?

—¿Desde cuándo es normal? —siseé.

Se encogió de hombros, relajado.

—Creía que nos estábamos haciendo amigos.

Lo miré fijamente y apreté los puños.

—No somos amigos. No sé de dónde has sacado esa idea.

Ladeó la cabeza y se incorporó en la silla.

—¿No tienes ni la menor idea? —Lo dijo con una cierta diversión, con una sonrisa burlona y descarada—. A mí me parece que nos conocemos muy bien. Mejor que bien, incluso.

Sabía a dónde quería llegar, y no me dejé arrastrar por ese camino, sino que derivé la conversación hacia las palabras que murmuró después de besarnos.

—Dijiste que ibas a ser sincero conmigo. Así que ¿de qué va esto? ¿Qué haces ahora mismo?

Se encogió en su asiento e inspiró hondo. En ese momento me di cuenta de que entre la camisa de color marfil se asomaba una cadena de oro que le colgaba sobre el pecho, similar a la que llevaba Seven.

—Tienes razón. Me has pillado. Lo dije.

—Pues cumple tu palabra, entonces. Esta es tu oportunidad de decirme la verdad, de contármelo todo.

Bajo la luz que se colaba por las ventanas pude ver que se ponía rígido. Dio un golpecito con el pie. Apretó el lápiz. Tragó saliva.

—Si aciertas…

—No lo dirás en serio —salté, enfadada—. Nada de jueguecitos. Es ahora, o ahora. Esas son todas las opciones.

—Espera, Mira. Deja que me explique. —Recuperó la compostura—. Escúchame. Quiero decírtelo. Está a punto de ocurrir algo, y mereces saberlo. Pero el juramento… —Apretó los dientes—. El juramento me prohíbe hablar de ello sin rodeos. Pero sí tú…

—Si lo adivino, me lo dirás.

Inspiró hondo.

—Sí.

Me temblaba el cuerpo de excitación. Se me vinieron a la cabeza mil preguntas, pero no sabía por dónde empezar. Me pasé varios minutos mordiéndome el labio y tensando y destensando los dedos de los pies.

La magia estaba mezclada en todo el asunto, pero no veía cómo.

Después de lo que vi en el bosque, mis especulaciones se habían disparado.

Julian y los hombres aquellos desaparecieron.

La idea de los licántropos encajaría con el folclore de Timber Plains, pero necesitaba más pruebas.

Y sólidas. Aunque en la conversación que espié se mencionaron la luna y un siniestro poder superior, eso no bastaba para hacerme creer que los licántropos existieran y estuvieran detrás de todo lo ocurrido.

Muchas religiones podrían hacer referencia a esas mismas cosas.

La idea de los seres sobrenaturales era demasiado fabulosa, demasiado alejada de la realidad.

Brujos, quizá, o un culto. Era un poco forzado, pero explicaría mi reliquia familiar, los animales rabiosos y las muertes.

Tal vez el culto recolectara almas para acumular poder y lanzar sus hechizos, y usase a los lobos o los osos como herramientas para hacerse con ellas.

No era una idea tan descabellada, dado que había muchos casos documentados de cultos en los alrededores de Kansas City y Timber Plains.

Eso explicaría por qué Rena intentaba encubrir lo que había pasado y su conexión con los bosques.

Y la de Julian, y el juramento que lo ataba.

Tenía miedo de formular mis suposiciones en voz alta. Primero tenía que llevar a cabo un proceso de selección.

—No pasa nada. —La voz de Julian me sobresaltó.

Se había inclinado hacia mí y nuestros hombros casi se tocaban.

Creía que era para meterme prisa, para sacarme los pensamientos de la cabeza como la ropa colgada de un tendedero.

Pero, al mirarlo mejor, percibí el cansancio de sus ojos, que se le acumulaba en el borde del iris.

Siguió hablando, pero más suave—. Lo que sea. Pregúntame lo que quieras.

Dejé de prestarle atención y traté de escuchar la clase, pero no sirvió de nada.

—¿Qué te ha pasado? —Señalé la venda y la cicatriz de la cara. Era una forma fácil de empezar.

—Me he peleado —dijo, inquieto y con dedos temblorosos.

—¿Con quién? —Supuse que alguno de los guardias que seguían a Chase como sombras.

—Con un hermano.

¿Chase, quizá?

—¿Por qué?

Apretó el bolígrafo.

—Cree que soy débil.

Lo había visto enfrentarse a Chase. Tenía hombres que lo protegían, pero había algo en Julian que lo hacía parecer mucho más amenazador.

—No estás de acuerdo, ¿verdad?

—No. Ya he tenido encontronazos con mi familia, he roto promesas, porque no siempre estamos de acuerdo.

Siempre han tenido otros planes para mí…

Pero la amenaza que se cierne es demasiado grande, y hasta ahora me he negado a compartir su punto de vista…

—Se calló, pensativo, como si tratara de convencerse a sí mismo.

Si se trataba de un culto, o de un aquelarre, tal vez no quisiera seguir relacionado con ello. Sentí una breve punzada de simpatía.

—¿Qué fue lo que…? —Me interrumpió el sonido de alguien que nos mandaba callar. Se sentaba en la fila de detrás de la nuestra, y seguro que no podía concentrarse. Comprendí que molestábamos desde hacía un buen rato; aun así, me fastidió.