Luna de sangre Capítulo 14
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Capítulo 14

Eras mi enemiga incluso antes de ser mi amiga .

Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero

Me despertaron el movimiento del aire y el silencio apacible.

Me había acostumbrado al sonido distante de conversaciones en los estrechos pasillos, al chirrido de las bisagras de las puertas, al tenue pitido de alguna cafetera.

No oír nada de eso me sobresaltó. Miré la hora de inmediato.

Me había dormido, y tenía quince minutos para llegar a tiempo a clase.

Solo en caminar hasta allí ya iba a tardar ese tiempo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras me ponía unos vaqueros gastados y la primera camiseta que encontré, una heredada de Bobby, descolorida y que me venía grande.

Sabía que no tenía demasiada importancia, pero yo nunca llegaba tarde.

Era algo que solo dependía de mí misma, y mientras me desenredaba el pelo y peinaba las puntas con cuidado, me temblaban los labios.

«Mierda». ¿Qué consecuencias tendría? En clase había estado demasiado distraída para fijarme…

Lo que era un buen resumen de toda la puñetera semana.

Necesitaba de inmediato que quien quiera que estuviese tirando de los hilos me diese un puto respiro. «Menudo desastre estoy hecha».

Mi salida a toda velocidad de Hester Hall, bajo la luz cegadora del sol matutino, perturbó a la multitud de estudiantes que paseaban relajados por el Campus Central.

No iba a fingir que no notaba las miradas de desagrado, pero, por una vez, me daba igual que me viesen llorar.

Aquello… Aquello era importante para mí.

Una vez llegué al edificio Lansing, me lancé a la carrera hasta detenerme frente a la puerta de la clase. Esperé un instante y, por encima del sonido de mi respiración acelerada, oí que el profesor hablaba de algo prosaico.

Abrí la puerta muy poco a poco, lo justo para colarme, y me senté en una silla del fondo.

—Por tanto, pido disculpas por el retraso, pero por favor, prestad atención a la pantalla; me gustaría que os dividierais por parejas y respondieseis a esas preguntas de vuestro pasado, para que os vayáis conociendo.

Me hundí en la silla con un suspiro irritado.

El destino me ponía a prueba, a ver cuánto aguantaba antes de arrancarme los pelos de la cabeza.

Creía, esperaba, que ya no hubiese más ejercicios para romper el hielo.

A esas alturas de nuestras vidas, ¿de verdad necesitábamos conocer a nuestros compañeros?

De haber sabido que ese era el plan del día, de buena gana me habría quedado en la cama.

Pero no, claro. ¿Por qué se me iba conceder precisamente a mí tal merced?

Los estudiantes se movieron y el aula se llenó del ruido de conversaciones.

Un vistazo rápido a derecha e izquierda me confirmó que la persona más cercana estaba a dos filas de distancia.

Se giró al darse cuenta de que estaba en la misma situación, y, cómo no…

, gracias, universo…, la persona que me miraba con innegable amargura era Julian Santos.

Se me escapó una carcajada; me reí de buena gana al ver el desastre en que se estaba convirtiendo mi vida. Menuda jugarreta del destino.

Me dejé caer en una silla junto a él con un ruidoso suspiro y me eché a reír otra vez. La cosa era ridícula.

—Qué delicia —gruñí, mientras rebuscaba papel y bolígrafo en mi bolso.

Julian, rígido y en silencio, se negó a reaccionar a mi presencia. «Gilipollas». Tampoco es que yo me muriese de ganas de mirarlo ni de sentarme a su lado, pero aquello era una clase de la universidad, y yo siempre había sobresalido en los estudios.

Cuanto más analizaba las circunstancias, más me daba cuenta de que podían obrar en mi favor. Julian tenía respuestas. Aunque seguía con ganas de maldecir al cielo por la mañana que llevaba, al menos podía agradecerle a quien estuviese ahí arriba que me brindase esta oportunidad.

—Bueno —empecé, mientras escribía la fecha en el papel—. ¿De dónde eres? —pregunté, aunque sabía la respuesta. Pero quería ir poco a poco, a mi ritmo.

Julian se apartó el pelo de la cara. Por encima de las mejillas asomaban unas profundas ojeras violáceas.

Señal de falta de sueño. ¿Lo habrían mantenido despierto sus malas acciones?

Solo era una suposición, claro. O quizá había estado en vela hasta el amanecer planeando nuevos modos de hacer de mi vida un infierno.

Esperé una respuesta que no llegó, sin dejar de estudiarlo.

Largas pestañas. Labios carnosos. Tenía algo que resultaba tentador.

Si no hubiera sido tan desagradable cada vez que nos encontrábamos, una versión alternativa de mí podría verlo con otros ojos.

Era consciente de ello porque, pese a su total falta de empatía, me resultaba hipnótico, de un modo que se me colaba por la garganta y retorcía algo en mi interior.

Su silencio me estaba empezando a hartar.

—Bueno, ¿qué? —insistí con vehemencia, y enseguida eché el freno. La impaciencia no me iba a ser de ayuda. Suavicé la voz y fingí una sonrisa—. ¿De dónde has dicho que eres?

—De aquí —contestó. Frío y duro. Expectante.

Me tembló un poco la sonrisa. Al apuntar la respuesta, apreté el bolígrafo con tanta fuerza que sentí calor en la palma.

—Genial. Yo también.

Lo dije en un murmullo, pero audible. Julian, sin embargo, tenía la respiración entrecortada y no hizo ademán de escribir nada. Me faltaba un suspiro para perder los estribos. Si seguíamos así, no le iba a sacar ni una respuesta.

Intenté calmarme y no dejarme llevar por la creciente irritación, tragarme el desprecio y aguantar sus modales.

Pero cuando paseé la mirada por la sala, la diferencia con las otras parejas de estudiantes fue evidente.

Vi que el asistente del profesor nos miraba y me pregunté si nos puntuarían por el grado de participación.

Lo último que quería era tener mala nota por su actitud exasperante.

—Mira —dije, rompiendo la promesa de paz que me había hecho a mí misma—. No podemos quedarnos aquí sin hablar. Va en contra del propósito de este ejercicio.

Siguió con la vista clavada al frente, sin moverse ni responder. Chasqueé la lengua.

«Pórtate como una persona madura», me dije. Pero cerré el bloc de notas, solté el bolígrafo y entrelacé los dedos. No me iba a comportar con madurez.

—Ya que te niegas a responder, supongo que me toca hacer todas las preguntas. ¿Por qué te ausentaste del instituto en tercero? —me interesé, con ganas de azuzar a la bestia. Cualquier reacción era preferible al silencio absoluto.

Julian me miró sorprendido, con un destello en los ojos. Pero luego apartó la vista de nuevo.

Suspiré.

—¿Naciste gilipollas, o es un rasgo de personalidad que has desarrollado de forma natural?

Una mueca divertida. «Avanzamos».

—¿Por qué insistes en que me vaya de la Universidad de Lakeland? ¿Te doy miedo? ¿Te hice polvo el ego en una vida pasada y por eso eres incapaz de mirarme a la cara?

Nada.

—Contéstame, Julian. Estoy aquí. Dime, ¿en qué te beneficia que me vaya, ya que lo deseas tanto?

—No me beneficia en absoluto —respondió, reacio aún a mirarme a los ojos.

No lo creí. En cada conversación había dejado muy claro que no me quería allí, que no estaba a salvo. ¿Cómo podía no beneficiarle que me fuera? Si quería que tuviese sentido, iba a tener que explicarse.

Apreté los dientes para contener la rabia que me arañaba la piel.

—Por favor. —Bajé la voz—. Al menos, ¿puedes decirme por qué no estoy a salvo aquí?

—Esa era la auténtica respuesta que iba buscando—.

Si de verdad todo esto va de mi seguridad, me merezco saber de qué se trata.

Soltar una amenaza así y largarse no es lo correcto, y tú me lo hiciste…

Me lo has hecho dos veces. Necesito respuestas.

Tienes que darme algo. —Parpadeó y se encogió de hombros, y yo estallé y estampé el puño sobre mi bloc de notas—. ¿Se puede saber qué te he hecho?

Julian se volvió hacia mí, con tanta brusquedad que me sobresalté. Se inclinó hacia mí, con una mirada tan intensa que me ardió la cara. Tuve que apartarme de él.

—Ya has jugado tu jueguecito, y ahora me toca a mí. Mírame —exigió, pero me negué.

Bajó la voz.

—Mírame… —Me sentí obligada a girarme hacia él y mirarlo.

Me encontré con una mueca de desprecio—.

Quiero que me mires cuando te diga esto, porque solo te lo voy a decir una vez.

Eres tú. Tu miserable existencia es mi perdición.

Cuanto más tiempo pases aquí, más te voy a odiar.

Y no puedes hacer nada para evitarlo, excepto marcharte.

Estás avisada, Mirabella. ¿Lo entiendes?

—Lo dijo con un punto de locura que no había visto jamás en nadie, excepto en mí misma.

No tuve tiempo de responder; se levantó y se marchó con todas sus cosas.

Se me nubló la vista mientras miraba el sitio que había ocupado y las lágrimas me corrieron por las mejillas. Por primera vez, deseé de verdad haber hecho las maletas y haberme ido para no volver más.