Luna de sangre Capítulo 21
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Capítulo 21

Cada guerra que había visto yo, ella la había visto dos veces.

Artículo VI, Cartas perdidas de Aadan Primero

Al final de un sendero había una casa de una sola planta, pintada de gris y con tejas negras.

La calle en penumbra estaba abarrotada de coches aparcados en batería, y por todas partes había estudiantes en grupitos de dos o tres.

Unos cuantos estaban tumbados en el césped y contemplaban el cielo brumoso y estrellado mientras se reían sin ton ni son.

Algunos descansaban a la entrada de la casa, apoyados en los parachoques, y otros jugaban a tirarse una pelota.

Un puñado de ellos se agolpaba en el porche para oír a dos personas que contaban una historia.

Tenían los ojos enrojecidos y las mejillas sonrosadas de reírse.

En el interior, unos focos pequeños proyectaban colores primarios sobre las paredes y daban un toque de luz a la casa a oscuras; los graves me retumbaron en los oídos.

Había gente en cada recodo y cada rincón de la casa. Bailaban. Reían. Bebían en vasos de plástico.

El humo se esparcía por el aire a bocanadas, y cada vez que inhalaba me sentía como si flotase.

Me cogí muy fuerte de las manos de Em y Naomi mientras nos abríamos paso, y ellas a su vez se cogieron de Stevie y Abi.

Al avanzar chocábamos con gente, y a ratos parecía que brillásemos.

Las luces nos iluminaban las mejillas y las narices respingonas; los labios nos brillaban como el hielo y la piel resplandecía como cubierta de diamantes.

Y de pronto sentí que me dividía en dos. En una esquina de la casa estaba Seven, y en otra, Julian. Sus siluetas se recortaban sobre las paredes como la Tierra y la Luna. En el espacio liminar que los separaba, me sentí como la marea, sometida a la gravedad que tiraba de mí en ambos sentidos.

Julian se llevó un vaso a los labios. En la oscuridad, el cabello le tapaba los lados de la cara. Estaba recostado contra la pared, junto a sus amigos, inhalando humo.

Seven se encontraba debajo de una tira de luces brillantes. Enseguida me vio y me llamó con un gesto y una sonrisa tan grande que el corazón me dio un vuelco.

Me abrí paso con rapidez entre el gentío y me acerqué a él. Abi y Stevie se fueron por su cuenta, pero Naomi y Em me siguieron.

Seven estaba con otros jugadores del equipo e intercambiaban comentarios sobre la jugada ganadora del partido. Cuando Em y Naomi se unieron a la conversación, su lenguaje corporal cambió, y les dieron la bienvenida como si las conocieran de toda la vida. Al verlo respiré un poco más tranquila.

—¡Aquí está! —Seven abrió los brazos y me dio un abrazo. Era tan grande y cálido que fue como si me devorase. Con un gesto rápido, me cogió la mano y me besó los nudillos. Sentí un nudo en el estómago. Fue un dolor agradable.

Sus labios casi me rozaron la oreja.

—Me preguntaba si vendrías —susurró—. Me ha sorprendido verte en el partido.

—¿Ha sido una sorpresa buena o mala? —Me aparté para ver cómo le brillaban los ojos.

Abrió los labios y desvió la mirada.

—Buena —dijo, como si no mirarme lo hiciese más real.

—Entonces, mi trabajo aquí ya ha concluido.

Supongo que puedo irme y descansar en paz para siempre —respondí, y me volví, pero él me atrajo hacia sí, con una risa que le agitó los rizos.

Yo también reí, hasta que los dos nos callamos, sonrientes.

Me estudió, como si viese mi auténtico yo, y la cercanía me produjo un escalofrío.

Me remetí el pelo detrás de la oreja y aparté la vista.

—Has estado muy bien en el campo. —Y era cierto. El modo en que se movía, corría y lanzaba era mágico. Si Bobby lo hubiera visto, le habría impresionado.

—No habría hecho nada sin el equipo. Pero, a decir verdad, es uno de mis lugares favoritos. El campo es algo muy especial, es mío, ¿entiendes? Me hace sentir feliz.

—Ya eres feliz.

—Me refería a que… Este también es uno de mis sitios favoritos. Aquí, a tu lado.

Me sonrojé. Entonces vi que se acercaban Em y Naomi y me aparté un poco para presentárselas.

—A Em ya la conoces, ¿verdad?

—Desde luego. —Seven le dio un abrazo de oso.

—Y esta es Naomi. Estudia Empresariales.

Seven ladeó la cabeza.

—Juraría que ya te había visto antes. Yo también estudio Empresariales.

—Es imposible no verte —contestó Naomi. Cuando le ofreció la mano, él se abrió de brazos.

—¿Eres de los que dan abrazos?

—Los días buenos, sí, así que estás de suerte. —Se dieron un abrazo lateral, y mientras lo hacían ella me miró con una sonrisa diabólica.

—Felicidades por la victoria —dijo Naomi.

—Gracias.

Seven se puso a contar cómo había ido el partido, desde su punto de vista. Durante las pausas me miraba de reojo y sonreía.

Por fin, Stevie nos llamó a gritos, y al momento Abi y ella nos cogieron del brazo y nos arrastraron a la cocina para ver a alguien beber cerveza haciendo el pino.

—He visto cómo te sonreía —me susurró Naomi de camino a la cocina. Sacudí la cabeza y seguí caminando. Tenía razón. Yo también lo había visto.

Tomamos chupitos de vodka con gelatina mientras veíamos a una persona tras otra hacer el pino y beber más cerveza de la que habían bebido en toda su vida.

En medio de todo aquello noté una corriente de aire a mis espaldas, y una presencia que me hizo envararme al instante.

—Hey —dijo una voz sensual.

Julian se había detenido tan cerca de mí que me rozaba el hombro con el pecho. Me volví a mirarlo, pero él tenía la vista clavada al frente y observaba a la gente que animaba a alguien que hacía el pino sobre un barril de cerveza.

Dio un trago a su bebida.

—Me sorprende verte aquí —dijo a continuación.

Me estremecí, y apreté el vaso con tanta fuerza que el plástico crujió.

—¿Por qué te acercas tanto? —gruñí—. Y, ya puestos, ¿por qué has venido? Ya me has oído antes. Tu disculpa y tú no me servís de nada si no me dices lo que quiero saber.

Rio a regañadientes y en las comisuras de los ojos se le formaron pequeñas arrugas. Me fastidiaba que su proximidad me hiciese querer encerrarme en mí misma. Y su aroma agridulce. Y tenerlo tan cerca que notaba el movimiento de las costillas al respirar.

—¿No deberías alegrarte de que saliese del campus? —me burlé—. ¿No es lo que tanto querías? ¿Que me fuese?

—Lo es —murmuró, pero, cuando lo miré, sus ojos eran dulces como la miel. Me pareció absurdo y me fastidió. ¿Cómo podía decir algo así a la vez que se mantenía tan pegado a mí? Si iba a seguir negándome la información, ¿por qué me rondaba?

Suspiré, harta ya de la conversación.

—Lárgate, Julian.

Por mi propio bien, decidí hacer como si no existiera y seguir con lo que veía, al tiempo que me preguntaba dónde se había metido Naomi.

A los pocos minutos, su respiración me hizo cosquillas en la nuca. Me estaba riendo de una explosión de cerveza y casi me había olvidado de que lo tenía detrás a menos de treinta centímetros.

—Está bien que hagas como si yo no existiera. Es lo mejor.

El comentario de Julian me molestó de tal manera que me giré de repente y choqué con su bebida, que me salpicó los zapatos. Se apartó un poco, sin el menor rastro de irritación; más bien esbozó una lenta sonrisa, como si le gustara verme agitada.

Gruñí con los dientes apretados.

—Pero ¿tú de qué vas? ¿Por qué te pegas tanto a mí?

Primero me dices que no estoy a salvo, y luego te disculpas.

Te muestras unas veces tan cálido y otras tan frío que me confundes y no sé qué pensar —le dije, y traté de apartarlo de un empujón, pero me sujetó la muñeca con la mano libre.

Tenía un tacto suave, salvo por unos pocos callos.

—Mirabella —susurró con voz entrecortada.

La sonrisa se desvaneció, y relajó los hombros—.

Lo siento mucho. De veras. Sé que he sido un idiota, y estoy intentando no portarme siempre como un completo gilipollas.

—Dio un paso al frente, y me zafé de él de un tirón.

No reaccionó, solo siguió hablando—. Es difícil romper la costumbre.

Me sujeté la muñeca para tratar de borrar la sensación de su contacto.

—Eso no explica por qué de repente eres amable conmigo.

Dio otro trago, mientras le asomaba a las facciones una sonrisa satisfecha.

—Remordimientos —explicó—. O a lo mejor es que he cambiado de opinión…

Le arrebaté el vaso antes de que le llegase a los labios.

Me fastidió que ni siquiera se sorprendiese.

Se quedó a la espera, como si de algún modo retorcido aquello lo alegrase, y me observó dar un trago.

Arrugué la cara y entrecerré los ojos. Era bourbon puro, lo que bebía mi padre en los inviernos más crudos.

Julian me guiñó el ojo.

—De nada.

Enfadada, y más que dispuesta a aceptar un desafío, me terminé la bebida y le planté el vaso contra el pecho. Antes de que me diera tiempo a añadir nada más, Stevie nos sacó a ambos a rastras de la cocina rumbo al salón, donde se estaba formando un círculo.

En el centro, sobre una alfombra, había una botella de licor vacía que daba vueltas sobre sí misma. En ese momento comprendí que nos habían llamado para jugar a siete minutos en el cielo.

Suspiré, me pellizqué el puente de la nariz y eché la cabeza hacia atrás mientras murmuraba una sarta de tacos.

La primera persona que había hecho girar la botella era una chica negra con el pelo corto y rizado y una diadema centelleante.

Cuando la botella dejó de dar vueltas, señaló a alguien de pelo rubio teñido que estaba frente a ella.

Se miraron un instante y luego soltaron un chillido. Alguien los escoltó hasta un armario ropero que había fuera del salón, al lado de la entrada. Una vez lo cerraron, la persona que vigilaba la puerta les gritó que pusieran una alarma.

Mientras esperábamos, una botella de vino barato fue pasando de mano en mano alrededor del círculo. ¿Quién habría llevado todo aquel alcohol? Aunque había poca luz, una cosa sí estaba clara: cada vez había más gente en el círculo, y cada vez estábamos más y más apretados.