Capítulo 9 #2
—Pero ¿por qué les interesan tanto los cuentos para dormir? No es más que algo que se inventaron para asustar a los críos y que se quedaran en casa. A menos que haya pruebas, me parece un poco…, no sé…, tonto, ¿no crees?
Enarcó una ceja y me miró con una vaga sonrisa. Me pregunté si sería una de aquellas personas que creían en la existencia de los licántropos. Seguro que no hablaba en serio.
Experimenté una sensación de calor en la garganta, que se me extendió por el rostro. Respiré hondo de nuevo.
Antes de que pudiera preguntárselo, Abba se dio la vuelta y se alejó.
Sacó del mostrador una llave maestra grande y chapada en latón y, cuando se acercó de nuevo a mí, abrió un cajón de madera bajo la urna; se levantó un poco de polvo que relució bajo las luces brillantes.
Luego colocó sobre el vidrio un libro con pinta de tener sopotocientos años.
Estaba encuadernado en cuero y parecía bien conservado.
La trágica historia del mítico nosferatu y los licanos de Kansas City .
Abrió el libro con una mano enguantada y pasó las páginas con mucho cuidado.
El papel era tan fino que casi distinguía la página siguiente.
Era una colección de artículos, documentos e imágenes de un ser semejante a un lobo, pero no idéntico.
Por lo que pude fijarme según iba pasando páginas, parecía haber una secuencia de ataques que cubrían un radio de unos ochenta kilómetros alrededor de la ciudad nueva.
Todos los casos mencionaban una bestia feroz que acechaba a los comerciantes de pieles franceses a lo largo del río Misuri mientras construían asentamientos.
Abba cerró el libro y me miró como evaluándome, de un modo que me hizo sentir incómoda. Tal vez la había ofendido con mi comentario de antes.
—Ves —dijo. Devolvió el libro al cajón y lo cerró.
Pero yo no había terminado, quería leer cada palabra de ese libro, saborearlas—.
Esos registros son los últimos documentos que quedan de…
algunas tragedias muy reales, e inexplicables.
—Mientras Abba devolvía la llave al mostrador, recordé por qué había ido allí.
—Esa frase. —Señalé la segunda página del libro de folclore guardado en la urna—. «Amor vincit omnia». ¿Qué significa?
Abba se sacó de la nada un trapito y limpió la huella que yo había dejado en el vidrio.
Retrocedí, algo avergonzada.
—Perdón —murmuré.
Sonrió.
—No pasa nada, cariño —dijo mientras limpiaba, pero no creí ni por un momento que no pasara nada. Luego se metió el trapo en el bolsillo, se irguió, y carraspeó—. «Amor vincit omnia» es una frase en latín. Significa «el amor todo lo vence».
—Pero ¿por qué está debajo del hombre que se transforma en un licántropo?
—Otro de esos «tontos» cuentos para dormir, muchacha —dijo, un poco seca. Puede que sí la hubiera ofendido—. Has oído hablar de La bella y la bestia , ¿verdad? —preguntó, y no esperó respuesta—. A veces, la única forma de romper una maldición es que el monstruo se enamore.
Asentí, pero antes de poder decir nada más me vibró el móvil.
Un mensaje de Stevie.
¡¡¡Vamos a ir a comer helado
y queremos que vengas!!!
Seguido de otro mensaje de Em:
¿¿¿Dónde estás??? ¿¿¿Estás bien???
Y uno de Abi:
Me da igual con quien estés,
plántalos y ven con nosotras.
Guardé el teléfono para no parecer descortés mientras charlábamos, y al hacerlo reparé en que Abba se había fijado en la cadena con el colgante y la miraba como si la conociera de algo.
El ópalo de la camisa se me debió de salir al inclinarme para ver la urna.
Al principio lo llevaba en el bolsillo, pero antes de la comida me lo colgué del cuello por si las advertencias de Rena resultaban ser ciertas.
—Tengo que marcharme, pero te agradezco que me hayas dedicado tu tiempo, Abba.
Parpadeó y dio un paso atrás, con una mirada recelosa.
—No hay problema —dijo. Se alisó la falda con las manos y se tiró del borde de la chaqueta—. Que pases una buena tarde… —dijo, con una pregunta implícita.
—Mira —respondí mientras me dirigía a la salida—. Lo mismo digo.
Salí del museo por la misma puerta que había entrado y nada más salir saqué el móvil.
Avancé con paso rápido, porque se había puesto el sol y el cielo nocturno se había vuelto azul y púrpura oscuro.
Era difícil ver la luna, pero se distinguía su silueta tras las nubes que se desplazaban con lentitud.
Me puse algo tensa al darme cuenta de que el camino estaba bastante oscuro, y que iba a tardar un buen rato en llegar a Hester Hall.
Aunque había farolas que iluminaban parte del Campus Central, no era suficiente.
Estar tan lejos de todo el mundo y sola en la noche me hizo sentir aprensiva. El silencio era inquietante.
Me rodeaba una incertidumbre, una quietud que me hacía estremecer, y tras cada parpadeo, veía de nuevo aquellos grandes ojos animales. Podía verlos brillar, vigilantes, preparados para saltar sobre mí.
«Confía en tus instintos», había escrito Rena. Apreté el ópalo en la mano, con la esperanza de que aquella maldita cosa fuese realmente un amuleto de protección.
La brisa se abría paso entre los árboles. Aceleré el paso, y no dudé en echar a correr. Desbloqueé el móvil y empecé a responder a Stevie, cuando de pronto choqué con alguien y el impacto me hizo retroceder un metro o más. El teléfono casi se me cayó de las manos.
—Lo siento mu… —empecé a decir, y entonces me di cuenta de que era Julian.
Él también parecía sorprendido. Tenía los ojos dilatados y la boca abierta.
No esperaba encontrármelo en este extremo del campus.
Miré por encima del hombro el vacío que dejaba atrás, la noche callada, y luego lo volví a mirar a él.
Se quedó inmóvil un momento, mirándome, mientras el cabello se agitaba al viento.
Y, con la misma velocidad que cuando chocamos el uno con el otro, pasó a mi lado y continuó como si nada hubiese ocurrido.
—Espera —le dije, con la voz más temblorosa de lo que pretendía.
Me latía el corazón con tanta fuerza que me pregunté si podría oírlo, si era lo único que lo había hecho dudar.
Julian no se volvió de inmediato, sino que dejó caer los hombros y agachó la cabeza.
Cuando por fin se volvió hacia mí, vi que inspiraba hondo y se le hinchaba el pecho, como si se preparase.
Me erguí y traté de hacer acopio de valor.
—Verás, solo quiero saber a qué te referías antes. Me parece injusto que me sueltes algo así y luego te marches. ¿Qué has querido decir con «aquí no estás a salvo»? ¿Hay algo que debería saber?
Julian ya no me miraba a la cara. Miraba encima de mis pechos, con la vista clavada en el colgante. Chasqueó la lengua.
—Creo que ya lo sabes —respondió, y, como la otra vez, desapareció y yo me quedé a solas en la noche, con más preguntas que respuestas.