Capítulo 17
Queríamos el poder tanto como ellos. Ese fue el primer instante en que te perdí, hermano.
Artículo III, Cartas perdidas de Aadan Primero
Todos mis intentos de encontrar respuestas desembocaban en callejones sin salida.
Las páginas web repetían la misma información reciclada, y muchas tenían a la venta una gran variedad de ópalos, con precios que iban desde lo muy barato a lo increíblemente caro.
Ni una sola de ellas hacía la menor referencia a que fuesen mágicos, se usaran como amuletos protectores o tuvieran relación con lo sobrenatural.
Llegué a otra página inútil con anuncios ridículos y solté un bufido, exasperada.
Había algo más, que se me escapaba. Y, al recordar cómo había mirado Abba el colgante el otro día, con un brillo de comprensión en los ojos, se me ocurrió que tal vez pudiese ayudarme.
A última hora de la tarde del día siguiente, fui al Edificio Bowman a hablar con ella. Como suponía, la localicé en el Museo Sutton; estaba limpiando una urna de vidrio mientras de fondo sonaba música de jazz.
Cuando la saludé desde el vestíbulo siguió limpiando sin levantar la vista, pero entre las sombras vi que le asomaba una sonrisa a los labios. Como si me esperase.
—No pensé que te volvería a ver tan pronto —dijo como quien no quiere la cosa, y se me acercó con paso desenfadado—. ¿Qué te trae hoy por aquí? ¿Más cuentos fantasiosos?
—La verdad es que no. —Me solté la cadena, sin hacer caso de la voz interior que me decía que no lo hiciese. No sabía muy bien cómo explicarlo, pero sin el colgante en el pecho me sentía distinta, como si se hubiese roto una barrera.
Se acercó al mostrador con un brillo en los ojos castaños, que se hizo más intenso cuando se inclinó a mirar con curiosidad. Titubeé.
—¿Qué puedes decirme de esto? —pregunté.
Sopesó la pregunta con los labios fruncidos, y luego sacó unos guantes de seda. Le temblaron un poco las manos al coger el colgante; en su comportamiento había algo diferente, quizá inquietud.
Abba carraspeó y bajó la barbilla.
—Muy llamativo. Impactante, incluso. —Encendió una lámpara cercana.
Con otro movimiento, abrió un cajón y sacó una lupa—.
Verás, los ópalos aparecen por primera vez en una cueva de Kenia, unos cuatro mil años antes de Cristo.
Y por muy espectacular que sea esta pieza, es casi imposible que pertenezca al mismo conjunto de ópalos descubiertos allí hace tantos años.
—¿Por qué es imposible?
—Para empezar, hoy en día casi todos los ópalos se importan de Australia, que es de donde creo que procede este.
Además, sería imposible porque, bueno, la verdad es que no creo que haya nadie que tenga una reliquia familiar que se haya pasado de generación en generación durante seis mil años, ¿no te parece?
—Me dedicó una mirada cómplice, con la ceja enarcada.
Negué con la cabeza.
—¿Puedes decirme algo más? —insistí, ya que daba por supuesto que Abba creía en lo paranormal. Y, desde luego, esa reliquia tenía algo extraño, algún tipo de magia que le daba vida.
Me observó, y luego inclinó la cadena hacia un lado, luego hacia otro; al hacerlo, el oro reflejó la luz. Quizá era consciente de mis pensamientos.
—Hay muchas historias sobre esos asuntos que se contradicen unas a otras.
Algunas sugieren que los ópalos contienen el mal de ojo en su interior, que generan mala suerte y atraen a la muerte.
Otros creen que cuando se pasan de generación en generación se empapan de años de amor y buena suerte.
Y luego están los excéntricos, que siempre han sabido que la magia empuja a esas gemas a ejercer su poder protector contra los seres monstruosos y los malos espíritus.
Clavé la mirada en la urna que contenía el folclore de los licántropos de Kansas y aguardé un momento.
—Pero ¿cómo? —insistí con un cosquilleo que me recorrió la espalda—. ¿De dónde procede esa magia?
Abba apagó la lámpara y guardó la lupa en el cajón. Me pasó el colgante y me observó mientras me ponía la cadena alrededor del cuello; nada más hacerlo, volví a sentirme más cómoda.
—Quizá una bendición… —aventuró, mientras se quitaba los guantes—. De algún brujo muy poderoso. Es una pieza muy valiosa y poco común. Sería una lástima que le pasara algo.
El teléfono sonó antes de que pudiera responder.
—Perdona, tengo que atender la llamada —dijo, con una sonrisa de circunstancias.
Me di la vuelta y me marché, pero mientras salía del edificio sentí una opresión en el pecho, y me pareció que me seguía con la mirada.