Capítulo 21 #2
Hice todo lo posible por olvidar que Julian estaba a poca distancia, hablando con una chica de pelo castaño y mirada hipnótica que no dejaba de adularlo; le había cogido un mechón de cabello y lo retorcía entre los dedos.
Se rio de algo que él dijo, y sentí una punzada de celos…
, aunque no supe por qué, si no tenía ninguna gracia.
Pero él estaba centrado en la chica, que parecía sumida en una especie de ensueño, con el rostro sonrojado y casi escarlata.
Apreté los puños, con las uñas clavadas en la palma, mientras imaginaba qué aspecto tendrían aquellos ojos dorados si Julian poseyera un corazón capaz de enamorarse.
«Gilipollas», pensé mientras los miraba con odio.
Me había salvado la vida, pero ¿a qué precio?
¿Para torturarme con disculpas inútiles y con despropósitos?
Durante unos días me había preocupado por su ausencia y, ahora que no paraba de cruzarse en mi vida, empezaba a lamentar aquellos sentimientos.
Lo único que quería era que se largara y me dejase en paz.
Se me escapó un suspiro de frustración, y mi propia respiración me traicionó.
Julian me vio el ceño fruncido y se mordió el labio inferior antes de sonreír con una mueca burlona.
Qué visión tan hermosa y traicionera. Como si supiese que me ponía de los nervios.
Al momento centró de nuevo la atención en la chica que estaba fascinada con él, y yo puse los ojos en blanco. «Menuda idiota».
De pronto, los siete minutos parecieron dos segundos. Antes de lo que me esperaba, los dos que se habían metido en el ropero salieron riéndose y con los labios hinchados, y se unieron de nuevo al círculo con torpeza. Me tocaba a mí.
Todos los ojos me miraron cuando sostuve la botella en la mano. Respiré despacio mientras la veía dar vueltas y vueltas. A los pocos segundos se frenó y se paró delante de, cómo no, Julian.
Al parecer, el universo encontraba mi odio muy divertido. Porque, si me hubiera prestado atención, comprendería que aquello era muy mala idea… a menos que, más listo que yo, hubiese trazado un plan, y me ofreciera la oportunidad de aprovechar la situación para indagar más.
Me quedé boquiabierta. Julian sacudió la cabeza con indiferencia y se levantó. Un momento después me daba la espalda y dejaba atrás el gentío, rumbo al ropero.
Maldición. Aunque fuese una oportunidad de conseguir respuestas, me costó recuperar la compostura.
Le di un trago a la botella de agua de la persona que tenía al lado, para ganar tiempo.
La verdad, no quería quedarme a solas con Julian.
Porque con él siempre pasaba lo mismo; cuando se iba, yo me sentía vacía y sin aliento.
Pero la multitud ya me estaba animando, y un desconocido me ayudó a levantarme.
«Vale, vale». Si esas eran las cartas que me repartía el destino, le seguiría el juego, para obtener la información que buscaba; pero no sin quejarme desde el minuto cero.
Como se esperaba de mí, gruñí con desgana mientras me empujaban hacia allá, y antes de salir del salón juraría que vi a Seven mirándome.
La persona que hacía guardia frente al ropero me recordó que pusiera una alarma, y un instante después ya estaba dentro. A solas, en la oscuridad, con él.
—No tenemos que hacer nada, ¿sabes? —explicó Julian mientras yo activaba la alarma y encendía la linterna del móvil. La luz brillante me hizo sentirme algo más cómoda.
Chasqueé la lengua.
—Tiene gracia viniendo de ti.
—Solo digo que puedes elegir.
—Hummm. —Torcí los labios—. Cualquiera diría que me tienes miedo.
Julian rio entre dientes, cosa que me ofendió.
—¿«Miedo»? ¿De eso crees que va la cosa?
Tuve que echar la cabeza atrás para poderlo ver bien. Tenía el rostro iluminado, pero detrás de él todo eran sombras cambiantes, que flotaban como nubes de tormenta.
—Por supuesto. ¿Qué otro motivo tendrías para insistir tanto en que me vaya? Dices que es porque no es seguro para mí estar cerca de ti, pero… ¿y si no es seguro para ti estar cerca de mí?
Apretó los labios para reprimir una sonrisa o una carcajada, aunque no se le daba muy bien. Al tener la oportunidad de observarlo más de cerca, percibí un cambio en él, pero aún no entendía de qué se trataba.
—Claro —respondió con suavidad. Se pasó los dedos por el pelo—. Pero ¿no deberías estar enfadada conmigo? —me recordó—. No has aceptado mi disculpa, y me parece que para ti esto no es más que una pérdida de tiempo.
Le clavé la mirada y me fijé en que sus ojos se separaban de los míos para posarse en mi boca, y luego en el latido de la sangre en el cuello.
Una ola de calidez me estremeció por dentro y me hizo cosquillas en los muslos.
Era un calvario. No me gustaba nada que usase mis propias palabras contra mí.
Inspiré hondo y traté de mitigar aquella calidez.
—Sí —respondí, con la esperanza de que me volviese a mirar a los ojos, porque a cada segundo que lo suyos se me paseaban por el cuerpo el corazón se aceleraba más y más.
Era una sensación traicionera, como si alguien te sujetase del tobillo y te hundiese bajo unas aguas lodosas.
Tenía que relajarme y liberar mi cuerpo del estado de confusión en que se hallaba.
—Eres bastante gilipollas, Julian. Eso no lo arregla ninguna disculpa.
Al oírlo me clavó los ojos; si había creído que eso me haría las cosas más fáciles… Bien, me equivocaba. «Céntrate», me recordé a mí misma. Necesitaba tener las facultades al máximo.
—Me lo merezco —aceptó con la cabeza ladeada.
—Claro que te lo mereces. Y, además, es cierto. ¿Ves cómo funciona? Se trata de decir la verdad.
—Sí, me he dado cuenta, y estoy tomando notas para no perderme nada.
Me crucé de brazos y me recosté contra la pared con una mueca burlona. El ropero era muy pequeño… y Julian estaba muy muy cerca. Pero, claro, de eso se trataba, ¿no?
—Entonces, ¿por qué no me tienes miedo? No sabes de lo que soy capaz.
Cuando volvió a sonreír, capté un fogonazo de dientes muy blancos, y me fijé en que eran más afilados de lo que yo recordaba.
—Oh, sé con precisión de qué eres capaz, Mirabella… Y te lo aseguro, yo soy capaz de más.
—Primero, eso es insultante porque yo soy la leche.
Segundo, no tienes por qué llamarme Mirabella.
Viniendo de ti, suena muy extraño. Y tercero, no me das ningún miedo —contesté, aunque era una mentirijilla.
No me daba miedo, en sí, pero esa inocencia y optimismo repentinos, el ángulo sutil de los hombros al inclinarse hacia mí, la escasa distancia que nos separaba…
, todo eso me hacía sentir cómoda. Y eso me distraía de cómo quería sentirme en realidad.
Había pasado de estar enfadada con él a sentir el impulso de clavarle los dedos en los brazos musculosos y a morirme de ganas de saber cómo sería tener su rostro más cerca del mío.
Eso sí que me asustaba.
—Perro ladrador, poco mordedor —concluyó mi discurso. Antes de que pudiese añadir nada más, Julian se echó a reír. Al principio solo se le sacudieron un poco los hombros y apretó los labios para no hacer ruido, pero al ver mi reacción enojada estalló en carcajadas.
Se me dilataron las aletas de la nariz. Se me estaba riendo en la cara. Literalmente.
—No tiene la menor gracia.
Casi lloraba de risa, y yo puse los ojos en blanco.
—Sí que la tiene —dijo—. No me esperaba eso de ti.
—Supéralo. —Lo empujé para apartarlo, pero me cogió la mano y se la puso en el pecho para que lo sintiera moverse mientras se reía.
No la quité, me quedé así, con la palma sobre su corazón y los dedos curvados en el torso musculoso.
La calidez me invadió de nuevo, y noté que me había puesto roja como un tomate.
«Reacciona, Mira. Tú estás muy por encima de todo esto». Me erguí y retrocedí un poco a la vez que apartaba la mano poco a poco.
—¿Vamos a hacerlo o no? —pregunté mientras me limpiaba las manos en los tejanos.
Julian inspiró hondo y dio un paso al frente. Desprendía un aroma dulce. No entendía a qué se debía. No era la colonia que usaba, sino algo diferente, más profundo.
—¿Por qué? —quiso saber—. ¿Te mueres de ganas de montártelo con tu mortal enemigo?