Luna de sangre Capítulo 24
43%

Capítulo 24

El peor pecado, quizá, fue creer que la historia no se repetía.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

Mi madre, cómplice de asesinato. No acababa de creerlo.

De hecho, no tenía mucho sentido. ¿Qué ganaría ella con implicarse? ¿Qué quería tapar? Tenía que haber algo que se me escapaba, pero descifrar de qué se trataba sin su ayuda parecía imposible.

Sola, en mi dormitorio, volví a mis hábitos.

Clavé las uñas en el colchón, en un esfuerzo por no romper nada, por controlar la confusión y la cólera.

Estaba desesperada por tener algo entre los dedos, hacerlo pedazos y sentir en las manos cómo se rompía.

Ese impulso me recorría la columna vertebral como un susurro, me suplicaba que cediese a la violencia.

Respiré hondo. Aquella no era yo. Era la voz que intentaba silenciar. Sin pensarlo, me puse las zapatillas de deporte y salí a correr por el campus, sin hacer caso de los calambres, mientras las lágrimas me difuminaban los contornos del mundo.

Después de volver y darme una ducha, me eché a llorar.

Por la tarde, cuando la luz dorada besaba la tierra, salí al porche frontal de Hester Hall. Noté la frescura del suelo en los pies al dirigirme a una de las mecedoras. Me senté, acurrucada, con las rodillas contra el pecho.

La universidad parecía carente de vida, aparte de un coche que salía de una plaza de aparcamiento y el canto suave de los grillos y los saltamontes. Una brisa fresca sacudía las hojas caídas. Y de repente, Julian, que caminaba a paso rápido hacia el Campus Central.

Una descarga me sacudió. Alcé la cabeza y estiré el cuello para ver a dónde se dirigía.

No sabía en qué dormitorio vivía, ni siquiera si se quedaba en el campus.

Pensé en atraer su atención, pero después de lo de la noche pasada, no sabía muy bien cómo categorizarlo en mi cerebro.

«Todavía un enemigo, sí. Todavía tiene secretos, sí.

Disfrutó de nuestro beso y pareció azorado, sí».

Pero al verlo doblar una esquina y casi desaparecer de mi vista, me di cuenta de que había algo extraño en él, y merecía la pena seguirlo.

El ritmo veloz de sus pasos. La forma de recorrer a toda prisa el camino, como si lo estuvieran cronometrando.

Cómo sujetaba las correas de la mochila.

Y también que, incluso a aquella distancia, pude ver que llevaba los dientes apretados.

O perseguía algo, o algo lo perseguía a él.

Me levanté de la silla sin hacer ruido y recorrí la acera con sigilo, mientras rebuscaba en la mente alguna excusa por si me pillaba. «Había un gatito —diría—. Lo he visto desde la ventana y tenía que rescatarlo». Aunque estaba descalza y sin sujetador, parecía bastante plausible.

Julian me llevaba una ventaja considerable. Disminuyó un poco el paso, sacó el móvil y se puso a enviar un mensaje. Que estuviese despistado me hacía más fácil seguirlo. Si le daba por mirar hacia atrás me metería entre el follaje y me escondería detrás de un sicomoro.

Dejó atrás todos los edificios académicos, cosa que me dejó perpleja. Más allá solo estaba el centro de atletismo Averill, y detrás, una extensión continua de verde que llegaba hasta el estadio a oscuras, el lago, y la línea de los árboles.

Algo más adelante la acera se dividía. Julian tomó el camino más largo, y cuando lo hizo, el tacto del colgante me quemó el pecho.

Una voz interior me insistía en que me escondiese entre la vegetación.

No me hizo falta que insistiera. Me arrastré en cuclillas entre la hierba fría y húmeda hasta llegar junto a un grupo de arces y nogales.

Apenas me había puesto a cubierto, cuando Julian se dio la vuelta e inspeccionó los alrededores, buscando, pero sin encontrar nada. ¿Qué tramaba?

En un ataque de osadía, me asomé a echar un vistazo, aferrada al áspero tronco de un árbol. Aparecieron tres hombres, que se acercaron a Julian. No los vi llegar; fue como si se materializaran de la nada.

Eran más o menos igual de altos que Julian, pero había en ellos una cierta rudeza, algo salvaje que se agazapaba sobre sus hombros como un demonio listo para susurrarles al oído.

Uno de los tres parecía estar al mando; la forma en que los otros dos se quedaron detrás fue una pista. En muchos sentidos, me recordaba a Julian. Cabello largo y negro. Piel bronceada. Ojos dorados. En cierto modo, era sorprendente lo parecidos que eran. Un hermano o un primo, quizá.

Se detuvieron a corta distancia de Julian. El que estaba al mando sonrió con una mueca desdeñosa. Dijo algo, pero como yo estaba a unos treinta metros, no lo entendí.

Me deslicé con cuidado hasta el siguiente árbol, con los dientes apretados para que no se me escapase ningún sonido al pisar las vainas pegajosas y las ramas caídas. Esperé antes de mirar, casi antes de respirar. ¿Y si me habían oído?

Un vistazo rápido me confirmó que estaba a salvo, pero al acercarme más me di cuenta de que había pasado algo mientras yo no miraba. Julian estaba más erguido, con el pecho tenso.

El hombre que tenía frente a él se echó a reír con sorna y le hizo algún comentario sarcástico; lo deduje por la postura y la expresión. Aunque me había acercado un par de metros más, seguía sin distinguir lo que decían.

Me fijé en que delante de mí había un olmo con ramas bajas y un tronco grueso, como el que solía escalar en el patio de casa. Estaba un poco más lejos, y aventurarme hasta él sería más arriesgado, pero, como ya casi había anochecido, en la copa sería casi invisible…, si lograba llegar hasta allí.

Me giré lo justo para verlos de nuevo. En aquel momento, era Julian quien hablaba; y lo que decía, fuera lo que fuese, parecía letal.

Se inclinó hacia delante, con los puños apretados, y dijo algo muy enfadado.

Los otros dos hombres (guardias, supuse) avanzaron hacia Julian, listos para proteger al líder.

Era la distracción que necesitaba para desplazarme al siguiente árbol.

Con las prisas, agité sin querer los matorrales; pero no tenía tiempo para preocuparme de eso en ese momento, escalé el árbol con el corazón en un puño.

Hasta que no estuve escondida entre el dosel de hojas no me asomé a espiarlos. Los cuatro estaban rígidos y miraban a su alrededor en busca de algún intruso. Apreté los labios y rogué al cielo que mis plegarias me mantuviesen oculta. «Por favor, que no me vean. Por favor, que no me vean».

Debió de funcionar, porque lo único que oí fue una voz. Nasal, y algo áspera.

—Eh, tranquilo, vaquero. —Habían reanudado la conversación, pero seguían intranquilos—. Sería una lástima que acabases con otro moratón debajo del ojo.

—Chase —gruñó Julian—. ¿Me estás desafiando? —Los guardias los rodearon, y casi se me escapó un grito. ¿Iba a ser testigo de una pelea? ¿Era eso lo que Julian se traía entre manos?

—Ponte las pilas, Julian. Ya es casi luna nueva y solo faltan unos días para la ceremonia. ¿Tienes algún plan alternativo? Estamos hartos de limpiar tus cagadas. ¿Qué vas a hacer si se te acaba el tiempo?

—No va a pasar, y no te necesito. Tú me necesitas a mí, ¿recuerdas? —Dio unos pasos atrás para recuperar la compostura—. De hecho, ¿por qué has venido? Yo ya iba de camino.

—Porque puedo hacer lo que me dé la gana, cuando me dé la gana.

Por eso. Y además, alguien tenía que recordarte tu fracaso.

—Chase se sacudió un insecto del hombro—.

Ella empieza a perder la paciencia contigo.

Lo sabes, ¿verdad? Otra metedura de pata y…

—En vez de terminar la frase, se pasó un dedo por el cuello.

Julian resopló, pero me di cuenta de que se encogió al oír mencionar a la mujer, quien quiera que fuese.

—¿Tan desesperado estás por hacerle la pelota? Vamos, ¿qué pasa con la moralidad, con la hermandad?

Chase se encogió de hombros.

—¿A quién le importa todo eso si estalla una guerra? Concéntrate en el juego, o déjalo de una vez.

Julian iba a responder, pero se detuvo. Todos desviaron la vista hacia los bosques, como escuchando algo que no estaba allí.

—Ella nos llama —dijo Chase. «Ella». Otra vez. ¿Cómo era posible? Yo no había oído nada. ¿Y quién era ella?

Echaron a correr entre los árboles, directo hacia donde yo estaba. Cerré los ojos y me tapé la boca, aterrorizada. ¿Me habían encontrado? ¿O la mujer misteriosa los había informado de mi presencia?

El suelo tembló y las ramas susurraron y se quebraron. Una ráfaga de aire me acarició el rostro. Me preparé para lo que pudiera pasar; pero, de pronto, se hizo el silencio.

Cuando abrí los ojos, no había nadie. Descendí un poco para ver mejor, pero era como si se los hubiera tragado la espesura, o se hubiesen desvanecido en el mismísimo aire.

Intenté respirar, pero no podía. Solo habían pasado unos segundos, y ya no estaban. Tragué saliva. Detrás de los párpados, como fogonazos, veía los hallazgos de Bobby. La luna. Las cicatrices de Rena. Unas huellas humanas que seguían a las de un animal. ¿Qué podía explicar lo que estaba pasando?

Y entonces me lo planteé. ¿Y si ellos eran los monstruos?

Aunque todos parecían humanos, así que la teoría no terminaba de encajar.

Otra idea. ¿Y si ellos, y quizá también mi madre, trabajaban para alguien más terrible que un monstruo, alguien que controlaba lo que hacían y cuándo lo hacían?

Era una teoría un poco vaga, pero explicaría por qué Julian sabía tanto del colgante, y por qué era consciente de la amenaza que pendía sobre mí.

Vivía allí desde siempre, y nunca, en toda mi adolescencia me había planteado que las historias que contaban los lugareños contuviesen siquiera un ápice de verdad.

Pero ahora, en esta realidad patas arriba que me tocaba vivir, había algo salvaje, impropio, y no me podía quitar de la cabeza esa idea, esa revelación.

Porque lo que acababa de pasar solo podía ser magia.