Luna de sangre Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Lo miré a la cara con una sonrisa burlona. ¿Era eso lo que veía la chica de fuera al mirar a Julian? Era hipnótico, pero tras el brillo de sus ojos se vislumbraba la penumbra.

—Me enorgullezco de detestarte.

—No me cabe duda.

—Estás cambiando de tema.

—Cierto —admitió.

Me dejé llevar por un impulso incontrolable y le puse la mano en la cara y recorrí con los dedos el perfil del hematoma. Me era imposible no tocarlo. Era un completo enigma, y al parecer yo no estaba tan por encima de todo aquello como creía.

—¿Se puede saber qué se te ha metido en la cabeza?

—Tú —respondió, con total convicción.

La forma de decirlo hizo que algo restallase en mi interior, y me devolvió al presente.

—Mira. —Se me quebró la voz. Aparté la mano y comprobé la alarma.

Nos quedaban un par de minutos—. He aceptado entrar aquí porque creí que sería una oportunidad de que me contases la verdad, qué pasa entre nosotros y por qué, desde el día que nos conocimos, me has tratado como si quisieras vengarte.

¿Crees que he olvidado lo que me dijiste el otro día?

—Dejé de hablar y le lancé una mirada severa, para que me tomara en serio—.

Dijiste que mi mera existencia era tu perdición.

Algo así es imperdonable. Hasta hace unas pocas semanas, ni siquiera sabía que existías, Julian.

¿Qué puedo haber hecho para que estés tan enfadado conmigo?

El remordimiento se le reflejó en las facciones; se irguió y se acercó a mí unos centímetros más.

—Yo…

—Tú, ¿qué? —insistí con los dientes apretados.

Me eché atrás todo lo que pude contra la pared—.

¿Hay algún juramento que te lo prohíbe? —Tensó la mandíbula, pero no se movió, ni se apartó de mi lado—.

Para tener las manos atadas, hablas demasiado.

De no ser por este juego, ¿te habrías encontrado aquí conmigo, o eso también lo decide alguien por ti?

No creo que tengas pelotas para besarme, Julian. Todo esto es penoso, la verdad.

Y de pronto ahí estaba, pecho contra pecho, y un escalofrío me recorrió la espalda. Las costillas se habían encontrado, los corazones golpeaban uno contra otro. Nos miramos a los ojos durante un largo instante.

—Deberías saber que te odio —le informé.

—Ah, ¿sí? —Los dedos me sujetaban la barbilla.

—Sí —susurré, y el estómago me dio un vuelco—. Más que nada. Más que a nadie.

Julian posó la frente sobre la mía y unos cuantos mechones de su cabello me rozaron el oído.

—Lo que pasa, Mira —murmuró, y pronunció «Mira» de tal modo que deseé oírselo decir de nuevo—, es que, si te beso, no vas a querer que pare.

—No tienes ni idea de lo que voy a querer.

La punta de su nariz rozó la mía y sentí su suave aliento en los labios. Un dulce veneno… Los más mortíferos a menudo lo eran.

—Entonces, dime, aquí y ahora, lo que quieres. —La pregunta me dejó perpleja. Se me cruzaron los cables. Quería… Quería…

Inhalé. Los labios de Julian casi rozaban los míos.

Era muy impropio de mí verme en una situación como aquella.

Quería quedarme allí, a su lado, en un estado de dicha que no existía fuera de aquellas paredes.

Quería que me sostuviera entre sus brazos sin ponerme un puñal en espalda.

Quería que fingiéramos, aunque solo fuese durante los escasos momentos de que aún disponíamos.

—¿Y qué más da, Julian? —respondí, paralizada por su presencia como nunca hasta entonces—. Porque no tendrías valor para hacer lo que yo quiero —murmuré.

Julian sonrió sin apartar los labios de los míos, y me remetió un mechón detrás de la oreja.

Luego me recorrió la cintura con las manos y se detuvo en los muslos.

Cada contacto de sus dedos dejaba un reguero de chispas, y el silencio se abatió sobre nosotros y apagó poco a poco los sonidos de la fiesta.

El único ruido que se oía era mi respiración agitada, a la espera de lo que ocurriese a continuación.

Me levantó del suelo con suavidad y me pasó las piernas alrededor de su cintura. Me agarré a él y el móvil rodó por el suelo. Le clavé los dedos en los músculos del cuello y luego los subí y lo sujeté del cabello…, desesperada por tenerlo por fin entre mis dedos.

Me posó los labios en la clavícula y los deslizó por el cuello, en dirección a la mandíbula; pero se detuvo en seco al oír el sonido repentino de mi alarma. Los siete minutos habían pasado.

Julian se apartó y me depositó en el suelo con todo cuidado.

Pero yo quería seguir desarraigada, quería que me arrastrara al vacío.

Recogí el móvil y, con manos temblorosas, desactivé la alarma.

El sonido de la fiesta cayó sobre nosotros, y fue como si se hubiese roto una presa, porque no podía dejar de mirarlo, y él no podía dejar de mirarme.

Nos quedamos así, traspuestos por la súbita comprensión de que algo había cambiado entre nosotros. Una grieta en el éter. Me colocó un mechón suelto y me acarició el labio inferior con el pulgar. Y yo se lo permití. Qué inesperado por mi parte.

Era como si nos viésemos por primera vez y, hasta que me sacaron del armario y me dejaron en medio de aquel mar de personas, no fui capaz de moverme.