Capítulo 12
Hay quien nos llama «hijos de la oscuridad». Para ellos es difícil comprender nuestra luz.
Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero
El segundo día de clase, vi que tenía la asignatura de Historia con Julian en el edificio Lansing. Se sentó a unas cuantas filas de distancia de mí, en la otra punta del aula.
Su presencia me resultaba exasperante. No, no me miró, ni siquiera respiró en mi dirección. Era una estupidez por mi parte que me importara siquiera, pero todo había empezado con tanta hostilidad entre nosotros… ¿Qué otra cosa iba a pensar? ¿Qué iba a sentir?
Julian tenía información vital que podía cambiar mi trayectoria en la Universidad de Lakeland.
Mi madre y él me estaban avisando de algo que se suponía que ya debía saber, pero cuando lo presioné para que me dijera a qué se refería con eso de mi seguridad me miró con una compasión que me resultó insoportable.
«Creo que ya lo sabes», me había dicho. Pero no era así.
No sabía nada, y eso me estaba poniendo de los nervios.
Lo primero que se me había ocurrido era acorralarlo al salir de clase y exigirle que me lo contara todo, porque tenía que saber para qué me estaba preparando, pero desapareció nada más terminar la clase.
No vi ni rastro de él en el pasillo, ni fuera del edificio. Me estaba evitando, seguro.
Hice una mueca y me remetí el pelo detrás de la oreja. No iba a ser fácil sacarle información. «Menudo imbécil».
Por suerte, la clase de Literatura era en el mismo edificio, solo que en la tercera planta. Llegué al aula con la lengua fuera, pero enseguida vi a Naomi sentada en una de las filas y corrí a ocupar el asiento vacío junto a ella antes de que me lo quitaran.
—Hola —la saludé, jadeante, al tiempo que sacaba la libreta del bolso.
Nada más verme, se le iluminaron los ojos y dio unas palmaditas silenciosas.
—Cómo me alegro de verte, Mira. Ay, dios, no sabes cuánto siento lo de ayer, no dejé de parlotear. Son los nervios, ya me entiendes.
Asentí.
—Vaya si te entiendo.
—¿De verdad? —Arqueó las cejas—. Ya sé que a veces me paso mucho, pero pareces muy amable… Tan amable como para aguantarme.
Sonreí, satisfecha de mí misma y del cumplido que me acababa de dedicar.
Tras la desaparición de Rena, nunca me había calificado a mí misma de «amable».
Me convertí en alguien que trataba de sobrevivir, que trataba de aprender a vivir sin madre.
Me volví inestable, esquiva. Desarrollé una gran ansiedad y tenía miedo al abandono, así que entendía muy bien a Naomi: era muy consciente de que la ansiedad te cambia, porque, a ratos, yo era insoportable.
—Quería hacerte una pregunta —me dijo para cambiar de tema—, ¿vas a ir al partido de fútbol americano el sábado? Por lo visto es muy importante. No tenía ni idea de lo bueno que era el equipo de fútbol de la universidad.
Pulsé una y otra vez el botón del bolígrafo y pensé en Seven, en lo mucho que le gustaría que asistiera.
—Estaba pensando ir, sí. Un amigo me invitó.
Naomi abrió mucho la boca y se inclinó hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Un amigo muy amigo?
Se me escapó la risa y me imaginé lo que disfrutaría Seven con aquella conversación.
—Es un chico —asentí—. Juega en el equipo.
—¡No me digas! —exclamo Naomi.
—Sí te digo.
—Me muero de envidia. Y yo no consigo que nadie devuelva un guiño. Yo que pensaba que en el Medio Oeste todo eran arcoíris y rayos de sol…
—Un momento. ¿Me estás diciendo que vas por ahí guiñándole el ojo a todo el mundo?
Me guiñó un ojo.
—Pues claro.
Las dos nos echamos a reír, y en aquel momento el profesor dio comienzo a la clase. El primer libro sobre el que íbamos a trabajar sería Cumbres Borrascosas. Ya lo había leído el curso anterior en el instituto. Estaba muy a favor de la venganza, pero en aquel momento me pareció demasiado próximo.
Después de clase, fuimos a comer juntas, y di las gracias por la conversación constante de Naomi. Era la mejor distracción posible, y me hacía más falta de la que me imaginaba. Además, aunque eso no sirvió para quitarme las preocupaciones, me di cuenta de que era una narradora fabulosa.
Me contó cómo había terminado por accidente en el edificio que no era para la clase de Finanzas debido a que leyó mal el horario.
Como no quería llegar tarde, robó una bicicleta que no estaba encadenada para ir al edificio correcto.
Me juró que la había devuelto después de la clase, pero no la iba a criticar. Yo habría hecho lo mismo.
Comimos pizza y nos sentamos al final de una mesa larga, entre gente a la que no conocíamos.
Las conversaciones que nos rodeaban llenaron los escasos momentos de silencio.
No tardé en enterarme de que, a diferencia de casi todos los estudiantes de primero, Naomi no vivía en el campus, sino a unos diez minutos, en casa de una tía suya que trabajaba en la ciudad.
—Es mejor que una beca —reconoció.
Le dije que, si alguna vez necesitaba descansar un rato durante el día, podía venir a la habitación que compartía con Stevie. En el campus había un centro estudiantil y salas de estudio privadas, pero me pareció un detalle.
—¿Te has enterado de lo del oso? —preguntó con los ojos muy abiertos—. Mi tía no habla de otra cosa. Creo que una persona que trabaja con ella es amiga de la familia de la víctima.
Me limpié la boca con una servilleta y recordé lo que había visto en televisión.
—Es una tragedia —dije—. Y también muy raro, ¿no? En Kansas no suele haber osos. No sé qué hacía uno aquí.
Naomi se inclinó hacia mí.
—He oído decir que lo del oso es una tapadera.
No, por favor. Otra vez, no.
—¿Una tapadera de qué? —pregunté, muy consciente de que no quería oír la respuesta.
Se encogió de hombros.
—Ni idea. Es lo que me ha dicho mi tía. Ella cree que el autor es una persona.
Apreté los labios antes de decir nada. ¿Qué sabría Bobby del caso? Y, si sabía algo, ¿qué me podría contar?
—¿Una persona? Pero ¿no hay testigos que aseguran que fue un animal?
—Ya, bueno… Igual nos faltan detalles…
—Igual —asentí, aunque seguía indecisa.
Después de comer, llamé por teléfono a Bobby.
Me saltó el contestador, cosa que me preocupó.
Siempre me cogía el teléfono, aunque estuviera trabajando.
Y siempre lo llevaba encima. Estaba atento a mí hasta la exageración.
Pero tal vez yo pecaba de impaciencia. De un tiempo a esa parte, las cosas iban un poco aceleradas.
Repasé los mensajes que nos habíamos enviado.
El último era mío. Él lo había leído, pero no respondió, cosa rara en él.
En la última clase no pasó nada reseñable, hasta el punto de que casi me quedé dormida.
Apenas había pegado ojo la noche anterior.
Aunque todas mis amigas estaban conmigo en la habitación, yo no podía dejar de pensar en cómo me había mirado Julian bajo las nubes que cubrían el cielo estrellado.
Y luego, en Rena, en su manera de ocultarme información imprescindible para seguir con vida, cosa que además era lo que la había motivado a escribirme de repente.
Había demasiadas cosas a la vez que requerían mi atención; el mundo giraba con una velocidad imparable y yo apenas tenía tiempo para respirar y no caerme.
Tras la clase, fui al centro de atletismo Averill. Les había prometido a las chicas que las vería entrenar. Era justo lo que necesitaba para distraerme y, si eso tampoco daba resultado, me podía sumergir en las páginas de Cumbres Borrascosas.
Agitaron la mano y sonrieron al verme, y me senté en la grada con el estómago atenazado por los nervios.
Me moría de envidia. Antes de que desapareciera Rena, me encantaba bailar, y si hubiera dedicado más tiempo a bailar que a correr tal vez estaría en condiciones de formar parte del equipo.
Y no sabía si volvería a ser la que fui, si la chispa que tuve volvería a prender.
La banda empezó a desfilar con los instrumentos en la mano.
Los entrenadores hicieron sonar el silbato y, mientras empezaban con su rutina, el teléfono me vibró al recibir un mensaje de Bobby.
Sentí un alivio sorprendente. Ya había tomado la decisión de que, si no recibía noticias suyas, tenía que ir a casa o a la comisaría para comprobar que estuviera bien.
Espero que lo estés pasando
en grande, bicho.
Perdona, no oí la llamada. Llevamos
un par de días locos de trabajo.
Cuídate, nena. Y si necesitas
lo que sea, dilo.
Era el mensaje más paternal de la historia, y pese a eso no pude contener una sonrisa.
Me sorprendió lo mucho que lo echaba de menos, y darme cuenta me provocó un nudo en la boca del estómago.
La carta de Rena. El colgante. Las constantes amenazas contra mí.
Si Bobby se enteraba, se llevaría un susto de muerte.
Una parte de mí quería contárselo, pero todos los instintos me decían que no, que lo protegiera de eso o los dos nos íbamos a volver locos.
Bobby me cosería a preguntas, y total, ¿para qué? Si no tenía respuestas. O todavía no.