Luna de sangre Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Cuando por fin asentí, me soltó con delicadeza y me sostuvo mientras recuperaba el equilibrio. Noté un escalofrío repentino al separarnos y me agarré a sus brazos para no perder la estabilidad. Me sujetó por la cintura hasta que estuve segura de que podía mantenerme en pie sin él.

Retrocedió al momento para darme un espacio que no le había solicitado.

—¿Cómo te encuentras? —Me inspeccionó, seguramente en busca de heridas abiertas y miembros rotos.

Tenía un hormigueo en los pies y me temblaban las manos. Me las sequé contra las rodillas. Estaba bien. No notaba nada raro, ni siquiera el menor dolor, al menos de momento.

—Creo que bien —respondí, y al hablar me invadió una oleada de emociones. Se me quebró la voz—. Me has salvado la vida.

Me incliné hacia delante para tratar de recuperar el aliento. Una parte de mí quería tirarse al suelo y hacerse un ovillo, y pasarse los días mirando el pie de un roble. Otra parte de mí, la lógica y sensata, no comprendía cómo lo había hecho Julian.

—Me… me alegro de que estés ilesa —murmuró—. No deberías caminar a solas por estos bosques. No es seguro. Podrías haberte lastimado, o incluso matado —añadió, con voz más sosegada.

Julian parecía angustiado conmigo. No enfadado, no. No era eso. Era más bien decepción y alivio, emociones que no me habría esperado de él cuando mi presencia en Lakeland le había provocado una reacción tan hostil el día anterior, cuando había dejado muy claro lo poco que le gustaba.

Pero tenía razón. Aquellos bosques eran peligrosos.

Miré a nuestro alrededor en busca de un oso rabioso entre los árboles. Ya había destrozado al pobre caminante. Era espantoso. La conmoción me golpeó como un látigo y di un paso atrás.

—Había…, había un oso. —Las palabras me salieron a trompicones mientras me preparaba para salir huyendo—. Mató a un hombre, lo…

La voz de Julian sonó grave, segura, demasiado tranquila para mi gusto.

—Ya no está.

—¿Cómo lo sabes? Ha matado a un hombre. Ha muerto una persona. —Me temblaban las rodillas.

—Yo también lo he visto, y te aseguro que se ha ido.

—Ha matado a un hombre… —repetí, y recordé el sonido escalofriante del grito. Me iba a perseguir el resto de mi vida. Las palabras se me atragantaron—. ¿Qué vamos a hacer?

—Lo denunciaré a las autoridades y a la universidad. Yo me encargo de todo —me prometió.

—Has aparecido de la nada —recordé mientras miraba hacia arriba. El sendero estaba oculto casi por completo—. Corriste hacia mí, y desapareciste, y en ese momento me… —Tragué saliva—. Pensé que me iba a estrellar contra el suelo, pero apareciste tú de la nada —repetí.

Julian cambió de postura, inclinó la cabeza hacia un lado. Estaba alerta, escuchando algo. Traté de oírlo yo también, pero solo había silencio. Vi cómo le cambiaba la cara.

—Tenemos que irnos —dijo, y echó a andar.

—¡Espera! ¿No decías que el oso se había ido?

Le tendí las manos. Antes había parecido tan seguro…

Julian se volvió hacia mí. Tenía las venas del cuello tan marcadas que se le veía el pulso.

—No estás a salvo en estos bosques —dijo, pero su manera de pronunciar las palabras, la mirada angustiada, todo ello me dejó claro que no se refería solo al oso.

Recordé sus advertencias anteriores, y también las de Rena, todo lo relativo a mi seguridad. Comenzaba a pensar que tal vez en aquellos bosques había algo más que un oso, y fuera lo que fuera me estaba acechando a mí.

—¿Qué sabes tú de esto?

Julian trató de fingir que no entendía, pero luego me miró con rostro inexpresivo.

—¿Qué quieres que te diga? —Tenía la voz afilada; el cuerpo, rígido.

La respuesta me desconcertó y me enfureció.

Quería que dijera muchas cosas. Quería saber por qué tenía tanto interés en que me marchara de Lakeland, por qué decía que no estaba a salvo allí.

Qué ser había matado al excursionista. Por qué mostraba tal animosidad contra mí.

Por qué me miraba como si estuviera obsesionado conmigo.

Porque eso era lo que hacía.

Clavó en mí una mirada rota, como si yo fuera la responsable de todos los males del universo, el centro de su angustia.

—La verdad —dije.

—Eso no es posible.

—Entonces, no me muevo de aquí.

Se pellizcó el puente de la nariz.

—Mirabella, por favor. Por favor. ¿Quieres ser razonable conmigo?

—¿Que yo sea razonable contigo? Julian, ¿acaso no es razonable lo que te pido? Necesito respuestas. Por ejemplo, ¿esperas que haga caso omiso del hecho de que por casualidad estabas en el bosque justo al mismo tiempo que yo?

—La ruta es una vía pública, por no mencionar que te oí gritar. ¿Querías que lo dejara correr, con todo lo que ha pasado ahí arriba?

«No, claro que no». Tragué saliva y pasé por alto aquella parte.

—Pero no me has dicho cómo has llegado a la base del precipicio tan deprisa. No tiene sentido.

—Siempre he estado en la base del precipicio. Te engaña la memoria, ha sido una conmoción…

Me hirvió la sangre y apreté los dientes.

—¿Tratas de hacerme dudar de lo que he visto?

Negó con la cabeza, alzó la vista hacia las copas de los árboles. Esperé a que dijera algo, pero siguió en silencio.

—Es una caída de más de seis metros, Julian —insistí—. ¿Cómo lo has hecho?

—No… —Suspiró y relajó los hombros—. No sé qué quieres que diga.

—Quiero que me digas cómo has saltado el equivalente a una casa sin romperte ni un solo hueso. Quiero que me digas de qué debo tener miedo. Y que sea la verdad —exigí.

Me miró con gesto tenso, pero debió de sentir el miedo que me embargaba, porque la expresión se le suavizó. Respiró hondo.

—¿De dónde has sacado ese colgante?

Miré la joya que llevaba puesta. Antes me había alertado del peligro que me acechaba, y fue una sorpresa que funcionara tal como había dicho Rena. ¿Y qué tenía que ver Julian con eso?

—¿Por qué cambias de tema?

Bajó la voz.

—¿De verdad quieres las respuestas, Mirabella?

Hice una mueca. ¿Por qué hablaba en voz baja si estábamos a solas?

—¿Sobre cómo llegaste a la base del barranco?

—No. Sobre todo lo demás. —Julian dio un paso atrás, y volví a pensar en todo lo que sabía acerca de él. Que no era nada—. No estás a salvo cerca de mí.

—Pero ¿por qué? —pregunté, frustrada—. Dices que mi mera existencia es tu perdición, pero luego me salvas la vida cuando no tenías por qué…

, cuando, cito tus palabras, tu vida sería más sencilla si estuviera muerta.

Dices que no estoy a salvo cerca de ti, que me detestas, y luego haces esto.

Necesito respuestas que no sean monosílabos. ¿No es lo mínimo que me merezco?

Vi un destello en sus ojos, una mirada que me dijo que estaba pensando en cómo formular las siguientes frases, como si toda su vida dependiera de eso.

Sentí un peso enorme en el pecho mientras esperaba. No sabía qué iba a salir de aquello, pero mientras lo miraba, mientras él me miraba a mí, sentí una atracción ominosa entre nosotros, un hilo invisible que nos unía, que nos ataba a aquel momento.

—Creo que lo mereces, sí —murmuró, y bajó la vista—. Y si de mi dependiera, te lo diría. Te diría todo lo que sé, pero… —Hizo una pausa y se acercó mucho a mí—. Pero estoy obligado por un juramento. No puedo decir nada —susurró.

Le miré los labios, vi cómo los apretaba antes de relajarlos de nuevo.

Antes de que pudiera responder o procesar la nueva información, Julian movió la cabeza bruscamente y escuchó.

—Sígueme, por favor, tenemos que irnos —dijo.

Su voz sonó apremiante. Volví a sentir el calor intenso en el pecho; «Corre, corre, corre», me dijo una voz interior.

Caminamos a paso ligero entre los árboles y todo el tiempo me sentí como si alguien me vigilara desde una rama. Cada mirada que lancé me dijo que no había nadie, pero el terror no se mitigó. «Todo es una señal», decía la carta de Rena, y aquella no podía ser más clara.

Cuando salimos del bosque, empecé a respirar con más calma y los músculos se me relajaron un poco.

Percibí que a Julian le pasaba lo mismo, aunque lo seguía a buena distancia.

Caminamos en silencio por el campus mientras sus últimas palabras me resonaban en la cabeza.

«Si por él fuera, me lo diría, pero no puede.

Ha hecho un juramento, y eso quiere decir que hay más gente implicada.

¿En qué? Eso no lo sé. Pero sé que no estoy a salvo en el bosque.

Y que no estoy a salvo con él…, pero me ha salvado la vida».

No tardamos en llegar a Hester Hall. El camino se dividía en dos. Se detuvo en ese punto.

—Gracias —dije, aún aturdida.

No hacía falta que le dijera por qué, los dos lo sabíamos. Pero, a pesar de las reservas que sentía hacia él, tenía que expresarle mi gratitud.

Me volvió a mirar el colgante y, sin decir palabra, se marchó.

Ahora más que nunca tenía que averiguar qué significaba aquella puñetera joya de la familia.