Capítulo 23
Me aterraba la oscuridad que moraba en mi interior.
Y, a veces, todavía siento ese terror.
Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero
Cuando abrí los ojos, me sentí como en un sueño.
La luz del sol se colaba en oleadas por las rendijas de la persiana y se abría camino como si atravesara agua.
Las partículas de polvo flotaban en los rayos de sol.
Del sofá, al otro lado del cuarto, llegaban los ronquidos suaves de Naomi.
Stevie también estaba dormida, envuelta en un edredón blanco, con un pie colgando de la cama.
Me di la vuelta y al hacerlo sentí un latido de dolor en las sienes, y los ojos irritados. No me cupo duda de que debía de tener el aspecto de un pez globo, con las mejillas hinchadas y los labios protuberantes.
Cuando cogí el teléfono vi que tenía dos mensajes de texto. El primero era de Bobby, para confirmar que el brunch seguía adelante según lo planeado. «Mierda».
Salté de la cama, eché mano al carrito y, al salir disparada hacia el baño a punto estuve de darme un golpe en la rodilla. «No, no, no». Me había olvidado por completo del brunch … que yo misma había exigido con la esperanza de sacarle algo de información.
El segundo mensaje era de Seven.
No tuve oportunidad de decirte lo guapa
que estabas.
Espero que nos veamos pronto.
Seven. Casi me podía imaginar su rostro. Cómo, al mirarme, los hoyuelos se le acentuaban. La calidez de su abrazo. La simplicidad de su aura, natural como el rocío matutino sobre la hierba. Después de besar a Julian, no tuve oportunidad de volver a hablar con él. Todo pasó muy rápido.
Y Julian. Solo de pensar en él se me cortaba la respiración. Era una brasa que me ardía en el pecho. El recuerdo del último contacto de sus dedos me perseguía. Besarlo había sido una insensatez, y ahora me enfrentaba a un dilema que no debería existir.
Reunirse de nuevo conmigo había sido su forma de pedir perdón… con un susurro antes del amanecer. Me daba mala espina. Fuera cual fuese la razón de esa disculpa, seguro que no era nada bueno. No me cabía la menor duda.
Bobby me mandó otro mensaje cuando aparcó fuera.
Me froté los dientes una vez más para intentar quitarme todo rastro de la noche anterior, pero había una pequeña hinchazón en el borde del labio inferior, una diminuta zona púrpura.
Un recuerdo que no necesitaba. Al tocarla sentí mariposas en el estómago.
A toda prisa, me puse una sudadera con capucha y, mientras trataba de olvidar la boca de Julian, salí de allí.
El cielo matutino era azul y luminoso y el día olía a tierra húmeda y a bayas en descomposición de algún arbusto cercano. En el largo porche que rodeaba Hester Hall, una estudiante leía un libro en una mecedora.
Un poco más adelante, la camioneta de Bobby ocupaba la primera plaza de aparcamiento. Estaba más sucia de lo habitual, con barro en la rejilla de ventilación y en los neumáticos.
—¡Bicho! ¿Qué tal estás? —dijo en cuanto me subí al vehículo.
Me fijé que tenía el pelo encrespado, los rizos algo apelmazados, como faltos de agua.
En general, Bobby solía llevar el pelo corto y peinado con gomina o alguna crema para el cabello.
Ahora, por el contrario, su aspecto indicaba que hacía ya varios días que no se lo tocaba.
Eso me intranquilizó, pero enseguida me distrajo el olor del café, porque… lo primero es lo primero.
—¿Me has traído un café? —Sonreí y sacudí los hombros, contenta, al ver dos vasos de plástico en el portavasos.
—¿Qué clase de padre sería si te recogiese tan temprano sin café? —Bobby desaparcó y me miró mientras cambiaba de marcha—. Además, diría que no has dormido mucho. Toda la noche de marcha, ¿eh?
Cogí un vaso y le di un sorbo.
—Mira quién habla —contraataqué, con una mirada penetrante. Iba sin afeitar y tenía unas profundas ojeras.
Pensé que me iba a salir con alguna broma, que tendría alguna excusa para la pinta que llevaba, pero me respondió con seriedad.
—Sí, esta última semana he tenido demasiado trabajo. —Suspiró y sacudió la cabeza; acaso recordaba todo lo que había pasado.
Al detenernos en un stop me examinó con el ceño fruncido.
—¿Qué te ha pasado en el labio? ¿Estás bien?
Dejé el café en el portavasos y bajé el parasol para mirarme en el espejo. El hematoma era casi imperceptible, pero Bobby, que había consagrado toda la vida a investigar, se había dado cuenta. «Cómo no».
Exhalé y plegué de nuevo el parasol.
—No tiene importancia. El otro día, mientras corría, tuve un tropiezo.
—Lo que era, jugando un poco con las palabras, cierto; pero, a la vez, estaba lejos de ser verdad.
Hacía más de una semana que había salido a correr.
Y no tropecé… Me caí por un barranco. Aún me parecía oír los gritos.
No había conseguido olvidarlos. En los momentos de silencio me volvían a la mente.
En la oscuridad se me aparecían aquellos ojos rojos.
Solo de pensar en ello ya me cambiaba la cara.
Bobby apretó los dientes y condujo hacia el este, para salir a la carretera principal. Hasta que no llegamos al primer semáforo no me fijé en que le brillaban los ojos.
—¿Por dónde has salido a correr?
Cogí el vaso y, mientras daba otro sorbo, me preparé para la charla.
—Alrededor del campus, nada más.
—Mejor que dejes de hacerlo durante un tiempo. No sé si estás al tanto de las noticias, pero ha habido un ataque de un oso, y una persona ha muerto.
«Y al menos otra más».
No necesitaba ver las noticias; lo había experimentado en vivo y en directo.
Pero no había sido igual que los casos de la investigación de Bobby.
Él había apuntado que Rena estaba implicada de algún modo, cosa que aún me desconcertaba.
Y había tenido en cuenta los ciclos de la luna y había reunido pruebas fotográficas de los ataques que no encajaban con la hipótesis del oso.
Tiré el anzuelo, a ver si pescaba algo.
—¿Un oso? ¿En Kansas? Es un poco raro, ¿no?
—Pasa de vez en cuando. Los oseznos se pierden y las madres salen a buscarlos. No es frecuente, pero a veces ocurre. Prométeme que no te adentrarás en el bosque hasta que tengamos la situación controlada. No puedo… —Carraspeó—. No quiero que te pase nada.
—Pero ¿por qué se encarga de ello tu departamento? ¿No debería ser cosa de la policía del parque? O de donde hayan visto a ese animal.
—De eso se trata, bicho. No estamos seguros de que haya sido… un oso. Por el momento, la investigación sigue abierta.
Perfecto. No me había tragado ni por un segundo que Bobby creyese que se trataba de un oso. ¿Qué más me ocultaba?
—Y tú, ¿qué crees que ha pasado?
Mantuvo los ojos en la carretera; nos estábamos incorporando a la autopista.
—Es difícil saberlo.
—¿No tenéis ninguna pista? —insistí. Sentí una tirantez en los dedos; la agitación borboteaba en mi interior. Quería una respuesta sincera. Necesitaba que alguien fuese franco conmigo.
—Claro que sí. —Se rascó la cabeza con más fuerza de lo normal, y un poco de caspa revoloteó por el aire—. Ella… La víctima todavía está muy afectada por el ataque.
—¿Y ella cree que fue un oso? —ahondé, decidida.
—No estamos seguros.
—¿No podría ser un lobo? Por aquí son mucho más frecuentes —sugerí. Bobby había tenido en cuenta las fases de la luna, como si creyese las historias que contaban en la ciudad.
—Era mucho más grande que un lobo —respondió con sequedad.
—Solo digo que…
Bobby se volvió a lanzarme una mirada severa.
—Por favor, mantente alejada del bosque.
Sobresaltada, me aparté un poco de él y desvié la mirada.
—De acuerdo —murmuré—. Me mantendré alejada del bosque.
Asintió y encendió la radio. Durante el resto del trayecto no intercambiamos ni una palabra.
Cuando nos adentramos en el camino de entrada, vi que había cortado el césped hacía poco.
Lo extraño era que seguía teniendo mal aspecto.
Por los lados aún caía sobre la acera y en los escalones.
El césped cortado se amontonaba en el patio.
Aquello no estaba a la altura de los estándares de calidad de Bobby.
Me preocupé, y más aún porque era evidente que solo lo había hecho en previsión de mi visita.
Seguí a Bobby al interior pegada a sus talones. Quería saber si la investigación seguía pinchada en la pared; pero una mirada bastó para ver que ya no estaba allí. Quizá la hubiese escondido allí mismo, en la propia sala.
La casa, de todos modos, era igualmente un caos. Había papeles en sillas y mesas. Frente a la puerta del sótano había una cesta de ropa sucia. En el aire flotaba un olor desagradable, como si acabara de tirar la basura un rato antes.
El miedo me atenazó el pecho. Bobby no había sido capaz de ocultar el desorden. Era una señal de que estaba metido a fondo en el asunto, de que ya era demasiado tarde.
Esquivé un cojín tirado en el suelo. Me temblaban los labios.
—¿Qué es todo esto?
—Trabajo —respondió, un poco demasiado deprisa para mi gusto—. Esto… eh… ahora mismo me tiene muy ocupado. —Desvió la vista, porque sabía que si me miraba a los ojos tendría que dar explicaciones de todo aquel desastre.
—Y todo esto… ¿Es por lo del oso?
Se encogió de hombros sin responder, e hizo un gesto con la mano para que lo siguiera al comedor.
—El brunch está listo, bicho. Vamos a comer.
Pero no me moví ni me dejé convencer. Aquel no era el Bobby que yo recordaba. No era mi padre.
Torció la boca y se tocó el bigote.
—Supongo que no es solo por el oso —reconoció, con los brazos en jarras.
Lo había pillado, pero no sabía aún si se había dado por vencido—.
Como te he dicho, no estamos seguros, y estoy intentando relacionar casos antiguos similares al actual.
—Señaló el caos del salón y luego se revolvió el pelo—. De ahí el desorden de la casa.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con mamá? —disparé, sin rodeos.
—¿Qué? Yo… —balbuceó, atónito. Sacudió la cabeza, con la respiración entrecortada—. No acabo de entender a qué te refieres.
Sí que lo entendía.
—Estuve aquí el otro día. Vi el collage que tenías en la pared, los recortes de periódico, las fotografías de mamá. Y estabas muy interesado en los ciclos lunares. La estabas intentando conectar con los ataques. ¿Por qué? ¿Crees que fue ella? ¿Y que los animales tuvieron algo que ver?
—No lo sé.
—¿No lo sabes, o no quieres decírmelo?
—Mirabella —dijo, muy serio. Extendió las palmas, como para tratar de calmarme—. No tientes a la suerte.
Se me hizo tal nudo en la garganta que casi no pude hablar.
—Tú no eres así, papá —logré decir, con los dientes apretados.
Las lágrimas me corrían por las mejillas y las rodillas me iban a fallar en cualquier momento—.
Y me doy cuenta de que no me dices toda la verdad.
—Me detuve e inspiré hondo—. ¿Ha sido…? ¿Mamá ha hecho esas cosas?
—Las pruebas de Bobby la señalaban a ella.
Bobby temblaba y tenía los ojos inyectados de sangre.
—¡Tiene algo que ver, pero no sé cómo! —escupió.
Me sentí como si la casa se sacudiese, como si todo se nos cayese encima mientras tratábamos de guardar el equilibrio.
—¿Qué quieres decir?
—A ver… Tu madre se metió en cosas que no debería, ¿de acuerdo?
Y no sé en qué consistían. Debería tener respuestas, pero no las tengo.
Guardaba muy bien los secretos, joder. —Daba vueltas de un lado a otro como si estuviese en la cubierta de un barco que se hundía—.
Y me siento avergonzado. Tendría que haberme dado cuenta.
¿Sabes cuántos casos he ayudado a resolver?
—Sacudió la cabeza, como si tratase de convencerse a sí mismo de que aquello no era real—.
Pero esto… Esto pasó delante de mis narices y yo estaba demasiado cerca para ver las pistas.
Las cicatrices, la pinza en el pelo. Las marcas de pisadas que encajaban con las botas que ella usaba.
Pero el acto físico del ataque… Es imposible, bicho.
—Miró por la ventana, que tenía las esquinas sucias—.
El caso es que se demostró que las marcas de los cuerpos las había causado un animal, así que, si te digo que no sé qué relación tiene tu madre con todo el asunto, es porque no lo sé.
Pero, sea lo que sea lo que esté pasando, de algún modo ella ocupa un puesto central, y eso es algo que me ha perseguido durante años.
—¿Y la luna? —Casi me daba miedo preguntar.
Bobby trató de ordenar sus pensamientos.
—No lo sé —contestó. Se frotó las comisuras de los labios con dos dedos—.
Tenía una teoría sobre la luna…, pero ahora ya no estoy tan seguro, y no puedo…
—Fue bajando la voz hasta que por fin calló, como si fuese presa del miedo.
Como si creyese que las telarañas iban a divulgar nuestros secretos.
De pronto, cambió de opinión y se llevó la mano a la cabeza—.
Lo siento. Ahora mismo no puedo hablar de eso.
Al oír esas palabras sentí que me ahogaba. Que nos ahogábamos todos; sin lanchas salvavidas, sin luces que indicasen que la ayuda venía de camino. ¿Cuándo iba a terminar aquella locura?
—¿Y qué hay de los ataques recientes?
Se encogió de hombros, y me di cuenta de que Bobby era una sombra de sí mismo. Arcilla sin moldear, llena de burbujas, lejos de estar lista para el horno.
—Es lo que trato de averiguar. Todavía hay muchos detalles que ignoro.
¿Cómo podía mi madre, una persona llena de amor, tener algo que ver con todo aquello? Mi madre, que nos enseñó a soñar, a sentir. ¿Cómo? Había cuerpos. Múltiples víctimas. Hechos que la señalaban.
Quizá la respuesta fuese que nunca la habíamos conocido de verdad.
—¿Crees que mató a esa gente? —dije, con las palmas sudadas y voz temblorosa—. ¿Crees que es… una asesina?
—No —respondió en un susurro, y aquello me ofreció un atisbo de esperanza—. Creo que trataba de tapar algo.