Luna de sangre Capítulo 16
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Capítulo 16

De pronto, la belleza lo impregnaba todo cuando la muerte se acercaba a la puerta.

Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero

Era muy consciente de que la decisión de aventurarme por uno de los senderos que rodeaban la universidad parecía estúpida.

Tirando a imbécil. Y más después de las noticias del ataque del oso en uno de los parques estatales.

Pero eso había sido a muchos kilómetros de allí.

Las clases habían terminado hacía un par de horas y quería dar un paseo para refrescarme después de entrenar.

Hacía meses que no salía a correr. En lo más hondo, el ejercicio no me gustaba mucho.

Me resultaba extenuante, y cuando mi psicólogo me lo recomendó hacía ya unos años le puse cara rara; pero, cuando llegué a los cinco kilómetros, se produjo un cambio en mi cuerpo, en la química del cerebro.

Pese al agotamiento, me sentía mejor de lo que había estado en muchos meses.

Y casi me dio vergüenza, porque se me había olvidado que podía sentirme así de bien, así de relajada.

Era justo lo que necesitaba, y más después de la conversación con Julian.

Detrás del Robertson Hall había una extensión de árboles y un camino asfaltado que llevaba hasta un sendero de tierra. Según el cartel de madera que vi, era la Ruta Austin.

El cielo estaba azul y radiante por encima de las copas de los árboles que me refrescaban la piel negra. Vi cómo se perseguían las ardillas de rama en rama. Me puse los auriculares para bloquear los sonidos de la naturaleza con el rasgueo de una guitarra eléctrica.

Al adentrarme entre los árboles, me fijé en que muchas hojas se estaban cayendo ya. Unas cuantas crujieron cuando las pisé. Cuanto más avanzaba por el sendero de la ruta, más me acordaba de la pesadilla que había tenido.

Rena me había abandonado. Me había dejado por el monstruo de los bosques. Yo volvía a estar indefensa contra su poder, y no había nadie conmigo para salvarme mientras me arrebataba la vida. La sola idea hizo que un escalofrío me recorriera la espalda mientras me ajustaba las correas de la mochila.

Me di cuenta de que avanzaba más deprisa, de que tenía la respiración entrecortada. El sendero era estrecho y serpenteante. Me llevó en una ligera pendiente colina arriba, y desde ahí divisé las copas de los árboles y los arbustos retorcidos.

Iba demasiado deprisa. Me tambaleé, di un traspiés y las piedrecillas y la tierra salieron volando por el aire para desaparecer en el bosque, tres o cuatro metros más abajo.

Cogí aire. El corazón me latía tan deprisa que casi no oía la música. Traté de relajarme, me sequé el sudor de la frente y, por un momento, me permití contemplar el bosque que se extendía a mis pies, e imaginar lo espantoso que sería haber caído rodando.

Seguí por el sendero hasta llegar a un claro. A aquella altura, el barranco era casi invisible. Me relajé un poco. El sudor me perlaba la frente, y se me dibujó una sonrisa victoriosa. Había llegado a la cima sin apenas contratiempos. Era la segunda mejor cosa del día.

Un poco más allá, casi invisibles al principio, había huellas de animales, unas impresiones perfectas que se dirigían hacia el norte.

Me quité los auriculares. «Un perro», pensé.

Pero, tras mirarlas mejor, me di cuenta de que no las podría haber dejado ni el perro más grande.

Eran tan enormes que ni siquiera podían ser de un puma o un lobo. ¿Tal vez de un oso?

En mi vida había visto un oso, y el que se había adentrado en la zona lo avistaron a treinta kilómetros de allí. No era imposible que hubiera llegado hasta allí, pero sí parecía improbable.

Fui a darme la vuelta y oí un susurro de hojas más adelante. Algo se movía veloz entre los arbustos, y me invadió un torbellino de emociones. El resto de los seres vivos del bosque guardaban silencio absoluto.

En aquel momento, sucedió algo muy extraño. La joya de la familia que llevaba al cuello se empezó a caldear hasta que me hizo cosquillas en la piel. Fue una conmoción, como una señal de alerta para que me fuera, para que me alejara de allí todo lo posible.

Miré hacia atrás y vi una figura que se acercaba entre las sombras, y dos orbes rojos relucientes.

Las ramitas crujieron y me invadió un horror cósmico.

La figura parecía humana, tal vez un excursionista que se había apartado del camino.

Pero los ojos… eran monstruosos. La persona se acuclilló.

Estaba demasiado lejos como para distinguir detalles, pero la postura y la inmovilidad eran propias de un animal.

Me estremeció, el ópalo me mordió como si me estuviera gritando. Otro crujido y, de repente, algo arrastró a la figura entre la hojarasca con un sonido que me hizo estremecer.

Se me cortó la respiración. Bajé corriendo por el sendero estrecho, por el terreno irregular.

Un grito aterrador resonó en el aire y luego se oyeron sonidos de algo húmedo y grueso al desgarrarse.

Cuando el sonido se disipó, me impulsó a correr todavía más, y me llegó un olor repugnante, metálico, que me invadió los sentidos durante un momento.

Se hizo el silencio, que sonó como una nueva alerta.

El ser que había atacado a aquella persona venía ahora a por mí.

Las flores silvestres y la hierba me rozaron los tobillos al correr hasta que tropecé con una raíz que sobresalía del suelo. Resbalé, caí rodando por una ladera y me agarré como pude a la tierra, a los hierbajos, a lo que fuera con tal de cortar el impulso, pero llegué hasta el borde del barranco.

Lancé un grito, con un aguijonazo metálico en la garganta.

Lo único que me impedía caer a una muerte segura era una raíz que sobresalía del borde.

Los ojos me escocieron con las lágrimas y el sudor, y me mordí los labios para no gritar de nuevo.

Traté de localizar algo en lo que poner los pies para darme impulso hacia arriba.

Pensaba que la adrenalina me daría superfuerza en los brazos, pero claro, la adrenalina no puede amplificar lo que nunca has tenido.

Y en ese momento se oyó un crujido. La raíz se soltó un poco y caí un palmo más. «Mierda. Mierda. Mierda». Iba a romperse en cuestión de minutos, si no antes, para dejarme caer hacia un destino impaciente que me cosquilleaba en las suelas de las zapatillas deportivas.

No era así como me había imaginado mis últimos momentos.

Se me nubló la vista, pero vi algo que corría hacia mí. El terror me llevó a la conclusión de que era el animal salvaje, que se lanzaba contra mí tras oír mis gritos. Así acababa todo.

Pero no era una bestia, ni un oso. Era una persona, y no el extraño excursionista que había visto antes.

Se movió a una velocidad imposible y solo vi un atisbo, algo que me resultó familiar. Pelo oscuro. Piel morena cálida. Cuerpo musculoso. Avanzó como un rayo y, antes de que viera nada más, ya había desaparecido.

Me quedé atónita, pero, en aquel momento, la raíz se rompió. Lancé un grito agudo al caer. No me dio tiempo a suplicar al cielo, no hubo ocasión para promesas ni negociaciones. Solo para pensar en Bobby, en lo destrozado que se quedaría al recibir la noticia.

La oscuridad me envolvió y caí con fuerza a una especie de agujero. Abrí los ojos pensando que vería un camino de luz y una escalera entre las nubes.

Pero no: lo que vi fue el bosque. Las copas de los árboles, atisbos del cielo azul. Estaba viva, a salvo, y en brazos de Julian Santos.

Lo primero que vi fue lo grandes y brillantes que eran sus ojos, y que tenía el ceño fruncido de preocupación. Movió los labios para hablar, pero no entendí los sonidos que le salían de la boca. Me dominaba una mezcla de confusión y desconfianza.

¿Cómo, cómo me había podido coger?

La persona que había visto en la cima del barranco, corriendo hacia mí en un borrón de luz y color, era Julian. Miré la caída. No había un camino por el que bajar. Para cogerme habría tenido que saltar, y eso habría sido imposible sin romperse las piernas, las vértebras.

—¿Estás bien? —me preguntó con voz dulce y delicada, muy diferente de la que había utilizado hasta entonces para hablarme.

Me apartó el pelo de la cara con dedos ardientes, abrasadores. Me examinó con atención, y vi en su mirada que estaba analizando qué sabía yo, qué había visto.

La corriente eléctrica que había entre nosotros me impedía apartar la vista de él, pero rememoré la caída. Era imposible sobrevivir a eso. Tendría que haber acabado aplastada en el camino donde nos encontrábamos, atravesada por la maleza.

Y no lo estaba. Gracias a Julian.

Abrí y cerré la boca sin dar con las palabras adecuadas.

—¿Cómo…? —conseguí decir al final. Volví a mirar el precipicio y recordé el miedo que había tenido—. ¿Cómo? —repetí, con la voz todavía ronca. Más que una pregunta, era una súplica desesperada por comprender.

Julian ni siquiera parpadeó.

—¿Estás bien? —me preguntó con interés sincero.

No supe qué decirle. Sentía el cuerpo ajeno en sus brazos e ignoraba si podría andar. Al ver que no respondía, asintió levemente con la cabeza, una sola vez.

—Te voy a dejar en el suelo —dijo.

Me puse tensa, me agarré a sus brazos, a su pecho. Se detuvo y volvió a sujetarme. Yo tenía miedo de moverme. Miedo de que, si me soltaba, me despertaría y me daría cuenta de que estaba muerta.

Julian respiró hondo, noté cómo sus pulmones se llenaban y me estrechaba más contra él. Eso me reconfortó. Olía a roble, a tierra, a un almizcle indefinible. Y yo solo sabía que estaba a salvo, y que lo más importante era seguir así.

Se le dilataron un instante las aletas de la nariz, noté un estremecimiento en los músculos de sus brazos. Transcurrió un instante.

—Quiero comprobar que no estés lastimada, que puedes caminar —me dijo al final con voz amable—. Y para eso tengo que dejarte en el suelo, ¿de acuerdo?

No respondí de inmediato, y pareció respetarlo. Me dio tiempo para aceptar la idea.