Luna de sangre Capítulo 7
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Capítulo 7

Sus labios de invierno eran más fríos que la piedra, más suaves que el mármol.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Mi primera clase iba a ser en el Edificio Académico Stewart de Empresas y Comunicaciones.

La elección de asignaturas, al igual que la decisión de ir a la universidad, había sido un dilema hasta el último momento.

Yo adoraba leer y escribir, pero era más un sueño y no sabía bien qué quería hacer al respecto.

De la misma manera, me interesaba la gente, y el concepto de humanidad me resultaba enigmático y quería entenderlo, pero no me apetecía especializarme y hacer un máster, así que también dejé de lado esa idea.

Bobby sugirió la idea de comunicaciones. Y así llegué allí, a la entrada de un edificio de varias plantas, sin animarme a entrar.

—¿Vas a pasar? —me preguntó alguien.

Era una chica asiática de piel dorada, pelo hasta los hombros y un flequillo que le enmarcaba la cara. Llevaba una camisa ajustada roja, vaqueros azul claro y unas sandalias de cuña que la hacían parecer más alta que yo.

—Sí. Tengo Introducción a la comunicación. ¿Y tú?

—Primero de Empresa, en la tercera planta.

—Lo mío es en la segunda. ¿Subimos juntas?

Se le relajaron los hombros.

—No digas más.

Su suspiro de alivio me hizo reír.

—Me alegro de conocer a alguien a quien esto le parece tan aterrador como a mí.

—Lo mismo digo. Todo el mundo habla y habla de lo emocionante que es la universidad, pero no decimos nada de lo abrumador que es al mismo tiempo.

Para empezar, aquí hay demasiada gente. —Nos abrimos paso entre la gente para llegar a un pasillo lleno de estudiantes de primero.

Había personas de todo tipo, suficiente como para que me sintiera un poco asfixiada—.

¿Y te has fijado en el tamaño de estos edificios? Son enormes, y antiguos, y…

—Preciosos —añadí al tiempo que me fijaba en los suelos porcelánicos.

—Y un despilfarro de energía —siguió—. Me puede la ansiedad.

Y, cuando tengo ansiedad, no paro de hablar.

—Respiró hondo—. Esto no se parece en nada al instituto.

En mi curso, cuando me gradué, había como setenta alumnos, la comida era un horror, teníamos aparatos de aire acondicionado de esos que se ponen en las ventanas y gotean en la alfombra, y mi profesor de Ciencias siempre me sacaba a mí para responder a las preguntas porque daba por hecho que no estaba prestando atención, pero sí que lo hacía, de modo que siempre respondía bien.

Y me parece que eso lo tenía muy frustrado, pero me alegro de haber salido de aquel agujero infecto y ahora miro a mi alrededor y todo es precioso, y ahora me alegro de todo aquello y lo único que quiero es no tener otro profesor como aquel de ciencias.

—Respiró hondo otra vez—. ¡Dios! Y tú, ¿eres de por aquí? Por cierto, me llamo Naomi.

Nunca había visto a una persona tan nerviosa como Naomi. Sin saber por qué, aquello me hizo sonreír. Me había caído bien.

—Yo, Mira, y sí, soy de por aquí. ¿Y tú?

—De Illinois, a una hora de Chicago.

Fui mirando los números de las aulas sobre cada puerta para confirmar que iba por el buen camino.

—¿Cómo has acabado en la Universidad de Lakeland?

Pareció que Naomi empezaba a respirar con más calma.

—Unos primos míos estudiaron aquí, y cuentan y no paran.

—Llegamos a la escalera y subimos en medio de la gente mientras me contaba lo que estudiaron sus primos y me preguntaba si alguien de mi familia había asistido a esta universidad.

La respuesta era no. Que yo supiera, Rena no había ido a la universidad, y Bobby estudió en la de Kansas.

Naomi y yo nos separamos al llegar al segundo piso. Le deseé suerte; ella asintió con más energía de la necesaria y me deseó suerte también a mí.

Entré en una sala con ventanas mirador desde las que se divisaba el Campus Central, vi un asiento libre en una fila del centro y me dirigí allí mientras oía a unos estudiantes hablar de un vídeo que habían visto esa misma mañana.

Era sobre un ataque de un animal poco después de la medianoche.

Unos cuantos estudiantes habían ido a jugar al bosque cuando oyeron los rugidos de un ser al que no llegaron a ver.

Habían conseguido grabar el sonido y lo subieron a internet.

Me acomodé en la silla, respiré hondo y deseé con todas mis fuerzas que el animal del que habían escapado no fuera el mismo que había visto yo la noche anterior.

Unos momentos más tarde, una mujer se situó frente a los alumnos y carraspeó para aclararse la garganta.

Era esbelta, de pelo rubio muy claro con un corte recto que le llegaba hasta la mejilla.

Dijo que era la profesora Peterson. Tras ella, en la pantalla, apareció una imagen de un iceberg flotando en el mar oscuro.

El corazón me dio un vuelco y empecé a arrancarme el padrastro del dedo índice. Preferiría cualquier cosa en lugar de lo que sugería aquella imagen.

La profesora Peterson juntó las manos y dio un paso adelante.

—¿Qué? ¿Rompemos el hielo?

Dejé escapar un gemido mientras un murmullo recorría el aula. Todos nos miramos. Nos dio instrucciones para repartirnos en grupos de tres o cuatro, y nos pasamos el resto de la clase jugando a dos verdades y una mentira.

A media tarde, tras salir de la última clase, sentí el peso del agotamiento en los hombros, en los ojos.

Nada más salir al pasillo que llevaba al exterior, me llamó la atención un anuncio naranja fosforescente clavado en el corcho.

Alguien lo había arrancado, rompiéndolo en diagonal, con lo que se leía en letras grandes:

cuidado con…

los…

l…

Recorrí el papel desgarrado con las yemas de los dedos y traté de imaginar contra qué nos alertaba el anuncio. ¿Los libros, tal vez? ¿Los lobos? Tal vez fuera un juego de palabras con la mascota de la universidad, los Lobos Rojos. Pero ¿por qué lo habían arrancado?

Seguramente no era nada, y todo se me olvidó al salir del edificio, bajo el sol implacable de la tarde.

En el césped verde que rodeaba el Campus Central, un grupo de estudiantes jugaba al ultimate frisbee. Y apoyado contra un sicómoro, a la escasa sombra que ofrecía, estaba él. El chico.

Pues claro. Claro.

Cogí aire bruscamente y apreté los dientes.

Era obvio que me vigilaba, que para él solo existía yo.

A mi alrededor, del edificio no paraban de salir estudiantes, profesores y miembros del personal, subían y bajaban por las escaleras mientras que yo no me movía.

Pero ¿por qué? ¿Qué le importaba yo, por qué se concentraba en mí?

Perfecto. Que siguiera jugando a aquel juego idiota. Yo no iba a participar en él.

Respiré hondo de nuevo y fui hacia él caminando tan deprisa que debería haberse sorprendido. Solo que no se sorprendió. Todo lo contrario, vino a mi encuentro. Tenía el rostro inexpresivo como la piedra, y abrió la boca para hablar antes de que yo pudiera decir palabra.

—¿Hablamos un momento, Mirabella? —Tenía la voz suave y aterciopelada, y me molestó su naturalidad. Como si fuéramos amigos.

—¿Cómo dices? —respondí, tartamudeando. ¿Y cómo sabía mi nombre?

Estábamos a medio metro de distancia, y me tapaba el sol que de otra manera me habría cegado.

Y, pese a eso, era guapísimo. Tan guapo que te dejaba sin respiración.

Eso se veía ya de lejos, pero tenerlo tan cerca era como un pecado.

Los ojos eran como oro líquido con motas verdes y marrones.

Las pestañas, oscuras. Los labios, llenos.

Y todo él emanaba una cualidad inexplicable que me cortó la respiración.

El chico sin nombre se inclinó hacia mí y me invadió su olor, dulce, un poco a tierra.

Di un paso atrás. Tenía que protegerme de lo abrumador, lo real que era todo aquello.

Lo mío era todo fachada: hablaba mucho, pero nunca me había enfrentado de verdad a nadie, nunca me había importado nada hasta ese punto.

Tragué saliva y me erguí.

Vi un cambio en él, entrecerró los ojos, alteró su postura. Empezó a decir algo, pero se detuvo y miró hacia atrás. Seguí la dirección de su mirada, pero no localicé el centro de su atención. Había gente por todas partes.

Alguien pasó a mi lado a toda prisa como si el camino fuera suyo. Sentí llegar la colisión, pero no me dio tiempo a moverme: tiró de mí con delicadeza y me apartó hasta el césped, a su lado.

Todavía tenía la mano puesta sobre mi mochila cuando me di cuenta de lo que había pasado y lo aparté de un empujón.

—Ni se te ocurra —siseé.

Pero mi reacción no pareció preocuparle lo más mínimo, cosa que me molestó todavía más.

Solo porque fuera más alto, más atlético y obviamente hiciera ejercicio eso no quería decir que yo fuera todo lo contrario…

Bueno, tampoco iba a engañarme. Todavía me costaba controlar la respiración al correr y, aunque Bobby tenía montones de pesas y equipo de entrenamiento en el garaje, a mí nunca me había interesado.

Pero, de todos modos, le hice frente.

—¿Quién eres? —pregunté, ya en tono un poco demasiado alto.

Bajó la cabeza.

—Esto no es un juego, Mirabella. No deberías estar aquí.

«Prefiero que me llamen Mira», habría querido decirle. En lugar de eso, parpadeé.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Retrocedí un paso más—. No te conozco de nada —resoplé. ¿Quién demonios se creía para decirme que aquel no era mi lugar? ¡Qué cara más dura!

Vi que se le contraía un músculo de la barbilla y me dispuse a pelear con él, aunque no tuviera la menor posibilidad de ganar.

Bobby era mi padre, así que me sabía unas cuantas maniobras de defensa personal para salir de apuros.

Engarfiar los dedos e ir a por los ojos.

Un golpe de canto en la clavícula. Una patada rápida a los huevos para hacerlo caer de rodillas.

Pero, como si me estuviera leyendo el pensamiento, sonrió, y luego se rio con amargura.

Solté la mochila, frustrada hasta lo indecible.

Sabía que no tenía por qué quedarme allí a aguantarlo, pero aquel chico tenía algo que no me dejaba alejarme.

Tal vez fuera mi testarudez, que iba a tope.

No podía permitirle pensar que tenía permiso para hablarme de aquella manera, para mirarme con aquellos ojos increíbles.

Era un idiota y se lo iba a dejar bien claro.

—¿De qué te ríes? No tiene gracia.

Arqueó las cejas y dejó escapar una risita.

—Claro, claro.

—Tío, ¿se puede saber qué pasa contigo? ¿Qué problema tienes?

Su porte cambió de repente, pasó a ser fiero, salvaje. Todas las señales de alarma me sonaron por dentro. Todo me alertaba, me decía a gritos que me alejara de allí, pero no era capaz de moverme…

—¿Qué problema tengo? —Apretó los dientes—. Como si no lo supieras.

Dio unos pasos atrás para alejarse de mí.

—¿Como si no supiera qué?

—No deberías estar aquí —repitió, esta vez con un atisbo de miedo en la voz—. Aquí no estás a salvo. Si sabes lo que te conviene, darás media vuelta, harás las maletas y no volverás jamás. Por favor. —Las últimas palabras las dijo como si no hubiera podido contenerse—. Vete.

Me quedé paralizada. Si en algún momento había tenido la esperanza de obtener respuestas, se disipó en ese momento. Aquel chico creía de verdad que me conocía, pero eso era imposible. Completamente imposible. ¿Cómo iba a olvidarme de alguien como él?

—No —me limité a decir.

No dijo nada. Miró hacia un punto más allá de mí con los ojos llenos de cautela. Volví a seguir la dirección de su mirada y esta vez, a lo lejos, junto a un edificio envuelto en las sombras, me pareció ver que alguien nos observaba.

Hice caso omiso de la opresión que sentía en el pecho.

—Mira, no sé quién te crees que eres, pero me confundes con otra persona. Y para tu información, ya que nadie se ha molestado en educarte, te explicaré que es una grosería decirle a alguien que se vaya cuando se ha ganado el derecho a estar aquí.

—Claro, lo que tú digas. Si es lo que quieres creer…

—¿Que si quiero creer qué?

Negó con la cabeza. Parecía casi tan perplejo como yo.

—¡Dios! ¡Qué repelente eres! —le grité.

Un parpadeo, un destello en los ojos dorados. Dio un paso atrás como si le costara un esfuerzo y se pellizcó el puente de la nariz. Dejó escapar el aliento con un resoplido.

—¿No lo sabes? —preguntó casi con rabia.

En todo el rato que llevábamos hablando no lo había visto tan sincero.

—¿Qué tengo que saber? —estallé.

En aquel momento, se alejó caminando como si yo no existiera.

Alcé las manos, desconcertada, y me lo quedé mirando mientras se iba.

Cruzó el césped por donde estaban jugando a ultimate, esquivó el frisbee, lo cogió sin siquiera mirar y se lo lanzó al otro equipo.

Al pasar de largo junto a un árbol no pude sino reparar en lo rápido que era.

Iba caminando, pero devoraba metros como si corriera.

Al final, bajé las manos, confusa e irritada.

¿Qué le pasaba a aquel tío, y por qué no paraba de decirme que allí no estaba a salvo?

Eso no se me iba a quitar de la cabeza. Nunca había estado en peligro, jamás.

Lakeland debía de ser el lugar más seguro del mundo para mí.

Si hacía falta, Bobby podía llegar allí en menos de quince minutos en el coche patrulla.

Y lo peor era que el chico no me había dicho su nombre.

Él sí sabía el mío, pero no me había respondido a ninguna pregunta.

Solo que la expresión de sus ojos lo decía todo: había algo más aterrador, algo de lo que yo debería tener miedo.

Y tuve que reconocer que me aterraba la posibilidad de saber qué era ese algo, o ese alguien.