Capítulo 20 #2
Agitó la mano en dirección a mí. Casi por instinto, miré a mi alrededor para ver si se dirigía a otra persona. ¿En qué mundo alternativo me saludaba Julian, y cómo se suponía que debía reaccionar yo?
Estar cerca de él me resultaba confuso, sobre todo después de la caída.
Noté un cosquilleo en el abdomen que me hizo sentir que le debía al menos una palabra de saludo.
Un recordatorio de que me había salvado la vida.
No me gustaba la sensación de que me hubieran salvado, era un poco humillante y habría preferido salvarme yo sola.
Bobby me había educado así, y Rena también, sin querer, cuando desapareció.
Pero estaba tan concentrada en imaginar qué estaba pasando que de repente lo tenía a un metro.
—Hola —dijo Julian al tiempo que se metía las manos en los bolsillos delanteros.
En aquel momento, su rostro hizo algo extraño y desacostumbrado, casi horrendo. Sus labios gruesos se curvaron en una sutil sonrisa a juego con la luz que tenía en los ojos.
«Me ha sonreído». Una sonrisa asombrosa, sincera, de medio lado.
Casi me hizo olvidar el moretón de la cara.
Y me hacía falta un testigo, alguien que documentara aquella situación excepcional, poque Julian Santos no sonreía nunca.
De hecho, habría jurado que los músculos de su rostro eran incapaces de reflejar alegría o cualquier indicio de felicidad.
Antes de que me diera tiempo a maldecir al universo y alejarme a toda prisa de la tragedia que sin duda se iba a desencadenar, abrió la boca.
—Lo siento —dijo.
«¿Lo siento?». Hice una mueca y conseguí no soltar la carcajada. No podía ser. Una sonrisa y una disculpa de mi némesis, todo el mismo día, todo en el transcurso de unos pocos segundos. El mundo se había salido de su órbita, o más probable, alguien se estaba haciendo pasar por Julian.
Pero bajó la cabeza y unos mechones de pelo le cayeron sobre la cara.
—Por lo del otro día —empezó, y noté la tirantez en su voz. Estaba tenso—. En el bosque…, en clase…, por todo. Siento cómo te he tratado. —Respiró hondo y me miró entre las largas pestañas—. Si no aceptas mi disculpa, lo entenderé, pero sé que te la debo.
Esta vez no pude contenerme y se me escapó la risa, incontrolable, que se convirtió en un resoplido.
—Esto es una broma, ¿no? Me estás tomando el pelo —conseguí decir, y me alejé unos pasos.
Pedir perdón era demasiado fácil. Julian había sido una verdadera pesadilla.
«Tu miserable existencia es mi perdición», me había dicho con verdadero odio. Esas palabras no se me iban a olvidar en la vida.
—Me parece muy raro viniendo de ti.
La frase me salió sin pensar cuando lo miré a los ojos. Le vi el rostro amable, a la expectativa. Pero no, no, no me iba a convencer tan fácilmente. Ya me había dejado engañar más de una vez, no iba a ser tan tonta como para permitir que sucediera de nuevo.
Julian tragó saliva.
—La verdad es que la manera en que me dirigí a ti estuvo mal. Lo entiendo. Pero no…
Tragó saliva de nuevo y en ese instante llegó una avalancha de estudiantes de las gradas, todos corriendo hacia los baños y los puestos de comida. Nos rodearon como un enjambre frenético.
Y, en ese momento, oí las trompetas y los tambores. Iba a empezar la actuación de mis amigas. Me acerqué un paso a él.
—A menos que cuentes todo lo que sabes, y quiero decir todo, no pienso perder ni un segundo más contigo y con tus truquitos —dije, y lo que me sorprendió no fue cómo se inclinó hacia delante mientras me escuchaba, ni cómo me recorrió la cuerva del cuello con los ojos, sino cómo me detuve yo.
Le di tiempo para responder y vi que titubeaba.
Cogí aliento para apartarme de él y, cuando lo hice, no miré atrás.
Al volver a mi asiento, teníamos siete puntos de ventaja.
En medio del campo, la mascota dio una serie de volteretas que anunciaron la llegada de la banda: entró en el campo precedida por el equipo de baile, que se movía con gracia ante ellos con sus uniformes deslumbrantes, los guantes blancos y las mallas transparentes.
Una vez en formación, la música se detuvo de golpe y las bailarinas adoptaron una pose, chasquearon los dedos al compás de una música inexistente. La capitana hizo sonar un silbato y la banda volvió a tocar, y las bailarinas hicieron los primeros movimientos.
Ver aquella actuación me llenó de orgullo. Em, Abi y Stevie habían trabajado mucho, saltaba a la vista. Me moría por decirles lo increíbles que me habían parecido.
Los dos últimos cuartos pasaron muy deprisa. El equipo rival volvió del descanso con mucha fuerza y nos empataron. El público se puso nervioso por primera vez. En los últimos segundos de partido, todos contuvimos la respiración, y al final ganamos por un gol de campo.
Un rugido sacudió las gradas mientras todos saltábamos y el confeti llovía por el aire, nos caía en el pelo y en las mejillas. Nos abrazamos unos a otros, abrazamos a completos desconocidos. Fue memorable.
Luego, salimos del estadio junto con la multitud. Me pareció entrever a Julian más adelante, con los dedos entre el pelo, a la sombra de un árbol, esperándome. Pero no era él.
Naomi me cogió por el brazo para sacarme de entre la gente hasta un camino menos frecuentado. De nuevo me pareció verlo. Por delante de mí, a mi lado, a mi espalda. No eran más que imaginaciones. Estaba en todas partes y en ninguna a la vez.
Cuando nos alejamos más, el colgante empezó a caldearse.
Fue una sensación que me provocó un nudo de nervios en la boca del estómago.
Más adelante, sentada en la Fuente de los Fundadores y con las piernas cruzadas, vi a una joven.
Era de una belleza embriagadora, fascinante de una manera que me resultaba familiar, mientras el agua le salpicaba la melena castaña rojiza.
Nos miramos y nos sonreímos. Me miró como si me conociera mejor que nadie, me saludó con un movimiento de la mano. Hizo que se me erizara todo el vello, pero al mismo tiempo tuve ganas de ir hacia ella.
El cuerpo entero me quemaba con llamas invisibles. Naomi me soltó el brazo.
—Tía, estás ardiendo.
Me miró a los ojos y se sacó del bolso una botella de agua, pero no sirvió para aliviar el fuego que tenía en el pecho.
Cuando volví a mirar, la mujer había desaparecido.
Y, en ese momento, mi teléfono empezó a vibrar.
Era Seven, que me invitaba a la fiesta de después del partido.