Luna de sangre Capítulo 9
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Capítulo 9

Yo aún no era consciente, pero ella jamás sería más encantadora que en aquel momento.

Artículo II, Cartas perdidas de Aadan Primero

Me fui temprano de la cena pese a las miradas de reojo de Stevie, Abi y Em. No era tanto que me juzgasen como que se las veía preocupadas.

Me había pasado la cena ensimismada, comiendo al azar cosas del plato sin el menor entusiasmo, angustiada al pensar que se pudiese presentar alguien más con una nueva advertencia; esa posibilidad me inquietaba, y con razón, dado que, al parecer, todo el mundo excepto yo era consciente de los aparentes «peligros» del campus.

Estaba tan furiosa que por error mordí el tenedor.

«Tía, frena», me dijo Abi con cautela; Stevie y Em me dieron una palmadita mientras me miraban con curiosidad y apretaban los labios como si compartiesen sentimientos que yo no adivinaba.

Solo presté atención durante la cena cuando llegó él.

Me estremecí un poco, pero hice todo lo posible por ocultar la sensación de incomodidad que me provocaba su presencia.

Llevaba el pelo suelto, y la melena se le movió con libertad cuando se metió los dedos entre los mechones.

Vestía una camiseta blanca y vaqueros. Se sentó en una mesa con otros dos chicos que compartían rasgos físicos similares: hombros anchos y extremidades largas.

Ambos eran altos, y atractivos de una forma que no lograba explicarme.

Uno tenía la piel más oscura y largas rastas morenas.

El otro era latino, como el muchacho cuyo nombre aún desconocía, pero con el cabello castaño claro y ojos verdes penetrantes.

Se los veía relajados, como si fueran muy amigos, o familia.

En vez de atacar su plato, se acomodó en el asiento. Los amigos hicieron alguna broma, pero él permaneció inexpresivo y, sin saber muy bien por qué, me pregunté si lo hacía para fastidiarme.

Porque lo cierto era que tenía la inexplicable sensación de que él sabía que yo sabía que estábamos muy cerca el uno del otro, y que, por esa razón, se negaba a reconocer mi presencia con ningún gesto. Era una jugada estratégica; la mía, en realidad, y no me gustaba nada que la usara él.

Mordisqueé con saña un trozo de proteína y luego bebí un trago de agua, antes de darle un codazo a Em.

—¿Quién es? —Quería saberlo, y aunque no estaba segura de que ella lo conociese, me arriesgué. Em era de por aquí, y supuse que él también lo sería.

Siguió la dirección de mi mirada y, al verlo, sonrió con una chispa de interés en los ojos.

—Ese es Julian Santos. Fuimos juntos al instituto.

Se dice por ahí que en tercero le ocurrió alguna tragedia —explicó.

Se irguió en la silla y esbozó una sonrisa mientras cogía el tenedor—.

El caso es que se pasó un mes sin venir a clase.

Y cuando volvió, tenía… esa pinta. —Lo repasó de arriba abajo—.

Y ahora las chicas se le tiran encima, con la esperanza de que se enamore de ellas.

«Julian Santos». No lo habría adivinado en la vida. A mí me parecía que Cabrón Arrogante le pegaba más.

—Ja —intervino Stevie, que estaba atenta a nuestra conversación—.

Es una forma de decirlo. Yo diría más bien que, en vez de tirarse a sus pies, lo que quieren es…

tirárselo. —Sonrió como una maniaca y Abi se echó a reír.

Chocaron los puños y yo me reí con ellas.

Me admiraba la buena relación que tenían todas.

—Está bueno, desde luego. Eso no se le puede negar —comentó Stevie.

—No está mal —dijo Abi con una risita—. Pero a mí me van más las tetas, ¿sabes?

—Tienes que dejar de imaginarte a los tíos con tetas —se burló Em.

Abi suspiro y apartó la vista de Julian.

—Puedo hacer lo que quiera.

Asentí y bebí otro trago de agua. Abi era terrible.

—Un momento, Em. ¿A qué instituto ibais?

—Al Timber High —respondió.

Tomé nota mental mientras tarareaba para mis adentros.

No me sorprendía no haberme tropezado con ninguno de los dos.

Timber Plains no era una ciudad pequeña (solo en nuestro condado había doscientos mil habitantes), y además estaba muy dispersa.

Transmitía a la vez la sensación de ser recogida y grande.

El instituto al que habían asistido se hallaba al este de donde vivíamos Bobby yo, cerca de la frontera con Kansas City, en Misuri.

—¿Y tú? —se interesó Em.

Le expliqué que yo había asistido al instituto Piper High, y Abi y Stevie mencionaron que ellas eran de San Luis (cosa que yo ya sabía), pero que se habían matriculado en la Universidad de Lakeland por el equipo de baile.

No lo sabía, pero Lakeland tenía fama de contar con uno de los mejores equipos universitarios de baile y bandas de música del estado de Kansas.

Siguieron hablando de varios miembros del equipo, y mientras lo hacían yo le lancé una mirada furtiva a Julian y me mordisqueé la uña del pulgar. No sabía qué le habría sucedido para pasarse un mes entero sin asistir a clase, pero tuvo que ser algo serio.

Fue entonces cuando me levanté para irme. Tenía que buscar algunas respuestas; la situación era demasiado caótica.

Primero, los ojos brillantes en el bosque. Eran casi invisibles, pero los había visto, y no eran humanos. El instinto me decía que no se trataba solo de un animal salvaje, y que tenía que ir con cuidado.

En segundo lugar, Julian. Me irritaba en todos los aspectos.

Quería que me fuese sin ningún motivo, o al menos, ninguno que quisiera compartir conmigo.

Y lo que más me fastidiaba era que mi seguridad parecía preocupar también a Rena, con lo que todo aquello parecía algo más que una simple coincidencia.

Quiero decir, sería muchísima casualidad.

Tercero, Rena sabía que yo estaba en la Universidad de Lakeland. Al pensarlo caí en la cuenta de que quizá fuese ella la razón de que me hubieran aceptado. Si Rena había presentado la solicitud, entonces no había sido Bobby. Y, en tal caso, ¿qué motivos tenía Rena para quererme allí?

Y su mensaje contenía múltiples acertijos. «Ahora mismo no puedo acudir a ti. El mundo no es lo que parece. Mantente a salvo. Ponte esta cadena».

Pero fue la despedida lo que me hizo recordar el viejo libro de la urna de vidrio en el Museo de Arte Sutton.

«Amor vincit omnia».

Cuando llegué al Edificio Bowman de Arte, el sol brillaba en el cielo un poco por encima del horizonte occidental.

Al pasar junto a un extremo del edificio, vi a través de las ventanas que había una clase en horario de tarde.

Entré por la parte de atrás, donde estaba el museo, y tiré de las pesadas puertas de cristal.

Una ráfaga de aire fresco y el eco tenue del jazz me recibieron. La recepción estaba vacía. Me acerqué y pulsé el timbre mientras me fijaba en la pantalla que había en la pared, detrás del mostrador. Mostraba numerosos acontecimientos que tendrían lugar durante el otoño.

Primero oí un repiqueteo de pasos en el suelo. Luego Abba dobló la esquina. Los tirabuzones grises y castaños le llegaban a los hombros, y tenía los labios pintados de malva, un color que me recordaba las manchas de vino.

Iba vestida como una auxiliar de vuelo, con una chaqueta negra, falda de tubo y un pañuelo atado a un lado del cuello.

—Ah, hola. —Entrecerró los ojos—. ¿No nos hemos conocido hace poco?

—Si, estuve el otro día, viéndolo todo. Pero fue muy breve.

Pareció complacida.

—Siempre me gusta causar buena impresión. —Se estiró la falda—. ¿Necesitas ayuda?

Lancé una mirada más allá del mostrador, hacia el museo. Pese a quedar algo más lejos, desde allí vislumbraba la sección de folclore. Di un paso en esa dirección.

—Estoy interesada en lo que me puedas contar de las leyendas de Timber Plains.

Esbozó una sonrisa.

—¿Te interesan los cuentos de hadas y las historias para dormir?

Me encogí de hombros, sin darle importancia.

—Culpable. Me encanta nuestra ciudad.

Mientras nos dirigíamos a la sección de folclore, inspeccioné las réplicas de artefactos que se creía que existían desde la época medieval.

—¿Sabes? —comenzó Abba, que me seguía de cerca, con voz serena—.

A la hora de la verdad, el folclore no es más que las creencias, costumbres y narraciones de una comunidad, transmitidas de persona a persona.

Narraciones orales, por así decir. A menudo esa es la razón principal de que muchas historias se vuelvan confusas a lo largo del tiempo.

Tratamos de preservar la originalidad de esas historias, de mantenerlas tan auténticas como sea posible, pero las pequeñas imperfecciones son un rasgo humano, supongo.

Asentí y luego pasé junto a Abba y me dirigí hacia la urna de vidrio. Me quedé mirando la ilustración del hombre, identificado como Aadan, que se transformaba en un licántropo.

—¿Crees que hay algo de cierto en las historias? —pregunté, al acordarme de que las había mencionado el otro día, antes de que Em me sacara de allí a rastras.

—A mí me parece un poco absurdo creer que es todo inventado, ¿no te parece?

—Se puso a mi lado y contempló también el contenido de la urna—.

Lo que significa que, hace mucho tiempo, alguien aquí, en Kansas, creyó haber sido testigo de la transformación de un hombre en lobo para traer la paz y eliminar las amenazas presentes en la zona.

Y no solo eso, sino que, cuando esa persona se lo contó a otra, esa otra lo creyó, y así se perpetuó.

Es muy probable que Aadan fuera una persona real, pero la historia de los licántropos les parece a muchos demasiado fantasiosa.

—Pero son licántropos. Unos seres inventados por Hollywood, ¿verdad?

Hay pruebas —dije. Observé el libro con mayor atención aún, mientras ponía en duda la tradición.

Claro que había leído historias y había visto películas con componentes paranormales, pero sabía que nada de eso era real.

Casi me costaba más aceptar la idea de que hubiese adultos en la ciudad que aún creían en la existencia de los licántropos.

—Según a quién le preguntes —respondió—. Algunos no estarían de acuerdo contigo.