Luna de sangre Capítulo 22
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Capítulo 22

A la deriva en ti, hallo consuelo.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

La cabeza me daba vueltas. Me abrí paso entre el gentío, que no era más que un borrón de color. Sentía una necesidad imperiosa de huir, de encontrar algún rincón vacío para enfadarme conmigo misma por lo que había hecho, por dejarme llevar por un impulso así.

Crucé con ímpetu una puerta de la parte posterior de la casa y salí a un porche de madera; la tenue iluminación consistía en guirnaldas de lucecitas centelleantes.

Estaba sola, y la noche era tranquila y apacible.

Más allá del porche había un patio rodeado de una valla que lo separaba de las casas colindantes.

Del interior escapaba una versión distorsionada de la música de la fiesta.

La brisa fresca me envolvió, me agitó el cabello y me acarició los hombros. Eso me hizo pensar en él, y al darme cuenta me tapé la cara con las manos, avergonzada. «Lo odias —me dije—. Lo odias. Lo odias. Lo odias».

Y era verdad. «Lo odio».

Pero, cuando se abrió la puerta de la casa y apareció Julian al otro lado, me derrumbé. Se acercó a mí a zancadas. Se me cerró la garganta. No había tiempo para hacer, o pensar, o cuestionar nada. Solo podíamos ser partícipes de aquel instante.

Me alzó y yo lo rodeé con las piernas. El mundo se resquebrajó bajo nuestros pies; nos hundimos en un pozo profundo.

Aquello estaba mal, lo mirase como lo mirase, e iba a terminar en violencia; pero rendirse nunca fue tan satisfactorio.

Nos arrastramos dentro de aquel pozo, centímetro a centímetro, hacia la oscuridad implacable.

Mi cabello revuelto era como un velo que nos rodeaba. Le sujeté la cara por los ángulos de la mandíbula y, cuando lo besé, no fue un beso delicado. Fue febril, impaciente. Un beso ardiente y feroz.

Julian me sujetó con firmeza por la cintura; los dedos se me clavaban en las caderas, la espalda, los muslos. Estaba desesperado, necesitado, y no entendía las huellas que me estaba dejando.

Me besó como si quisiera dejar una marca en el universo, como si quisiera recordar mi sabor durante muchos años, como si me anhelase tanto como yo lo anhelaba a él.

Mi cuerpo se adaptó a sus contornos; encajábamos a la perfección. Era una agonía. El éxtasis se me derramó por las venas y me consumió el tuétano de los huesos. Me sentía frustrada por mi comportamiento, pero no era el momento de hacer las paces con la moral. Más tarde.

Otro beso, tan profundo que ya no supe de quién era el aire que respiraba. Me sujetaba con ternura, con nostalgia, y yo solo sentía el golpeteo del corazón contra el suyo, la cabeza que me daba vueltas y se hundía en el olvido mientras me aferraba a él, como a un ancla en el oleaje.

Pero era Julian.

Julian, a quien yo odiaba.

Y quizá él también recordó su juramento, porque nos separamos el uno del otro. Me depositó en el suelo, me acarició las mejillas con los pulgares, y con un último beso, me soltó.

—Eso ha sido por iniciativa propia —afirmó, todavía a escasos centímetros de mi—.

Nada de juramentos. Nadie me dice lo que tengo que hacer.

No es un juego. Solo soy yo, y quiero ir con la verdad por delante —dijo, una disculpa muy diferente de las otras que me había ofrecido, tan definitiva que se me hizo un nudo en la garganta.

Se marchó y me quedé bajo las nubes y las estrellas, con la mano en la boca, anonadada.

Cuando entré de nuevo en la casa, aún llevaba su sabor en los labios, pegado como la miel.

Una idea diabólica, lo sabía, pero anhelaba mucho más.

Porque lo que éramos bajo la luz del crepúsculo era una cosa; y lo que éramos en aquella casa atestada, otra muy distinta, mucho más complicada.

Mis amigas me localizaron en cuanto entré en el salón.

—¡Mira! —canturreó Stevie—. Te hemos buscado por todas partes.

—Echó un vistazo rápido sobre mi hombro en dirección al pasillo del que venía, y luego me miró y en los labios se le dibujo una sonrisa maliciosa—.

Luego me cuentas —dijo. Me pasó un vaso de plástico lleno de algo—.

Brindemos por un día con varias de mis personas favoritas —anunció, y vaciamos los vasos de un trago.

A continuación, Naomi se abalanzó sobre mí y me puso las manos en los hombros.

—Triángulo amoroso —me susurró.

—No estoy enamorada de nadie —repliqué, y, pese a lo confundida que me sentía, era cierto.

Naomi me sonrió con picardía y luego se marchó dando saltitos.

—¡Ya veremos! —me gritó al alejarse.

Cuando me di la vuelta, me encontré con la mirada de Stevie.

—¿A qué venía eso?

—Cree que estoy enamorada de dos chicos.

—¿Y lo estás?

—Desde luego que no.

Me estudió el rostro con un gesto de curiosidad, y luego me cogió de la mano y me arrastró a través del gentío.

—Creo que ya es hora de ese «luego».

En un sofá quedaban dos plazas libres… más o menos. El resto lo ocupaban dos personas entrelazadas y perdidas en su propio mundo. Verlos así no me molestó tanto como lo habría hecho en otras ocasiones.

Abi y Naomi, sentadas frente a nosotras con una pipa de agua, lanzaban anillos de humo que se perseguían unos a otros.

—Me encanta que seamos compañeras de cuarto —empezó Stevie mientras se acomodaba en el sofá—. Sé que mi horario de prácticas es caótico, pero me encanta estar contigo, aunque a veces seas muy reservada. Eres buena gente, Mira, y el mundo necesita más personas como tú.

Bajé la vista y le inspeccioné las manos. Uñas cortas y blancas sobre una piel muy morena. Finos anillos de oro y turquesa. La distracción me dio tiempo para buscar una salida. Si Stevie conociese las profundidades de mi alma, ¿seguiría considerándome buena gente?

Era consciente de mi frivolidad, y de que a menudo iba por ahí con la mirada perdida.

De las muchas veces que había imaginado saltar desde un puente y hundirme en la niebla…

Quedarme sola y dejar atrás las preocupaciones.

Por mucho que intentase hacer lo correcto y por mucho que quisiera enfrentarme a las injusticias, en mi interior había un metrónomo que latía desacompasado.

No sabía la razón; lo achacaba a mi naturaleza egoísta.

Aunque sabía que Stevie prestaría atención a todo lo que le contase, no quería cargarla con ese peso. Me parecía inmoral. Así que opté por otra cosa.

—Tú eres todo lo que aspiro a ser —dije, muy seria—, y me siento enormemente agradecida de que estemos en la misma habitación.

Hizo un puchero y se llevó la mano al pecho.

—Oh, mi pobre y frágil corazón —dijo arrastrando un poco las palabras, y yo me eché a reír. Me estrechó la mano, me dio las gracias, y al instante cambió de tema—. ¿Qué hacías en el porche trasero?

Me tapé la cara con las manos y ahogué un gemido. El recuerdo se me pegaba como una carga estática que me retorcía las entrañas. Imposible olvidarlo. Aquel beso me iba a perseguir por toda la eternidad.

Stevie me clavó el dedo.

—No me mientas —ordenó, y yo gemí otra vez—. Vi que Julian salió detrás de ti.

—Nos besamos —admití.

—¿Otra vez?

—No… Antes no lo habíamos hecho. El ropero fue una pérdida de tiempo —expliqué, aunque no era del todo cierto. Lo único bueno que había salido de allí era la promesa de contarme la verdad.

Stevie se quedó un rato sin palabras, y el silencio me hizo sentir incómoda. Me miraba fijo, con cara de asombro.

—Estás enamorada —declaró por fin.

—Te aseguro que no. —Suspiré. Un beso solo era un beso, pero al recordarlo se me hizo un nudo en la garganta.

Ni siquiera el amor bastó para que Rena se quedase.

Por eso me costaba tanto establecer vínculos con nadie, sabiendo que existía la posibilidad de que la cosa terminase en tragedia.

Algo que en los últimos tiempos parecía ser una constante en mi vida.

Stevie me dio un codazo suave e hizo un ruidito de fastidio.

—A ver, pero míralo. —Señaló al otro extremo de la sala. Julian se sentaba en el borde de una mesita de madera, con los hombros caídos y una botella de agua en la mano—. Si parece que esté hecho de magia.

Julian sonrió en ese mismo instante, como si nos hubiese oído. Fue un gesto sencillo, pero me sacudió las entrañas. Rebuscó con los ojos entre la multitud hasta que nuestras miradas se cruzaron. Se me encogió el corazón.

—Sí lo parece, ¿verdad? —susurré sin dejar de mirarlo, y él volvió a sonreír.

Todo lo que vino después transcurrió como en una neblina.

Las bebidas se sucedían una tras otra, y, en un momento de repentino silencio, oí el susurro de una voz conocida, que me avisaba de que no bajase la guardia.

«Todo es una señal. Todo es un aviso. Confía en tus instintos».

Pero yo solo veía a mis amigas que sonreían, mientras bebíamos y bailábamos y reíamos juntas hasta la madrugada.

Dábamos vueltas en círculo, cogidas de la mano como eslabones de una cadena, y los cuerpos chocaban unos con otros.

Cada parpadeo era como un recuerdo fugaz de mi vida.

Naomi y yo yendo al baño a mear a toda prisa.

Al entrar, chocamos por las prisas. Naomi se negó a esperar a que yo terminase, así que meó en la bañera y luego abrió el grifo para que se fuese por el desagüe.

Me eché a reír y ella trató de hacerme callar diciéndome que estaba exagerando.

Pero no podía aguantarme y seguí riéndome mientras nos arreglábamos el maquillaje frente al espejo.

Stevie tratando de enseñarme un nuevo baile. No lograba encontrarle el punto. Cada vez que movía las caderas chocaba con alguien y provocaba el caos, hasta que hui de allí para fingir que aquello no había ocurrido. Stevie salió corriendo detrás de mí.

Abi y yo revolcándonos de risa por el suelo.

Teníamos los ojos enrojecidos y las gargantas secas.

Le sequé las lágrimas de los ojos con el pulgar y ella hizo lo mismo conmigo.

No lográbamos recordar qué nos había hecho tanta gracia.

Solo que dijo que me amaba mientras yacíamos en el suelo, entre la ceniza y los vasos de plástico y los zapatos de la gente.

Em lanzándose encima de nosotras . Una idea brillante, en su opinión, hasta que derribó a varias personas. Muchos acabamos tirados en la alfombra, con los miembros entrelazados, mientras nos reíamos y contemplábamos las imágenes que proyectaban las luces en el techo.

Deseaba quedarme para siempre en aquellos recuerdos, llegar a un pacto con el Tiempo, proclamar que no encajaba en ningún otro sitio mejor que en aquel lugar, en aquel momento.

Porque, aunque solo había conocido a aquellas muchachas durante un breve periodo, un instante fugaz, ya eran mías; y yo, suya.

La noche fue movida, interminable, pero dejó de dar vueltas en cuanto me sentí ingrávida y adormilada sobre el pecho de Julian, que me sacó de la casa y me llevó a un coche.

Sus brazos me ofrecían seguridad, un abrazo que llenaba un hueco en mi interior, que me susurraba que la serenidad consistía en esa sensación inesperada.

No sabía cómo me había recogido, ni por qué, pero, cuando me miró, la luna brilló detrás de él, como un halo.

Sus rasgos se suavizaron y adquirieron una expresión que no sabría definir; «órfica», quizá.

En los ojos ámbar destellaban unas motas verdes.

«Todo es una señal. Todo es un aviso», repitió la voz en mi interior.

Luego capté el olor de mi dormitorio. La frescura del cojín en la cara. El peso del colgante sobre el corazón. Las mantas que me envolvían. El rostro de Julian, como un borrón, mientras apagaba la lámpara de la mesilla. Borracha, oí que me susurraba algo.

«¿Qué ha dicho?».

El sonido de Stevie al poner un cubo de basura al lado de mi cama.

El aroma de los aceites de lavanda y eucalipto que burbujeaban en el difusor.

El descanso del sueño que me inundaba por completo y con rapidez.

Y el suave cosquilleo en la entrepierna, un doloroso recuerdo de los labios de Julian en los míos.

«Magia» era una palabra demasiado sencilla para describir lo que había ocurrido entre nosotros.

Porque aquello… Bueno, aquello lo era todo.

Y, mientras me dormía, las palabras que Julian había pronunciado me vinieron de repente: «Lo siento».

Pero la forma en que lo dijo… No se disculpaba por lo que ya había hecho, ni por lo que me había dicho en clase, ni por cómo se había comportado hasta hoy.

Sonó como una disculpa por algo que todavía no había hecho.

Por algo que iba a ocurrir, y pronto.