Capítulo 18
El problema de la inmortalidad es que nunca olvidamos.
Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero
Llevaba una semana sin ver a Julian. No iba a clase, ni rondaba por el Campus Central. Sí que vi a sus amigos en el comedor, los dos mismos chicos de la otra vez. Comían y bromeaban sin que su ausencia pareciese preocuparles.
Y algo mucho peor: hacía días que no sabía nada de Bobby.
Sí, me había dicho que tenía mucho trabajo, y eso no era tan insólito, pero, con todo lo que estaba pasando, el instinto me decía que fuese a casa.
Si Rena hubiera contactado con él, Bobby me lo habría dicho.
Pero, si por alguna razón no lo había hecho, quería saberlo, y asegurarme de que se encontraba bien.
—No tardaré mucho —le dije a Em al desabrocharme el cinturón de seguridad y abrir la puerta del coche.
En los últimos días, Em y yo habíamos pasado mucho tiempo juntas.
Llevaba unos días algo baja de forma, incluso se había saltado prácticas y comidas, y yo le hacía compañía.
Le llevaba comida y me sentaba con ella a ver vídeos en el móvil.
Muy a menudo pasábamos el rato en silencio; otras veces se nos unía Naomi y nos leía capítulos de Cumbres Borrascosas .
Pero casi todo el tiempo estábamos las dos solas.
Em hizo una mueca al verme bajar del coche.
Inquieta, miraba de un lado a otro con los ojos castaño oscuro, y los tirabuzones le proyectaban sombras en los lados de la cara.
Era un manojo de preocupación… maternal, por lo que recordaba del comportamiento de mi madre.
De antes de que se fuese. De antes de que nos enzarzáramos en tantos secretos y mentiras.
—¿Seguro que no quieres que entre contigo? —Lo dijo con dulzura, y me lo pensé unos instantes, pero al final negué con la cabeza. Pasaba algo, y no quería implicar a Em.
La primera señal de alarma fue el césped.
Estaba demasiado crecido, y aquí y allá había zonas de hierbajos.
El Bobby que yo conocía era meticuloso casi hasta la exageración.
Cada semana dedicaba varias horas al césped; se levantaba al salir el sol y solo descansaba para comer.
Ahora aquello parecía lejano, casi irreal.
Nadie se había ocupado del jardín desde que me marché.
El segundo aviso fue el buzón. Contenía al menos el correo de tres días. Rebusqué entre los sobres. No había nada de Rena, pero, si le había enviado algo, era posible que él ya lo hubiese recogido.
Llamé a la puerta. Luego otra vez. Después de la tercera, pegué la oreja a la puerta. No se oía nada. Me dirigí al garaje, tecleé el código y entré.
El tercer detalle alarmante fue la casa.
Indicaba a las claras que Bobby estaba metido en algo.
Había papeles en las mesas y las sillas del salón, algunos con manchas de café y la tinta corrida.
Archivadores de papel de estraza, unos desperdigados y otros en pilas, de cuyo interior asomaban documentos.
Había ropa doblada en el sofá y en el sillón, y en el centro de la mesa, un cenicero con colillas aplastadas.
Eso era raro, ya que Bobby no fumaba; no lo había visto coger un cigarrillo en la vida.
En el tabique que separaba el salón del comedor había un millar de papeles conectados con hilo rojo.
Me quedé petrificada mientras intentaba absorber todo lo que veía. Me llevé las manos al pecho; casi no podía respirar.
Todo aquello explicaba el anómalo comportamiento de mi padre.
Una vez, hacía cinco años, Bobby hizo algo similar.
Fue justo después de que Rena se marchase; pero en aquel caso, los papeles se habían limitado a su cuarto.
Ahora que tenía la casa para él solo, sus teorías se le habían ido de las manos y habían adquirido tintes oscuros, como un montaje vivo y en continua expansión que se remontaba cinco años en el tiempo.
Había destacado dos casos sin resolver, ataques de animales ocurridos un mes antes de la desaparición de Rena.
Dado que ambos habían ocurrido a última hora de la tarde, los informes describían a los animales como «desconocidos».
Las víctimas que sobrevivieron y pudieron denunciar lo ocurrido hablaron de un enorme animal, pero fueron incapaces de determinar la especie.
Alguien había escrito: «¿Osos? ¿Coyotes enfermos? ¿Pumas? ¿Lobos rabiosos?».
Conectadas a esos casos, había unas fotografías muy ampliadas y pixeladas.
Una mostraba una herida en un brazo. Al cabo de un segundo, comprendí que lo había visto antes.
Pero la mano con el anillo de diamantes con una banda de oro trenzada…
La reconocía, la recordaba de un modo tan íntimo que me hizo pedazos.
Era el brazo de mi madre. ¿Cómo había conseguido hacer Bobby esa foto sin que ella lo supiese?
Otra imagen mostraba un lado de su cara.
Los pómulos altos, la nariz respingona, unas cuantas pecas casi invisibles…
Y un feo hematoma púrpura bajo un ojo. Estaba claro que ella no era consciente de que le estaban tomando aquella foto.
Al lado de esa imagen había otra, fechada apenas veinticuatro horas más tarde.
El hematoma había desaparecido de modo milagroso.
¿Qué había provocado esos cortes y moratones, y por qué Bobby creía que era importante documentarlos?
Sobre un recorte de prensa había una nota garabateada a mano: «Tres días antes de que se fuera. ¿Alguna conexión?».
En el centro de todos los papeles y recortes había una fotografía de una luna de sangre, y de ella se ramificaban los ciclos lunares. Cada imagen de la luna llena tenía palabras inscritas debajo: «Rena llega tarde. Rena está irritable. Rena mira como duerme Mira. Los cortes de Rena desaparecen».
Además de ese collage , Bobby estaba preparando otro.
Era casi idéntico, pero parecía no estar muy seguro del sospechoso.
Con su letra, debajo de la luna: «Dos muchachos atacados en el parque de Timber Plains.
¿Oso perdido? Una víctima encontrada cerca de Piper. ¿El animal se mueve hacia el oeste?».
Oeste… El oeste era justo donde yo estaba. El otro día, en el bosque, el animal que había atacado al excursionista… ¿Podría tratarse del mismo animal?
Hice una foto de la pared con manos temblorosas; sabía que todo aquello habría desaparecido la siguiente vez que volviese. El significado estaba claro: Bobby creía que Rena estaba implicada en los ataques que habían ocurrido unos años atrás, y ahora parecía que el ciclo se estaba repitiendo.
Me costó erguirme; tenía el cuerpo rígido de miedo. ¿Sería aquel el motivo de la marcha de Rena? ¿Era ella la razón de que todo aquello hubiese ocurrido, y de que volviese a suceder de nuevo? Pero, no solo eso. ¿Por qué estaría ella implicada en ataques de animales?
El mensaje de Em me sobresaltó, y tuve que sacudir la cabeza para despejarla y pensar con claridad. Me preguntaba si iba a tardar mucho, y le respondí que saldría en unos instantes.
Rebusqué a toda prisa entre la pila de correo de Bobby por si había un sobre con letra de Rena, pero casi todo eran artículos impresos y casos cerrados de la comisaría, facturas, y solicitudes de tarjetas de crédito.
Al poco rato, lo dejé todo como estaba, cerré la puerta del garaje y me subí al coche con Em. Nada más sentarme le envié un mensaje a Bobby para exigirle que nos reuniésemos el domingo.
No me sentí mejor después de enviarlo. Bobby tenía secretos. Rena tenía secretos.
Julian tenía secretos. Todo aquello me molestaba. No sabía a ciencia cierta cómo conectaban unas cosas con otras, pero estaba decidida a llegar hasta el fondo.
Y pronto.