Luna de sangre Capítulo 11
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Capítulo 11

Llegan por la noche; pero nosotros, también.

Artículo VI, Cartas perdidas de Aadan Primero

Cuando llegué a mi habitación, Em se estaba riendo de buena gana. Se había sentado al lado de Stevie, en su cama, y Abi se había acomodado con un osito de peluche en el colchón que había traído. Cuando entré, todas se me quedaron mirando.

—No es por aguar la fiesta, pero ¿os habéis enterado de lo del ataque del oso? Una persona ha muerto, y hay gente convencida de que es cosa de licántropos. Lo dicen en serio.

Abi puso los ojos en blanco, pero Stevie frunció el ceño antes de hacerme señas para que me acercara y cerrase la puerta.

—¿Qué? —dijo casi en un susurro—. ¿Qué es eso del ataque de un oso? ¿Un animal ha matado a alguien?

Se levantó a toda prisa, corrió hacia su cómoda y sacó un cuenquito de porcelana. Dentro había unas ramitas de cedro.

—No puedes quemar eso aquí, tía —le dijo Abi.

Pero Stevie no le hizo caso y abrió la ventana junto a mi cama, y prendió fuego a la madera.

—Calla, solo es un momento. Es para hacer una limpieza.

Dejé la botella de agua en la mesa y les seguí contando lo que había visto.

—Sí. —Cogí aliento—. Ha sido un alumno de la UMKC .

Recordé los animales que había visto la noche anterior. ¿Serían osos? ¿Tal vez estaban en época de emigración y alguien nos tendría que haber avisado?

Em frunció el ceño y abrió mucho los ojos.

—Vale. Pero los licántropos no existen —dijo Abi al tiempo que se incorporaba—. Sin ánimo de ofender, o bueno, ofendeos si queréis, pero la gente de por aquí es muy supersticiosa.

Em dejó escapar una risita burlona y sus ojos color castaño dorado parecieron oscurecerse.

—¿Qué pasa, Abigail, no crees en los licántropos?

Abi le lanzó el peluche a Em, y esta lo esquivó entre risas. Stevie volvió a su sitio en la cama, le tiró el juguete de vuelta a Abi y se volvió hacia Em.

—¿Qué pasa, tú sí crees?

Em soltó un bufido.

—¿De verdad no habéis investigado nada sobre la ciudad a la que habéis venido a estudiar? Venga, Mira, díselo.

Me senté en el colchón de Abi, junto a ella, y crucé las piernas. Todas me miraron.

—No, Em, sigue tú —la animé para no tener que hablar. Me empecé a mordisquear una uña.

Em apretó los labios y se tiró de una trenza.

—Según cuenta la historia, hace mucho tiempo, los licántropos llegaron en manadas al Medio Oeste porque estaban en guerra con los vampiros que se habían escondido aquí —empezó. Cruzó las piernas y me miró.

Se me encogió el corazón. Por un momento, volví a sentirme como una niña pequeña, y sentí un aguijonazo de ilusión en la boca del estómago, como si no hubiera escuchado mil veces aquella historia, como si no hubiera hablado con Abba esa misma tarde.

Solo que esa vez parecía diferente al contarlo Em, una forastera, y a la luz de las nuevas informaciones.

—El líder de los licántropos ayudó a derrotar a los vampiros —siguió Em—.

Protegió a los humanos y prometió proteger también la tierra para que reinara para siempre la prosperidad.

En eso pusieron sus esperanzas. Nadie sabe qué pasó con los vampiros después de la guerra, pero hay quien cree que los licántropos se quedaron para velar por la ciudad en caso de que regresaran.

Ahora… hay quien dice que, si miras fijamente la oscuridad del bosque, verás un par de ojos amarillos…

¡y el cuerpo de un monstruo! —Em dio un salto y asustó a Stevie, que le dio un empujón.

Yo también di un salto, no por la historia, sino por el detalle que había mencionado de los ojos.

—Tu versión es diferente de la mía —dije, tratando de ocultar el miedo—. Lo de los ojos en el bosque…

No terminé la frase. No era nada que hubiera leído en los libros de leyendas de la ciudad, y Rena no lo había mencionado al contarme las historias.

Em no se inmutó.

—Cada familia comparte las historias de una manera. Esta es la que me contaba mi abuelo. —Miró a Stevie y a Abi—. Pero, si los licántropos existieran, serían las bestias más abominables. —Luego me miró a mí—. Es mejor no prestar atención a esas cosas de monstruos.

Abi se levantó y se recogió el pelo en un moño.

—Tengo una idea genial. ¿Por qué no salimos por si vemos uno?

—Y una mierda —replicó Stevie—. ¿Es que no has oído la historia de Em? Las bestias más abominables, Abigail. ¿Qué te hace gracia?

Abi se encogió de hombros.

—No va a pasar nada, cobardica. Solo son cuentos. Venga ya, no me digas que crees en los monstruos. Seguro que ha sido un oso, como han dicho en las noticias.

Stevie hizo una mueca y no se movió de la cama.

—Bueno, vale. Si os da miedo salir, por lo menos vamos a apagar las luces para mirar por la ventana —dijo Abi. Corrió hacia el interruptor. Ninguna nos movimos—. Venga, dadme el capricho, aunque sea un minuto nada más.

—No —replicó Stevie.

—Sí —dijo Abbie y, sin más, pulsó el interruptor y desenchufó de un tirón las lucecitas del techo.

Al principio, ninguna de nosotras se movió, pues no sabíamos qué podía pasar; aunque los licántropos no existieran, la más que real amenaza de los osos sí que existía.

Pero, luego, Abi corrió hasta mi cama, apartó las cortinas y, con la rendija de luz de luna que entró, vi la sonrisa en el rostro de Em.

Me hizo una seña para que fuera con ella y tiró también de Stevie.

Las cuatro nos sentamos en mi cama y Em abrió la ventana al aire frío que soplaba en el exterior. Miramos en silencio, muy juntas.

—Venga, estupendo, ya lo hemos hecho. —Stevie se apartó para alejarse de la ventana.

Abi la agarró para que no se moviera.

—Un minuto, solo un minuto.

Stevie apretó los labios y empezó a rezar, y Em sugirió que contáramos los segundos en voz alta. Fui susurrando los números sin dejar de mirar la oscuridad del bosque con mis amigas, agarrada a la mano de Stevie. Cuanto más avanzaba la cuenta, más nerviosa me ponía.

¿Qué pasaría si los ojos aparecían de nuevo? ¿Y si de verdad veíamos algo que no era un oso? ¿Significaría eso que las leyendas eran ciertas, que la gente de las pancartas había dado en el clavo?

Y si los licántropos existían, ¿qué? ¿Por eso me había dicho Rena que me cuidara?

Pero llegamos a sesenta, y no pasó nada. No se vio nada entre los árboles.

Suspiré de alivio.

—¿Veis? —dijo Abi al tiempo que cerraba la ventana—. No es real.

Asentí. No era real. Nunca lo había sido.