Capítulo 13
Nacimos juntos; no deberíamos morir separados.
Artículo IV, Cartas perdidas de Aadan Primero
Alguien susurró mi nombre. Era un sonido ronco, jadeante.
Me detuve, me agarré al pasamanos de madera y miré hacia atrás.
Estaba bajando por la escalera principal para ir a la cafetería del primer piso de la Biblioteca Faulkner.
La tarde era cálida. La luz de última hora de la tarde entraba por las cristaleras de las ventanas y salpicaba las paredes de madera y las estanterías de azules, verdes y naranjas.
Volví a oír el sonido y miré hacia arriba.
La gran araña de cristales centelleaba. Subí de nuevo por la escalera con los ojos bien abiertos mientras el olor a cuero y a pino me envolvía.
Había estudiantes en pequeños grupos. Unos estaban en salas de estudio privadas; otros, en la zona de ordenadores; pero la mayoría se encontraban sentados ante las mesas y escritorios, o en los sofás. Y ninguno parecía estarme llamando.
Empecé a pensar que me lo había imaginado todo, señal inequívoca de que necesitaba dormir. Me olvidé del tema para concentrarme en conseguir cafeína, pero de pronto volví a oír el sonido.
—Mira —dijo la voz.
Me puse tensa como un cable y fui en dirección a la fuente por el pasillo de baldosas que llevaba hasta otra hilera de libros.
En aquella zona, los pobres no debían de haber visto la luz del sol en muchos años.
Me acerqué poco a poco, y me asomé entre las hileras de estantes en busca de la voz hasta que esta se transformó en una risa gutural, ronca.
Una figura alta asomó tras la última hilera. Me sobresalté y el corazón me dio un vuelco bajo el colgante que llevaba al cuello. ¿Cómo se me había ocurrido meterme sin pensar en aquella trampa? «No se puede ser más tonta». Pero todo cambió cuando la figura salió de entre las sombras. Era Seven.
—Serás idiota… —farfullé con alivio. Me moría de ganas de darle un buen puñetazo en el brazo para que pagara caro el susto.
Dejó escapar una risita.
—Hola —me saludó, con una sonrisa.
Esa sonrisa, junto con los ojos seductores, era irresistible, como un rayo de sol que se le hubiera instalado bajo la piel oscura. Me fijé en cómo me miraba: demasiado tiempo para ser solo amigos.
—Tienes cara de haber visto un fantasma —dijo, como si no fuera evidente.
Un fantasma habría sido preferible a lo que creí que me estaba persiguiendo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en susurros, y miré a mi alrededor para asegurarme de que no molestábamos a nadie. Las normas de la biblioteca eran muy sencillas: no hablar en el segundo piso.
Seven salvó la distancia que nos separaba y se apoyó contra una estantería.
Llevaba los rizos recogidos en un moño alto, con un corte degradado recién hecho a los lados y en la parte de atrás.
La ropa era sencilla: un jersey negro de punto y tejanos.
Me llamó la atención verle el nacimiento de una cadena de oro bajo el cuello de la camisa.
—¿Cómo que qué hago aquí? —Se inclinó hacia delante; la proximidad repentina hizo que se me cortara la respiración—. Estoy en la biblioteca, estudiando, como todo el mundo —siguió—. ¿Qué pasa, crees que los deportistas no estudiamos?
Hice una mueca.
—No me tergiverses, que no he dicho eso.
Frunció el ceño.
—No sé qué pensar. Ni siquiera me has prometido que vas a venir a mi primer partido… —bromeó.
—No puedo decirles que sí a todos los chicos que me piden salir.
Se paró un momento.
—¿Hay…, hay muchos pidiéndote salir?
«No. Ni de lejos». Pero no se lo dije. Bajé la mirada para romper el contacto visual. Menos era más, o eso me habían dicho. En cuestión de salir con chicos, había tenido muy mala suerte, pero había visto muchas películas y leído muchos libros.
—Oye, no te dije que no fuera a ir a tu primer partido. Dije que «puede».
Se echó a reír.
—Cuestión de semántica. A ver, la pregunta importante de verdad: ¿qué haces tú aquí?
Arrugué la nariz y traté de decidir hasta qué punto quería decirle la verdad.
Stevie había organizado una fiesta de estudiar en la habitación, y el entorno me resultaba agobiante.
Desesperada, había llamado otra vez a Bobby, pero no me cogió el teléfono.
Antes había ensayado cómo le iba a contar lo que había sucedido, cómo le revelaría poco a poco la reaparición de Rena, igual que se mete muy despacio a un cachorrito en un baño caliente.
Pero cada versión del relato acababa con él derrumbándose, y también sabía que intentar protegerlo de la verdad solo serviría para hacerle daño.
Tenía que arrancar el esparadrapo de un tirón veloz… , pero seguía sin saber cómo hacerlo.
Por otra parte, necesitaba un refugio mientras investigaba la frase Amor vincit omnia. Era vital entender por qué la había utilizado Rena, por qué estaba tan imbricada en el folclore de nuestra ciudad. Era demasiado precisa para tratarse de una casualidad.
Ya había averiguado que la frase era de un poeta romano nacido alrededor del año 70 a. e. c., y aparecía en su primera obra, Bucólicas. La primera frase era Omnia vincit amor: et nos cedamus amori , que quería decir: « El amor todo lo vence: rindámonos nosotros también al amor » .
En la obra, estas palabras las pronunciaba en su lecho de muerte un hombre llamado Galo. Se había vuelto loco por un desamor y, cuando el dios Apolo le preguntó por qué se empeñaba en seguir así, se limitó a responder: «El amor todo lo vence».
Así que supe qué responderle a Seven.
—Investigar la historia de Roma.
—Impresionante —dijo. Se hizo un silencio. Al final, carraspeó—. Sobre lo del sábado que viene…
Tuve que apretar los labios para contener la risa.
—Mis amigas actúan en el descanso, así que estoy obligada a ir.
—¿Son animadoras?
—Del equipo de baile.
—Ah, claro, claro. ¿Dónde están esta tarde?
—Se han juntado para estudiar.
—¿Y no te han invitado?
—Sí, pero me distraía mucho.
En ese momento noté que Seven tenía la mirada fija en el colgante, o al menos quise pensar que era en el colgante. Me lo había dejado puesto hasta para dormir y me había olvidado de que lo llevaba.
Se acercó un paso y cogió el ópalo entre el índice y el pulgar.
—Es precioso. —Su contacto me produjo una descarga de calor, como si fuera una brasa—. Parece que tienes competencia —susurró en dirección a la joya—. Pero no te preocupes, vas en cabeza.
Una calidez me subió por las mejillas hasta la nariz y las orejas.
Me sentí como una idiota, sin saber qué responder.
Seven era todo un profesional en sondear el terreno.
Tenía un carisma natural que hacía sentir simple a cualquiera que estuviera a su lado.
No era la primera vez que me admiraban, y era consciente de tener cierto atractivo pese a la expresión de constante enfado que me había correspondido por herencia, pero nunca me habían hecho un cumplido que me hiciera sentir así.
—Gracias —dije, porque era lo más cortés—. Es una herencia familiar.
Seven soltó el colgante y se sacó la cadena de la camisa.
—Yo también tengo uno.
Me lo puso delante y lo cogí entre los dedos, acaricié con el pulgar la trenza dorada con una cruz ansada grabada en el centro. Me resultaba vagamente familiar, sabía que era un símbolo egipcio porque lo había visto en un libro de historia en el instituto.
—Es un amuleto de protección —explicó Seven con una sonrisa amable—. En mi familia, todo el mundo tiene una.
—¿Protección contra qué? —quise saber.
—Contra el mal —susurró, y se volvió a meter la cadena por debajo de la camisa—. Si alguna vez necesitas que te acompañe de vuelta a tu habitación, solo tienes que…
—¡Hola, Sev!
Dos miembros del equipo doblaron una esquina y nos sobresaltaron. Seven los mandó callar, pero no dejaron de reírse mientras se alejaban.
A pesar de ser estudiante de primer año, Seven ya tenía muchos amigos, pero me imaginé que era debido a su posición como quarterback , y tal vez a un poco de nepotismo.
Pero sus muchos contactos hicieron que me preguntara si conocería a Julian, o si se moverían en los mismos círculos.
Tenían una constitución similar, así que tal vez Julian jugara también al fútbol.
La gran diferencia era que Seven era mucho más alto y esbelto.
Si no hubiera sabido que lo suyo era el fútbol americano, habría pensado que se dedicaba al baloncesto, debido a su altura.
—¿Todos tus amigos te llaman Sev?
—Los que me conocen bien, sí.
Se le fueron los ojos hacia mis labios.
—Me parece encantador —dije.
—Puedes… —Casi tartamudeó al hablar—. Puedes llamarme Sev, si quieres.
—No sé yo si te conozco tan bien.
—Pero somos amigos, ¿no?
Le sonreí y asentí.
—Claro. Hablando de amigos, ¿conoces a Julian?
—¿A Julian? ¿Juju Kipp? ¿El tight end del equipo?
—No. Julian Santos.
Se le endureció la expresión y me puse alerta. Miró en todas direcciones antes de volverse a mí.
—Es mal tipo.
Bajé la voz para no sonar demasiado impaciente.
—¿Qué quieres decir?
Tragó saliva.
—No te traerá nada bueno, Mira.
—¿En qué sentido?
—Da mala espina —dijo en susurros. ¿Por qué era tan esquivo en las respuestas, si nadie nos oía?
—. Por lo general, no se me ocurriría decirte de quién puedes ser amiga o no, pero, por lo que sé de él, no vale la pena.
Te traicionará sin pensárselo dos veces.
Es… —Se interrumpió. Tenía dilatadas las aletas de la nariz.
La sola mención de Julian le había llegado a una zona muy oscura que tenía dentro.
Lo hundió en las sombras de una manera que no habría creído posible si no lo hubiera visto en persona—.
No digas que no te lo he avisado —terminó en tono cortante.
Luego, miró a su alrededor como si lo llamasen.
Allí no había nadie, solo tensión en el aire.
—Eh —susurré. No sé por qué, tenía ganas de tocarlo, de ponerle la mano en el hombro, pero aquella interacción me había recordado que no lo conocía suficiente—. ¿Qué he dicho para que te molestaras tanto? No sé si lo pretendías, pero has sido un poco brusco…
Seven se calmó y dio un paso atrás.
—Perdona, no era mi intención. Julian y yo no somos amigos.
Nos conocemos, tenemos una historia complicada, y eso a veces me saca de quicio.
—Respiró hondo y la luz le volvió a la cara junto con los hoyuelos cuando sonrió—.
Me alegro de haberte visto, Mira. Y te lo he dicho en serio, si alguna vez necesitas que te acompañe de vuelta a tu habitación, dímelo, ¿vale?
Asentí, todavía sorprendida por su reacción.
—Claro —dije.
—Ya nos veremos. —Y, sin más, se alejó.
Fui hacia la escalera, todavía sorprendida por lo que había pasado, y algo me detuvo bruscamente. Esta vez no fue una voz, sino un cartel. Al subir no lo había visto, pero en la pared, junto a los cuartos de baño, había un papel color marfil con el sello oficial de la universidad en la base.
En él se leía en letras grandes: no corras riesgos. presta atención .
Era sobre los ataques de animales que habían tenido lugar, y aconsejaba a los estudiantes que no fueran a los parques después de anochecer. Sentí una opresión en el pecho y un ataque de pánico que me hizo llamar a Bobby. El teléfono dio señal hasta que saltó el contestador automático.