Capítulo 8
Cada rostro que mostraba era una máscara que ocultaba el suyo propio.
Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero
Oí su voz en la mente con tanta claridad que era como un eco: «Aquí no estás a salvo».
Le di vueltas a esas palabras mientras caminaba por la acera detrás de un grupo de estudiantes; lo que había pasado me había sumido en la confusión. Entonces levanté la vista y vi a Seven.
La sonrisa que se le dibujó poco a poco en la cara aún remarcó más los hoyuelos. Estaba en un banco, hablando con un grupo de gente, y algún comentario lo había hecho reír, hasta que nuestras miradas se cruzaron.
Se me aceleró el corazón, y me planteé apartar la vista y fingir que no había notado su presencia; pero lo cierto era que al verlo se me había escapado un ligero suspiro de alivio. Alguien familiar. Alguien seguro.
Al cabo de unos segundos me saludó con la mano y vino hacia mí. Esbocé una sonrisa confiada y me dije que lo que había ocurrido unos minutos antes tampoco era para tanto. Todo iba bien. Aquel tipo solo se había pasado de dramático…, aunque solo con pensar en él me sentía angustiada.
—Mirabella —dijo Seven con un destello de esos ojos tan coloridos. Estaba tan contento de verme que hizo el gesto de darme un abrazo. Al verme dudar, cambió de postura—. Ja, ja. ¿Demasiado pronto? —bromeó. Se rascó la nuca, y al hacerlo los rizos le rozaron el cuello de la camisa.
Me eché a reír; tras la experiencia de antes, me hacía mucha falta.
—Hola, Seven. —Sonreí, y esa vez la sonrisa fue sincera—. ¿Me has echado de menos?
Se adaptó a mi ritmo para caminar a mi lado por la acera.
—¿Tanto se me nota?
—Eres tan sutil como un cañonazo.
Seven apartó la vista y hundió los hombros.
—Mierda —murmuró.
Me reí y le di un golpecito en el brazo mientras caminábamos.
—No pasa nada. Yo también me alegro de verte. ¿Qué tal la vida como quarterback suplente?
—¿Te acuerdas? —Seven ladeó la cabeza, divertido y sorprendido. Tenía una sonrisa que me arrastraba como una ola. Sería tonta si no reconociese que me hacía sonrojar.
—Es difícil de olvidar. No eres una persona cualquiera. —Sabía que le estaba haciendo la pelota, pero agradecía la oportunidad de ser amable, de comportarme como un ser humano.
Se encogió de hombros para restarle importancia, pero era evidente que estaba encantado de oírmelo decir.
—Va bien, diría yo. —Respiró hondo—. El primer día ha sido una locura.
Tengo la sensación de que los profesores van a ser más duros conmigo a causa de mi padre, y es una putada.
Pero así son las cosas… o, al menos, eso me dijeron mis hermanos cuando se matricularon en esta universidad.
La mayoría ya se han graduado, así que mantengo la esperanza.
—¿Hermanos? —me interesé—. ¿Cuántos tienes?
Enarcó las cejas.
—Ah, cierto. Todavía no conoces la historia, ¿no?
Por eso me llamo así. Mi madre es una mujer supersticiosa.
Soy su séptimo hijo, y nací el día en que ella cumplía veintisiete años, así que el nombre de Seven encajaba a la perfección.
—Hizo la figura de un triángulo con las manos—. Tres sietes. Es una trinidad perfecta.
—Guau —dije. Aunque no la conocía, la madre de Seven se merecía un abrazo—. ¿Y todos sois varones?
—Sí. Mis padres empezaron pronto, pero además hay dos pares de mellizos en la familia.
—Pues diría que eres un tipo con suerte. Toda la familia, en realidad.
—Y ahora mismo, más.
Puse los ojos en blanco y disimulé la sonrisa. Seven se comportaba con una mezcla de emoción y nerviosismo.
—¿Te funcionan esas frases con las chicas?
—No siempre, pero a veces encesto. —Fingió lanzar un tiro libre—. Además, me lo estoy currando para causar una buena impresión. ¿Qué tal voy?
—Es difícil saberlo. —Fruncí los labios.
Me miró con más intensidad y desvié la mirada y me concentré en la gente que caminaba por la acera.
—¿Te pone nerviosa que te mire?
La verdad era que me hacía sentir un poco incómoda. No porque fuese extraño, sino porque era un gesto muy cálido, comparado con lo ocurrido antes de encontrarme con él. El recuerdo de ese incidente hacía que su gesto inocente pareciese fuera de lugar.
Frené hasta detenerme delante del Centro Estudiantil, un enorme edificio de dos plantas que contenía el comedor, la estafeta de correos, la cafetería y la sala de estudios.
Seven también se detuvo. Me pregunté a dónde iría a continuación.
—¿Te pone nervioso que yo me quede mirándote a ti? —le pregunté, un poco irritada, pero sobre todo porque era divertido pincharlo.
Apretó los labios hasta que el inferior se proyectó hacia fuera, y lo mordió. La visión no me dejó indiferente, y tuve que tragar saliva. Inclinó la barbilla.
—No puedes responder a una pregunta con otra. Y… —me miró casi con timidez— tú no has respondido a la mía.
Ladeé la cabeza.
—¿Tengo que hacerlo?
—No —suspiró, y luego sonrió sin prisa—. Era curiosidad, nada más. Y hablando de… Deberías venir al partido del sábado. Es el primero de la temporada y suelen dar lo mejor de sí mismos. Además, el entrenador me ha dicho que saldré al campo.
—Ah, cierto. Me había olvidado de que hablaba con un famoso.
Se sonrojó un poco, cosa que me arrancó una sonrisa. De nuevo estaba nervioso.
—Me lo pensaré —respondí con firmeza. Un grupo de gente pasó junto a nosotros y entró en el Centro Estudiantil—. ¿Vas a algún sitio ahora?
—En realidad, sí, a entrenar.
—Bueno, pues gracias por el paseo y por la conversación agradable.
Frunció el ceño y retrocedió varios pasos.
—Supongo que nos volveremos a encontrar, Mirabella.
—Apuesto a que sí… Y me llamo Mira.
Otra sonrisa, seguida de un gesto de despedida.
—Pues hasta la vista, Mira.
—Hasta la vista —repetí sus palabras. Y con eso se marchó acera abajo y se fundió con la masa de estudiantes. Pero lo único que yo oía era el sonido de mi nombre saliendo de sus labios y la sensación que dejó tras su marcha. No sabía definir el efecto que me producía, pero quería más.
Al entrar en el Centro Estudiantil me encaminé a la estafeta de correos.
Sabía que había muchas probabilidades de que no hubiese nada en mi buzón, pero, conociendo a Bobby, tampoco me sorprendería que me hubiese dejado un paquete con cosas útiles para recodarme que solo estaba a unos minutos en coche.
Más allá de la tienda de estudiantes había un pasillo estrecho y una pared con hileras de buzones dorados. Parecían de otra época.
Localicé el buzón 136 e introduje el código de la combinación.
Se abrió con un giro y un crujido. Sobre la superficie metálica había un sobre de color marfil.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que no tenía remitente.
Pero en el frente, con la letra más bonita que había visto en mucho tiempo, estaba mi nombre: «Mirabella Owens».
Ahogué un grito y me flaquearon las rodillas. Me costaba respirar. Incapaz de controlar el temblor de las manos, leí las palabras una y otra vez, sumida en la incredulidad. La elegancia. El bolígrafo de punta fina. Los caracteres rematados por curvas delicadas. Era la letra de mi madre.
De niña me había pasado muchos ratos viendo a Rena escribir cartas a los amigos que vivían lejos de Kansas.
Aunque mantenía una expresión impasible, las pocas palabras que lograba vislumbrar sobre la página me decían cómo se sentía en realidad.
Los echaba de menos, fueran quienes fuesen, y al parecer creían tanto como ella en las bondades del intercambio epistolar.
Y ahora me tocaba a mí. Me había escrito a mí.
Tenía miedo de moverme, respirar, pensar.
Miedo de que, si lo hacía, lo que tenía frente a mí se desvaneciese.
Se me nubló la visión y sentí calor en las mejillas mientras sostenía el sobre frente a la cara para asegurarme de que veía lo que creía estar viendo.
Mi madre, desaparecida hacía cinco años, estaba viva…
Estaba viva, y esa era la primera señal de ella desde que se marchó. Se acordaba de mí, me había escrito y, de alguna forma, sabía cómo localizarme. Se me agolparon los pensamientos, hasta que una voz desconocida me llevó de vuelta a la realidad.
—¿Te aclaras? —me preguntó. Me sequé una lágrima.
Era un anciano blanco con una identificación dorada con su nombre prendida bajo el cuello de la camisa.
Un miembro del personal. Estaba a un par de metros de distancia y avanzaba hacia mí con timidez mientras apoyaba el peso en un pie y luego en otro.
Cerré el buzón y apreté el sobre contra el pecho.
—Sí, estoy bien, gracias —respondí, y antes de que pudiese insistir, pasé a su lado a toda prisa y salí del edificio.
Al llegar al Campus Central me dieron ganas de echar a correr, pero habría resultado alarmante. Con los ojos húmedos, recorrí la acera a toda prisa, moviéndome entre la gente y evitando el contacto visual, para llegar lo más pronto posible a Hester Hall.
No tenía ni idea de dónde estarían mi compañera de cuarto y mis nuevas amigas; solo sabía que tenía que abrir la carta al instante.
Al entrar, no dediqué ni un segundo a quitarme los zapatos ni a colgar el bolso. Dejé caer al suelo mis pertenencias y me dirigí a la cama con un nudo en la garganta. Al sostener el sobre frente a la luz, me di cuenta de que contenía algo más que una simple carta.
Tenía gracia. Ni siquiera era mi cumpleaños; aún faltaban unos meses.
Y no es que hubiese tenido noticias de Rena en esas ocasiones, pero siempre mantuve la esperanza, esperé que ocurriese algo.
Me dije que, si estuviera viva, me mandaría una nota manuscrita, como las cartas que envió a sus amigos a lo largo de los años.
Con el tiempo, al ver que en el buzón nunca había cartas suyas, di por hecho que era porque yo carecía de importancia para ella, que se había olvidado de Bobby y de mí, y que tal vez quería que la cosa siguiese así para siempre.
Hasta hoy…
Hasta este momento trascendental…
Con el estómago encogido y dedos temblorosos, le di la vuelta al sobre, rompí el sello y abrí la solapa.
Respiré hondo, saqué la carta y leí la primera línea.
Mi querida Mirabella:
Eso bastó para que se me llenasen los ojos de lágrimas y se me derritiesen los huesos. Era incapaz de mantenerme de pie; más que sentarme en la cama, me derrumbé en ella y me llevé el puño a la boca mientras sostenía el papel con mano firme.
Mi querida Mirabella:
Estoy muy orgullosa de ti y de todos tus logros. No pasa un solo día sin que me acuerde de ti.
Eres mi principio y mi fin, y como lo ha dispuesto la naturaleza, siempre seremos cada una parte de la otra. Siempre.
Aunque tengo ganas de verte, tal y como están las cosas, ahora mismo no puedo acudir a ti. Pero te prometo que hago todo lo posible por encontrar un modo seguro de que nos reunamos. Hay muchas cosas que tu padre y tú debéis saber… y que, en su mayoría, no puedo detallar en esta carta.
Puede que ya seas consciente de ello, y, si no, pronto lo serás, pero el mundo no es lo que parece.
No te dejes engañar por los que están cerca de ti, aunque parezcan estar de tu parte.
Todo es una señal. Todo es un aviso. Confía en tus instintos.
Y, sobre todo, por favor, por el amor de los dioses, mantente a salvo.
Te adjunto un legado familiar. Será tu amuleto, te protegerá ya que yo no puedo hacerlo. Ponte esta cadena y no la pierdas nunca de vista. Sin duda, siempre te ha pertenecido a ti, Mirabella.
Recuerda.
Más que las estrellas en el cielo.
Más que el aire en el mundo.
Más que la vida que vivo…
Así te quiero.
Todo lo que he hecho ha sido por ti y por tu padre.
Lo juro por mi vida.
Amor vincit omnia,
M amá.
En el fondo del sobre había una cadena de oro, con un colgante de ópalo sujeto por un delgado cierre de pinza.
Era tal y como lo recordaba. Cuando era niña, Rena me dejaba ponerme el colgante mientras yo jugaba a ser otra persona.
Siempre me había encantado, y cuando me lo ponía me sentía como una princesa, como si hubiese nacido en una época más propia de aquellos vestidos largos sujetos a las costillas con corsés apretados.
Me acordaba del distintivo olor metálico que exudaba, un aroma que creía que se debía a la magia. Y, al mirarlo ahora, aún me parecía encantado.
«Un amuleto —había dicho—. Para protegerte».
Me deslicé hasta sentarme en el suelo, con la espalda contra la cama, y sostuve en la mano aquella reliquia.
Al apretarla, la sentía a ella; era la esencia de lo que ella representaba para mí.
Todas las historias que contó, las canciones que cantó.
Las aventuras que tuvimos juntas, los momentos en los que me cogió de la mano y me animó.
Y todas las veces que me rodeó con sus brazos y me dijo que la vida era el mayor regalo.
Eso era mi madre para mí, antes de desaparecer.
Ahora en mi cabeza ya no la veía así, y me sentía dividida, sin duda.
Por un lado, sentía una profunda sensación de alivio.
Mi madre estaba viva, y había tenido un motivo para marcharse.
Y ahora, sin dar muchos detalles, hablaba de un plan y prometía regresar.
Pero, por otro lado, me abrumaban la ansiedad y una ambigüedad que me hacía latir las sienes.
Me sentía aterrorizada, temblaba ante la idea de que algo viniese a por mí.
Mi madre había dejado perfectamente claro que no estaba a salvo, que el mundo no era lo que parecía, y que no debía confiar en quienes se presentaban como amigos.
¿Qué se suponía que debía hacer con esa información, aparte de tratar de descubrir todo lo que ella no decía, encontrarla y averiguar por qué no podía volver?
¿Lo que la perseguía a ella era lo mismo que me amenazaba a mí?
¿Se refería a ese peligro el aviso de aquel muchacho?
No sabía cómo me recordaría Rena, pero me negaba a ser la niñita rota que fui en una ocasión, y que esperaba su regreso.
Llevaba cinco años fuera. No quería esperar otros cinco.
La carta de Rena revelaba tanto que me había sacudido en lo más profundo de mi ser.
Nunca había imaginado que el siguiente capítulo de mi vida fuera a ser así, pero tampoco tenía elección.
Pasaron unos instantes antes de que me levantase, todavía procesando aquella desafortunada revelación.
No estaba a salvo, pero a la vez no sabía qué amenazaba mi seguridad.
Guardé la carta en el cajón del escritorio y me metí la cadena en el bolsillo delantero de los vaqueros.
Por mucho que fuese una reliquia familiar, estaba decidida a averiguar por qué ese pequeño objeto tenía el poder de protegerme, y de qué se suponía que me tenía que proteger.