Capítulo 20
Me dijeron que era arriesgado, pero me moría por ella.
Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero
De camino al estadio, me sentí vigilada por las estatuas de los lobos. Se alzaban, moldeados en piedra, con el vientre plano y el intricado pelaje, con aquellos ojos duros que siguieron mis pasos. Era como si esperaran con ansia que alguien descubriera los misterios que habían visto.
El estadio se encontraba más allá del Edificio Bowman de Arte, en la otra punta del campus, cerca del lago.
Naomi y yo fuimos caminando y charlando y comentando que la universidad se parecía cada vez más a una institución académica que a un campamento de verano; que los estudiantes más avanzados parecían adultos al mando de sus vidas y los profesores se vestían y se comportaban como si fueran miembros de una sociedad secreta de magia negra…
, cosa que no era cierta, pero nos entretuvimos bromeando sobre eso hasta que llegamos a la entrada.
La banda musical era estrepitosa y el sonido nos envolvió al entrar. Por todas partes había estudiantes y visitantes. Unos hacían cola para comprar comida o bebida, otros charlaban en grupitos con sus amigos.
Nos dirigimos a las gradas y pasamos junto al olor a palomitas, perritos calientes y unos cuantos aromas adicionales que me sobrecargaron la nariz, muy sensible.
Todo a nuestro alrededor era un mar de rojo, oro y blanco.
Muchos estudiantes se habían pintado la cara y, en primera fila, un grupo de chicos bulliciosos exhibían en el pecho los colores de la universidad.
La mascota subía y bajaba por las gradas y, cuando la banda tocó una melodía conocida, todo el mundo se puso de pie con una emoción que yo nunca había experimentado.
Eran demasiadas cosas para absorberlas a la vez.
Naomi iba bailando mientras nos movíamos entre la gente hasta dar con unos asientos que nos gustaron.
Mientras esperábamos que empezara el partido, nos dedicamos a mirar a las animadoras, y Naomi me contó a gritos para hacerse oír por encima del ruido cómo había convencido a sus padres para que le permitieran jugar al fútbol bandera, que era como el americano, pero sin placajes, cuando solo tenía siete años.
Tuvo que echar mano de sus primos, pero sus padres cedieron al final.
Se le había dado bien, y no dejaba de preguntarse hasta qué punto le habría cambiado la vida de haber seguido practicando ese deporte.
La historia no acababa allí, pero me perdí la segunda parte porque, de repente, subiendo por los peldaños metálicos junto a sus dos amigos, vi a Julian.
El pecho se me puso rígido al verlo. Presencié cada momento como a cámara lenta, cómo los huesos de los hombros se le marcaban bajo la camiseta blanca, cómo cada parte de su cuerpo parecía modelada por un escultor a la luz de primera hora de la tarde.
Y cómo tenía un detalle nuevo en el rostro casi perfecto: casi invisible ya, pero todavía ahí, desde la prominencia del pómulo hasta debajo del ojo izquierdo, violáceo, verdoso, amarillento.
Un moretón. No le había visto la marca el día de nuestro encuentro en el bosque.
Tal vez por eso había faltado a clase toda la semana.
¿Se había metido en una pelea, había sufrido un accidente? Las dos cosas eran siniestras.
Y… por mucho que me molestara reconocerlo, parecía atormentado, y eso hizo que el corazón se me acelerara un poquito. Era una actitud despreciable, lo sabía, pero no lo podía evitar.
Los ojos dorados de Julian se clavaron en los míos y vi una vacilación en su mirada, una mezcla de asombro y profundo pesar como una ola que batiera delicada contra la playa en un mar furioso.
Aparté la vista y fingí que buscaba mi teléfono.
Naomi me atrajo hacia ella.
—¿Acabas de quedarte mirando a Julian Santos? ¿No decías que era un tipo raro? ¿Has hablado con él?
Le había contado lo de las miradas y que coincidíamos en una clase, así que sabía lo más fundamental de la historia: que nos detestábamos.
—Sí… No… Bueno, más o menos —dije entre dientes. Me lanzó una mirada—. Ya te lo explicaré.
Al principio, Naomi se negó a dejar el tema. Me miró con los ojos entrecerrados como si calculara para sus adentros cómo responder. Al final, resopló y se mordió el labio.
—Vale —dijo.
Dejé escapar un suspiro de alivio. «Menos mal». No quería entrar en aquella dinámica. Al menos de momento.
Antes del primer saque, el vicedecano salió al centro del campo.
No había vuelto a ver a Duke Moore desde el día en que llegué, pero allí estaba, seguro, sonriente, con el pelo entrecano y el polo de la universidad bien planchado, saludando a las gradas con la mano.
Me recordó tanto a Seven que no pude dejar de preguntarme hasta qué punto estaría orgulloso de su hijo, de todos sus hijos, que habían llegado tan lejos con su guía y ejemplo.
—¡Lobos Rojos! —empezó, y noté con claridad cómo se aceleraban todos los corazones a mi alrededor—. ¡Qué gran placer es teneros hoy aquí para presenciar el primer partido de esta temporada de nuestros ganadores del campeonato!
La banda hizo sonar los tambores y la gente enloqueció.
—¡Pelear, pelear, pelear! —entonaron, agitando el puño en el aire.
Los chicos del pecho pintado saltaron al campo para correr junto a las animadoras y aprovechar la creciente excitación.
Los cánticos sonaron con más fuerza y los pies golpearon contra el metal de las gradas.
Todo el mundo estaba saltando y, mientras, en la otra punta del estadio, en la sección ocupada por los seguidores del equipo visitante, se oía un abucheo largo y grave.
Duke agitó la mano a modo de bandera blanca y la multitud se aplacó un poco.
—Un poco de sana competencia no le hace daño a nadie.
—Sonrió—. Hoy es un día lleno de emociones, pero sería muy atrevido por mi parte no mencionar que para nosotros lo más importante es vuestra seguridad.
Os habréis enterado ya de los recientes ataques de animales en la zona, uno de los cuales ha tenido lugar aquí, en una de las rutas de senderismo de la universidad.
Y ha sido terrible recibir la noticia de la pérdida de un estudiante increíble de una de las universidades cercanas.
Por favor, ruego un minuto de silencio por todos los que han sufrido con su desaparición.
Todo el mundo agachó la cabeza. A mí me temblaban los labios. Había estado muy cerca de sufrir ese mismo destino. Oí algún que otro sollozo a mi alrededor, y Naomi me cogió la mano y me la apretó. Yo hice lo mismo.
Tras unos segundos, Duke volvió a tomar la palabra.
—Gracias a todos. —La tensión se le reflejaba en la voz—.
Hemos incrementado las medidas de seguridad en el campus, hay patrullas en todo el terreno y las rutas están cerradas, pero os queremos pedir a todos que extreméis las precauciones y tengáis cuidado de por dónde vais cuando celebréis luego el resultado del partido.
Sed siempre conscientes de dónde están las salidas y, en caso de necesidad, avisad de inmediato a las autoridades.
Gracias de nuevo por vuestra atención. —Se aclaró la garganta—.
Y dicho esto… ¿Qué decimos, Lobos Rojos?
—¡Vamos a ganar, a ganar, a ganar! ¡Vamos a ganar, a ganar, a ganar! —rugió el público. Saltamos y las gradas retumbaron bajo nuestros pies.
La banda empezó a tocar el himno deportivo de la universidad y, a todo lo largo del campo, los cañones de confeti llenaron el aire de rojo, blanco y dorado. La megafonía anunció a los Lobos Rojos y los jugadores saltaron al campo.
Todos gritamos, y al cabo de un rato vi a Seven.
El partido ya llevaba unos minutos, después de que los jugadores se sentaran en el banquillo.
Me sorprendió que se fijara en mí pese a la distancia: se le animó el rostro y le vi los hoyuelos en las mejillas cuando alzó la cabeza en mi dirección y me dedicó una sonrisa arrebatadora.
Lo saludé con la mano. Naomi, a mi lado, hizo sonidos de besitos.
—¡Estoy celosa! —Hizo un puchero—. ¿Cómo es que tú tienes dos chicos y yo no tengo ninguno?
—No tengo dos chicos.
Me hizo una mueca.
—No sé si eres tonta o la persona más despistada del mundo, y quiero dejar claro que no te considero tonta. He visto cómo te miraban Seven y Julian, y te aseguro que estás en medio de un triángulo amoroso.
Le di un empujoncito.
—¿No has leído ni una novela para jóvenes? Es el tropo más común.
—Calla. Nadie se ha enamorado de mí. Y no sé yo si un triángulo amoroso es «el tropo más común». Me parece más bien un montón de drama innecesario que se podría solucionar con una comunicación concisa.
—Eso mismo diría la protagonista.
Puse cara de horror y Naomi me abrazó de lado.
—Oye, si no te interesan, me los quedo yo a los dos, sin problema.
Siempre he sido partidaria de no elegir.
—Se echó a reír y metió la mano en el bolso, y me dio una funda térmica.
La miré sin comprender. Luego me pasó una lata de Hard Seltzer y se llevó un dedo a los labios—.
¡Al ataque, Lobos Rojos! —gritó, y agitó en el aire la mano libre.
Me eché a reír y grité yo también.
En un partido de fútbol universitario nadie se sienta, nunca. De eso se encargaron las animadoras y los tíos descamisados. Hasta cuando el equipo flojeaba, no paraban de cantar y animar, y todo el público los seguía sin hacer preguntas.
Tras dos Hard Seltzers, mi vejiga empezó a protestar. Conseguí salir de las gradas porque sabía que, si no iba al baño en aquel momento, durante el descanso habría una larga cola.
Mientras me lavaba las manos, me miré al espejo y vi lo sonrojada que estaba.
Era una reacción de la que me había olvidado.
El alcohol se me había subido a la cabeza lo justo para que sintiera las piernas un poco flojas, pero no tanto como para que el corazón no se me parara al salir del baño y ver a Julian.
Estaba en la cola para comprar algo de beber, pero al verme se salió y acudió a mi encuentro.