Luna de sangre Capítulo 19
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Capítulo 19

Tenía sangre en las manos. No servía de nada ocultarlo.

Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero

El amanecer llegó muy deprisa.

Era sábado, y yo estaba acostada y le daba vueltas a todo lo que había pasado.

Julian, mi madre, la pared con las notas de Bobby. Eso me llevó a otra pregunta: ¿cómo podía confiar en ella y llorar su ausencia, si creía, aunque solo fuese por un segundo, que Rena estaba implicada?

Y si lo estaba, ¿qué motivo tenía para avisarme?

Me acurruqué en la cama y examiné las fotos del collage de Bobby, ampliando y reduciendo las imágenes y los documentos que ya había leído, con la esperanza de que me aportasen alguna información nueva.

Era indescifrable; ni siquiera el hilo rojo que unía unas partes con otras arrojaba alguna luz.

Tenía que haber algo más, algún detalle crucial que se me había pasado por alto.

Y Julian. Era muy fuerte, e increíblemente rápido.

Me había salvado la vida, y aun así, no me podía contar todo lo que yo quería saber.

«Estoy obligado por un juramento. No puedo decir nada».

Lo había susurrado con una extraña calma.

En aquel momento, recordé, se me quebró la voz, perdí la esperanza y me sentí un poco menospreciada.

De no ser por la conmoción, y por el impulso urgente de salir del bosque, le habría insistido más.

Y todavía quería hacerlo, pero dada su ausencia, no me quedaba sino esperar.

Con un esfuerzo de voluntad me levanté de la cama, me puse una sudadera y salí del dormitorio.

Tenía programado un desayuno con mis amigas en el comedor antes de que se fueran a practicar.

Había llegado el gran día: el primer partido de fútbol americano de la temporada, y la primera actuación de baile del año.

—Me estoy poniendo enferma —dijo Em, y empujó los huevos a un lado del plato.

—Actuar la pone nerviosa —nos explicó Abi a Stevie y a mí, sin apartar los ojos del móvil—. Pero es lo normal, siempre está nerviosa. —Le clavó un dedo a Em en el costado—. Céntrate, Em.

Em puso los ojos en blanco y Abi chasqueó los labios. Dejó a un lado el teléfono y sujetó a Em por los hombros para mirarla a la cara.

—Emmeline, ¿necesitas un Valium?

—No —respondió Em con un gemido mientras se apretaba la frente con las manos. Se dejó caer en brazos de Abi como una princesa en apuros.

Stevie extendió la mano sobre la mesa.

—Em, no puedes dejar que esa mierda te afecte. ¿Cuánto tiempo llevas practicando esa rutina?

—Varias semanas.

—¿Y cuánto tiempo llevas bailando? —insistió Stevie.

—Toda la vida —murmuró, y al decirlo levantó un poco la cabeza que aún apoyaba en Abi.

—Puedes hacer esa rutina hasta dormida —añadió Abi. Trató de animarla dándole una palmada en la espalda, pero, incluso desde el otro lado de la mesa, vi que Em fruncía el ceño ante aquel gesto tan fuera de lugar en Abi.

—Vas a estar genial —la animé yo, porque a esas alturas sería extraño que me quedase callada. Pero, además, era cierto. Había visto la rutina, y era extraordinaria.

—¿Ves? Todas creemos en ti —susurró Stevie.

Se movió de nuevo y de su piel me llegó una fragancia a lavanda y eucalipto.

Tenía una creciente colección de aceites y cristales.

Aunque no entendía muy bien qué hacía con todo aquello, me hacía sentir en paz.

Y, además, desde que había empezado a acumularlos, no había visto en las ventanas ni un solo par de ojos brillantes.

—Vamos a practicar algunas técnicas de respiración —propuso Stevie—. Pero créeme, sé que lo vas a hacer genial.

Abi inspiró hondo, y el sonido terminó por convertirse en un ronquido. Em se apartó, confundida.

—¿Qué? —dijo Abi con sorna—. Stevie lo ha dicho mejor que yo…, pero eso es lo que yo quería decir desde el principio.

Nos echamos a reír y nos dimos unos empujones cariñosos; aquello sería sin duda un recuerdo imborrable. Las chicas eran una muestra perfecta de lo que debería ser la universidad, pero me consumía el doloroso tirón de todo lo demás.

Las cuatro compartimos un largo abrazo y luego ellas se fueron. Les deseé suerte y les recordé a voces que no olvidaran hidratarse. A continuación, me dirigí a Hester Hall. Mientras iba de camino, me llegó la respuesta de Bobby.

Claro. Debería haberlo organizado antes.

Perdona, bicho.

¿Qué te parece un brunch dominical,

por los viejos tiempos?

Suspiré aliviada, la primera vez en toda la semana, o eso me pareció. Pronto tendría respuestas, que era lo que necesitaba con desesperación.

Naomi llegó a mediodía con un bolso gigante y unas gafas de sol redondas que le enmarcaban el rostro con forma de corazón. Teníamos planes para asistir juntas al partido de fútbol americano.

Dejó el bolso en la mesa del salón y sacó bolsas de chucherías y de patatas fritas. Insistió en que cogiese una, oferta que no pude rechazar. Me decidí por las gominolas agridulces.

Al abrir las cortinas, la luz de la tarde se coló en la sala e iluminó las paredes de hormigón y los pósteres.

Fuera, el bosque tenía un aspecto ominoso; aunque los rayos de luz dorada se filtraban entre la vegetación, parecía inundado de sombras y oscuridad.

Se me revolvió el estómago al recordar al extraño excursionista, con los ojos rojos y saltones, y el sonido penetrante de sus gritos cuando lo atacó el animal.

Y la caída… ¿Cuánto tiempo me iba a recordar la Muerte que la había engañado?

Hasta que mi cuerpo exhalase su último aliento, me imaginaba.

Me tragué las ganas de dejarlo todo e ir a correr. Eso me haría sentir mejor. Mucho mejor. En cambio, despejé el escritorio, ahogué los gritos desgarradores que me resonaban en la mente, y me senté al lado de Naomi.

—Mi tía no estaba muy convencida de que me quedase a dormir esta noche —comentó Naomi, mientras se limpiaba la cara con un disco de algodón.

Saqué unas pinzas de la bolsa de maquillaje y me arranqué un pelo de la ceja.

—¿Por qué? Si estás matriculada aquí.

Se detuvo y me miró.

—Y, por si no lo has notado, soy adulta.

Resoplé.

—Sí. Eso, además.

—Pero estaba muy pesada con lo de «oh, los ataques de animales».

Se me encogió el corazón.

—¿No me habías dicho que ella creía que el atacante era una persona? —indagué, porque recordaba que Naomi lo había mencionado unos días atrás.

Enarcó las cejas mientras se colocaba la cinta del pelo y cogía la crema hidratante.

—Exacto. Yo también se lo he recordado.

—Y… —insistí, impaciente. Sin querer, trataba de hallar conexiones. Tenía que relajarme. Con un esfuerzo, despejé la mente y respiré por la nariz—. ¿Qué te ha dicho?

—Bueno, había recibido el correo electrónico de la universidad, y eso no me ha ayudado. La cosa ha ido como te puedes suponer.

—¿Qué correo electrónico? —Eché mano al móvil de inmediato.

—Ah, ¿no lo has visto aún? —dijo, despreocupada, mientras sacaba la base de maquillaje. Ni se dio cuenta de mi reacción.

Tenía el correo en la bandeja de entrada, resaltado en negrita.

No solo decía que las rutas de senderismo estaban cerradas durante el resto del primer semestre, sino que describía el ataque que ocurrió en el sendero que yo recorrí.

Julian había cumplido su palabra y lo había denunciado.

Sentí que el pánico me calaba hasta los huesos y apreté los dientes, asustada.

Me incliné hacia delante. Un calor me subía por la garganta.

—No puedo creer que hayan atacado a alguien aquí —continuó Naomi—.

Y es muy extraño que nadie haya visto ni oído nada.

No vi ni un coche de policía, ni una ambulancia…

Lo normal sería que se presentasen periodistas.

Mi tía cree que es un cambiaformas, o sea, alguien que puede disfrazarse de humano… Un licántropo.

Suspiré muy hondo y me acomodé en mi asiento.

—¿Lo cree de verdad?

—Claro que sí. Por aquí es muy habitual.

La gente está obsesionada con esas historias, y, hasta cierto punto, lo entiendo.

A veces, cuando uno tiene miedo, necesita una razón para creer en algo, aunque no sea real.

Le da sentido a una situación terrible. Así funciona el mundo, ¿no es cierto?

La comunidad, la conexión, todo eso. No me sorprendería nada que las amigas de mi tía lo mencionasen de modo casual mientras hacen ejercicio en el YMCA . Dicen que pasó lo mismo hace unos años.

—Sí… —Mi voz se apagó. Me acordé del grupo de manifestantes de las noticias. el fin se acerca , decía uno de los carteles. Y no pude evitar preguntarme si no sería cierto.

En todo caso, no recordaba que los habitantes de la ciudad se hubiesen mostrado tan tajantes e inflexibles la última vez que pasó algo así.

Sí, había visto comentarios en las redes, y en el instituto la gente susurraba, pero nada tan ostentoso como ahora.

Entonces no hubo gente en los escenarios de los ataques, con pancartas para avisarnos de que «estuviésemos preparados».

Me pregunté si habrían visto algo. De lo contrario, ¿a qué venía esa preocupación repentina?

Naomi me dedicó una mueca burlona.

—Tú no crees en esas cosas, ¿verdad, Mira?

Desvié la mirada y cogí una esponja. Ya no sabía qué creer.

En mi fuero interno sabía que los licántropos no existían; pero los incidentes recientes eran demasiada coincidencia.

La gente de la ciudad nunca había estado tan alterada.

Abba me dijo que esas tradiciones estaban tan arraigadas porque alguien había sido testigo, habían visto a los licántropos, y estaban tan convencidos que se aseguraron de que todo el mundo lo supiese.

¿Estaba la ciudad llena de crédulos que se tragaban esas historias fantasiosas?

¿O tal vez había una parte de verdad, oculta entre las grietas?

—No —dije, titubeante. No sabía si había mentido o no, pero Naomi sacudió la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados.

—Los de Kansas City sois la leche. —Se echó a reír, y comprendí que se burlaba porque me había visto vacilar. Pero las leyendas ya no me parecían solo cuentos para dormir, y no sabía muy bien qué pensar al respecto.

Entonces caí en la cuenta.

Bobby había estado siguiendo los ciclos de la luna. Cada fase en la pared, con hilos que las conectaban. ¿Tal vez él también creía en esas leyendas?