Capítulo 15
En un universo pleno de maravillas, aun así soñé con un nuevo mundo.
Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero
Pequeños destellos de luz blanca se filtraban a través de una celosía de hojas. En algún lugar, escondido en el cielo, estaba el sol; pero el bosque se negaba a compartirlo.
Cerca, un arroyo burbujeaba sobre las rocas resbaladizas y se desviaba con suavidad hacia un recodo del bosque. Me detuve junto a él para escuchar algo que se movía con insistencia sobre la tierra cubierta de musgo, entre la maraña de la maleza.
Inspiré, incapaz de dar un paso al frente, incapaz de enfrentarme a lo que venía siguiéndome. Pero el sonido se detuvo de repente, y con él, la vida del bosque.
Frente a mí, como una visión, estaba Rena; piel marrón claro, cabello negro y suelto que bailaba a su alrededor. ¿Había tenido siempre ese aspecto, o estaba viendo una versión distorsionada de ella?
Señaló detrás de mí, con unas uñas largas y blancas que parecían flechas.
Me giré de mala gana, con el pánico a flor de piel. Ocultos entre las sombras de los arbustos, vi unos ojos rojos y unos afilados colmillos blancos. Oí un gruñido maligno.
Cuando me volví de nuevo hacia mi madre, ya se había ido a la carrera.
Con el rugido del corazón en los oídos, eché a correr tras ella e intenté alcanzarla, pero iba demasiado deprisa, y lo único que conseguía era vislumbrar su cuerpo aquí y allá entre los gruesos troncos.
Solo entonces, al comprender que no podía alcanzarla, jadeé. La estaba perdiendo otra vez, y eso me asustaba más que lo que me estuviese persiguiendo. La llamé a gritos, pero siguió avanzando, siguió corriendo.
De pronto, en un instante, el bosque se quedó a oscuras; ni siquiera me veía la mano delante de mí. No había nada excepto el sonido de mi respiración entrecortada, que resonaba por todas partes.
—Por favor —lloré—. Por favor, vuelve.
No se detuvo, ni se molestó en darse la vuelta. No iba a volver. No se trataba de mi seguridad, sino de su incapacidad para enfrentarse a la verdad…
—Mira —me susurró una voz junto a la nuca. Una oleada de escalofríos me recorrió.
No tuve tiempo de moverme ni de gritar. Unos dedos tan fríos como el hielo tiraron de mí y, antes de que me diera tiempo a mirar, el monstruo me clavó los dientes en la garganta y, tras tirarme al suelo, bebió de mí.
Me desperté de un salto, jadeante. Cogí aire a bocanadas, con el pecho oprimido y los ojos llenos de lágrimas. Me tapé la boca con las manos y me rendí en silencio a los sollozos, con la esperanza de que los sonidos amortiguados no llegasen a despertar a Stevie.
La mente me jugaba malas pasadas, pero las emociones eran muy reales. Porque ¿y si Rena me empujaba a concebir esperanzas y luego las hacía pedazos de nuevo? ¿Y si la carta y el colgante eran lo último que recibía de ella? ¿Qué haría? ¿En qué me convertiría?
La incertidumbre era una carga, pero sabía que ya no podía vivir con tanta amargura. Me estaba pudriendo por dentro y por fuera, me convertía en una persona perversa y cruel, me transformaba en aquello que me perseguía en mis sueños.