Luna de sangre Capítulo 10
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Capítulo 10

No engañé a la muerte; la muerte me engañó a mí.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Después del helado, Stevie y yo decidimos organizar una fiesta de pijamas en la habitación.

Bueno, sería más adecuado decir que Stevie lo sugirió y yo, pese a mostrarme aprensiva (tenía que concentrarme en buscar en internet sobre el colgante que me había enviado Rena), decidí que me convenía un descanso mental.

Ya había experimentado suficiente por un día y quería un poco de normalidad, aunque solo fueran unas horas.

Abi y Em trajeron los colchones a rastras por el pasillo y yo bajé al vestíbulo de la residencia para llenarme de hielo la botella de agua.

Se habían dejado la televisión encendida.

Estaba colgada encima de la chimenea y en el centro de la pantalla se veía a la presentadora del programa de noticias.

Tenía el pelo largo, oscuro y rizado, y el viento se lo agitaba ante lo que parecía el parque de la zona.

Tras ella ondeaba una cinta amarilla. A la derecha, junto a los árboles, había un grupo de personas de la ciudad.

Llevaban pancartas y carteles improvisados.

¡Existen!

¡El fin se acerca!

¡Cuidado con los licántropos!

La cámara se centró de nuevo en la periodista. Las luces brillantes hacían que le brillara la piel.

—Última hora. Dos estudiantes de la Universidad de Misuri-Kansas City han sido víctimas de un ataque espantoso y uno ha muerto este fin de semana. Al parecer, se trata de un oso.

»El ataque tuvo lugar el sábado en Kansas City, cuando los estudiantes, que habían salido juntos, se toparon con la fiera al este del refugio número 12, cerca de la ruta White Tail Loop, en el parque de Timber Plains, como pueden ver su imagen.

»La otra víctima consiguió escapar y dio con un agente de policía que patrullaba el parque del condado.

»Las autoridades todavía están investigando el ataque y mantienen en secreto la identidad de las víctimas.

Se vieron en la pantalla fotos de la escena del ataque; cuando volvió la emisión en directo, la periodista estaba entrevistando a una de las personas que llevaban pancartas. Era un hombre blanco de mediana edad que vestía gorra, chaqueta y pantalones de camuflaje.

»Sabemos que esta ciudad tiene fama por las leyendas sobre licántropos, pero según los informes se trata de un oso. Los osos no son nativos de Kansas, pero no es imposible, desde luego. ¿Qué opinan usted y sus amigos de este incidente? —preguntó.

—Estamos seguros de que no ha sido un oso. Todos hemos visto al monstruo con nuestros propios ojos cuando trató de comerse a nuestro ganado. La Biblia dice: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces».

—¿Cree que se trata de licántropos? —preguntó la periodista.

—Estamos seguros de que han sido licántropos, señora. Dicen que, cuando ya no queda sitio en el infierno, los muertos caminan sobre la tierra, así que vaya con cuidado y ponga sus asuntos en orden. Se acerca el fin.

La periodista se volvió hacia la cámara.

—Eso es todo por hoy. Permanezcan atentos, les informaremos si se producen más noticias.

Pasaron a la siguiente información y un recuerdo me vino a la mente. Tenía que ver con el rostro de la periodista, con la mirada penetrante en los ojos castaños y la manera en que el viento le agitó el pelo hacia el final.

Me recordó a Rena. Hacía seis años.

Tenía las mejillas muy rojas y los rizos de un negro intenso empapados por el sudor. Le vi un largo corte en el brazo. Lo llevaba vendado, pero la venda se había empapado de sangre. Estaba rebuscando entre las cajas de su armario.

—¿Mamá? —murmuré, y pegó un respingo. Algo se le cayó al suelo. Si algo caracterizaba a Rena era que no se asustaba con facilidad. Nunca se había asustado, y eso que yo lo había intentado durante años solo para fracasar.

Me miró con los iris de los ojos rodeados de un halo de sangre, y casi se me paró el corazón. Era como si la hubieran atacado…

Antes de que me pudiera acercar, corrió hacia mí, y di un traspiés. Vi un destello y la puerta pareció cerrarse sola. No me moví. No fui capaz. Confusa por lo que había creído ver, me dejé caer sentada en el suelo y escuché a mi madre buscar algo hasta que junté fuerzas para volver a mi dormitorio.

Al día siguiente me la encontré despierta muy temprano, preparando el desayuno y con una sonrisa en la cara. No me dijo nada de la puerta ni de las heridas, pero yo debería haber sacado el tema. Era un asunto que me volvía a la mente una y otra vez a lo largo de los años y me angustiaba.

Aquella noche no reconocí a mi madre. Vi una parte de ella que no había visto antes, y más adelante me pregunté si lo que le había pasado, la pelea en la que seguramente se había visto inmersa, había sido uno de los motivos de que se marchara. Debía de estar huyendo de algo.